por Andrea Saraí Barbosa

 

La primera novela de Mario Vargas Llosa, titulada La ciudad y los perros, fue ganadora del premio Biblioteca breve en 1962 y publicada en 1963. Junto con la producción literaria de otros autores como Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez, esta novela marca el inicio del Boom latinoamericano. La historia de la novela se desarrolla en el Leoncio Prado, un colegio militar donde conviven jóvenes de distintos estratos sociales que se rigen mediante un sistema jerárquico basado en la violencia.

Los jóvenes de nuevo ingreso deben pasar por un ritual conocido como “bautizo”, el cual se compone de agresiones físicas que establecen la posición de un dominado y un dominante. Por lo tanto, la violencia es un elemento que determina el grado de respeto hacia cada uno de los estudiantes. Para alterar ese orden, los de primer año forman un grupo llamado el Círculo:

—Dicen que el bautizo dura un mes—afirmó cava— No podemos aceptar que todos los días pase lo que hoy. El Jaguar asintió. Nos vengaremos de los de cuarto, les haremos pagar caro sus gracias […] y buscaremos un nombre para la banda. La llamaremos el círculo. (Vargas Llosa, p.22)

El predominio de un estudiante sobre otro se crea a partir de las habilidades de cada uno para la pelea: “Por su destreza en el uso de la violencia, el Jaguar logra ser unánimemente respetado, más bien temido. Su reverso lo constituye Ricardo Arana, llamado el Esclavo, porque su ineptitud para pelear lo convierte en el blanco de todas las vejaciones.” (Martínez, p, 24) Para merecer el respeto de los demás se debe mostrar la hombría a golpes. En este caso el perfil del Jaguar es dominante y agresivo mientras que Ricardo Arana aparece como víctima.

El término peyorativo “perros” para referirse a los nuevos estudiantes marca un signo de jerarquización “utilizado para referirse a los nuevos estudiantes del Leoncio Prado, describe una clase social, la clase más baja, la de los desposeídos, los que no cuentan, los que hacen el trabajo de los otros, los que no tienen derechos y son comidos por las otras clases” (Lemus, p.32). A partir del lenguaje, los estudiantes son deshumanizados, ya que los comparan con un animal que simboliza lo impúdico y lo despreciable.

A partir de los apodos que se imponen a los cadetes se marca este carácter de animalización, por ejemplo el Jaguar y el Boa. Incluso mediante su comportamiento agresivo se observa la predominancia de este elemento y muestra que en la convivencia diaria impera la ley de la selva: “En el colegio todos friegan a todos, el que se deja se arruina. No es mi culpa. Si a mí no me joden es porque soy más hombre. No es mi culpa.” (Vargas Llosa, p.398). Lo que predomina es la supremacía y la imposición sobre el otro.

La figura del perro vuelve a retomarse con la Malpapeada. Esta perrita siempre acompaña al Boa a todas partes desde que le curó la sarna provocada por las bromas del Círculo. “La historia del Boa y la Malpapeada enfatiza el proceso de animalización de los personajes realizado a través de sus apodos y sirve de amplificatio al tópico de las prácticas de los cadetes del Círculo que usan sexualmente de las gallinas.” (Morales, p.96) A partir de ahí se crea un vínculo erótico que humaniza a la perra y la convierte en confidente de los acontecimientos más importantes de la historia.

El culto a la brutalidad se practica por la presión de los compañeros que buscan adoptar actitudes viriles y así demostrar su superioridad a los demás, por lo tanto, llegan a imitar las actitudes del Jaguar para evitar ser devorados por los demás:

Todos te tratan como a un esclavo, que caray. ¿Por qué tienes tanto miedo?— A ti  no te tengo miedo. Alberto ríe. Su risa se cortaba bruscamente.— Es verdad—dice— Me  estoy riendo como el Jaguar. ¿Por qué lo imitan todos?— Yo no lo imito— dice el Esclavo— Tú eres como su perro— dice Alberto—. A ti te ha fregado. (Vargas Llosa, p.9)

La violencia es una actitud aplaudida por los jóvenes, esto provoca el rechazo de todo lo que sea diferente. A partir de ello, se generan prejuicios contra los que no comparten sus valores, pues: “El machismo y el odio se expresan en el desprecio que los alumnos tienen, no solo de los compañeros diferentes, como el Esclavo, sino también de todos los que no encajan en sus prejuicios machistas” (Montes, p.70) Por lo mismo, la autoridad se ve afectada si no se cumple con las actitudes consideradas como varoniles: “El teniente Remigio Huarina era en el mundo de los oficiales lo que él en el de los cadetes, un intruso. Pequeño, enclenque, sus voces de mando inspiraban risa, sus cóleras no asustaban a nadie, los suboficiales le entregaban los partes sin cuadrarse y lo miraban con desprecio” (Vargas Llosa, p.26) Debido a sus modales y a su aspecto físico se le ridiculiza, mientras que al teniente Gamboa todos le obedecen y le temen pues sus actitudes le valen el respeto de los estudiantes del colegio.

Una tendencia natural en los estudiantes era asumir riesgos como prueba de su valentía: “Los cadetes viven en su propio mundo, en el que se fuma, bebe, juega o se realizan escapadas clandestinas al exterior después del toque de queda para ir a una fiesta o al cine. Esta era la reina de las audacias.” (Martínez, p.23) El comportamiento temerario es una herramienta para destacar en virilidad, y como Ricardo Arana rechaza estas prácticas, termina por anular su hombría para someterse al poder de los más audaces.

Otro condicionante del poder y de la jerarquía está en: “el odio racial y social de costeños contra serranos, de blancos contra negros, de la clase media contra la clase popular, de los hijos de papá contra los desheredados” (Oviedo, p41) Cuando Alberto se muestra triste frente a sus compañeros por la muerte del Esclavo, el prejuicio racial salta al afirmar que los blanquiños tienen cara de hombre y alma de mujer. A Cava, que es serrano, se le compadece cuando lo expulsan del colegio, ya que afirman que los serranos solo tienen futuro únicamente en el ejército y de esta manera reivindican la supremacía de unos sobre otros por medio de la raza y la posición social.

El salvajismo en La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa se configura a partir de distintos elementos, entre ellos están la violencia que se genera sobre los demás compañeros y que se refleja en distintas prácticas como el bautizo donde algunos estudiantes pretenden afirmar su autoridad sobre los demás, el Círculo, que nace para ayudar a los violentados pero que finalmente vuelve a reproducir el esquema jerárquico; el vocabulario en el caso de la expresión “perro” para designar a los de status social más bajo, la demostración de hombría mediante peleas y actos temerarios que pretenden ganar respeto como en el caso del Jaguar y los prejuicios raciales que determinan en gran medida el papel de los estudiantes dentro de la convivencia diaria.

Estos elementos juegan un papel importante en la dinámica de poder dentro del microcosmos del colegio militar Leoncio Prado, que finalmente reconstruye los esquemas de  la sociedad peruana de la época  que vivió el escritor. A la vez que  pone de manifiesto la complejidad de las estructuras y las relaciones humanas en la lucha por el control y la supremacía, pues la ley que impera en la sociedad es la del más fuerte.

 

Bibliografía

Lemus, J. “Recensión. La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa. Científica 13. 2012: 129-134. udb.edu Web.15 de abril del 2017.

Martínez Hoyos, Francisco. “La fábrica de machos en La ciudad y los perros.” La Colmena 85.2015: 19-29. Redalyc.org. Web. 17 de abril del 2017.

Montes, Cristian. “El imaginario peruano en La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa.” Revista chilena de literatura, núm. 80. 2011: 65-86. Scielo.cl. Web. 15 de abril del 2017.

Morales Saravia, José. “Ahistesis en el realismo crítico de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa.” Revista chilena de literatura, núm. 80. 2011: 87-115. Scielo.cl. Web. 15 de abril del 2017.

Oviedo José Miguel. “La primera novela de Mario Varga Llosa.” La ciudad y los perros. Madrid: Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, 2012. Impreso.

Vargas Llosa, Mario. La ciudad y los perros. Madrid: Punto de lectura, 2006. Impreso.

 

Andrea Sarai Barbosa Lara estudia la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. Ha participado en talleres de creación desde el 2015 y ha publicado en la antología Palabra germinal editada por el ICA. Actualmente estudia el octavo semestre de la carrera y es locutora en el programa de radio Hoy toca libro de la misma universidad.

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