por Victoria Beltrán

 

El sonido del timbre, de algo maderoso golpeando contra las paredes de la entrada, el crujir de bolsas de plástico, cómo odiaba Salvador ese ruido y, finalmente, el de una de las manos de ella golpeando abierta contra la puerta; le anunciaron, antes de verla, que su ex, la falta de estilo madre de su hija, había llegado a recoger a la niña.

Ella, Eva, nunca había podido comportarse como una persona normal y esa fue una de las razones, recordó Salvador con cierta tristeza mientras se dirigía a la puerta, por las cuales su relación valió madres, y era relación, porque entre todas las extravagancias de Eva se contaba que ella nunca se quiso casar con él. El día que se lo propuso, no hubo abrazos, ni besos acompañados de agradecidos gritos de júbilo, sino que la fría mirada de Eva fue inmediatamente relevada por una broma dándole la vuelta y cuando él reclamó una respuesta concreta, ésta fue un concretísimo y seco: No.

Aquella tarde ella, sin darse mucha cuenta, lo trituró y después en la obscuridad, mientras Eva dormía hecha un ovillo entre sus brazos y hablando entre sueños, Salvador supo que la relación por su parte estaba extinta y pesaroso abrazó con fuerza esa cálida isla de carne que se alejaba conforme la apretaba.

Él abrió la puerta y ella entró como un caballo que arranca una carrera, despeinada, con los pómulos quemados por el sol, polvorienta, sudada, un olor que él todavía reconocía y que, después de pasado el tiempo, aun hacía brincar un mecanismo como el de la llave de una cajita de música, pero lamentablemente como esas llaves giran al revés ese mecanismo lo llevaba al pasado o, peor, al latente tiempo de lo que no fue ni será.

Él vio la banderilla enredada alrededor de un palo y recordó que, claro, ella llegaba de una marcha y, a juzgar por las bolsas que cargaba, había aprovechado el camino de regreso para pasar por sus compras.

Lo cierto, se dijo Salvador en un suspiro, era que su ex era un desmadre. Un bello y lleno de vida desmadre, un desmadre resentido y beligerante, un desmadre bienintencionado y rebosante de temple y chingados, un desmadre que en la lógica del caos, era una excelente madre…

Y es que, aunque ella se le fue ese día de entre las manos y a él no le quedó más que verla tomar distancia desde la orilla (porque Salvador jamás se animaría a saltar a la orilla de ella), lo cierto es que siguió viéndose con esa creatura, a la el amor envolvía en un aura inversa: El amor lejos de hacerlos compenetrarse, lo hacía desconocerla poco a poco, pero sin querer soltarla.

Y al no soltar, la carne y la naturaleza se encargaron de ligarlo de por vida con la cada vez más desconocida.

Ella llegó bailando aquel día, y bailaba como la luna detrás de los sarmentosos dedos de un árbol y él, él temió ese baile o su significado, que como todos los machos de su especie olfateó, pero los olores traen recuerdos atávicos, sin idea ni palabra, así que lampareado por ese recuerdo informe no alcanzó a huir.

Y se quedó clavado en tierra cuando en Eva, Eva la de ojos astutos, Eva que podía pasar de un orgasmo a ser la despiadada contrincante de una partida de ajedrez en la misma cama, esta vez había algo extraño, avenadado, en su mirada y él supo, sin saber, milésimas de segundo antes de que ella le dijera, que esperaba un hijo o, mucho mejor, una niña a quien ella enseñaría a mandar a la chingada a todos los que le dijeran que una mujer no podía hacer tal o tal y romperle los dientes a quienes se atrevieran a insinuar que pertenecía al sexo débil… Y Salvador simplemente no supo qué jodidos decir.

Cuando volvió a articular palabra, le preguntó incrédulo si lo quería tener y una vez más esa mujer de la que cada vez entendía menos, no se comportó como él esperaba. Ella que era devota activista pro aborto, sí de las que se cagaban frente a las iglesias gritando que sacaran sus rosarios de sus ovarios, de las que no puedes llevar tranquilamente a una comida familiar porque discutirá vehementemente con todo el puto árbol genealógico por el derecho a decidir, y a falta de argumentos, simplemente te harán saber que no es bien recibida y ella se encogerá de hombros diciendo que le vale putos padres y se quedará escribiendo un ensayo mientras tú tienes que ir a comer con ese nudo de pendejos… o sea tu familia, esa mujer que él sabía había abortado antes el producto concebido de una relación anterior, sin rastro de arrepentimiento, es más ella decía (¿con descaro?) que había sido su mejor decisión, esa mujer le respondió que estaba feliz y sí lo quería tener y ya amaba los cambios en su cuerpo. Y Salvador al verla tan delgada, apetecible y correosa, como buen bruto no supo de qué pinches cambios hablaba…

Los cambios invisibles son temibles, y lo cierto es que ya estaban echados a andar y Salvador fue el testigo de cómo la extraña se transformaba por fuerzas misteriosas y cuando la veía vomitar como si fuera a expeler al universo, él de verdad no podía entender cómo es que Eva “amaba” esa transformación. Y esa noche que pasaron en vela al dejarse arrastrar por un incontenible instinto de anidación que la desquició y lo hizo colocar y remover muebles que usaría un ser de cuya viabilidad aún no había certeza, él pensó en renunciar, ¿a qué? Pero sobre todo el cambio: Ella estaba envuelta en un dulzor inquietante, porque cada capa de turrón estaba tapizada de garras y colmillos. Cuando él despertaba de súbito por la noche y la veía viéndolo con ese dejo de sonrisa que parecía el acomodo de belfos, él sentía que iba a cagarse.

Y en lugar de cagarse, la cagó y de nueva cuenta le pidió matrimonio y ella le dijo que no, que no se casaría con él ni con ningún otro.

Y él acabó de cagarla y se buscó a otra, pues más mujer, ¿verdad?; un ser más común, menos beligerante, a la mañana después de poseerla, porque ese ser sí, se dejaba poseer, pudo ver que no había luz en ella, todo era la luz del foco. Pero era mullida, era presentable con su familia y aceptable. La comodidad desplazó toda magia.

Y continuó sin soltar. Cómodamente, a la segura, como actúan los hombres cuando intercambian su columna de vertebrados por estructuras propias de gusanos.

Eva, la creatura, se desamarró sola, ella lo supo durante el embarazo, pero esperó a parir y de un zarpazo, bueno, no de hecho, fue un puñetazo; le dejó el ojo de cotorra y lo mandó a la chingada. Como ella no era pues, normal, le dejó claro que lo que no le perdonaría nunca era el engaño, le recordó que ella le había propuesto que la relación fuera abierta, y había sido él quien se negó. ¿Y para qué? ¿Para verme la cara de pendeja?; que ella no le ocultó que le gustaban las malteadas por igual que las chelas, y él, no entendió el punto.

Y ella nunca lo perdonó y él nunca le dijo que echaba de menos su desquiciante hechicería.

Y ella se fue, porque como le había dicho ella lo amaba, no lo necesitaba. Aniquilado el amor, ella se evaporó.

La siguiente ocasión que se vieron, fue para hablar acerca de la pensión alimenticia de su hija. Por una vez Salvador se deshizo de las inspiradas palabras de su mami que le decía que el abandono de Eva era un regalo de los dioses de manera que él rehiciera su vida e invirtiera en la presentable oquedad que ahora lo acompañaba a todos lados, con la que además tendría hijos, en los que debía pensar.

Salvador se tapó los oídos con algodón y, así con orejitas de borreguito, propuso a Eva hablar. La respuesta que recibió provino de un lado de ella que, si bien él conocía, nunca antes había sido su blanco. Ella le dijo que sí, pero iría acompañada de su abogado, él le pidió que lo arreglaran informalmente entre ellos, sin necesidad de chicanas y chicaneros. Eva le dijo terminantemente que no iba a acudir sin asesoría, le había perdido la confianza y esa no la recuperaría. Salvador se rindió, aunque le dijo que como muestra de su rencorosa buena fe él iría solo.

Eva llegó con un abogado digno de ella, alucinante, un güey de rastas, mezclilla y huaraches, tatuado como un retablo, de nombre Stalin Tezcatlipoca, Lenin Nezahualcóyotl, y deja de hacerte el baboso, le corrigió ella bruscamente. Y el abogado era una verdadera joya, no solo litigaba causas nobles, sino que vivía feliz ganando una décima parte de lo que podría ganar dada su formación y los casos sonados que había llevado, tenía un reluciente (e inútil) doctorado en Ciencias atmosférico-estéticas, leía el tarot y daba clases de poesía, ¿Ah sí? ¿En qué academia o instituto?; En la calle, a quien vaya pasando y son gratis… Y a pesar de toda la buena voluntad de Salvador, que la tenía, se sentía hablando con dos seres de otro planeta.

¿Antes platicábamos de libros, de nuestros planes, ahora nos sentamos a hablar de dinero Salvador? Le recriminó Eva, y él no respondió, ella era incapaz de entender de las cosas importantes de la vida, como trabajo bien remunerados, la asunción de créditos para endeudarse en esta vida y dejar comprometidas varias reencarnaciones.

Pero las Relaciones Interplanetarias funcionaron y llegaron a un acuerdo, si no justo (la justicia fue creada con los recortes que quedaron de otros dioses, así que se escurre la condenada) que dejó satisfechas a las partes.

 

Ellos que se habían hecho daño, engañado y nunca se habían entendido, eran muy respetuosos del arreglo extrajudicial al que llegaron. Y llegaron, a pesar de las resistencias que a él le brotaban como dolorosas espinas alrededor de una flor, mismas que Eva (y su delirante abogado) tomaron con haaaaarta paciencia, de hecho, su imperturbabilidad denotaba mayor hastío que paciencia. Que no consumo de drogas frente a Alondra, la hija, tampoco fiestas travestis, ella puso algunos punto sobre las íes, tenía amistades LGBTTTI y renunciar a él no implicaba renunciar a ellas, además la niña debía saber de la diversidad sexual; no tatuajes antes de los dieciocho, Eva se río de su condescendencia, De hecho Salvador, yo pensaba: No tatuajes hasta que ella trabaje y se los pueda pagar; y así una larga tarde que se descorría como esos juguetes de tablas que interminablemente reptan sobre ellas mismas.

Solo hubo un punto en el que ella fue irreductible y revoloteaba alrededor del delicado tema de las visitas: Alondra visitaría a su padre los fines de semana, Puedes llamarla u organizamos visitas extraordinarias, eres su padre después de todo; pero pasara lo que pasara, ella no comería en casa de él, Oye no me friegues Eva, la niña no puede estar sin comer; de forma inusual en ella, Eva pidió ayuda con los ojos a Stalin, no, perdón a Lenin, bueno a su asesor jurídico, quien guardó silencio y la invitó a continuar, Tienes razón me expliqué mal, quiero decir que ella no comerá nada preparado en tu casa o en la de tu familia, puedes comprarle alimentos o dime y yo le mando comida… Él se encontraba tan agobiado por esa reunión que más parecía una partida, tan decepcionado de sí mismo que habiendo convocado esa civilizada plática ahora le salían irreflexivos peros que ya ni quiso discutir una decisión que le resultó chocante. Y, lo más curioso, es que cumplió su parte.

 

Ella entró después de que Salvador le abrió la puerta, se saludaron con una cortesía desbordante de frialdad. Desde su separación se trataban con exquisitez, lo penoso para ambos es que era palpable que se trataba del desprecio travestido que sentían la una por el otro. Eva fue a derecha y él a izquierda, ella acomodó su banderilla atravesada sobre la mesa y él se resignó a no decir nada, al fin que solo venía a recoger a Alondra, era el baile de esa desagradable sensación de vacío que se generaba entre ambos.

Cómo personas que literalmente se llenaron hasta los cuerpos quedan relegadas a saturarse de vacuidad.

Eva cruzada de brazos y con el mentón en alto escuchó la voz de su hija que apareció trotando torpemente por uno de los pasillos de la casa, detrás de ella venía la ausencia con quien Salvador ahora compartía su vida, quien saludó inaudiblemente y se acabó de desmaterializar.

Al ver a su hija, Eva tuvo que parpadear fuertemente varias veces, y es que no la reconoció debajo de las capas de pintura en uñas, labios, ojos y mejillas, de una boa color morado chillón y un serpentario de collares con cuentas, con un vaporoso vestidito rosa con turquesa, y encima de unos taconcitos color fucsia sobre los que se balanceaba ridículamente.

Eva sintió un golpe de calor en la cabeza, las palabras de Alondra llegaron tarde: ¿Verdad que me veo bonita mamá? Eva ni siquiera respondió, pero su rostro debió decir mucho porque la niña inmediatamente se defendió del silente gesto, Pero abue y ella dicen que

La mujer volteó a ver a Salvador, entre dolida y furiosa, ¿Cómo permites eso?; y él de verdad parecía no entender; ¡Tiene nueve años, esto es totalmente inapropiado!; Salvador vio a la pequeña, que le sonrió, Ah, lo dices por el maquillaje, déjala están jugando.

Alondra se encargó que dejar claras las dimensiones del juego en cuestión. La niña, que ahora ya no buscaba la aprobación materna, sino que la exigía al compás de un mecanismo milenario que se apoderaba de ella, se sentó afectadamente en la sala.

La niña jugueteaba ¿seductoramente? con uno de sus tacones en las manos, Eva se preguntó llena de incomodidad dónde aprendió esos modos, Mira mamá, yoooo seré una mujer exitosa y emprendedora, no como tú, que bueno, te comprendemos, ¿eh? pero andas en metro y no tenemos chacha; Empleada doméstica, Alondra, no son chachas; Sí claro mamá y tú dices, y lo tengo que repetir, que su trabajo es digno; Eva dio un paso hacia atrás, a Salvador no le quedó claro si para salir huyendo o para atacar a alguien, la niña ahora enredando y desenredando su estola continuó: Tendré una casota, auto con chófer, viajaré por el mundo y me vestiré siempre con lo más in; Eva siguió oyendo como si un desagradable torrente de agua hedionda pasara junto a ella, sin escuchar, mientras no dejaba de preguntarse dolorosamente qué había hecho mal, que al esculpir algo lo que salía de su taller siempre era el negativo.

La niña se recorrió el cuerpo con las palmas de las manos como una diva; Y asíííí, tendré un marido, no como tú, que ni eso has logrado, pero de todas formas te quiero mami… Eva vio directamente a su marido; ¿Ah sí?

Y, y, ¿por qué no puedo comer lo que prepara abuelita?, ella quiere enseñarme a usar correctamente la cubretería para que yo pueda atraer un buen partido y… y…; Eva retó a su marido con la mirada, pero él se limitó a decir: Eva, no es nada serio. Ella alcanzó a ver a la madre de su ex colocarse como una cariátide en la desembocadura del pasillo. La mujer veía todo, dominante y triunfal. Le enseñaré a tu hija lo que son ustedes; siseó Eva, Salvador pareció despertar, ella fue con su hija, suavemente le retiró la boa, los collares y la descalzó, la niña se removía como un gatito dentro de un costal, como si la exorcizaran. Y, con su poco estilo característico, Eva sacó un rollo de papel higiénico del que cortó un pedazo, la mujer mayor la vio con desprecio, Mami traer así el papel del baño es de lo más vulgar; Carraspeó Alondra mientras ella le embarraba el maquillaje, viendo el resultado, Salvador preguntó bobamente: ¿Qué no hay unas… unas toallitas para hacer eso? La abuela de Alondra se encogió de hombros como diciendo: ¿Cómo esperas que esa bárbara sepa de esas sofisticaciones?

Una vez que terminó de desmaquillar a su hija, quien quedó como un cachorrito que hubiese jugado con botes de pintura, Eva le dijo: ¿Quieres comer con abuelita? La pequeña asintió vigorosamente; Muy bien, pero te vas a comer toooodo. Nuevamente la niña movió su cabeza. Eva hizo levantar a Alondra, y tomándola de la mano se encaminó a la cocina. Salvador y su madre intercambiaron miradas, al siguiente parpadeo la abuela se encontraba obstaculizando la entrada; La cocina no es lugar para una niña, menos una como Alondra que tendrá sirvientas; Eva se sonrío luminosamente y con dos dedos la hizo a un lado; Eva, el horno está encendido, la niña se puede quemar; Salvador, no te hagas

Eva preguntó a su hija por el amable hombre en situación de calle que siempre la saludaba y bromeaba con ella a la entrada del bonito fraccionamiento donde vivía su ex, la niña le contestó que hacía dos días no lo había visto. El rostro de Eva se iluminó obscuramente y abrió el horno, donde la pequeña niña pudo ver la desollada cabeza del hombre amable, sobre sus extremidades y torso, las ampollas jugaban con las burbujas de las salsas.

La madre recibió en su vientre el horrorizado rostro de la niña y acarició su cabello; Puedes comer en eta casa siempre que quieras, pero te lo vas a comer tooodo.

 

 

Victoria Beltrán es defensora de Derechos Humanos, licenciada en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), integrante del Colectivo de Abogados y Defensores del Interés Público. Ha trabajado en las áreas de Defensa de organizaciones de la sociedad civil tales como el Centro “Fray Julián Garcés” Derechos Humanos y Desarrollo Local, A.C.; Centro de Derechos Humanos “Fray Francisco de Vitoria, OP”, A.C.; como consultora para la organización ambientalista Greenpeace México, A.C.; y también se desempeñó como Subdirectora Jurídica del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (COPRED). Actualmente es consultora independiente. Escribe desde muy pequeña, tiene cuento y poesía publicados, una obra teatral que fue montada por un grupo universitario y guiones para cortometraje producidos. También pinta y hace arte-objeto.

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