por José Luis Aguirre

 

Le extendió el ticket y él sonrió. Lo miro por unos instantes, al ticket  y a él, un cajero más, despreocupado, nuevo, con toda la inocencia marcada y hasta, tal vez, con algo de arrogancia –sí, esas dos cosas pueden convivir perfectamente en el rostro de alguien nuevo–. Se quedó un rato parado, viéndolo, como esperando. ¿Esperar qué? El cajero no parecía percibirlo. El hombre volvió a sonreír, dio media vuelta y se encaminó hacia la salida. ¿Será maricón?, ¿Habrá pensado eso el cajero? ¿Qué otra cosa si no delataba esa sonrisa? Un estúpido intento de ligue. ¿De verdad? ¿Será?

En la ciudad corrían los rumores de siempre. Se avecinaba otra hecatombe provocada por la “Crisis de los Servicios”. Los diputados en el congreso estaban en negociaciones, los empresarios también. Ambos bandos sufrían para poner las cosas en claro, y saber bien a bien contra quién o qué lidiaban; no tenían ni la menor idea. En todas esas largas jornadas con los medios de la prensa, esperando las impresiones de los convocados afuera del recinto, no avanzaban un ápice; apenas alguien proponía algo, otros intereses lo echaban abajo, o estallaba algún  connato de violencia en algún punto de la ciudad, y todos se abocaban a detenerlo. Era un verdadero laberinto, y no parecía existir gente con talento para resolverlo.

En el último enfrentamiento, la ciudad quedó hecha añicos. Los disturbios no pararon en semanas, y hasta más bien parecían extenderse a muchas más zonas que antes no los reportaban. Durante muchas noches, aquello pareció simplemente no tener fin. Ocurrieron saqueos y robos a casas-habitación; ocurrieron riñas en las calles y secuestros a conocidos empresarios de la localidad. Ocurrió de todo. Incluso se rumoraban violaciones tumultuarias en algunos incidentes, sesiones de tortura que duraban horas, (con extracciones de muelas incluidas, apuñalamientos de globos oculares). En fin, el horror.

Y pensar que todo comenzaba y terminaba otra vez. Terminaba para comenzar, más bien. Y el inicio exacto siempre era en el área de servicios. Alguien respondía mal a algún cliente, se cometía un abuso claro, el producto no funcionaba como decía su publicidad, había un cambio de precio de último momento y en el aparador se mantenía el antiguo, más bajo, o no se respetaban las promociones u ofertas ¿Defectos en el producto? Cada vez eso pasaba menos. Repentinamente después del tiempo de los disturbios, la calidad del producto era monitoreada severamente, aplicándole todas las normas establecidas y, con el tiempo, casi se lograba obtener el 99 por ciento de calidad en el producto, algo impensable hace algunos años, y lo ofertado cumplía casi a la perfección para lo que servía. Las quejas a ese respecto habían bajado muchísimo y los problemas ahora estaban en otro lado. 

¡Ahora sí hijo de tu puta madre! ¡Te vas a morir me oyes, te vas a morir aquí mismo! Y el puño con la manopla se estrellaba directo en la quijada. Una bola de sangre y babas salían volando por los aires. No se podía ver el gesto del verdugo después de asestar el golpe tras esa máscara de licra negra, pero estaba claro que hasta a él le dolía, pues se quedaba unos segundos tocándose los nudillos. ¡Muy verguita culero! ¿Eh? ¿Verdad? ¿Te crees muy  cabrón vendiendo esas mierdas en tu tienda sin garantía? Desde ahorita te digo que no te van a quedar ganas. Otro puñetazo terrible en la cara, lo desaparecía de la escena mandándolo a estrellarse contra el piso de nuca. Era un sonido seco, sordo, que, aunque solo durara unos segundos, inundaba la habitación en medio de la noche y  marcaba una pauta en la sesión de tortura: la primera vez, de varias, que el torturado iba a perder la conciencia.

Pronto los secuestros a famosos empresarios, dueños de cadenas de tiendas, restaurantes, bancos, bienes y servicios, se sucedían a voluntad. Al director de la Comisión Federal de Electricidad le sacaron los ojos con un destornillador en su oficina. Cuando la policía entró, los dos globos oculares estaban tirados en el piso, lucían completamente quemados con algún artilugio que emanaba electricidad; le habían quemado, también, los genitales y el ano. Según estimaron los peritajes, las descargas habían sido de 220 voltios, por lo menos.

La CFE era una de las empresas paraestatales con más quejas de abusos hacia el consumidor. Esa noche, el director se había quedado hasta tarde en su oficina para resolver unos pendientes. Lo agarraron completamente solo, lo golpearon hasta cansarse y después vino lo demás. En el video del circuito cerrado de seguridad, se observan hombres encapuchados –y, al parecer,  también mujeres–, moverse por los pasillos del inmueble, entrar a la oficina del director y, después de varias horas, salir por las puertas principales. Esa noche también asesinaron a un par de guardias de seguridad, hirieron a otro y maniataron al personal de limpieza en una bodega.

El caso de la cadena de tiendas de conveniencia causo tanto revuelo que de alguna manera logró revivir el asombro ya perdido ante tanta violencia. El cajero, desesperado por no contar con ayuda de su propio personal, se negó –como era de esperarse– a abrir una segunda caja para atender a los clientes desesperados que ya formaban una fila bastante larga.

“¿Qué quiere que haga, señora?”, “No tengo a nadie que me ayude”, “¡Espere su turno, señor!”, “No me funciona el sistema para depositar, cargar saldo, retirar efectivo”, era la serie de frases que contestaba el cajero ante tanta reclamación. Eran aún los primeros tiempos de los altercados y la mayoría del personal que trabajaba en el área de Servicio al Cliente no estaba enterado de todo lo que estaba pasando. A través de foros de internet se organizaban grupos, con aplicaciones de mensajería instantánea, Facebook y demás redes sociales del momento.

Se dice que sólo bastaron un par de miradas cómplices entre los que conformaban la pequeña turba en la fila, y se decidió la suerte de aquel pobre cajero. Un gordo de barba larga –como se observa en el video del circuito cerrado–, completamente rapado de la cabeza, le dio un antebrazaso que lo estrelló contra los aparadores de los cigarros. El cajero después del brutal movimiento que lo puso a cimbrar, intentó repeler la agresión acercándose muy mareado de nuevo al mostrador, y le tiró un puñetazo. Éste apenas si arañó el codo y parte del brazo del hombre sin cabello pero con barba larga. El hasta hace poco cliente se limpió el brazo como si le hubiera caído una basurita y luego le sonrió.

Dos hombres más que estaban en la fila se desprendieron de la formación y fueron a cerrar la puerta de entrada, bajaron la cortina metálica y se quedaron ahí, franqueando el paso. Lo que siguió a continuación fueron casi cuatro horas de carnicería y cacería dentro de un espacio que a veces parecía tan reducido como vasto. Lo llevaron a cada uno de los anaqueles en la tienda mientras lo golpeaban en el recorrido, una vez sostenido entre varios, le hacían cortadas profundas con cuchillos y navajas que nunca se supo bien de dónde salieron ni quién las proveía.

 Las cortadas eran hondas pero atrabancadas, salían chorros de sangre que manchaban a todos. Una vez abierta la rajada lo suficientemente amplia, procedían a introducirle cada artículo del anaquel al que lo acercaban en ese momento. Cuando lo llevaron a la máquina que daba el queso derretido para ponerle a los nachos, la cortada en la espalada fue tan profunda que se desmayó. De todos modos lograron verterle el queso caliente adentro de la herida.

Después le metieron yogur, dulces de tamarindo, chocolates, condones, leche y frutas como plátanos y  manzanas. Alguien gritó que lo desnudaran y lo desnudaron, comenzaron a meterle botellas de vidrio por el ano, primero de Coca-Cola, luego más grandes, de vino y licor. De vez en cuando daba unos alaridos terribles, a veces parecía ya no tener conciencia. Encontraron su cuerpo casi deshecho y congelado en los cuartos fríos, entre las cervezas, los jugos y las Pepsis. Todo el lugar estaba manchado de sus fluidos,  mezclados con los líquidos  de los productos de la tienda.

Los políticos estaban fuera de sí. Tenían claro lo que estaba sucediendo porque los reportes de sus policías e instituciones de seguridad eran claros y rigurosos. Pero no tenían la menor idea de por qué estaba sucediendo y esto era clave para poder pararlo. En la televisión, expertos se pronunciaban sobre el tema con hipótesis tan variadas como absurdas. Que si el candidato de izquierda presentado a las elecciones por el partido más radical tenía que ver; que si la CIA estaba detrás; que si la presa que alimentaba al área metropolitana estaba contaminada y dejando unos efectos tan nocivos como alucinantes en la población; que si esto o que lo otro.

En una entrevista para la televisión local, el conocido filósofo y crítico de la cultura M. W. aseguró que eran los tiempos más nefastos en la historia de la ciudad y del mundo entero, que lo que pasaba no era más que una especie de cerrojo y carpetazo final de la historia. Un sistema económico, político y cultural claramente se  estaba despidiendo y llegando a su fin. “El capitalismo, decía, ha redondeado claramente la creación de su producto más perfecto: el consumidor. Pensaron que iban a poder dominarlo mediante engaños y mentiras, pero ahora se ve muy claramente que lo que crearon fue otro monstruo”.

La ciudad era bien conocida por su ineficiente transporte público. Con el tiempo, y con los análisis de la situación que iban surgiendo, era claro que todo tenía que explotar en este ramo, donde la ciudad era más débil. Aquella mañana, el estallido del servicio de transporte no hizo más que confirmar que estábamos entrando en otra época, una llena de reacciones salvajes que en el fondo intentaban resolver algo o acelerar su destrucción por ineficiente y defectuoso.

Un usuario le hizo la parada y el autobús en cuestión no se detuvo. El hombre llevaba horas esperando e intentaba, como cada mañana, llegar a su trabajo. El siguiente autobús hizo lo mismo. En total, había perdido cuatro horas. En las redes sociales este hecho fue comentado y viralizado hasta el cansancio. Al poco tiempo comenzaron a salir muchos casos más similares y aún peores.

La mañana siguiente la gente no lo soportó más. Un usuario se detuvo frente al transporte impidiendo su paso. El chofer, tan enojado como el usuario, intentó atropellarlo. La gente ya sabía lo que tenía que hacer. Otros más trataron de impedir el paso parándose junto al usuario. Otros más que esperaban abajo comenzaron arrojar piedras. Una ventana explotó. Personas en el interior del autobús lanzaron gritos. Pronto una turba enfurecida trataba de entrar por la puerta delantera. Rompieron de manera muy fácil la mica de ésta. El chofer, amenazado, no tuvo más que abrir. Comenzaron a estrellarle la cabeza contra el volante. Alguien oprimió el botón que abría la puerta de atrás, y la gente comenzó a desalojar el autobús despavorida, pero otros comprendían claramente lo que pasaba y se quedaban a ayudar a los que maltrataban al chofer.

De entre los que lo golpeaban, alguien emergió con una piedra enorme. La dejó caer de llenó contra la cabeza del conductor y lo mató al instante. Los vidrios se llenaron de sangre e hicieron prácticamente imposible la visibilidad de afuera hacia dentro del autobús. El dinero, que yacía a un lado, en una cajita  de madera  con compartimentos para separar billetes y monedas, se había manchado por completo de sangre. Unas manos comenzaron a tomarlo y a introducirlo por la boca del conductor muerto. Primero las monedas, una a una, para después meter los billetes. Alguien más sacó un cuchillo y, después de acuchillarlo varias veces, comenzó a desmembrarlo. El camión entero quedó anegado de sangre con chorros que caían de las ventanas al suelo. No todos los miembros del conductor fueron encontrados. Faltaron algunas extremidades, se supo también que le arrancaron los testículos y que estos fueron encontrados muchos metros más adelante, por la avenida.

Las cosas no se apaciguaron hasta después de muchos años y  muchas reformas en el congreso que regulaban el orden de las empresas en el ramo de los servicios, además de la calidad en la fabricación de sus productos y, al parecer, uno de los puntos más cruciales en todo esto: el trato a sus compradores, usuarios o consumidores. Este periodo aún no concluye y  ha sido conocido como la “Crisis  de los Servicios”. Muchas personas que fueron arrestadas cometiendo crímenes en aquellos incidentes han sido sentenciadas a cadenas perpetuas; muchas, se sabe, se han suicidado en la cárcel a la espera improbable de cumplir su condena.

El hombre llega al mostrador de la caja y le hace preguntas hasta hartarlo, cabe señalar que todas son hechas con la mayor amabilidad posible. El cajero, suda. Mira de reojo a su jefe-supervisor, quien rápidamente se dirige a un teléfono y comienza a hacer una llamada, como si estuviera reportando todo a una autoridad superior. Bien, dice el hombre al cajero, me gusta tu actitud, te deseo que tengas un muy buen día, y le dedica una sonrisa de oreja a oreja. El cajero resopla y se acomoda el cuello. Mira a su supervisor y al gerente, que para entonces ya ha bajado de su oficina para acompañar la escena. Estos comienzan a mostrar un semblante mucho más relajado después de la tensión. Finalmente, los tres miran cómo el hombre atraviesa las puertas automáticas, y se pierde de su vista.

 

José Luis Aguirre (Monterrey, Nuevo León, 1988). Hizo estudios en Bibliotecología y Ciencias de la información, en la Facultad de Filosofía y Letras de U.A.N.L. Textos suyos aparecen en los sitios web: Hermano CerdoRevista El HumoMatavilela (Ecuador), La rabia del axolotl, Bitácora de vuelos, y Revista Coronica (Colombia), Punto en línea (UNAM); además de las publicaciones impresas  Armas y Letras (UANL); Poeta de Gaveta (Universidad de Sao Paulo, Brasil) y La Tundra (revista editada en Londres). En 2013 obtuvo el primer lugar en el IV concurso de reseña organizado por la Casa del Libro de la Universidad Autónoma de Nuevo León. En 2016, obtuvo el primer y segundo lugar en la categoría de poesía así como el tercer lugar en la categoría de cuento del Certamen Literatura Joven Universitaria de la U.A.N.L.

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