por Francisco Ballesteros

 

Días antes del partido más tradicional del futbol chileno, a Esteban Paredes le preguntaron cuál (de los que le había hecho al archirrival) era el gol que más recordaba, y éste, sin tomarse siquiera un tiempo para pensar, responde ‘El que voy a hacer el domingo’. Ese fin de semana Paredes, de 37 años, hizo tres golazos.

Escribo esto con cierto orgullo y también con cierta sorpresa, porque no exagero cuando cuento que más de la mitad de los goles que actualmente está haciendo el Colo-Colo terminan conmigo en silencio, atónito, tomando aire y preguntando ‘¿Cómo fue que hizo eso?’, porque encontrar tanta calidad, tanto futbol, en un improbable como Paredes, no debe ser otra cosa sino un milagro.

Cada temporada parte con la crítica, por parte de la prensa, al centro delantero del Colo-Colo respecto a su edad. Es un tema que empezó prácticamente desde el año 2009, cuando llegó con 29 años a jugar por la camiseta de la que siempre había sido hincha. Este hombre es tal vez es el último jugador que se transformó en leyenda viva jugando con la insignia del indio en el pecho, la del equipo más popular y ganador de Chile. Esto es así porque juega con la misma emoción que los que seguimos al equipo, como uno más del barrio, porque viene de ahí, porque entiende el juego mejor que los directores técnicos, mejor que los comentaristas, mejor que los dirigentes; entiende el juego en la misma sintonía que quienes lo apoyan.

Si bien siempre fue considerado un jugador de características sobresalientes, pasó gran parte de su carrera en equipos de segundo orden. Tenía buenas actuaciones, pero sin descollar lo suficiente como para jugar consistentemente afuera (salvo la temporada 2004-2005 en el ascenso mexicano) o jugar en alguno de los equipos considerados grandes en Chile. Metió buenas actuaciones en los humildes Santiago Morning, Universidad de Concepción y Cobreloa, antes de convertirse en el delantero de moda, ese que cada vez que los medios de comunicación capitalinos lo entrevistaban decía que su sueño era llegar al Cacique.*

Cuando firmó por el plantel albo, su arribo fue en una época complicada. Colo-Colo venía en bajada después de haber desarmado ese mítico equipo donde jugó Chupete Suazo, Alexis, Vidal, Matías Fernández, Valdivia y Bravo; ese equipo que fue finalista de la copa Sudamericana del 2011 y que ganó cuatro veces consecutivas el Campeonato Nacional. Se encontró con un Colo-Colo que jugaba de una forma con la cual los hinchas no se identificaban, y con la sombra reciente de las campañas anteriores, ningún entrenador aguantaba la presión mediática que significaba tener a cuestas la historia reciente del club. Aun así, con sus goles logró ayudar a levantar la copa del Torneo de Clausura del año 2009. Ya siendo el goleador del torneo nacional, empezó a ser citado de forma más habitual por Bielsa para la absoluta de Chile. Pasó el tiempo y en el 2012 se fue a jugar nuevamente a México.

Acá hago una pausa y suspiro en la misma forma en que se suspira de amor cuando adolescente, porque cualquier chileno sabe que en la angosta faja de tierra Bielsa revolucionó el futbol, porque supuso un cambio de mentalidad necesario en un lugar donde siempre se iba a competir suponiendo que los otros eran superiores. Salvo el título de 1991 en la Libertadores por parte del popular, el futbol chileno solamente había sabido de segundos o terceros lugares. Si bien Bielsa no consiguió título alguno, educó a una generación de futbolistas que podían ir a competir en igualdad de condiciones con absolutamente cualquiera, entonces ganar alguna cosa sería cuestión de tiempo, y vaya qué sorpresa.

Cito al maestro Bielsa, no solamente por el amor al trabajo que educó hasta el día de hoy a mi generación, también porque es él quien resulta fundamental en la explosión futbolística que tiene Paredes durante su estadía en la selección. Constantemente lo menciona como el entrenador que le enseñó, ya bien entrado en años, a jugar verdaderamente a la pelota. Explica que con él empieza todo.

Si no fue más conocido afuera, si no llegó a romperla a Europa, a ese fútbol de plástico desechable, descartable, amante del mercadeo a costa de la baja estatura de Messi, de los abdominales de Cristiano, de la actitud aparentemente irresponsable de Neymar, a ese futbol que se lleva a todas las promesas de las canchas de tierra del sur de América, fue principalmente por su edad, porque el futbol moderno no es país para viejos. Ni siquiera es país para los que entienden el deporte en esa dimensión romántica que asume que los equipos de futbol son más que transnacionales que compiten por subir medio punto en las bolsas de valores.

Paredes viene de un lugar donde no se anuncian los auspiciadores que salen en las camisetas, de una población cualquiera, lejos del centro. De esos que pasaron por las canchas en mal estado antes de terminar de cumplir su sueño, que era el sueño de los chicos de antes, el de jugar por el equipo que los representaba, el de su pueblo.

Como todo en la vida, su estilo de juego ha ido variando. Al principio era un diez clásico, habilidoso, rápido y por sobre todo vivo. Quienes lo conocen desde sus primeros años siempre supusieron que llegaría al club de sus amores jugando enganchado, poniendo pases gol a compañeros más adelantados, pero, con el paso del tiempo, y ante la constante evolución futbolística que tuvo, terminó jugando de nueve no tan clásico. Aún mantiene eso que hacía que lo consideraran un tremendo diez.

Pasaron pocos años para que el favorito de la fanaticada alba volviera en 2014. El equipo estaba nuevamente en problemas, hacía años no campeonaba, y todos nos empezábamos a desesperar. El cacique tenía 29 estrellas y bajar la 30 parecía una operación cada vez más complicada. El equipo zozobraba jugando un fútbol algo cansino, seguía faltando para acceder a un nuevo título y los referentes eran cuestionados por la falta de jerarquía en las fechas decisorias. Quien estaba en la banca técnica era otro dueño de casa, Héctor Tapia, otrora goleador del popular llegó a hacerse del primer equipo después de años entrenando en las inferiores. Había llegado al principio como entrenador interino, pero de a poco que fue armando el equipo a su medida, le dio estabilidad a una institución que llevaba años de cuestionamientos y mal futbol.

El mismo Tito Tapia fue quien exigió a los dirigentes que retornaran a Paredes. No sin mayor cuestionamiento, porque otra vez, el tema de la edad era importante, porque entendían que asumir el costo de este jugador viejo era una desproporción respecto a lo que ellos esperaban. Pero claro, los dirigentes de Colo-Colo son empresarios que no saben absolutamente nada de fútbol, si hasta los periódicos de circulación nacional se burlaban de la cantidad absurda de contrataciones que no le daban ni al tercer bote, en un evidente negociado entre dirigentes, representantes y entrenadores. Colo-Colo siempre fue un objeto de poder, entonces sigue siendo victima del apetito voraz de poderosos quienes quieren limpiar su nombre para acceder a esferas de mayor ámbito en Chile.

Los empresarios creían que repatriar a un jugador que estaba en los últimos años de su carrera era prácticamente un suicidio, más aún, Paredes se fue del club en su primera etapa por las escasas intenciones que demostraron los dueños de que siguiera jugando por el popular (recuerdo cuando fue expulsado en un clásico del 2012 y salió besando el escudo y apuntando al palco donde estaban sentados los gerentes de la concesionaria que administra el club). Fue una negociación difícil.

Pero volvió en la misma forma en que, como dice una canción, uno amó la vida. Y volvió a lo grande: prometió marcar quince goles, porque dijo que, si él mismo podía hacer esos quince goles, Colo-Colo por fin bajaría la tan esperada treinta. Y no se quedó ahí, sin achicarse, sabiendo lo que vale y lo que hace, siempre fiel a sus promesas y a sus fanáticos, dijo que cambiaría el número de camiseta 7, que era el que usaba siempre, por el número 30, representando el deseo de ganar esa estrella. Faltaba una fecha para terminar el campeonato y Paredes recién llevaba 11 goles, no me acuerdo si Ñublense, el rival de ese día, hizo goles o no, solamente me acuerdo que Esteban Paredes hizo cinco. Ese fue un campeonato inolvidable.

Hoy su futbol es mucho más pragmático: donde pone el ojo, pone la pelota. Sin ir más lejos, el otro día jugando contra Unión Española, le bastó entrar al segundo tiempo y en siete minutos en cancha se sacó a un rival que le pinchó la pelota, la recuperó, dejó a otro tirado en el piso pagando y con tres marcadores más a su alrededor la clavó en el ángulo y desde afuera del área: al siete de los albos le quedan doce goles para alcanzar al máximo goleador de la historia del fútbol chileno, al gran Chamaco Valdés, también colocolino. Su futbol hoy es maduro, no corre como lo hacen los recién subidos al plantel de honor. Lleva las banderas de un equipo que ha renacido en torno a su figura. Si agarra velocidad es porque probablemente la jugada terminará en gol.

Y es que estas loas nunca le son suficientes. El hombre, a pesar de todo, es humilde, y cuando lo detiene cualquier fanático se toma fotos, autografía camisetas y hasta fue de visita al hospital a ver a un hincha que se infartó cuando hizo otro golazo en el último clásico (aunque en realidad hizo dos goles). Jugó lo suficiente para convertirse en leyenda viva.

Yo que crecí gritando los goles de Zamorano, encontré en Paredes eso que el fútbol hace años no me produce y para lo cual ya no tengo palabras, pero sí muchos agradecimientos.

 

Un cacique es un jefe que en tiempos de guerra elegía el pueblo Mapuche o Araucano. Es el apodo o mote que recibe el Colo-Colo, que toma su nombre de un cacique que enfrentó a las fuerzas españolas en época de conquista.

 

Francisco Ballesteros es (un intento de) escritor. Está terminando una novela que por desgracia no es sobre Esteban Paredes, aunque tal vez lo agregue de personaje incidental. Tiene unos poemas que asume algún día publicará, pero por mientras ha leído en algunas tertulias (y/o bares). Además, está comenzando un proyecto llamado con2hielos.com donde hago (malas) reseñas sobre buenos libros. Se quedó escribiendo porque le hizo un poema a una novia que le respondió que ya le habían hecho poemas mejores, entonces supuso que algún día tendría que ser mejor que Neruda, o por lo menos más presumido que Bolaño.

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