por Rafael Alejandro Ochoa García

 

Cuando me mudé al búngalo, Chacho me saludó sentado. Me recibió con su mirada asquerosamente tierna, y con el semblante que los perros saben que manipula a los humanos. Levantó la pata en una muestra trillada de atención, y nos volvimos compadres.

Caso contrario fue el de Mushca. Una perra sociópata con trastorno felino, por el cual había momentos que te retozaba y chillaba, y otros que te postraba una mirada de no me toques. Aun así, me mostró respeto al no achicarme con sus gruñidos, aunque a veces la sorprendía viéndome como momia, como si tramara mi asesinato.

Estos perros se convirtieron en mi familia, una familia ajena porque yo no era su amo y ellos no eran mis mascotas. Por eso tuvimos una buena relación, porque, aunque yo ejercía de dominante, tampoco les prohibía ni les vigilaba sus travesuras. Travesuras que cometían en su feudo, el jardín que compartía con otros búngalos y la casa principal, donde vivía la señora que me rentaba. Un jardín lleno de azucenas, crisantemos, rosas y cempasúchil y un arco de enredadera. Un espacio ideal para animales sin un ápice consciente de su esclavitud.  

El golden retriever y la cruza de pastor alemán. El ying y el yang. Esos eran Chacho y Mushca.

Algo pasa con los perros, pues sabrán que se puede conocer a un amo mediante su cuadrúpedo. Chacho, por ejemplo, se consideraba de Mónica, la arrendadora. Entrado en la vejez, castrado y con la voluntad de un gato gordo, era más fácil que aprendiera a hablar a que te gruñera o mostrara alguna agresión. Sus ojos, como dije, eran acuosos, rogantes, como si te pidiera clemencia cada vez que lo atendías. Te lamía cualquier parte desnuda de tu cuerpo: manos, tobillos, cachetes u orejas. Y en cada lengüetazo, en cada resuello de su nobleza, se sentía como el beso de un padre que da confort a su hijo. Un cariño más que humano. Un cariño de can.

Mónica, así, era la matriarca. Gobernaba a su familia como el dictador original: con hierro, pero con justicia y solidaridad. A veces escuchaba cómo le gritaba a su esposo, Ben, un gringo que puso un taller de mueblería industrial contiguo al jardín, el paraíso de Chacho y Muscha. Pronto me di cuenta que, de carácter fuerte, sí, Mónica no agredía ni insultaba con sus gritos. Me imagino que sólo hablaba tal como aprendió a hablar en su casa.

La historia de Mushca era diferente; traída de los basureros desde cachorra para ser guardián del taller. Su hocico era respingado y sus ojos negros como de cualquier callejero. En su pelaje se adivinaba su ascendencia pastoril: negro, abultado, modulado con tonos castaños y güeros. Y en sus colmillos se mostraba, a leguas, ese germanismo territorial, celoso y bipolar. Le respondía a Ben, un tipo de sonrisa discreta y voz aflautada que pasaba la mayor parte del tiempo en su negocio; dirigiendo proyectos, recibiendo materiales o simplemente encerrado en su oficina hasta la madrugada.   

Ese era el panteón de mi casa, donde además pululaba Luca, la gata tigrina, y Ron, el shnauzer que no era ni de Mónica ni de Ben, sino estaba en la frontera de la atención y del dominio. Pronto hablaré de ese perro. 

 

Me mudé porque mi casa ya era un éxodo de apuros. Entre mis hermanas y la depresión de su progenitora, entre la condescendencia del otro y la cruzada por ganar el baño, era, más que nada, una obligación. En esta región donde la soledad se enmarca con una sonrisa, y la compensación rige las pulsiones, fue un avance hacia mi madurez. Y siempre quise dedicarme a leer y escuchar prog en una cabaña en medio de un bosque que vigila a un panteón pintoresco… frente a mi búngalo, al otro lado de la calle empedrada, había una serie de sepulcros que se alcanzaban a ver desde la loma del jardín. Celados por un bosque de sauces, en las mañanas amanecían con una nata de neblina que les dotaba de misticismo. Una carta de amor a la ambivalencia, donde la muerte y lo estético se fusionaban con regalos de la naturaleza. La solitud perfecta: cuando la mente está acompañada.

 

No pasó mucho tiempo hasta que los perros durmieron en mi búngalo. La primera vez que los dejé pasar, se enfundaron en una pelea que dejó temblando a Chacho y a Muscha con una sensación de castigo tal, que no dejó de arrimarme su hocico. Ella fue la alborotadora, pues el único crimen del desbolado fue compartir su afecto conmigo. Por eso la saqué como primer incentivo para preservar la paz: si quería dormir en el calor de mi casa, debía de convivir en paz con su compañero.

Ahí empezaron las miradas de momia.

Como cuando impedí su ataque al despachador de gas. Éste tenía que subir al techo con una escalera que disponía en una esquina de mi casa y, para eso, tenía que entrar a los dominios de Muscha, lo que significaba pasar por el control de seguridad de sus mordidas. Para estas y otras ocasiones se acudía a una cadena para controlar a la briosa, pero aquel día no estaba en los alrededores. Proseguí a invitar al despachador a pasar con la tranquilidad de una mañana. Recargaba la escalera cuando escuchamos un ladrido y vimos a Muscha cargar embestida contra el infortunado. Ya tenían historia, ya se conocían, por lo que el despachador no dudó en dar un salto inyectado de adrenalina y logró colgarse del borde de mi techo. Pinche Muscha, sí alcanzó a arrebatarle su bota hasta que tuve que darle un manotazo para ponerla quieta. Parecía que nos acechaba, que aguardaba en un arbusto por el momento indicado para el ataque. Juraría que era un puma en el cuerpo de un perro callejero.

Algo pasa con los perros y sus ojos. Milenios de domesticación los dotaron del lenguaje en la mirada. Cuando la tuve que apartar, Mushca me observaba como humano por haberle quitado su única recreación. El despachador reía por la muerte de su bota, y aquella me miraba con sus ojos azabache que se perdían con el pelaje negro.

Fue una mirada intensa, sin furia. Sólo comunicación, como si encerrara años de frustración por no tener cuerdas vocales. Era inescrutable de acuerdo a la experiencia. Un cinofóbico pensaría que estaba maquinando otro ataque. Un amador vería ojos de pena, vergüenza. Para mí era un misterio arcano, como si liberara una maldición. En el momento, como buen hombre racional e ingenuo, lo vi como algo insulso, pero pronto habría de comprender la hondonada de aquellos ojos negros. Lisos como la intención.

Los ojos de Chacho eran otra cosa. Ni el viejito más arrugado eran tan diabético como su mirada. Sí, era un golden retriever, famosos por mansos, pero incluso Chacho trascendía esa virtud. Ni te saltaba ni te retozaba: al llegar del trabajo, me recibía sentado y con su pata alzada, consciente del poder de esa postura. Era como si te dijera “has llegado…”, y en los puntos suspensivos se adivinaba algo inconmensurable…

 

Siempre fui tranquilo, por lo menos hasta la pubertad. De niño, de hecho, no hablaba, no porque no pudiera sino porque me bastaba. Si mi madre me preguntaba dónde había dejado un libro, le señalaba el librero, o si la respuesta se satisfacía con un sí o un no, asentía o negaba con la cabeza. Tal vez por eso me gustaba leer desde niño, porque talvez encontraba en los libros el mundo que negaba con la lengua. Si no hablaba era porque me daba pereza encontrar un orden lingüístico en la caótica y congruente dimensión de mi cabeza. Y conforme pasaron los años, la frustración de mi madre y el recelo de mi padre por tener un hijo mudo y por consiguiente, raro, fue creciendo.

Hay un poema cuyo nombre y autor no recuerdo, solo la alusión: las palabras de un padre/o son bífidas/o son inclementes/semillas de corteza raída.

Una vez, después de que mi padre le dijo inútil a mi madre y ésta se puso a llorar, entré a su habitación para anunciarle que sería zoólogo. Moqueó y aspiró para después rezumarse las lágrimas y decirme con una sonrisa torcida, vacía: inténtalo. Nada más, “inténtalo”. Ahí descubrí el discurso infinito de una sola palabra. 

 

Chacho y Mushca se parecían a cualquier matrimonio. Podían pasar de los colmillos a las relamidas, y viceversa, de un segundo al otro. No tardé en darme cuenta de que yo era la discordia. Si al llegar del trabajo los sorprendía en una sesión de afecto mutuo, apretujados y lamiéndose, pasaban a los colmillos con tal de ganarse mi atención. Y Mushca, como dije, era la instigadora. No soportaba que Chacho me lamiera la mano; con un impulso de energía en su mirada lo apartaba. Si estaban en mi búngalo, se acostaba juntita al otro para atosigarlo con su presencia -muy a sabiendas que un gruñido la exiliaba de mis dominios-. Él expresaba su inconformidad con un quejido, como cuando sienten un dolor suave o cuando no les gusta una caricia. No aguantaba la violencia en los ojos profundos de la perra.

Yo los quería a los dos, por diferentes razones. Me gustaba la astucia de Mushca, una que le permitía diferenciar un soborno de un regalo. Cuando los quería sacar de mi casa, ya sea porque me iba o porque sus pedos eran insoportables, los atraía con un trozo de pechuga de pavo. Mientras Chacho perseguía mi mano hasta salirse del búngalo, Mushca se quedaba en una esquina de mi sala viendo cómo su compañero era víctima de su ingenuidad

A Chacho lo quería por eso. Su nobleza era monstruosa. Si percibía tu tristeza, se acercaba, se sentaba y te miraba con ojos de abuela y después te lamía la mano hasta escaldarla. Si dejabas de acariciarlo, te empujaba la mano con su pata, como si quisiera saludarte o hacer un high five. Dicen que cuando un perro te observa detenidamente es porque se siente agradecido; Chacho no era la excepción: después de un constante apapacho se te quedaba viendo no para pedirte más, sino como una muestra profunda de contemplación. Esa que le dan las abuelas a sus nietos. Un cariño desprovisto de naturaleza, sino adquirido.

Los dos tenían sus oficios. Mushca era una parkourista, por ejemplo. Más que un búngalo, mi casa era una muy pequeña choza, y como buena choza tenía un techo triangular sostenido mediante vigas. Había un punto donde el techo y el suelo estaban separados por cerca de un metro, y Mushca aprovechaba esa angostura para treparlo de un salto anfibio. Desde esa cúspide les ladraba a los caballos de campesinos y a las personas que pasaban con pláticas ruidosas. De tanto hacerlo forjó los músculos de sus piernas, ya venadas por la fuerza. Era capaz de tirar a una persona alta y robusta si le saltaba con el impulso correcto.

Chacho, en su ironía, poseía una mordida poderosa. No me lo explicaba hasta que le vi desollar una pelota de béisbol al día de habérsela regalado. Si lo cachabas masticando algo desconocido, era casi imposible abrir su hocico para quitarle el objeto. Mónica me llegó a comentar que un día, por diversión, su familia calculaba cuántas pelotas había tenido el susodicho en sus nueve años de vida. Es más fácil calcular los ojos de nuestra vida, me dijo Mónica, y después regañó a uno de sus hijos por no haber levantado la mierda de los perros.

Para mí, eso era cuantificable.

 

Ron era un fantasma. A veces en la madrugada, a veces en el alba, pero había veces que lo encontraba viendo al panteón y su neblina. Como la ocasión en que me taloneó el insomnio y me levanté por un vaso de agua. En mi cocina había una ventana que daba a la loma del jardín, un pequeño altozano que se erigía como terraza con vista a los sepulcros. Y ahí estaba Ron, como gato que se queda viendo al cielorraso, horadando lápidas y epitafios con sus ojos de schnauzer. En mí se gestaba una turbación cuando lo encontraba en ese estado, como en trance, como si una parte de él estuviera paseando y meando por el panteón mientras su cuerpo se quedaba quieto cual vehículo vacío. Más curioso aún: cuando sucedía, ni Chacho ni Mushca estaban cerca. Una vez cuando pasaba la medianoche, salí para invitar a Ron a mi choza, algo que no hacía pues se me había advertido de su impulso por marcar territorio –de Chacho no por su falta de bolas-. Para no crear rencores, llamé a los otros dos para unirse a la reunión. No aparecieron. No porque estuvieran en el confort de la casa principal, ya que Mónica era una entusiasta del aseo obsesivo, o porque estuvieran dormidos -eran noctámbulos si no dormían en mi casa-… Podría tronar los dedos desde la calle y acudirían a mí; pero no aparecían, y Ron seguía en trance, sin hacerme caso mientras era glaseado por la luna. Podría poner un corte argentino en su cara y el perro seguiría escaneando el panteón con su mirada.  

De haber sabido… de haber encontrado la verdad en las cosas que aprisionamos en el campo de la casualidad, no estaría aquí con ustedes, relatando esta historia desde las nociones de lo etéreo…

Todo estaba envuelto de aire negro. La luna estaba gorda y presumida, envolviendo todo en un hálito de nada. No había estrellas, sólo nubes embarradas. Ron estaba en su trance, observando el panteón desde la loma; quieto como una mesa. Acababa de hablar con mi padre. Me dijo que saldrían de viaje y que “no te dijimos nada porque estás muy ocupado con tu trabajo, Franz”. Por lo mismo, en el momento en que encontré a Ron trepanando el paraje de muertos, en mí crecía una ignorancia por el entorno. De soslayos. No podía percibir nada… nada más que la vista de Ron que ahora se postraba en mí. A través de la ventana de mi cocina Ron me veía, me miraba, me mataba con sus ojos negros de schnauzer. Para mí, el universo de aquel momento consistía en ese perro rastoso y sus ojos lisos como la noche. En cómo me invitaba a salir, a unirme a su contemplación perdida. Pero fue cuando me paré a su lado que me asusté. Salió corriendo con el reflejo de un animal salvaje, acelerando como una cucaracha. Corrió a lo profundo del jardín, a un rellano que no había visitado porque era de la casa principal. ¿Lo seguiría? Todas las células de mi instinto me decían que no. Pero somos animales gobernados, y una fuerza movió mis piernas hasta llegar donde estaba Ron. Donde estaba Ron, Chacho y Mushca.

Era la primera vez que veía a los tres juntos. Mushca y Chacho estaban acostados pero erigidos, como leones entre su manada. Parecían en sus tronos, soberanos del jardín y de sus crisantemos, azucenas, rosas y del arco de enredadera. Y Ron, frente a ellos, como anunciando mi llegada: “Con ustedes, el juglar de la solitud, feudal de la oscuridad, guau, guau, grrr, vigilante de los epitafios y asociado del Reino Can, Don Franz Matarredonda”. Mientras mi imaginación se depravaba, esos perros parecían confabulados. Pero no pasó más, no trascendió de ver a Chacho y a Mushca en sus tronos esperando a que su vasallo Ron pregonara mi llegada. El cuadro permaneció al estilo Rembrandt hasta que Chacho se levantó, se me acercó y lamió mi mano. Después, todo volvió a ser noche y luna.

 

Pero algo cambió. Algo pasa con la edad de los perros, que de un día al otro cambia su brillo. Se hartan de uno, se fastidian del sinsentido de su vida -o de cualquier otra-, se ahuevonan por las limitaciones de su ontología… No sé, quién al final de cuentas. Se vuelven más aburridos, y Chacho no fue la excepción (casi nunca la hay): ya no lamía la mano con ahínco, ya no se pedorreaba en pentatónicas de jazz, ya no me esperaba sentado con su pata alzada. Ahora, al llegar del trabajo me veía de lejos y corría al rellano del jardín. Ya no era su amado emperador.

Mushca tampoco fue especial. Podría decirse que agarró la misma actitud. Se iba, me rehuía, ya no me arrimaba su hocico por la culpa de dejar una constelación de sangre en mi cocina por estar en brama. No me lloraba por los cuetes del pueblo, y mucho menos -esto sí me heló- les ladraba a los caballos de los ranchos contiguos, su máximo… qué máximo, su medio de existencia. El cenit de su día. Era como si cada vez que me vieran, que reparaban en mi presencia, huyeran de un peligro.

De hecho, pues ya hablamos del peligro de pensar en casualidades, me había convertido en un espectro. Fueron muchas las veces que me encontraba a Mónica en el jardín y la saludaba de lejos, y ella se me quedaba viendo como si mi voz hubiera salido del aire y se limitaba a ondear su mano en un saludo frío y desconocido. Ben no me veía; oía mi saludo y levantaba la mano sin voltear un grado hacia mi posición. ¿Estaban enojados? ¿No estaban de acuerdo en haber invadido su parte del jardín? ¿No les gustaba mi aprecio por los perros? ¿Cuánto tiempo tenían sin coger? Era como si hubiera cambiado la configuración de la existencia.

Pero cómo saber; cómo reparar en el devenir si es etéreo. Muchos idiomas no tienen el futuro en sus conjugaciones; una ilusión en nuestro afán por aprehender la continuidad. Tal vez por eso no nos damos cuenta de nuestra fragilidad; en dónde estamos. Cuando volví a encontrar a Ron en la loma, embelesado con los muertos y el bosque vivo, no se quedó como estatua. Me vio, me ladró y se fue corriendo al rellano de sus reyes y soberanos. Las células de mi instinto me seguían instando a no seguirlo, pero cómo, si las decisiones dependen de nuestro entorno. Y yo dependía de ver qué diablos tramaban esos canes del demonio.

Ahí estaban Chacho y Mushca en su pose de monarcas, uniéndose a Ron para ladrarme. Ahí me di cuenta que nunca había visto o escuchado ladrar a Chacho. No podías tomar en serio las agresiones de un noble como ése, aunque ahí estaba desbocado. La saliva saltaba como balas de su hocico y sus ojos no estaban llenos del candor de una abuela. Mushca estaba como siempre, pero más iracunda. Cada paso que daba hacia ellos aumentaba los decibeles de sus gritos. A los pocos metros me di cuenta que estaban protegiendo algo. Que estaban intentando impedir mi paso, mi presencia. Desesperados iban retrocediendo hasta tapar una jardinera. Ahí había algo. Avanzaba poco a poco, y ellos me ladraban pero no vacilaban una mordida o una embestida. Me advertían: “No lo hagas, guof, guof, grrr, ¡aléjate!”. Pero no me alejé, porque supongo que todos nos vemos seducidos por el vacío. Éste crea una presión sobre sí mismo para atraer cualquier forma de materia. Y yo estaba ahí, magnetizado por los huesos raídos y la carne putrefacta de un cadáver. De mi cadáver vacío.

Y pronto todo se volvió uno. Todo estaba arremansado sobre sí mismo.

 

Estaba somnolienta, traqueteada. La luz tenue por la neblina se filtraba por las cortinas y la mañana. Se escuchaba a Mushca ladrar desde el techo de la choza tres. Qué oído el de esa perra; ya ladraba cuando el galopeo de los caballos se empezaba a escuchar desde el fondo de la calle empedrada. Pero seguía somnolienta, de malas. Los agentes de la procuraduría estaban por llegar. Una molestia más para la insufrible lista de tareas del día. Recibir a policías posiblemente corruptos y desconocidos en la seguridad de su casa.

Aunque eso ya estaba en duda: Franz había desaparecido.

No es que le preocupara. No le caía bien por mustio, pero ponía en apuros el costo de renta y de vivienda. Tenía un par de semanas sin verse y para ella no había diferencia. Pocas veces sabía si estaba vivo o muerto. Podría estar de viaje, o quedándose con una amante. Para ella, pocas veces se veían y notaba su existencia.

Aún, un agente de la Procuraduría General de la República le marcó a su celular para verse ese día por la mañana e indagar sobre el paradero del mustio de Franz. No sólo le dejaba de pagar la renta: le enviaba policías para joderle el día… la ponía en una posición delicada con los demás inquilinos. Pinche Franz mustio.

Benji, Benji… ¡levántate! Los agentes llegan y tú sigues en tu pijama, le dijo a su esposo, quien se levantó sin decir palabra y se fue directamente a la regadera. Mónica se ponía el maquillaje mientras por la ventana veía a Chacho mear en su rutina mañanera. Ron estaba acostado debajo del duraznero, creyéndose no sé qué. Un león, tal vez, esperando a que las leonas le trajeran el desayuno. Le caía bien ese perro por mamón, aunque no sabía por qué la veía con tanto detenimiento.

Ron traspasaba la carne de Mónica con su mirada.

El interrogatorio con los agentes no duró tanto como pensaba. Preguntaban cuándo fue la última vez que lo vio, qué relación tenía con él, qué descripción le daría, si había notado una actividad o comportamiento extraño… cosas de película. Le dijeron que la llamarían para que se presentara en el ministerio público para rendir su declaratoria. Ella estuvo, como había planeado, accesible, cordial, generosa; no debía nada, pero estaba en un país donde la gente se endeudaba gratis. Era mejor poner la balanza a su favor desde el principio. Los huevones de los agentes necesitarían un chivo expiatorio cuando se dieran cuenta de su incompetencia, y ella no estaba dispuesta a serlo.

Cuando acompañó a los policías para despedirlos, Ron la siguió con sus ojos negros de rata en todo el trayecto, aunque le extrañaba más que no se desdoblara en ladridos con las visitas. Estuvo todo el tiempo solaz, templado. Observaba la junta desde la loma del jardín. Era como si la juzgara, como si estuviera atento con el desenlace de la historia.

Oye, viejo, te acuerdas cómo llegó Ron aquí, le preguntó a Ben al regresar a la casa principal. Lo encontramos en el ‘graveyard’, le dijo Ben, lo vimos desde el ‘mound’ del jardín y él estaba viéndonos desde el ‘graveyard’. Cierto, dijo Mónica, ya iban muchas veces que lo cachábamos viendo al jardín y pensamos que quería estar con Chacho. Algo nos dijo el velador cuando nos lo llevamos, ¿te acuerdas?, Mónica veía a Ron desde la ventana de la sala; éste la observaba desde la loma del jardín. Ben intentó recordar mientras se rascaba su calva: ¡Ah, sí! Que era el sepulturero del graveyard, Que llegó siguiendo la procesión de su antiguo dueño y ahí se quedó, Ben sonreía con sorna, como si la historia le sonara infantil. Le debimos haber puesto Virgilio, concluyó.

 

Mónica seguía en el duelo de miradas con Ron. Le hubiera extrañado la referencia de Ben, quien sólo leía libros de Ken Follet, pero no podía desprenderse del inframundo que estaba entre sus ojos y los del schnauzer. Había un magnetismo inclemente en el cruce de miradas, y Mónica sentía horas en los instantes de cada pestañeo.

¿Es mi imaginación o están más gordos?, preguntó en voz alta. Ben encogió los hombros a la vez que daba un manotazo en el aire, como queriendo ahuyentar un mosquito.

Sigo escuchando un zumbido. Pero tenue, como el zumbido de una cucaracha, dijo Ben. No había nada, sólo Mónica caminando lentamente a la loma del jardín. A la loma regentada por Ron.  

 

 

Rafael Alejandro Ochoa García (Ciudad de México, 1985) es titulado en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación por parte de la Universidad Iberoamericana. Autor de diversas obras publicadas en diversos medios digitales e impresos, tales como el relato Fitipo (Revista Marabunta), el poema El guardián de lo grotesco (El Ojo de Uk) o la crónica La Habana underground (Revista Adrede, Año 2, No. 1). Egresado del taller literario de Eusebio Ruvalcaba.

Ilustración de Francisco Toledo.

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