A los seis años decidí que iba a apoyar al Necaxa con todas mis fuerzas porque mi papá era electricista y nosotros dos, juntos, casi solos contra el mundo, dependientes de una única abuela que fungía como madre para ambos, éramos como Don Ramón y la Chilindrina. Puede que esa haya sido la decisión más sincera que he tomado en mi vida, justo por provenir de las razones más absurdas e ingenuas. Vale la pena mencionar que en aquél lejano 1999 el equipo aún no descendía, de hecho atravesaba una gran racha a la que nadie prestaba demasiada atención: 11 años de ser el Atlético Español habían menguado a la afición y ni su triunfo en la Concacaf logró volver a convocar multitudes. Tan sólo un par de años después comenzaron los preparativos para llevar al equipo a Aguascalientes, lejos de una afición chilanga que ya no tenía espacio en su corazón para albergar a un quinto equipo local y con la esperanza de crear una identidad nueva que le diera alguna clase de respaldo. No funcionó, claro está. Los aficionados que llegan a ocupar el Estadio Victoria no son frescos rostros hidrocálidos que buscan depositar sus esperanzas en su equipo “local”, sino correosos chilangos y poblanos que llevan con orgullo sus recuerdos de las finales jugadas en 1994 y en 1996 en el Estadio Azteca, cuando se conquistaron dos títulos de liga.

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A todo esto, no me gustaba la serie de El Chavo, me desesperaba. Tampoco me gustaba el fútbol, en realidad lo odiaba. Y para rematar, no estaba segura de que mi papá me agradara. Me recordaba a Don Ramón no sólo por ser padre soltero y ver el fútbol, sino porque tenía un carácter horrible: le faltaba paciencia para mis preguntas, no había tiempo para que jugara conmigo, se desesperaba al intentar peinarme y me perseguía por las mañanas con un licuado de plátano que yo odiaba con todas mis fuerzas. A diferencia del personaje interpretado por Ramón Valdés, mi papá se marchaba diariamente a trabajar en un misterioso espacio atemporal llamado subestación, parte esencial del funcionamiento de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. Sus turnos cambiaban cada semana y ninguno era mejor que el otro: si trabajaba de noche no lo veía por seis días y debía quedarme con mis abuelos en ese tiempo; si le tocaba en la tarde sólo lo veía en la noche, y generalmente ya estaba dormida cuando él llegaba; los turnos de día eran los mejores, porque no tenía que ir con mis abuelos en esa semana, pero entonces el dormido era él. En su día de descanso veía el fútbol, y en esos momentos yo los odiaba a los dos. Lo odiaba a él por no hacerme caso, por no estar conmigo, por no resolver mis dudas existenciales, y odiaba a los 22 idiotas que se disputaban un baloncito como perros por alejar a mi padre de mí en su único día libre.

Fui amargada, dramática y berrinchuda. Quizás tenía mis razones, quizás sólo era porque tenía seis años y estaba harta. La gente siempre me hacía preguntas que no quería responder. No, señora, no sé dónde está mi mamá; No, señor, no extraño a mi mamá; No, señora, no me gustaría que mi papá se volviera a casar; Sí, señor, sí me gusta vivir con mi papá; No, señora, no sé si me hace falta una familia completa; No, tía, no me quiero ir a vivir contigo. Aunque el planteamiento llegaba a variar, la idea que resonaba en el fondo de todas estas preguntas era siempre la misma: un hombre no debería estar criando a una niña. Todo el mundo tenía algo que aportar, todos querían contribuir en algo, todos querían arreglar algo en mi vida que en realidad no estaba mal. Yo conocía mi historia y sabía que las cosas estaban bien, que era el camino correcto, pero eso no me lo preguntaban. Mi mamá no se fue, nosotros la dejamos. Un día mi papá me recogió de la guardería, un amigo suyo nos condujo hasta Puebla, después corrimos a Veracruz y a partir de ahí nos escondimos por tres años, aunque ella sólo me buscó durante uno. Nadie puede decir que se robaron a la niña de brazos de su madre, porque la madre en cuestión no quería estar con la niña, pero tampoco quería que viviera con el papá. La historia es mucho más larga y mucho más compleja, hubo policías, cateos, amenazas y arrestos. También piratas, demonios y molinos de viento, aunque puede que eso lo haya inventado yo. A la larga, ella dejó el asunto. Su propio hermano declaró en su contra. Los jueces abandonaron los procesos. Las cosas se calmaron. Ella conoció a alguien más. Tuvo otro hijo. Cobró mi pensión de manutención por tres años, aunque no viviésemos juntas. A la larga también dejó eso. Nos arruinó un poco la vida, pero lo reparamos. Casi. Reapareció muchos años después para decirme que yo se la había arruinado a ella. Hay gente con la que no se puede ganar.

En algún momento decidí que amaba a mi papá con todas mis fuerzas y con la misma resolución con la que decidí apoyar al Necaxa aunque a nadie más le importara, aunque Don Ramón tuviera mal carácter, aunque el equipo de la familia fueran los Pumas y aunque ni siquiera me gustara el fútbol. Lo amaba porque había movido mar y tierra para estar conmigo y después había intentado reacomodar ese mismo mar y esa misma tierra para que pudiésemos vivir. Lo amaba a pesar de sus angustiosos silencios, de los enfados, de las ausencias y de los licuados de plátano mañaneros. En el fondo siempre he sabido que le debo algo más allá de la vida. También he sabido que, a pesar de su actitud confiada y chistes bobos, tuvo y tiene tanto pánico como yo, y las más de las veces no tenía idea de qué estaba haciendo: una vez me mandó a la escuela sin mochila y en otra ocasión se olvidó por completo de que tenía clases. A la fecha me pregunta en qué facultad estudié y tiene la noción de que cursé cuatro años de algo así como filosofía y letras. A veces se olvida de mi cumpleaños, pero hay dos detalles que siempre recuerda: que nací a las dos de la tarde y que ese día cayó una lluvia torrencial.

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Nadie me tomó muy en serio cuando anuncié que de ahora en adelante apoyaría al Necaxa (porque obviamente debía haber un anuncio), pero meses después, cuando nos dirigíamos a Veracruz y no llevábamos ni dos de las siete tortuosas horas que nos separaban de las vacaciones, pasamos cerca del río Necaxa y mi papá se soltó a contarme la historia del equipo. El proyecto había iniciado porque el gerente de la compañía de Luz había jugado fútbol en su juventud y amaba el deporte. Los trabajadores de la compañía tenían la oportunidad de ingresar al equipo y, poco a poco, fueron haciéndose profesionales. Habían sido tan buenos que alguna vez enviaron a casi todo el equipo disfrazado de selección mexicana para que disputara los III Juegos Centroamericanos y del Caribe. Todo eso me lo contó más de una vez, a veces me lo decía dos veces en el mismo viaje y yo lo escuchaba con la misma atención y hacía las mismas preguntas cuyas respuestas ya conocía. Comenzó a hablarme de otros equipos, de otras épocas, de sus años como portero. Sus ojos brillaban al relatar la historia de Hugo Sánchez en España y las chilenas que aprendió a hacer viendo a su hermana que practicaba gimnasia. Cuauhtémoc Blanco bajando las ventanillas del autobús para escuchar los insultos de la gente y así jugar mejor. Los goles de Luis García, quien recibía los balones de espaldas y se volteaba directamente a anotar.

No me importaba nada de eso. Lo que aquellos personajes habían hecho o dejado de hacer no tenía el menor impacto en mí. No entendía ni los gritos ni la emoción y, aunque me interesaban los resultados, rara vez veía los partidos. Pero nunca le pedí que se detuviera. No me cansaba de escuchar su voz. No me cansaba de la atención que me regalaba al contarme todas esas historias una y otra vez. No podía dejar de maravillarme por aquello que se asomaba por un breve segundo cuando descargaba toda su ráfaga de historias: a la persona que se escondía detrás de las camisolas holgadas cuyo gusto heredé y porto con religiosidad. Una persona que alguna vez jugó, que alguna vez esperó algo más y que alguna vez dejó todo eso por cuidar de mí. Yo no sentía pasión alguna por el fútbol, pero me apasionaba escuchar a mi papá y saberme parte de su vida por haber compartido un recuerdo suyo, una memoria extraviada o una anécdota curiosa que se había guardado para sí. Descubrí en el deporte que tanto odiaba, que tanto había culpado por la distancia que existía entre nosotros, un lenguaje común con el cual podía acercarme a él y, de cierta forma, hacerle ver cuánto lo quiero.

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Desde hace cuatro años comencé a entender lo que era la pasión al fútbol. Justa y tristemente, la derrota de México frente a Holanda me puso en tal estado de agitación y tristeza que tuve que exigirme calma y echarme agua fría en la cara. Tal vez se me quitó lo berrinchuda de mi niñez, pero sigo siendo dramática. El siguiente gran impacto fue la goleada que Alemania le metió a Brasil poco después. Los rostros de la afición brasileña dejaron una huella en mí que no podré borrar nunca.  Tras el mundial comencé a prestarle más atención a los torneos de liga y no pude dejar de sorprenderme por lo impredecible de la misma: equipos que perdían cinco partidos terminaban disputando la final; los campeones máximos corrían el riesgo de irse a segunda división pero al final se salvaban milagrosamente; los equipos morían y renacían en otros estados, con otros nombres, otros uniformes y otros mitos de creación. Era como leer una novela de Saramago dirigida por Ibargüengoitia. Las conversaciones con mi papá se volvieron mejores: ahora yo podía darle algo de regreso, yo podía involucrarlo con un recuerdo mío y hacerme parte de su memoria.

Fue mi papá quien me dio la noticia de que el Necaxa había vuelto a ascender. Aquel día estaba fuera y no pude ver el partido, aunque el resultado no me sorprendió. Ya han pasado dos años de eso y del equipo que llegó a primera división y terminó entre los mejores lugares de la tabla en 2017 apenas queda el recuerdo. Fueron campeones de copa en el Clausura 2018, pero el chiste local era que ni a los de Aguascalientes les importaba. Lo cierto es que la identidad de ese equipo no depende ni de la ubicación ni de sus figuras (aunque no sé qué vamos a hacer sin Barovero), toda su magia descansa en la figura quijotesca de un señor bigotudo, gruñón y desempleado interpretado por Ramón Váldes, un hombre de condición humilde que al ver comprometida su hombría respondía con la frase que resonaría en los oídos de toda una generación “Yo le voy al Necaxa…”. Han pasado 18 años desde que anuncié que apoyaría a dicho equipo, angustiosamente pronto serán 19. Mi papá sigue siendo ese mismo hombre reservado, silencioso y enojón que me persigue por la casa con licuados de plátano para que no me vaya sin desayunar.

Claro que ahora hay cosas diferentes: ya no nos correteamos en un departamento, sino en una casa que es aún más microscópica; ya me gusta el licuado de plátano, a veces lo preparo yo para que desayunemos los dos; y sus ausencias se vieron drásticamente amputadas el día que la compañía de Luz cerró y él quedó, como Don Ramón, sin un empleo fijo. También a veces hablamos de libros. Su cuento favorito es “La luz es como agua” de Gabriel García Márquez, porque se relaciona con aquello que le dio identidad durante tantos años. Se habría podido jubilar de la compañía antes de que la cerraran si no hubiese perdido esos años de trabajo arreglando mi custodia. Ahora espera con angustiosa calma a que le lleguen noticias del sindicato y se reparta el dinero que le corresponde a cada trabajador, pero él sabe, justo como el coronel de la Guerra de los Mil Días, que tal noticia no va a llegar nunca.

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Vimos el partido de México contra Alemania juntos. Se salió varias veces al jardín porque no podía quedarse quieto. Yo estuve tiesa como estatua, sentada en un banquito frente a la pantalla, hasta que acabó. Mientras desayunábamos le deseé Feliz Día del Padre y él comenzó a hablarme de nuevo sobre los goles que anotó Luis García. Yo le hablé sobre el partido de Portugal y España que él no pudo ver. Le relaté los goles de Cristiano, Costa y Nacho lo mejor que pude, como él me enseñó. Espero que en ese intercambio escuchara lo que pienso, que es el mayor orgullo de mi vida y que lo amo de verdad. En serio lo espero.

 

 

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Angela Rosas

Angela Rosas

(n. 1993) Me gusta la cerveza fría, la tele fuerte y las revistas literarias locas, locas.

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