Recientemente leí un tuit que se quejaba de que la [mentalidad de] pobreza (o pobreza de mentalidad) se había adueñado de Netflix y que el problema nunca fue Televisa, sino los consumidores, porque las reproducciones de las canciones de Luis Miguel en Spotify se habían disparado meteóricamente después de haber transmitido el episodio 4 de la serie.

Curiosamente, antes de ver la serie, yo pensaba algo similar a lo de ese tuit: ¿quién carajo quiere ver –por enésima vez– a Luismi? La única persona que conozco que me da una idea del target de esa serie es mi mamá (y qué pinche oso que te guste lo mismo que a ella, más si es ese wey, ¿no?). Así que, como buen intelectualoide clasista, me opuse a ver la serie e insulté mentalmente a todo el equipo de producción y los fanáticos, pero los azares del destino me obligaron a verla (en serio, nunca sería una elección voluntaria; como cualquier gusto culposo, pues) y, como la mayoría, me clavé. Así que me puse a inventarme cuasirazones para cuidar mi frágil intelectualidad y, entre las mentiras que me contaba, encontré algunos aspectos interesantes de todo ese “resurgimiento” de Luis Miguel.

Desde la posición del espectador, el fenómeno de Luis Miguel tiene la misma relevancia que (por ejemplo) Juan Gabriel en la cultura mexicana. Antes de que se me echen encima: no digo que sean iguales (principalmente, porque el primero es intérprete y el segundo es cantautor –personalmente, me quedo con Juanga para las pedas), sino que ambos conforman fenómenos que impactaron (impactan) profundamente en la cultura popular mexicana.

No soy fan de Luismi, pero me sé muchas de sus canciones, cortesía de mi familia (sí, toda mi familia), que escuchaba los discos, las estaciones de radio que programaban sus canciones de forma regular, e incluso veían las películas. El Sol de México no formó una parte medular de la educación sentimental del mexicano (como sí lo hizo Juan Gabriel), sino que consistió en un fenómeno mediático, armado a modo para el público meta: el artista fue “construido” según las necesidades de los espectadores y evolucionó en igual medida. No se está negando que sepa cantar o que sepa dar un espectáculo en vivo, sino que Luis Miguel, así como lo conocemos, es básicamente producto diseñado específicamente para su consumo en masa; en términos de Lipovetsky, Luismi está personalizadísimo para la sociedad mexicana. Similar al Truman Show, los fanáticos pueden conocer la vida entera de este cantante, su nacimiento, dónde creció, cuándo se enamoró, por cuánto tiempo, de quién, con quién se enojó, etcétera; ese tipo de exteriorización y completa pérdida de la vida privada; traducido a millennial, todos los medios de información masiva eran el TL detallado de Luis Miguel y lo que más fascina(ba) es que aparentemente jamás hubo una negativa de exponer cada detalle de su biografía; se ofrecía (ofrece) al público para que lo devoren obedientemente.

Después de que el Sol de México tuviera un par de tropiezos (el mame de Luis Migordo, la cancelación de un concierto a la mitad, un concierto “olvidable” en Argentina en 2015 y la certeza de varios medios de que estaba acabado), aparece la serie que cuenta su vida y su público lo recibe nuevamente con brazos abiertos y fascinados. En otras palabras, como muestra la serie, gran parte del éxito de Luismi ha consistido en la mercadotecnia y en el gran cuidado de su imagen (de acuerdo con la serie, la narrativa corresponde a los libros que hablan de su vida y algunas entrevistas; es más, hasta quien no lo vivió, sabe que el video de “La incondicional” fue el gran paso de la adolescencia a la vida adulta, vía servicio militar: cambio de look y aumento en la intensidad amoroso-erótica en las canciones que interpretaba); por lo que resulta viable pensar que este gran fenómeno mercadotécnico y de producción consiste en la revindicación de Luis Miguel para anclarlo a la historia de la cultura popular mexicana como un ícono pulcro e incuestionable (a diferencia de, por ejemplo, José José quien ahora tiene el estigma del alcoholismo al mismo nivel de sus logros como cantante); al parecer lo está logrando.

Ahora, desde el punto de vista artístico, el Sol no sólo ha aceptado la canibalización de sí mismo, sino que también ha mostrado cierto talento. Nada que se pueda considerar excepcional, pues tiene el infortunio de estar al borde de lo aceptable del canon de alta cultura: es artista pop y no compone. Tiene la ventaja de haber nacido antes del auto-tune, por lo que uno puede creer francamente que sus interpretaciones son de viva voz (y son buenas); algunas de las canciones que interpreta tienen (una embarradita de) elementos de retórica destacables y complejos para pertenecer al género pop (si no me creen, échenle un ojo a las cacofonías de la primera estrofa de “Por debajo de la mesa”), incluso retomó temas que ya habían sido interpretados por otros cantantes y el cover de Luismi se ha quedado como lo canónico.

Además, la serie no está mal armada, retoma un tema que parece funcionar muy bien en la cultura mexicana y varios elementos estéticos contemporáneos. El complejo de Edipo, el eterno conflicto de poder con el padre, que va de la búsqueda a la destrucción del mismo, ya ha sido retratado en Pedro Páramo y abordado por Paz en El laberinto de la soledad; los saltos temporales en la narrativa que cuentan simultáneamente la infancia y la entrada a la vida adulta del Luismi, el toque vintage y el ataque directo a la nostalgia son elementos completamente posmodernos.

Otro factor que ha permitido la re-realización del fenómeno Luis Miguel consiste en que ese elemento forma parte del mundo compartido de, al menos, dos generaciones; conforma un vínculo entre ellas (ya sea de afinidad o diferencia) y de ello resulta un negocio con altas probabilidades de redituar doblemente, pues en una plataforma, dominada y acaparada básicamente por la generación más joven, se presenta un clásico obligado del pop latino, lo que obliga a un público menor y más disperso concentrarse como nuevos consumidores del streaming; al mismo tiempo, ya por contacto indirecto, ya por curiosidad, al público más joven se le presenta ese producto clásico en un empaque más “amigable” (sí, Stacy Malibu con nuevo sombrero). La fórmula “Luis Miguel” ya había funcionado de maravilla la primera vez; el nuevo boom del Sol de México ocurrió básicamente por un “chispazo” al poner en contacto una fórmula efectiva y un nuevo público que comparte varias similitudes con aquel donde triunfó (una población perteneciente a la llamada “clase media”, generalmente con un clasismo extremadamente interiorizado y una fascinación por la reafirmación del mito de sí mismo como el selfmade man). Eso sí, como todo en la posmodernidad, el producto está acelerado, pues la primera vez el “programa” de Luismi era diario, anual y los avances que nosotros vemos en un episodio, tardaban días, semanas, meses.

En mi opinión, la serie cumple con las expectativas; la historia está bien narrada, los personajes están bien construidos, las actuaciones son adecuadas. No se busca proponer nada nuevo (de allí que no sea destacable), ni señalar al personaje como el protagonista de una tragedia ni como un héroe clásico, sino seguir un guion al pie de la letra y hacer una campaña de marketing gigantesca (como los comerciales de Coca-Cola, pues).

 

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Gilberto A. Nava

Gilberto A. Nava

“Gablot” (Ciudad de México, 1990). Estudió Letras Hispánicas (ffyl/unam). Pambolero por herencia genética y cruzazulino por resignación; fanático de Zelda, entrenador Pokémon por las noches. Pierde la mitad del día en la oficina viendo 9gag. Participó en la antología Telescopio (Fractal Editores, 2013).

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