I

Llevo un par de días tratando de escribir un artículo sobre Philip Roth, pero, la verdad, la cosa no está saliendo muy bien. En lo que llevo escrito, especulo un poco sobre cuáles de sus novelas sobrevivirán el paso del tiempo, hablo sobre la visión rothiana de la muerte tal y como se observa en una escena fúnebre de Everyman y de allí señalo la aceptación del caos y del error como eje de la belleza existencialista de su obra. Después inicié un segundo capítulo donde pensaba discutir el humor y la sexualidad en Roth, sus elementos disruptivos más evidentes y que en tantos problemas lo metieron con sus similares y con los guardianes de la decencia pública en general.

Pero no sé, a cada oración que escribo siento que me arrastro sobre piedras. No es que no tenga nada que decir sobre Roth, al contrario, es uno de mis dos o tres autores favoritos y sobre el que más cercano estoy a ser algo así como un especialista; sólo sospecho que un recuento de su carrera y de sus virtudes y polémicas como narrador no es precisamente lo que quiero o debo escribir.

Así que voy a empezar otra vez.

Ustedes pueden ir a Wikipedia[1] o a Goodreads si quieren una lista de sus libros y un resumen de cada uno, e incluso pueden acudir a JSTOR o a viejos archivos de periódicos si es que buscan reseñas minuciosas. También pueden leer su entrevista con The Paris Review si quieren darse un clavado en su poética y sus creencias sobre el acto de la escritura, o bien la conversación más reciente que sostuvo con el New York Times si les intriga el silencio escritural de sus últimos años y su posición en este mundo post-Trump. Si ya de plano van muy en serio, hay espléndidos estudios críticos que pueden consultar, como Roth Unbound de Claudia R. Pierpont o Philip Roth: New Perspectives on an American Author de Derek Parker Royal.

Roth fue un escritor destacado y documentado desde su debut. Para ser una presencia tan incómoda y falta de decoro, hay que admitir que tuvo bastante suerte al ganarse el respeto, la atención y la valoración de su entorno cultural con gran rapidez. Así como en la tradición talmúdica de su amado y odiado judaísmo, la conversación y la bibliografía sobre Philip Roth resulta inacabable. Y mejor aún, gran parte de ella está en línea y sus libros no son difíciles de obtener ni muy caros.

Así pues, ¿qué podría decirles yo sobre Philip Roth que no esté ya ahí, en algún ensayo especializado, podcast, video o en alguno de los múltiples obituarios que plagan ahora las páginas noticiosas? ¿Qué observación tengo de tanto valor o que no puedan ustedes discernir solos levantando una de sus obras?

Ninguna, seguramente.

Entonces no pensaré en hacer observaciones por el momento. Quizás lleguen y quizás no. En vez de eso, voy a contarles mi historia con Philip Roth.

 

II

Tampoco es que sea una gran historia. Hay gente que sí tiene grandes historias con Philip Roth, porque al parecer el hombre se prestaba mucho a ello, al menos antes de su retiro de la vida pública. Claudia Pierpont, por ejemplo (la autora de Roth Unbound, mencionado arriba), dice que lo conoció en el 2002 en una fiesta. Cuando se lo presentaron, ella, comprensiblemente azorada, le dijo que era un honor conocer a uno de los grandes narradores americanos del siglo XX. “¡Pero si es el siglo XXI!”, contestó Roth, y luego protestó en broma: “¿Por qué me presentan mujeres que me insultan?” Otro periodista cultural, citado en este podcast, dice que le tocó entrevistar a Philip Roth el día después de que Bob Dylan ganara el Premio Nobel de Literatura hace 2 años. El autor estaba recuperándose de una operación en el hospital, y el periodista temía que la combinación de ambas cosas lo tuviera cabizbajo o hasta enojado. Al verlo entrar, Roth exclamó: “¡Buenas noticias! ¡Me acaban de inducir al Salón de la Fama del Rock & Roll!”

Yo no tengo nada por el estilo. Sólo soy un lector promedio que descubre a un autor completamente fuera del promedio en el momento más apropiado posible.

Eran las vacaciones antes del séptimo semestre de la universidad. No sé cuántos de ustedes estudien letras o piensen estudiar letras, pero el caso es que séptimo semestre es crucial porque tienes que decidir el tema de tu trabajo de titulación y comenzarlo a escribir. En la práctica, es algo así como tomar un bebe recién nacido, darle lecciones rudimentarias de francés durante un año cuando todavía ni puede hablar y luego un día abandonarlo en la estación de trenes de Montparnasse para ver si sobrevive por sus propios medios.

Al momento de seleccionar un tema y una hipótesis, la gran mayoría de nosotros no sabía investigar, capitular, editar… bueno, unos a duras penas podían medio escribir y otros no tenían claro qué era un tema y qué una hipótesis.

Son unas vacaciones estresantes, pues.

Yo me sentía muy gallo y había barajado la posibilidad de trabajar con alguna novela posmoderna de esas enredosas y formalmente inabarcables, como The Recognitions o The Sot-Weed Factor. El problema es que ya tenía el séptimo semestre encima, no las había leído y ambas rebasan las 800 páginas. Iba a tener que cambiar de plan o conformarme con un libro similar, pero corto, como A Visit from the Goon Squad o Lost in the Funhouse. Estaba fanfarroneando: en realidad no tenía nada. Tenía la idea de hacer algo muy complicado porque, desgraciadamente, estoy enamorado de la complicación misma, pero en realidad no había encontrado un libro que atrapara mi imaginación por completo y de manera orgánica, absoluta, como la miel a la mosca.

Luego encontré American Pastoral en un botadero de la Lagunilla. Philip Roth, por supuesto, es un nombre que flota en los pasillos y las aulas de la universidad, pero les sorprendería lo poco que se asigna para leer en clase, al menos en mi escuela y mi generación. Ya sospechaba yo que nos lo estaban escondiendo porque no era un autor de moda y/o no le gustaba mucho al profesorado, pero tampoco es que me muriera por leerlo ni que supiera cuan indispensable era. Lo consideraba un autor renombrado al que algún día llegaría en mi tiempo libre, nada más. Pero cuando uno se encuentra en 40 pesos un libro en inglés, de buen autor y sin despastar, uno lo compra y ya.

Lo primero que me llamó la atención en la contraportada de American Pastoral fue la referencia a los deportes. En los tres años que llevaba de carrera, si acaso recuerdo una o dos alusiones a los deportes en todas las lecturas que nos habían asignado (y una fue de golf). Siempre me había parecido extraño que algo tan importante y representativo para sectores masivos de las sociedades cuya literatura y lengua se supone estábamos estudiando resultara tan invisible en los programas de estudio. Leíamos sobre la soledad, la guerra, el feminismo, el romanticismo, el racismo, pero Larry Bird nos era un completo extraño; nos llevaron de Roma a Bizancio y de regreso de la mano de Yeats y Eliot, pero nunca visitamos el parque de beisbol.

Algo que varios escritores mencionan en los obituarios de Roth que han salido en revistas angloparlantes es que él les enseñó que se podía escribir “así”, que estaba “permitido”. La mayoría de las veces, esto es dicho en referencia a la irreverencia religiosa y sexual de su ficción o a su decisión revolucionaria de desnudar la vida doméstica de las familias judías (cosa que le ganó muchísimos enemigos desde 1959, con cuentos como “Epstein” y “Defender of the Faith”). Y es cierto, Roth fue un parteaguas. Pero para mí, leyendo la contraportada de su libro en un camión y comenzando a ojearlo, lo que me recordó es que no todo es pirueta formal, modernismo o poscolonialismo chic. La vida ordinaria dentro la cultura ordinaria también se merece su literatura; de hecho, ahora diría que es vital que la reciba, puesto que solamente en lo ordinario viven los constructos invisibles e incuestionados que dan forma a cada pesar o éxito de nuestros días.

La contraportada, pues, me esbozaba una historia relacionada con el deporte y la construcción del sueño americano. Vale. Empecé a leer. ¿Qué encontré?

Una de las más bellas y penetrantes historias trágicas que existen sobre la vida moderna en una cultura masificada y entrópica. Es la historia de un héroe en un tiempo que escupe y se burla de los héroes; de un patriota americano al descubrir que su país siempre llevó el infierno bajo la alfombra.

Raymond Carver y Richard Yates hacen que a uno le duela el corazón. Hunter Thompson y Allen Ginsberg subrayan las contradicciones de la América ilusoria. John Dos Passos y Gore Vidal amasan la fuerza incorpórea de la historia y la convierten en un enorme y apasionante artificio de trama novelesca. En 500 páginas, Philip Roth hace todo eso y además te hace reír y asquearte más que cualquiera de ellos.

No había pasado ni la mitad del libro cuando decidí que dedicaría el resto de mi licenciatura a estudiarlo. Y aquí estoy, unos años después. No puedo decir que me haya ido muy bien ni que descubrir a Roth me haya abierto un camino de oro y diamantes. Pero su voz sí me ha dado perspectiva, me ha acompañado, me ha hecho reír y llorar, me ha abrazado a veces y golpeado en el estómago muchas otras. Ha sido mi fantasma de cabecera. Se ha hecho parte del hombre que soy.

 

III

Otra de las cosas que inevitablemente surgen en los recuerdos y reflexiones póstumas sobre Roth es su manejo, digamos, polémico de los personajes femeninos. Algunas críticas lo llaman, de plano, misógino, mientras que otras (como Claudia Pierpont) simplemente le achacan un solipsismo masculino que puede ser excesivo a veces, sobre todo cuando se encona en su resentimiento a las exesposas.

En mi experiencia, esto es verdad. Roth no odiaba a las mujeres ni mucho menos, pero no tiene caso ignorar que, con poquísimas y breves excepciones, toda su obra narrativa está focalizada desde un punto de vista desvergonzadamente masculino que, además, está configurado con gran cercanía a su propia subjetividad al jugar a ser el mismo Roth o algún alter ego no muy disfrazado. Es la ficción semiconfesional de un hombre y sus deseos más arrebatados, sus creencias más contradictorias y sus defectos más oscuros.

Eso no está mal, ¿o sí?

Yo pienso que no, pero me temo que hay voces más influyentes que la mía que sí lo ven con desdeño (y no sólo a él). Por instancia, David Foster Wallace (aunque los admiraba) clasificaba a Roth, Updike y Mailer como los Great Male Narcissists del siglo XX americano. No creo que deba explicarles lo devastadora que resulta la palabra “Male” como descripción de algo en estos tiempos, sobre todo dentro de un campus universitario de humanidades, y la palabra “Great” tampoco es muy halagadora que digamos, puesto que implica la ambición y presunción de trascender la voz individual, noción que siempre causa recelo en estos tiempos posmo. Hoy en día, las únicas Grandes Narrativas que la academia literaria considera aceptables son aquellas de la liberación de los oprimidos, del empoderamiento de los migrantes, las mujeres, las minorías étnicas.

¿Hombres violentamente heterosexuales hablando de sus problemas existenciales y pretendiendo que representan la condición humana? Ugh. Hueva; asco. En mi licenciatura nunca me asignaron leer ni a Roth ni a Mailer. Creo que a otro grupo le dejaron tres páginas de Updike.

Pero, ¿qué habríamos hallado si hubiésemos leído a Roth en clase con la mente abierta? Me atrevo a decir que muchos prejuicios se habrían roto, así como se rompieron para la escritora de un obituario cuyo link he perdido cuando su grupo de lectura sobre temas de justicia social asignó la lectura de The Human Stain. “Sabía que Roth era un hombre privilegiado”, recuerdo que decía, “y por lo tanto pensé que mis compañeros iban a odiar el libro, que lo iban a destrozar en clase, que yo misma lo iba a destrozar en clase”.

Pero incluso ante mentes tan cerradas, Roth daba la vuelta de tuerca.

The Human Stain, si no saben, es la historia de Coleman Silk, un académico cuya larga carrera es arruinada cuando se refiere con una palabra racialmente cargada —“spooks”— a unos estudiantes ausentes que él no sabía eran afroamericanos. El detalle es que Coleman también es afroamericano, sólo que de piel tan clara que desde su temprana juventud decidió pretender ser judío para evitarse el racismo de los 1950s y 60s. Así queda atrapado entre revelar la identidad a la que renunció, y que podría salvarlo, y mantener la identidad que le dio todo en vida, pero que ahora lo encadena al silencio.

Es una historia hermosa, de aterradora relevancia hoy en día y cargada, como todo Roth, de una profunda empatía por el hombre culto, hasta cierto punto brillante, pero cuyo pasado, vicios y puntos ciegos lo hacen vulnerable a un golpe seco de la historia que lo saca de combate, lo tenga merecido o no. En American Pastoral prácticamente lo enuncia: “La tragedia del hombre que no estaba preparado para la tragedia: esa es la tragedia de todo hombre”.

Pero bueno, las tragedias también pueden sucederle a mujeres, ¿no? Claro, y Roth explora esta posibilidad en algunos libros, el más notable The Ghost Writer, donde revive a Ana Frank y la lleva a EE.UU. a ser la protegida de un escritor ficticio, pero basado en Bernard Malamud. Si tiene éxito o no, ya lo decidirán ustedes al leer. Sin embargo, hay algo especial en la tragedia rothiana a través de las décadas que la hace muy masculina, tradicionalmente masculina, y en particular conmovedora para mí.

Creo que todo tiene que ver con el heroísmo clásico.

Los héroes clásicos de la tradición occidental son hombres porque la gran mayoría de culturas no mandaban mujeres a pelear en batalla. Las razones y las consecuencias de esto —dónde empieza el sexismo burdo y acaba la biología o qué rol juega el pragmatismo obligado de una sociedad cuya supervivencia depende de su capacidad en la guerra— no me interesan aquí. El punto es que la tradición occidental implantó durante el curso de al menos dos milenios un conjunto de valores e ideales específicos para el hombre, valores que no sólo servían para defenderse en una confrontación bélica, sino ante la vida en general, ante la familia, el trabajo y la patria.[2]

Y luego, en los últimos ciento y pico de años, debido a cientos de corrientes y condiciones históricas, el paradigma colapsa y desemboca en un desprecio cada vez mayor a esos valores. Por ende, la condición del hombre moderno es una de tremenda confusión, donde parece que uno está destinado por todos lados al error.

Y eso es esencialmente lo que hacen los hombres de Roth, desde Goodbye Columbus en 1959 hasta Nemesis en 2010: se equivocan, fallan, decepcionan, no escuchan, no se dan cuenta, se traicionan, se enredan, se caen y se levantan siempre en busca de una nueva ilusión (que será un nuevo error). Quien piense que el solipsismo masculino de Roth lo hace machista está sencillamente errado: no estamos ante un monólogo ciego de congratulación, sino ante uno crítico y doloroso con raíces en nuestro dilema particular como hombres, confundidos entre valores nuevos y viejos, arrojados e inseguros al mismo tiempo, obsesionados con la grandeza, ilusos, sujetos a un deseo sexual que llega a asustarnos hasta a nosotros mismos y que sabemos resulta subversivo e incómodo en una sociedad moderna, siempre en busca de algo qué proteger sin sofocarlo, conducidos a la soledad o al escarnio por los errores y por uno que otro pelo de mala suerte.

O no sé. Tal vez soy yo.

Pero ese es mi Roth, en todo caso, y si algo he aprendido de él es que mis malinterpretaciones no necesariamente deben ser desechadas. Después de todo, en I Married a Communist, después de mostrar en 300 páginas todo lo malo que el idealismo político puede hacerle a un hombre, el libro concluye con la frase “Las estrellas son indispensables”.

Y es que después de todo, sin esas ilusiones, esos valores utópicos que tanto daño nos hacen, y sin los errores que cometemos día a día por su culpa, ¿qué seríamos? ¿Ángeles, cavernícolas? Qué flojera. Es mejor apuntar alto y caer; es lo más humano, lo único humano quizá. En Roth todo es ambivalente, todo es traicionero, cada cosa puede ser tu veneno o tu ambrosía dependiendo de la hora y del humor del universo.

Siempre vas a equivocarte. Así que aprende a sonreír, Sísifo.

 

IV

Si me permiten, voy a permitir que esta columna la cierre Philip Roth. En inglés, puros y sin adulterar, van algunos de mis pasajes favoritos del maestro, coloso, héroe, viejo verde y agitador número uno de Newark. Le deseo lo mejor, donde quiera que esté y si es que está en algún lado. Por favor, léanlo:

 

He was really living it out, his version of paradise. This is how successful people live. They’re good citizens. They feel lucky. They feel grateful. God is smiling down on them. There are problems, they adjust. And then everything changes and it becomes impossible. Nothing is smiling down on anybody. And who can adjust then? Here is somebody not set up for life’s working out poorly, let alone for the impossible. But who is set up for the impossible that is going to happen? Who is set up for tragedy and the incomprehensibility of suffering? Nobody. The tragedy of the man not set up for tragedy—that is every man’s tragedy. (American Pastoral, p. 86)

Fiction is not written to affirm the principles and beliefs that everybody seems to hold, nor does it seek to guarantee us of the appropriateness of our feelings. The world of fiction, in fact, frees us from the circumscriptions that the society places upon feeling; one of the greatnesses of the art is that it allows both the writer and the reader to respond to experience in ways not always available in day-to-day conduct; or if they are available, they are not possible, or manageable, or legal, or advisable, or even necessary to the business of living. (“Writing about Jews”)

You control betrayal on one side and you wind up betraying somewhere else. Because it’s not a static system. Because it’s alive. Because everything that lives is in movement. Because purity is petrification. Because purity is a lie. Because unless you’re an ascetic paragon like  […] Jesus Christ, you’re urged on by five-hundred things.  Because […] without the big lie of righteousness to tell you why you do what you do, you have to ask yourself, all along the way, “Why do I do what I do?” And you have to endure yourself without knowing. (I Married a Communist, p. 318)

“God sent Hitler because God is crazy. A Jew knows God and how He operates. A Jew knows God and how, from the very first day He created man, He has been irritated with him from morning till night. That is what it means that the Jews are chosen. The goyim smile: God is merciful, God is loving, God is good. Jews don’t smile—they know God not from dreaming about him in goyisch daydreams but from living all their lives with a God Who does not ever stop, not once, to think and reason and use his head with His loving children. To appeal to a crazy, irritated father, that is what it is to be a Jew.” (Operation Shylock, p. 110)

Yet what he’d learned was nothing measured against the inevitable onslaught that is the end of life. Had he been aware of the mortal suffering of every man and woman he happened to have known during all his years of professional life, of each one’s painful story of regret and loss and stoicism, of fear and panic and isolation and dread, had he learned of every last thing they parted with that had once been vitally theirs and of how, systematically, they were being destroyed […]. Old age isn’t a battle; old age is a massacre. (Everyman, p. 155)

We leave a stain, we leave a trail, we leave our imprint. Impurity, cruelty, abuse, error, excrement, semen—there’s no other way to be here. Nothing to do with disobedience. Nothing to do with grace or salvation or redemption. It’s in everyone. Indwelling. Inherent. Defining. (The Human Stain, p. 242)

You fight your superficiality, your shallowness, so as to try to come at people without unreal expectations, without an overload of bias or hope or arrogance, […] take them on with an open mind, as equals, man to man, as we used to say, and yet you never fail to get them wrong. You might as well have the brain of a tank. You get them wrong before you meet them, while you’re anticipating meeting them; you get them wrong while you’re with them; and then you go home to tell somebody else about the meeting and you get them all wrong again. Since the same generally goes for them with you, the whole thing is really a dazzling illusion […]. The fact remains that getting people right is not what living is all about anyway. It’s getting them wrong that is living, getting them wrong and wrong and wrong and then, on careful reconsideration, getting them wrong again. That’s how we know we’re alive: we’re wrong. Maybe the best thing would be to forget being right or wrong about people and just go along for the ride. But if you can do that —well, lucky you. (American Pastoral, 35)

 

Notas

[1] Por cierto, ¿sabían que Roth se peleó con Wikipedia una vez?

[2] Ese conjunto de valores convencionalmente “heroico” —cosas como el estoicismo, el sacrificio, la congruencia total, la ética de trabajo inquebrantable— jugó un papel enorme en la creación de grandes narrativas históricas que nos auguraron un camino seguro al éxito o al progreso, de las cuales la más grande y propia de Roth es el sueño americano. El sueño americano como motor para la creación de héroes dispuesto a alcanzarlo, así como Heracles fue a recolectar las manzanas de oro, pero también como mera ilusión, como trampa, como espejismo que se desvanece cuando crees que está en tus manos.

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D. Arce García

D. Arce García

(n. 1993) Estudió Letras Inglesas en la UNAM porque parecía buena idea en ese momento.

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