por Enrique Ortiz Robles

 

Crecí escuchando a mi papá hablar de Mateo Bravo y los penales en el Azteca para el campeonato del 82 contra el Atlante; seguramente es la razón por la cual, desde temprana edad, siempre dije que quería vivir una final que se decidiera por penales como cúspide de la emoción. Qué puede ser más dramático en el fútbol, si cuando en un partido insignificante nos enfrentamos a uno de ellos, a favor o en contra, se alcanza a percibir el milisegundo en que el público se queda sin aire y en silencio ante la expectativa. Tan cambiantes, tan definitivos, tan absolutos…

Aquel diciembre del 2015 veníamos cargando dos pesares enormes. En esa misma ciudad y apenas un año antes, habíamos salido derrotados de una final de una manera infame y, por si fuera poco, a principios de agosto tuvo lugar el partido que más me dolió perder, en Buenos Aires. Por eso el 3-0 a favor no era suficiente para nosotros… castigo del necio al fin, tan acostumbrados a la tragedia que no hubo tal sorpresa cuando cayó el empate, pero es justo ahí, exactamente ahí donde el destino empezó a cambiar su ruta… hay ocasiones reservadas para los genios, días especiales en donde los diferentes se muestran como lo que son.

Gignac con ese gol agónico hizo lo que muy pocos han hecho por nosotros: cambiar el rumbo de las cosas, vencer a los fantasmas que tanto nos amargaron. En el fútbol como en la vida normalmente es así, gana el que tiene las de ganar, algo parecido a lo que Jorge Valdano narra en el concepto que él llama miedo escénico en el cual intenta explicar por qué es que hay equipos que normalmente pierden con otros equipos específicos —“es que a Brasil siempre le va mal ante México”— o salen derrotados de situaciones comunes —¡los malditos penales para nuestra selección!—, y es que pareciera que un jugador, simplemente por pertenecer a una institución, tuviera que respetar esa tendencia histórica para bien o para mal, como si los planteles de épocas anteriores volvieran al campo para hacer valer la brecha marcada. ¿Tigres teniendo que definir un partido importante? ¿Tigres enfrentando una remontada en contra? Ustedes tienen memoria como para entender lo que digo. Por eso es que ese gol vale tanto, porque cuando se nos venía la noche este tipo llega para bajarla y de un derechazo ponerla justo en el único espacio que le dio el destino para quedarse eternamente en el cielo de los nuestros.

“¡Tigres! ¡Tigres! ¡Tigres!”, recuerdo estar gritando más fuerte que nunca, una remembranza de aquel grito que en la 96-97 me enamoró para siempre. Es verdad, el partido se empató y fuimos a la última instancia; usted sabe que en los partidos hay momentos y que la realidad de las cosas, ése no era nuestro, pertenecía totalmente a Pumas que alcanzó en dos ocasiones. La gente dentro de la cancha se dirigía a nuestra portería, normalmente se dispara en la que pertenece al público local, otra cosa de esas inusuales que acontecieron ese día, los vería de frente, los tendría cara a cara.

De hace unos años, cuando la U de Nuevo León transitaba por problemas de descenso e íbamos al Universitario o bien a un partido fuera normalmente eran regresos largos y con la vista ensimismada en la calculadora del celular; en aquella época, el poema/canción de “Piu Avanti” se volvió muy popular entre nuestra gente, aunque a mi gusto, los mejores versos de ese poema no aparecen en la canción que grabó el grupo Bulldog, aquellos que dicen: “Si te postran diez veces, te levantas otras diez, otras cien, otras quinientas… no han de ser tus caídas tan violentas, y tampoco, por ley, han de ser tantas”. Si bien, había vivido a pleno el campeonato del 2011, me era imposible olvidar las finales del 2001, 2003, 2014 y 2015, una tras otra y aún sin saber las que vendrían. No sabré explicar nunca por qué esos versos me llegaron a la memoria y aún menos sabré por qué es que los repetía una y otra vez antes de cada uno de los penales cobrados.

Ahí se erigió otra figura, la de nuestro arquero, ése que gana todo juego psicológico, ése que quién sabe de dónde sacó la idea de contar chistes a los compañeros antes de patear, ése que le sacó el gol a Ismael Sosa en aquel tiro al ángulo, ése al que yo personalmente prefiero dejarlo en paz con sus cosas, porque le debo ese momento, una deuda que tengo y no sé cómo hacer para pagarle, si es que hay manera. Al cabo de ocho penales era verdad, el Olímpico Universitario nos había reconocido como los frutos de la generación del 78 y nos permitió estallar en júbilo en sus gradas como a nuestros ancestros. La copa fue ofrecida a la cabecera y yo en primera fila.

El penal importante, el de Cortés ante Nahuel, forma parte de mis momentos cúspides en un estadio de fútbol, todo aquel que haya estado en el Olímpico de la unam sabe que no hay lugar en donde se vea bien el juego —¿acaso en palomar o en pebetero?—, menos en las filas más cercanas a la cancha en la parte inferior, en donde estuvimos los últimos en entrar. Recuerdo y tendré siempre en mente el momento de aquel penal: “Si te postran diez veces, te levantas otras diez…”, la publicidad detrás de la portería me impedía ver por debajo de las rodillas de Nahuel, “…otras cien, otras quinientas…”  Cortés comienza su carrera y dispara abajo, “… No han de ser tus caídas tan violentas…” y yo no pude ver la pelota, no vi el manotazo, sólo vi el lance de Nahuel a su derecha y su figura se perdió detrás de los anuncios, “… ni tampoco, por ley, han de ser tantas…” y una imagen que no podré olvidar nunca y que, sin duda, representa una de las postales más hermosas que he podido presenciar, y es que, aun sin ver la atajada, hubo un estruendo inigualable al ver que las redes nunca movieron.

Una mención especial para mis amigos que me acompañaron en ese sueño de niñez de Tigres campeón en penales, jugando de visitante. Brandi, Cantero, Noyola, “Flema”, mis amigos y compañeros de nuestro barrio El Sur.

“Si las estadísticas no nos acompañan, ¡peor para las estadísticas!”

 

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