por Jorge Solís Cisneros

para Juan Villoro y a la memoria de Roberto Bolaño

 

Uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno… El siguiente paso se quedó extraviado en la voluntad de su impulso, siendo la pierna diestra atravesada por una bala en dirección contraria a la trayectoria frontal que llevaba. Mi destino fue marcado aquella noche por una nueve milímetros.

Mi relación con el balompié data desde la infancia. Desde los seis años, cuando lo descubrí, me encauzó a un solo objetivo: igualar o superar a Ronaldinho, el astro brasileño que con alegría en los botines plantaba perplejidad a propios y extraños con su dinámica habilidad en el Barcelona de España.

Mi padre, un profesor de educación primaria, se sentaba cada tarde en su mecedora corroída por una osteoporosis metálica, a verme patear en el garaje incesantemente un balón Molten desgastado al cual ya se le notaban las últimas fibras que daban refugio a la cámara de aire. Al percatarse de ello, vislumbró en mí el reflejo de uno de sus sueños frustrados (uno de los demás era viajar al Caribe) y decidió llevarme al mercado de una ciudad aledaña para comprarme todo lo que necesitaba un incipiente jugador de futbol.

De retorno al pueblo no faltó la explicación de la funcionalidad que tenía cada artefacto. Las espinilleras, como su nombre lo dice, son para protegerte de cualquier golpe en la espinilla; los “picos” que están incrustados en la suela de los zapatos te proporcionan un mayor agarre al suelo, o sea, son pa’ que amarre bien tu pie en el césped, mijo, decía mientras mantenía la vista fija en la carretera. Jamás lo había notado con demasiada vehemencia en su actitud, desde aquella vez en que mi madre optó por prescindir del aporte de mi pensión otorgándole mi custodia, hasta los cambios de velocidad los realizaba con una armonía irreal; existía una simbiosis entre aquel Tsuru del 90, mi padre y yo. Trascendíamos el instante.

Cada sábado, él me entrenaba con conocimiento básico del deporte: un poco de calistenia para preparar los músculos antes del trabajo físico, y concluía siempre con prácticas referentes a la técnica del golpeo del balón. Así, semana a semana hasta cumplir los ocho años. Gracias a mi viejo descubrí no sólo la pasión por el futbol, sino la pasión misma. Pero como acto natural de la vida, cuando comienzas a presenciar momentos que se aproximan a la felicidad, de un chasquido se disuelve la anormalidad para regresarte a una constante decadencia. Mi padre falleció en un accidente automovilístico exactamente –como dato para corroborar la crueldad de Dios– el trece de marzo (fecha de mi cumpleaños), estampándose frente a frente contra un viejo Volare, dando la terrible casualidad de que era precisamente el coche de mi madre, privándola a ella también de la vida.

Me convertí en hora muerta de días desolados. El viejo nunca hizo un testamento, solía decir que todavía no era necesario porque la muerte tendría que idear una estrategia de por más minuciosa para poder acabar con él, y, a decir verdad, la creatividad de su deceso fue exquisita. En fin, la única herencia que obtuve fueron los botines, un balón de futbol pirata marca Nike y su recuerdo imborrable en cada patada.

Vivía en la calle. La casa que teníamos con mi padre fue reclamada y vendida por un tío lejano que nunca se enteró o no quiso enterarse de mí, siendo esto motivo para que a los quince años yo tuviera que emigrar a la Ciudad de México por “mejores” oportunidades de empleo, porque en Chiapas un mocoso de esa edad sólo sirve para lustrar zapatos o vender chicles y cigarros. Ahorré durante seis meses el dinero suficiente para el pasaje hacia la capital: dominaba el balón en lugares concurridos con la finalidad de obtener propinas. También trabajé como cargador en la central de abasto hasta que llegaban muchachos más corpulentos y más eficientes, y me desechaban como un papel con mierda por el retrete. Y así, de chambitas en chambitas logré conseguir los quinientos pesos del camión.

La suerte firma convenios con el desamparo en cualquier sitio del mundo; escabullirse de ella es una empresa inútil que desemboca inevitablemente en el inicio de sus malos tratos. Es una persecución cíclica. El recibimiento de mi nuevo destino fue hostil desde el primer pie que puse en suelo defeño. El frío decembrino agrietó cada tejido de mi cuerpo haciéndome dudar seriamente de las facultades del suéter chiapaneco que portaba en ese entonces. Me iba a tener que hacer de acero si es que aún ansiaba construir una nueva vida, aunque hubiese preferido ante todo un deseo: fuego, calor para contrarrestar el maldito frío que me cimbraba el cuerpo.

Mi hogar, como ya lo presupuestaba, fue la calle. Sobrevivía de las limosnas que el malabarismo con el balón me redituaba. Bastó un mes para poder obtener un trabajo “estable” en la gran urbe; la desgracia cedía. Una anciana necesitaba de urgencia que alguien la ayudara a realizar actividades hogareñas relativamente complejas para personas con tantos años acumulados. No tardé en comprender que aquella señora septuagenaria en realidad estaba ávida de compañía, el tiempo le había engendrado el temor a fenecer en el anonimato. Por tanto, accedí a su oferta.

Prácticamente era un familiar inventado por parte de Margarita, la anciana. Me proporcionaba techo, comida y una calidez parecida al amor, además de remunerarme semanalmente una cantidad modesta de dinero por contribuir con las labores de la casa. Los fines de semana, como tributo a mi padre, no perdía la costumbre de patear el esférico después de podar el jardín. Margarita siempre se sentaba debajo del dintel de la entrada principal a verme manipular el balón. Si continúas entrenando así seguramente te contrata el América o el Chivas, Pablito, aseveraba crédulamente antes de darle un sorbo a su café de las cinco. La idea de ser profesional se había diluido en la necesidad de sustentarme por cuenta propia, pero cada vez que aquellos labios repletos de sabiduría emanaban palabras de aliento, la ilusión renacía.

El vínculo entre Margarita y yo se fortaleció gradualmente ya pasados dos años de haberla conocido, haciéndose acreedora sin lugar a dudas del título de madre. Éramos uña y mugre. Tanto que, al ver la dedicación que le ponía a mis prácticas futbolísticas autodidactas, decidió llevarme sorpresivamente a unas visorías a Coapa, a las instalaciones del Club América. Por un minuto tuve la típica y estúpida sensación de ser parte de una trampa onírica, pero no. Mi vieja me miró a los ojos diciéndome mediante un gesto que aprovechara la oportunidad de prosperar en uno de mis tantos anhelos, aunque honestamente, sólo ésa era mi aspiración.

Los filtros de entrenamiento se complicaban más y más. En el aspecto físico no tuve mayor problema, tampoco en el técnico. Las adversidades salieron a relucir cuando los instructores me preguntaron la posición en que me desempeñaba con más facilidad. No supe responder, ni siquiera mascullé alguna palabra referente al argot que se maneja en la cancha. Pónganme en donde juega Ronaldinho, dije convencido de poder dominar esa posición al igual que el brasileño. Los profes sellaron mi ignorancia al respecto con una carcajada. Ta’ bueno pues, vamos a ver qué traes, negrito, te vas de interior por izquierda, inquirieron señalando el sector del campo en el que debía ubicarme. Tres padrenuestros, dos aves marías y la evocación de mi padre fueron suficientes para obtener valor y afrontar la prueba. Anoté un hat-trick en el interescuadras de esa ocasión.

Habían transcurrido ya dos semanas de las visorías a las que Margarita me llevó. La aspiración volvía a desquebrajarse. Margarita se caía pétalo a pétalo de la desesperación. Si dijeron que ellos llamarían lo harán, mijito, ya verás, decía aparentando serenidad, una serenidad que ambos sabíamos era falsa. Estábamos corroídos por la incertidumbre. A lo mejor les otorgué mal el número telefónico, vociferaba mi tierna vieja, queriendo adjudicarse el error para disfrazar mi ineptitud deportiva. Por fin sonó el teléfono. Era el Club América para notificarme acerca de su interés por integrarme a las filiales del equipo, en la categoría sub 17 para ser exactos. Explicaron cuestiones relativas a un contrato semestral sujeto a cambios, de un salario mensual y aspectos aburridos de los cuales se hizo cargo Margarita. Un ambiente armonioso desvaneció nuestros rostros tensos dando paso a un abrazo etéreo; ella florecía de nuevo y yo empezaba a brotar de la tierra.

Poco a poco fui escalando peldaños para establecerme en el club. Con ahínco pude ascender a la titularidad y dejar de ver pasar mi sueño desde una butaca frustrante. Sufría día a día en las prácticas para mantener mi ritmo de juego, mas el sufrimiento de no tener a Margarita a mi lado en los partidos de visitante (en donde viajábamos a diversos Estados de la República Mexicana) no tenía comparación, me oprimía el pecho con un puñal de melancolía. Mi primera temporada fue todo un éxito: tuve el récord de asistencias en el torneo y fui el segundo mejor goleador del equipo, lo cual me valió para ser convocado a la selección mexicana para participar en el mundial juvenil.

Arribamos a Perú, la sede de la competición. Nos tocó compartir hotel con los argentinos y los brasileños, ambos favoritos al título debido a que tenían jugadores pertenecientes a clubes europeos de mucho prestigio. El primer partido lo jugamos ante el anfitrión, un rival endeble que durante todos sus encuentros preparatorios sus adversarios le habían encajado decenas de goles dejándoles la moral por el césped. Pero insólitamente nos abatieron por la mínima diferencia con anotación de cabeza de su defensa central, el Piedra Salguero.

En los siguientes dos partidos soportamos los desmedidos embates de las selecciones de Uruguay y Alemania, venciéndoles dos goles contra uno y un gol a cero, respectivamente. Una vez ya clasificados a las rondas finales fijamos la vista en un único objetivo: llevar a cabo la hazaña. Los cuartos de final resultaron un camino sencillo para avanzar a la siguiente etapa. Esperábamos un mayor nivel de Italia. Caso contrario de los argentinos, quienes hicieron valer la calidad de sus jugadores durante ochenta y cinco minutos, pero paradójicamente a mi experiencia como fiel víctima de la tragedia, la suerte se decantó hacia el lado de nuestra bandera mexicana, evitando cuatro disparos a gol con ayuda de los postes. En el resuello de los últimos sesenta segundos del tiempo complementario, vino hacia mí  un trazo largo desde la lateral derecha enviado por Lalo Cifuentes, el cual refugié en mi pecho con una cualidad magnética bárbara en las afueras del área grande; estaba con doble marca en dirección contraria al arco enemigo. El ánimo decaído era un aliciente más para el desgaste físico, ya sólo esperaba el silbatazo del árbitro que diera pie a la tanda de penales. Pero como señal divina vislumbré la figura de Mauricio Gómez corriendo en paralelo a mí, pidiendo a gritos el esférico. Y así, sin más, le asistí en un último esfuerzo para que colocara con maestría el balón en el ángulo, inalcanzable para Antonio Recursinni.

Esa misma noche tras conseguir el boleto a la final, hice una llamada a la Ciudad de México. para informarle a Margarita de la agonizante victoria ante los sudamericanos. La emotiva felicitación no faltó junto con la correspondencia telefónica de bendiciones. Asimismo, mi vieja me pidió exceso de concentración para el encuentro contra Brasil. Sea cual sea el resultado estaré orgullosa de ti, Pablito de mis amores, dijo como despedida antes de colgar el teléfono.

Los amazónicos llevaban una racha de veinticinco partidos sin conocer la derrota, y claramente existía una predilección hacia ellos, hasta el público peruano los apoyaba. Durante los noventa minutos sorpresivamente nosotros tomamos la iniciativa de proponer al ataque, lo cual resultó fructífero, puesto que desde el minuto veinte a pase de Emmanuel Amador anoté el primer tanto con un disparo cruzado a la altura de la media luna. El silencio en el estadio retumbaba en la sangre nuestra impulsándonos a finiquitar el asunto. Logramos lo inimaginable por un marcador de tres a uno. Hicimos la proeza, dimos la campanada, México sobresalía.

A todos los miembros de la selección les llovieron ofertas millonarias de clubes de renombre. Carlos el Loco Pico fue fichado por el Madrid de España por cuatro años. Lalo Cifuentes partió hacia la Bundesliga con el Frankfurt. Luis el Zurdo Ruelas consiguió su traspaso del Chivas al PSG de Francia. Así muchos casos más. Yo, por ejemplo, rechacé la propuesta de la academia del Barcelona que constaba en contratarme por seis años, esto para poder debutar en primera división con el América y que Margarita me viera cumplir mi sueño, el de mi padre. No tardó mucho para que ese día llegara.

En la séptima fecha fui convocado al primer equipo para enfrentar el clásico nacional contra el Chivas. Margarita se desintegró en lágrimas por la noticia y me pidió boletos para un palco en el estadio Azteca.

Una noche antes del partido recibí una llamada al hotel de concentración por parte de mi vieja desde el hospital. Pablito, deja que me disculpe con antelación por interrumpir tu descanso, pero creo que no podré acudir a tu debut mañana, la migraña me ha atacado y me he sentido mal; nada de gravedad, no te alarmes, dijo con un tono de voz en declive. No te preocupes, Margarita, ya habrá más oportunidades en las que puedas estar presente; tu salud es primero, es más, en un pestañear me lanzo para allá, dije sin darle el derecho a negar mi visita.

Llegué a mi cita furtiva después de escaparme de los filosos ojos del entrenador. Pregunté a la recepcionista (innegablemente preciosa con un par de océanos en la mirada que hasta opacaban el surrealista escote) por Margarita López, y al terminar de pronunciar la efímera zeta del apellido ella languideció súbitamente, transmutando toda su belleza a un estado decrépito. Indicó con palabras sísmicas el número de la habitación en que se ubicaba.

Luego de atravesar un eterno purgatorio semejante a un pasillo de hospital, encontré el cuarto y entré. Sentí un allanamiento de aire helado en cada poro de la piel. Dilaté en entenderlo, mejor dicho no quería entenderlo como mecanismo de defensa para evitar la hecatombe sentimental.

Le besé la frente, di media vuelta y me retiré para recibir la réplica del suceso. Guarecí el dolor. Volví a los verdaderos senderos de la vida. Comprendí que las tristezas pesan más que las glorias; la alegría es esporádica, el martirio es constante. Ahí estaba yo, caminando cabizbajo sin rumbo debajo de un cielo llano y lóbrego, absorto en la nada. Las sirenas fulgurantes contradecían la pesadumbre del alma. La algarabía se degradaba en el mutismo luctuoso de mi esencia. Y de pronto ¡cruaj!, rótula destrozada por una bala que daba señales de poder hospedarse en mi pierna, pero ya todo valía un carajo.

Ahora me encuentro en  mi lugar de origen (de origen porque nací en él; en realidad nunca me he sentido parte de algún sitio) a ganarme el pan mendigando monedas por los ríos de asfalto, buscando personas caritativas o nobles o que por lástima le ofrezcan empleo a un cuarentón discapacitado cuya única virtud era patear un balón, y ahora lo único que sabe hacer es recorrer las calles a un solo compás. Uno, uno, uno…

 

 

Jorge Solís Cisneros (Tuxtla Chico, Chiapas, 1997). Ha colaborado en un par de revistas digitales: Inteligencia Independiente (noviembre 2016), y Mimeógrafo (marzo, 2017; mayo 2017),  De igual forma, ha participado en la Revista Duvalier, y es próximo a publicar en la cuarta edición del libro Autor/ (España). Ha sido organizador de eventos culturales y académicos dentro de la comunidad universitaria en la Universidad Autónoma de Chiapas.

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