por Gleiber Alvarez

De pronto salimos del sueño,
sólo venimos a soñar,
no es cierto, no es cierto,
que venimos a vivir sobre la tierra.

-Tochihuitzin Coyolchiuh

 

La noche anterior al partido, el sacerdote tuvo el mismo sueño, pero esta vez la criatura apenas mostró su cola al fondo de cerros negros.

Lloviznaba.

Y el sacerdote, sin tocar la tierra y en medio del agua, atestiguó cómo un fucilazo prendió todo de blanco. Lo último en ser absorbido por el lampo fue esa cola inquieta en la falda de los altozanos.

Cuando sus ojos quedaron sin luz, retornó a este mundo.

Todavía giraba el humo de copal sobre su rostro y desde el petate aún no había amanecido.

Dentro de poco les pasaría el técpatl a dos hombres para celebrar el partido, los mismos que por el fatigoso camino cantaron a sus hermanos en las yacijas donde una vez vivaquearon los abuelos de las águilas que los guiaron.

Si no fuera porque el pantololli reluciera con la criatura, él muy bien hubiera dejado que el general masacrara a las tribus. Pero cuando terminaba de explicar al tlatoani su sueño, junto a dos sabios, fue el general mismo quien con urgencia informó los reportes de los guerreros águilas sobre un yacimiento de obsidiana al sur. Dos tribus reclamaban el yacimiento y un calpulli, que se había involucrado en la disputa, se alió con un rico pochteca para sacar provecho. El enfrentamiento era inminente y sólo serviría para promover las revueltas en las regiones más apartadas del imperio.

Ante este hecho, los sabios dirigieron las miradas de mutuo reconocimiento al tlatoani, esperando que el tlacateccatl acabara de informarle. Sin embargo, él se retiró con la anuencia de movilizar a dos grupos de guerreros para sacrificar a los responsables y obligar al potentado a tributar toda la obsidiana a la capital.

El sacerdote concordaba con que el yacimiento se tributara a la capital, aunque ya sabía cómo acabaría la riña.

Al hollar la última escalinata de piedra, el general fue llamado de vuelta por los guardianes. De acuerdo al tlatoani, le ordenaría a un grupo de guerreros águilas que escoltara a 46 hombres de ambas tribus a celebrar un partido en la gran cancha de Chichén Itzá y que los guerreros que ya estaban allá, se reagruparan en torno al yacimiento de obsidiana.

Él obedeció. Mientras tanto, el tlatoani, dejando en manos de su antiguo maestro la sangre que los dioses pedían, se dedicó a enviar los recursos que faltaban para un acueducto que abastecería a varias ciudades.

 Para cuando el tlacateccatl llegara con los elegidos, el tlachco estaría dispuesto para un único juego. Ese mismo día el sacerdote partió a Chichén Itzá acompañado por dos vicarios y una horda de esclavos.

Los preparativos no pudieron hacerse esperar. El sacerdote creyó, por sobre todas las cosas, que los meros dioses los ampararían hasta que la última gota de sangre fuese ofrecida. Considerar lo contrario significaba despertar dentro de la pesadilla.

Desde que rayaba el alba hasta que Xólotl se ocultaba, sus hombres estuvieron montando los palcos, tallando los nuevos arcos y tirando de las pesadas piedras de las gradas, porque un partido de esa naturaleza ameritaba que el campo de juego se pareciera a las sombras de su sueño, aunque no bien las recordara. Por eso atravesó sus pellejos con todas las espinas de maguey que pudo, presa de su propio sacrificio e imploró a la serpiente sagrada hasta que los sahumerios se apagaron y las sopeñas destellaron.

Trazaron las líneas del campo de manera que 22 jugadores pudieran desplazarse sin la acostumbrada estrechez a la que estaban confinados y el analco, ahora blanco como el resto de los límites, fuera la única en pasarse sin que las pisadas lo borraran, por lo que mezclaron arcilla, ceniza y agua y le clavaron guijarros.

La cancha era plana como los caminos de la ciudad, los aros permanecieron en su lugar y los nuevos arcos cumplirían su función, pero al fondo del campo y con la forma de este, cubiertos con redes de pescar cortadas a la mitad. Su solución era ingeniosa: al mismo tiempo que los ornaba, serviría para que los guerreros que los vigilaran no tuvieran que dejar su posición para pasarles el balón y sólo estaría un esclavo de cada lado para hacerlo en caso de que fuera lateral.

El sacerdote también mandó a erigir una silla por encima de las gradas y de los palcos y dos más bajo esta. Negro y áureo, inspeccionaba su obra sin planos, se aseguraba de que las miradas dieran al campo y que sus ayudantes castigaran a los esclavos que tenían que castigar.

Una vez que iniciara la partida, cuatro antorchas altas serían encendidas en las esquinas de la cancha. Tras las gradas del pueblo estarían las de entrambos equipos y en medio de ellas, una olla sombreada de pulque sagrado. Esta bebida sólo era para los jugadores y no podía ser derramada, debía ser preparada en el corro del templo y sorbida antes de entrar al juego.

La tarde en que los jugadores llegaron a Chichén Itzá, un guardia de Dios les anunció que serían ellos mismos quienes elegirían a dos de sus hombres para sacrificar. Para sorpresa de las pobres criaturas que avivaron a sus equipos en el arduo periplo, fueron los únicos señalados para ser ofrecidos.

Los guerreros cortaron sus tendones en medio de la algazara y se los llevaron directo al templo. Al despuntar el día debían estar preparados para el primer sacrificio. El sacerdote no era un sacrificador, pero ese honor le correspondería a él: ya había salido del sahumerio y los que ofrecieron dormían en el suelo.

En el claro cenit del alba y frente a los convocados, el sacerdote elevó el pedernal, uno largo como los filos de tezontle en su cuello y abrió límpido el pecho de los hombres. Sus dos cuerpos ensangrentados rodaron escaleras abajo y los corazones que chorreaban no fueron depositados en el vaso de las águilas: yacieron sobre la punta roma de la piedra de las sierpes.

Ante el sacerdocio las gotas de esas ofrendas corrieron igual por las hondas grietas, como culebras, quedando fresco el roquedo al soplo de los dioses que giraba sobre sus cabezas.

El alborozo resonó entre las flautas y los chicahuaztlis, entre las oraciones de los labios rojos de los altares. Un ritmo que parecía salido de las profundas raíces de los tepozanes, del silbido de luengos huesos, atravesó la sangre de los jaguares en el suelo, de las calaveras sin hálito, sumidos ante la taza de pulque sagrado.

En procesión marcharon al tlachco.

Ambos equipos se separaron, mientras cuatro guerreros rapados asumían sus posiciones con miras a la cancha y las gradas se poblaban. Con los taparrabos de azul y de blanco y aun con los cactles puestos, nunca creyeron que en todos sus años de juego pudieran ver algo nuevo. Para muchos, era la primera vez que los calzaban en un partido.

Un pochteca emplumado ocupó el mejor palco, miraba a los guerreros de blanco: puras torres que también contemplaba el calpulli en el palco contiguo y cuyos rostros pintados asemejaban los de jaguares tenaces.

Con los 22 jugadores en el campo de juego y el resto tras las gradas, solamente esperaban que un guardia de Dios lanzara la pelota al centro. Los líderes estaban cara a cara, sin pisar el analco, portando vistosos tocados de quetzal. Se llevaban las manos a la cadera y todos pisaban firmes el terreno de juego, con mirada de fuego.

El sacerdote ya estaba encorvado en su sitial. Y en él, sus ojos destellaban como el filo de las obsidianas; con una máscara de jade se hubiera parecido a su propio cadáver.

Un silbido distante rompió en eco. Los jugadores sólo tenían la vista puesta en sus oponentes, sin susurrar, sin decir palabras. Las torres blancas con caras de jaguar miraban a sus contrincantes con desdén y ellos, de azul y con los rostros como negras calaveras, los veían desde el suelo listos para salir en estampida tras el balón.

Hasta que cayó justo en el centro. Nadie vio de dónde lo lanzaron y un segundo silbido distante les dio la señal. Las antorchas se prendieron. El primero en pisar la pelota fue el líder de los Blancos, tal como las gradas los llamaron, que con creces dejó atrás al de los Azules.  Tan ligero era el balón, que pudo agarrarlo con el mismo pie con que lo levantó y bombearlo a su propio arco. Las gradas enmudecieron y al mero momento gritaron en apoyo a los Blancos, porque uno de sus hombres detuvo el tiro en seco con su pecho y se lo pasó al que hacía las veces de zaguero.

El zaguero vio cómo los Azules marcaban a su equipo y se percató de que el único libre, que también le hacía señas con los brazos, era su líder que había quedado detrás del resto de los jugadores. Un azul correteaba hacia él, así que decidió clavar el balón en la tierra, sin importar que estuviera cerca de su propia zaga.

El pequeño jugador pateaba y pateaba con la punta de su cactle al balón clavado por el enorme pie del zaguero, que había dejado perder su mirada entre las gradas y nada pasaba. De pronto hubo abucheos hasta de los palcos. Y el alto zaguero no vio al segundo azul sino cuando comenzó a patear el balón junto con su compañero. Y ni siquiera con eso pudieron quitárselo.

Los Azules forcejeaban con los Blancos, evitando que esas torres se le fueran encima a los dos únicos que tenían en el arco de sus enemigos. El zaguero se hubo cansado de resistir las patadas y se abrió paso entre ellos como si fueran dos chamacos, dándole un punterazo al balón que cruzó la mitad del campo.

El líder de los Blancos se apresuró a rescatarlo, pues un enjambre se le venía y solamente dos Azules vedaban esa portería. Y sin esperar que el enemigo llegara, dejaron el arco y se fueron a buscar el balón. El primero le dio un patadón al aire y el segundo se fue de boca a la tierra: las gradas reventaron en gritos y risas. Con la arquería sola, un tiro rasero les dio el primer punto a los Blancos.

Como todos sabían que tenía que ser un jugador de la propia zaga –a la que entrara el balón– el que debía sacarlo, el líder blanco se apartó unos pocos pies de la misma. Los Azules dejaron que el suyo se los pasara, lo sacó del fondo de la red, se acomodó su tocado y se dispuso a dispararlo rodeado de Blancos. Para su suerte, la pelota pasó entre las piernas abiertas de la torre más alta. Esa movida dejó impresionada a las gradas.

Sin embargo, el balón volvió a caer en el control enemigo, porque los Azules casi se aferraban a las piernas de sus contrincantes, sin moverse a buscar el balón, lo que le permitía a cualquier libre de los Blancos alcanzarlo de un solo salto.

De nuevo con la pelota, un jugador de los Blancos lo elevó y al aproximarse uno de los Azules, él mismo la agarró, en el aire, con sus manos. Los guerreros rapados gritaron: el partido se detuvo en el acto. Su líder debió hacer que soltara el balón y arrojarle al medroso jugador a los guerreros. (Él quiso retornar al campo de juego, pero cuando alzaron las espadas de obsidiana, lo inmovilizaron, dejando un rastro de sangre al arrastrarlo frente a las gradas enardecidas.)

Con un jugador fuera, el esclavo más cerca de la multitud dio la señal y con el cambio entró su reemplazo: otra torre que acababa de sorber pulque sagrado. La pelota estaba en medio de la cancha y como no sabían quién era el que sacaba, uno de los esclavos elevó una banda blanca: los que tenían pisado el balón, sacaban.

El pochteca devoraba una taza de charal cuando vio la pelota pasar frente a sus ojos; ese saque le dio el balón a los Azules, pero la jugada sólo benefició a los Blancos: en tanto que los Azules los desmarcaron para pasarse el balón en su lado del campo, las torres los fueron acorralando, pase tras pase, reforzando sus hombres en la arquería de los contrarios.

Los Azules no se percataban de que reculaban más y más, hasta que la torre mayor barrió con el arquero. Con eso le devolvió la pelota a su equipo, pero el movimiento lo dejó expuesto a los pisotones de los Azules. De repente, nomás vio las suelas de los cactles. Así que un segundo cambio se produjo: una nueva torre entró y su líder quiso darle el saque a él.

La pelota salió en pase corto a los Blancos y los Azules cruzaron el campo. Trataban de recuperar el balón, pero las torres salieron en estampida al arco contrario, llevando a los Azules en sus sombras.

El de los Blancos que había entrado ahora tenía la pelota consigo, un segundo sombrero pasó frente al pochteca y cayó cerca de la portería azul. El líder de los Blancos la rescató y disparó a bocajarro: las gradas estallaron y echaron al aire las semillas que comían. Pero en la cancha dos Azules le gritaron al goleador, el resto de las torres y de los Azules se amontonaron y los guerreros rapados volvieron a gritar: nadie viró. Un tercer silbido sonó y un cuachic volvió a llamarlos.

Esta vez fue el líder de los Azules quien tomó a sus dos hombres por el cuello, junto con el arquero y los echó del terreno. Los guerreros los inmovilizaron y los agitadores fueron abucheados frente a las gradas.

Durante todo el partido entraron y salieron los jugadores con calaveras pintadas en el rostro; jugadores que solamente tenían pulque en su cuerpo. Todavía estaban encendidas las antorchas a pleno sol. La hora estuosa y el soplo de la brisa se sentían por el campo de juego, por los vistosos plumones del pochteca y en el sitial de los sacerdotes.

Desde las terrazas lucían las roderas y los caminos claros, los tamemes iban corcovados a los templos. Y el sacerdote, que tenía esta vista, parecía contemplar la jugada desde lo alto o acaso poner sus ojos más allá de la lontananza. Nadie lo miraba.

Ahora las copas de los tepozanes se agitaban.

La primera vez que vio a la bestia, no oyó sus silentes pasos. Iba caminando bajo los dos únicos luceros que brillaban en la noche. El camino era parecido a los que quizá estuviera contemplando desde su palco y a medida que avanzaba fueron despuntando peñascos; peñascos que al acercarse se levantaron, cenicientos, como si las sombras subieran sobre ellos.

Él no se inmutaba, seguía marchando en la claridad de su camino, hasta que detrás de los altozanos se reveló una penumbra sin faz, muda, sin estremecer la tierra. Un color parecido al blanco es lo que hoy tiene en su tetama.

A lo mejor él hubiera seguido marchando, pero la penumbra alcanzó su camino y se posó frente a él, abarcando toda su vista. Ya no recuerda si no tenía rostro o si por rostro una máscara ocultaba el vacío que percibía de ella o si es que en realidad la misma criatura le escondió lo ominoso de su cara para que él pudiera despertar en el Tlaltícpac.

Y aunque le quedaron puros susurros, el sacerdote indagó, en las sombras de la madrugada, lo que el blanco significaba. Por las bocas del Coatepantli, al poco andar en el aire fresco, arrancó una brizna de zacate y la pasó entre sus dedos, meditabundo. <<¿Cómo es que vislumbramos lo que ya no vemos por cosas tan nimias?>>, se preguntó apoyado contra el muro.

Esa misma brizna tenía el color de las copas que se agitaban a lo lejos. Todavía en la madrugada le dio tiempo de pasear por el altar de las calaveras de su ciudad: las cuencas eran obscuras en hilera, las formas sáxeas describían los mismos movimientos y las antorchas se apagaban a las afueras de los templos.

Ahora el viento soplaba con más fuerza y abajo, en el campo de juego, una nube de polvo se levantaba y alborotaba a las gradas.

Otros cinco tantos pasaron a favor de los Blancos y los jugadores volvieron a cambiar de arco. El viento movía las plumas de sus tocados y ambos líderes tuvieron que ajustárselos antes de hacer el saque en el centro del tlachco. A esa hora el sol ya no era bravo y los Azules se veían mareados de tantos cambios de arco y de pulque sagrado. Apenas los Blancos iban por su tercer reemplazo cuando entró de vuelta la torre mayor, que fue recibida por la ovación de las gradas, aunque fuera a trompicones a la cancha.

De todos los Blancos, él era el más alto. Estaba detrás de su líder y el perfume de toloache que despedía se sentía en la brisa. Ese olor también lo tenían los Azules, que entraban y salían de la cancha como la pelota que ellos pateaban. El líder de los Blancos quiso pasarle el balón a su compañero para comprobar que estaba en buen estado, por lo que gambeteó a los Azules que tenía en frente y se lo pasó en comba a su compañero que, para sorpresa del resto, siguió de largo entre sus piernas.

Unos nubarrones ocultaron al sol, el viento hizo volar las plumas de los palcos y el sacerdote levantó su esquelética mano. Parecía un saraguato flaco bajando del palco, cuando pisó tierra sus ayudantes lo siguieron hasta la cancha. Sus sombras ennegrecieron y el nublazón se hubo puesto sobre toda Chichén Itzá.

El sacerdote le susurró a uno de los cuachic y el partido se paró. Las gradas reventaron en ovación y las gentes comenzaron a descender de los palcos, todavía arreglándose las plumas, los cueros. Los Blancos se agitaron en el campo de juego, medio mareados y los Azules se apoyaron unos con otros, formando una columna.

Sin embargo, el líder de los Blancos, que se sabía ganador, se inclinó en medio del tlachco, con la pelota en ristre, como rindiendo pleitesía. El líder de los Azules también se postró frente a él y, con ellos, el resto de los jugadores siguió su ejemplo.

El sacerdote convocó a los Azules al sacrificio y, a duras penas sobre sus pies, salieron a trompicones del terreno. Junto a quienes estaban llamados a presenciar el sacrificio, los Azules contemplaron cómo los ayudantes del sacerdote tomaron al líder de los Blancos, que tenía el tocado desarreglado y se lo ajustaron, cual sus plumas fueran teocomite y lo pusieron de rodillas para empezar a cortarle el cuello. De una mano tenía empuñado el pedernal ensangrentado y de la otra a la cabeza por los cabellos.

La multitud se había entregado efusiva mientras la cabeza colgaba y el cuerpo teñía de rojo al campo de juego, arrastrado, lacerado, hasta el fondo mismo de los arcos.

Con los ojos entornados los Azules entrevieron cómo los guerreros rapados, cuyo pegujón de cabellos parecía de grana cochinilla, los asistieron abriendo los cuellos y desollando los enormes cuerpos decapitados por las sangrientas escalinatas del templo. Sus dos compañeron también rodaron desollados.

Caían las gotas del cielo negro y corría la pintura por los rostros; flotaban las plumas.

Humeaba dentro de la lluvia. La sangre y el agua corrían por las escalinatas, se mezclaban en las charcas revueltas por donde las gentes se apuraban. El sacerdote extasiado elevaba oraciones a sus Señores, agitaba la cabellera mojada sobre sus hombros y la banda de oro al aguacero.

Lampos silenciosos iluminaban el cierre del partido.

Todos cantaban bajo la promesa de los Dioses esperando que hubiera vasijas rotas en las milpas, brisa con los soles y las mazorcas de cada mañana. Calmas las aguas al fondo de los cenotes, preseas de Xochicalco en la capital y dádivas para los únicos creadores.

El tlachco ya era puro barro y sus palcos y los nuevos arcos ahora yacían enterrados con las antorchas.

 

 

Gleiber Alvarez (San Carlos de Austria, Cojedes, 1994). Poeta, Asperger y dibujante, que una vez enseñó inglés en una prepa de su rancho. Es un distinguido procrastinador y mensualmente cata brownies porque está desempleado. Escribe con cierta regularidad en su blog personal Aburileo.

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