por Ernesto Tancovich

 

Al no ser día de vino gratis los visitantes escasean. Vagando por salas casi desiertas, ya sin otro motivo que permanecer a resguardo de la intemperie, vuelvo a preguntarme para qué tanto, para qué todo.

Aún queda alguien, inmóvil como el pescador que vigila sus redes. La artista, naturalmente.

Voy mirando, al principio con desgano, la serie de sus pinturas,  variaciones de una composición única.

Árboles en profusión selvática ocupan casi toda la tela. En el punto donde se cruzarían las diagonales asoman la flecha  de un tejado y el óvalo de una lucerna de cuatro vidrios. En uno de los cuadros se la ve iluminada, recortando la silueta de alguien que mira o da espaldas al exterior, en otro con dos cristales rotos, en algunos parcialmente ocultas por el ramaje, en los demás reflejando diferentes aspectos del cielo nocturno.

El tercio inferior revela el entramado subterráneo de las raíces, enlazadas unas con otras en endiablado laberinto. Por todas partes, jugando a las escondidas, intromisiones desconcertantes. Animales verdaderos o fantásticos, relojes, torres medievales, gnomos, monjes, ventanas, fanales, cariátides. Y sobrevolando la selva de crudos negros y grises temblorosos, nubes, aves, hadas, murciélagos, superhéroes, helicópteros.

He ingresado a un reino. Estrambótico, pero reino al fin..

Quien acechaba desde el fondo se ha ido acercando, sigilosamente. Me vuelvo. Es una mujer enorme, de pelo  corto y ceñido. Ninguna traza de maquillaje altera  la cara de queso, que unos anteojitos redondos hacen parecer desmesurada. Sonríe a medias, achinando los ojos. Es el gato que ha detectado su presa.

Dejo que me guíe. Habla y habla, no  estrictamente de  su pintura sino de la formidable red de comunicación establecida por las plantas, muy superior a nuestras toscas redes cibernéticas. Ellas piensan. Hacen planes. No se distraen en tonterías. Se saben amenazadas y nos vigilan, intercambiando información. Esperan su oportunidad. A nuestra vocinglería vacua oponen los rumores del silencio.

Una especie de Testigo de Jehová, consagrada a predicar la palabra vegetal.

Le pregunto por la casa que se deja entrever tras esa proliferación selvática. El triángulo de la cumbre, oscuro contra el cielo es, con el óvalo, la única forma claramente geométrica. Pienso en Velázquez, en Rembrandt, estrategas del contraste capaces de llevar al centro de la escena un detalle a primera vista insignificante.

“Es otra historia”, suspira. Y no dice más.

Advierto que no he tomado nota de su nombre. Consulto el catálogo que acaba de poner en mi mano. Firenze dei Bosco.

La miro. Capta el interrogante.

“Es el que yo misma he elegido” aclara. “Tampoco es definitivo. Lo podré cambiar las veces que yo misma cambie. Ah, el nombre. La primera atadura, ya en el instante mismo de nacer, aún antes”.

El nombre es ridículo, con ese impostado aire de nobleza italiana. Sin embargo al  rato encuentro que le calza bien. Un zapato incómodo que se ha ido ablandando.

Una empleada de guardapolvo avisa de mala manera que es  hora de cierre. La mitad de las luces se apagan. Firenze dei Bosco o como se llame recoge su abrigo. No me decido a ayudarla, como he visto hacer a los caballeros de las películas.

Salimos. A punto de despedirnos, sugiere que podríamos   comer algo y seguir la conversación. Me ha visto interesado y tiene mucho que decir del lenguaje de las plantas.

“Yo invito, naturalmente”, dice.

Allá vamos, cruzando Plaza Francia. Cuenta que la directora del Centro Cultural es prima suya.

Habla en tonos muy altos, sin parar, como si después de mucho tiempo hubiese encontrado interlocutor. La escucho o finjo escucharla, en realidad atento a mis propios gestos. Calculo las medidas de mis sonrisas, los movimientos de cabeza con que asiento, los ademanes obsequiosos con que cuido sus pasos en barrancas y escalones. Empiezo a verla como un gran pez que no debo dejar escapar.

Medio loca, de inapelable fealdad, pero emparentada con la directora, es la ballena blanca que emerge por fin del mar oscuro. No hablaré  de mis pinturas antes de pisar suelo firme.

Tampoco ella parece dispuesta a soltarme. Imagino una línea con un anzuelo en cada extremo. Deberé cuidar que  no se corte, ceder si ella tironea, atraerla cuando la perciba en abandono, vigilarme para no incurrir en otra de mis habituales torpezas.

Pide ensalada y agua mineral. Extremando la prudencia elijo  lo mismo.

Se explaya acerca del lenguaje de las plantas. Extiende una servilleta y dibuja. “Las raíces ¿ve? Constituyen una red neuronal. Se vinculan simbióticamente a un sistema de hongos que obran como transmisores, llevando y trayendo información. Los árboles poseen quince sentidos o más,  aunque no  especializados como los cinco nuestros.  Ellos son pansensoriales.  Y se comunican mediante una panlengua. Sé que no es fácil de explicar ni de entender”.

La escucho, tratando de hallar asidero para decir algo de mi cosecha. Por fin pregunto si cada especie equivale a una nacionalidad. Si habrá una lengua de los sicomoros, otra de los abetos y además dialectos, por ejemplo para las distintas variedades de sauces.

Echándose atrás en la silla, sonríe piadosamente. He dicho una tontería. La cara no obstante se hace luna plena. Inclinada hacia mí habla en tono de confidencia. Advierto la red de venitas violáceas que desciende por las laderas de  la nariz y se expande bajo los ojos. Tiene mal aliento. Y algunas canas, que no había notado.

“No, las cosas no son así. El paradigma es otro. Muy otro. Pero usted irá entendiendo. Es  de hacerse preguntas. Me gusta eso”.

Propone que la acompañe a su casa. Es un poco lejos o más bien lejos pero hay comodidad para pernoctar. Aclara que  no esconde intenciones extrañas. Ha advertido que soy una de las raras personas capaces de sintonizar con su pensamiento. Dice percibir en mí al artista.

“Estará cómodo”, asegura.

De pronto ríe. “Sería imperdonable dejar ir así como así a una persona como usted  ¿No cree?”

No sé si creo o no creo, pero allá vamos. La recién adquirida importancia hace mi andar más seguro. Vamos al estacionamiento. Tiene un Toyota Corolla bordó bastante nuevo, aunque maltratado.

Maneja en forma temeraria, sin dejar de hablar, sacudiendo el cuerpo al ritmo de las frases, haciendo gemir los metales de la butaca. Me cuenta que aprendió el lenguaje de los árboles  en su infancia. Solita en una casa solitaria, sin hermanos ni vecinos, ellos eran sus compañeros de juegos. La casa está perdida. El idiota del padre, sabiéndose morir, la escrituró a nombre de la bruja con la que vivía. Una desharrapada analfabeta, buena para criar chanchos. “Ah, pero en el pecado hallará la penitencia. No sabe. A bruja, bruja y media. Ya lo verá”.

Dice que logró comprar un lote lindero donde ha  levantado su casa actual, una réplica lo más fiel posible de la otra y que sigue conversando con los amigos de la infancia gracias a que sus árboles se conectan con aquellos por medio de las raíces y los micelios.

Capta mi desconcierto.

“Micelios micorrizas”, aclara. “Aquellos hongos de que le hablé”:

No es un poco lejos ni más bien lejos. Es decididamente lejos. Al cabo de una hora  abandonamos la autopista, pasamos bajo un puente, ingresamos a un camino estrecho y poceado, bordeado por setos y alambradas. Una escuela, un barrio a medio hacer, carteles negros con precios de frutas y hortalizas pintados a la cal, más setos, alambrados altos con garitas de vigilancia, un destacamento policial, autos despanzurrados.

Torcemos por una senda de tierra despareja. Campos a la izquierda y campos a la derecha. Cada tanto los blanquea el fulgor de un relámpago. Hay olor de tierra mojada. 

“Relámpagos”, dice. “Los cargan de energía. Ellos funcionan como acumuladores”.

Tengo claro que se refiere a los árboles.

Conduce el Corolla no ya de manera temeraria sino simplemente salvaje. El auto golpea en los montículos, salta pozos, depresiones y vados, deriva en los charcos fangosos.

Frena bruscamente ante una tranquera. “¿Ve? Esa era mi casa. Y ese eucalipto de la entrada mi amigo del alma. No hay una gota de viento, pero vea cómo agita las ramas. Conoce el ruido del motor”.

Mas allá de la arboleda se distingue  la cumbre de un tejado a dos aguas y, a través del follaje, un tragaluz oval de cuatro vidrios, que refleja las ramas agitadas por el viento. Reconozco el que se repetía en las pinturas

“No hay nadie. La ramera volverá de madrugada. Vamos”.

Ramera. Llevaba años sin escuchar esa palabra. Conocí un español que la usaba.

“Mi casa sustituta está a la vuelta de la curva. Desde aquí no puede verse, pero las esquinas de los lotes se tocan”.

Pone primera y arranca con suavidad, sin acelerar, como si temiera despertar a alguien.

“Aquella ¿la ve?”

Rodeada de eucaliptos menos añosos, es efectivamente copia de la primera. Son  idénticos el tragaluz oval y el ángulo agudo del tejado.

Baja del auto, el pedregrullo crepita bajo sus pasos, abre la tranquera arrancándole un quejido de fierros, vuelve, estaciona bajo un alero de chapa. Sin dar tiempo a que me ofrezca a hacerlo, vuelve para cerrarla. Se detiene brevemente ante un árbol, rozándolo con la punta de los dedos. Los labios se mueven como si murmurara

Hace sonar las llaves. Con una abre el candado y con otra la cerradura. Da luz a una sala un tanto desordenada o, si se mira mejor, en  que los muebles se ubican en sitios inesperados.

“Acomódese. Haré café”.

Me dejo caer en el sillón más cercano. Sobre el hogar, en que quedan unos leños medio quemados, otra de sus pinturas. De nuevo el motivo del árbol. Una niña se recuesta en el tronco, con los ojos cerrados, dormida o soñando despierta. Una escena inocente,  aunque si se la observa con detenimiento podrá descubrirse, disimulada, la figura de un ser oscuro, al que delatan los ojos. Sin ser claramente  ave ni murciélago, pueden adivinarse las alas desplegadas a lo ancho del ramaje. Al volver con la bandeja del café lee mi mirada.

“Es de la nueva serie en que estoy trabajando”.

Acerca un carrito con bebidas. Una de las ruedas no gira y la marcha despareja hace que las botellas entrechoquen.

“¿Usted bebe? Yo empezaré con un cointreau”.

“La acompaño”. Tomar de lo mismo se me ocurre un gesto de acercamiento.

Sigue hablando de los árboles.

“Nosotros, seres rudimentarios, hay que decirlo, acopiamos información diferenciada según cada uno de los sentidos. Pero no llegamos a integrarlos  en una percepción holística. Ellos en cambio  son lo más parecido a dios. Ven como él. Con el ojo único. Son su imagen y semejanza”

Agotado el cointreau sigue con la de Bailey.  Ya desvaría con historias de brujas y duendes que no habitan hongos sino que ellos mismos lo son. Chisporrotea, encendida.

Definitivamente ebria, se desparrama en el sofá riendo en cascadas, sin cuidarse de que ropa y peinado se desordenen. Revolea los zapatos, vuelca la copa, se quita los anteojos,  los deja por ahí.

Parece haberme olvidado. Confundido, no sé qué actitud tomar.  

Se ha levantado viento. Un trueno cercano retiembla en los vidrios y parece hacer efecto en ella. Se incorpora con inesperada agilidad. La borrachera, súbitamente, parece haberse disipado.

“Déjeme sola”, dice muy seria. “Haga su vida. Disculpe”.

Señala la escalera. “Arriba encontrará  lugar”.

Subo sintiéndome una laucha a merced de los caprichos de un gato. Pruebo la primera puerta. En un atril, otra de sus pinturas, repitiendo el motivo del árbol solitario. Bajo una de sus ramas, que se alarga casi horizontalmente, una figura humana, diminuta, apenas bosquejada.

Vuelvo al corredor. La otra puerta abre a un cuarto pequeño, con un catre y el ventanuco oval. Veo a través de uno de los cuatro vidrios la tranquera por la que habíamos entrado, más allá el camino y después los campos atormentados de lluvia y relámpagos. El furor de la tormenta consigue serenarme. De pronto, entre los árboles,  cruza un fogonazo amarillo. La corpulenta figura de Alma del Bosco, envuelta en una capa de lluvia, corre hasta el árbol, lo abraza durante largo rato, indiferente a los embates del temporal. Hay algo obsceno allí.

Regresa con andar vacilante, nuevamente ebria. El farol de la entrada ilumina un momento el rostro devastado. Me tumbo en el lecho. Los vahos de licor han subido a la cabeza, las ideas se arremolinan, confusas.  

Dejo que se deshagan entre el sueño y el entresueño.

Me sobresalta el crujido de algo que se desgarra, seguido de un golpe.  También creo oír un grito, ahogado en el temporal. Después nada. Desvelado, me asomo al ventanuco. Por donde tuerce el camino una luminosidad rasante, arranca  dibujos caprichosos a las plantas. “Los focos de un auto”. Compruebo que el de la dueña de casa permanece bajo el alero, dormido.  Vuelvo a acostarme. No consigo ya dormir ni encuentro en qué pensar.

La grisalla del alba llega a los vidrios. Oigo rumor de neumáticos desplazando barro y agua, el ulular de una sirena, voces. Bajo.  Firenze dei Bosco está sentada, inmóvil, como en trance. Al sentir mi presencia  entreabre los ojos. “Vaya a ver. Después me cuenta”, murmura casi sin mover los labios. Los párpados vuelven a caer.

Salgo al camino, embarrándome hasta los tobillos. Ante la entrada de la casa original los faros de un auto, el que viera a través del vidrio,  barren el parque. Gira la baliza azul de un patrullero. Hay también una ambulancia, y figuras humanas que se revuelven entre las luces. Otras vienen por el camino, chapoteando en el barro. 

Un hombre aparenta presidir esa asamblea improvisada. Es gordo. La luz de los faros hace brillar la cara rubicunda. Viste  capote impermeable y sombrero de ala ancha y caída. Todo negro, lo mismo que las botas de goma. Parece escapado de una película de balleneros.

“Apenitas escuché el ruido y el grito presentí que algo malo había pasado. Así que me vine. Más que corriendo me vine. Pero ya nada se podía hacer. Ahí estaba la pobre señora, en el barro, desnucada. Y el auto así como lo ven. La mala suerte de que justo al abrir la tranquera se desgajara la rama grande del eucalipto. Malamente le pegó. Ni que lo hubiese hecho a propósito. Un golpe certero. Justo, justo. Seca la dejó. Al instante.  Sin darle oportunidad”.   

Ya cargan la camilla con el bulto cubierto por una sábana. Escandalosamente blanca,  hace explícita la irrupción de la muerte.

Entero a Firenze dei Bosco de lo sucedido. Achina los ojos igual que lo había hecho en el encuentro del Centro Cultural, con una sonrisa vacía. Gato de almohadón, satisfecho.

Salgo al aire de la mañana que un pampero juvenil ha venido a limpiar.

No me abandona la sensación de que algo habré tenido que ver en los acontecimientos de aquella noche, la de haber sido un partícipe involuntario. Nada sucede sin cierto entramado de circunstancias y detalles, la mayoría de ellos aleatorios y en apariencia insignificantes. Los que construyen “el momento”.

No volví a saber de Firenze dei Bosco.  Tal vez haya cambiado otra vez de nombre.

 

 

Ernesto Tancovich (Buenos Aires, 1945). Autor novel y cuasi póstumo. Asiduo participante de concursos literarios  prestigiosos, sospechosos y fraudulentos, lo que le ha valido más de media docena de distinciones, entre ellas: Finalista y mención Premio Provincia de Córdoba por “El niño stalinista” (poesía), Finalista y mención Universidad Bonaventuriana de Cali, Colombia por “Las playas del tiempo” (narrativa), publicado en Letras del Sur, Pedes in Terra, Papeles de Mancuspia, Monociclo, Los Heraldos Negros, Cuentos para el Andén, Los palabristas y, frecuentemente, en Monolito.

Ilustración de William Patterson.

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