por Jorge Cobos Paz

 

Mi primer contacto con la muerte sucedió durante la infancia. Como cada verano, tan atrás en el tiempo como me alcanza la memoria, visitaba con mi familia el pueblo natal de mi padre, una localidad tan insignificante que me sorprendería poco si no apareciera en el mapa, incluso en la actualidad. A pesar de las pocas oportunidades de sustento ofrecidas por aquel lugar tan remoto, el hermano de mi papá –en cuya casa éramos recibidos–, parecía disfrutar de aquella vida tranquila y solía decir, sin que ninguno de nosotros lo dudara, que permanecería ahí toda la vida acompañado de su esposa e hijos; al menos hasta que estos tuvieran edad de emigrar, lo cual al final sucedió. Yo en lo particular disfrutaba mucho de esos viajes estivales, pues además de representar un cambio del panorama urbano de mi día a día, tenía oportunidad de pasar tiempo con esa porción de la familia que no veíamos más de una o dos veces al año.

Iba acompañado de mi primo Rodolfo cuando nos encontramos, durante uno de nuestros vagabundeos a través de las tierras baldías, ante el cadáver reciente de un zanate de gran tamaño para la especie, con el plumaje negro azulado todavía brillante al sol del mediodía. Guiado por un impulso repentino, y siguiendo la tradición competitiva que nos caracterizaba en la niñez, reté a Rodolfo a tocar los restos del animal, a sabiendas de que no sería capaz de hacerlo; mi primo, además de ser un par de años menor que yo, no se caracterizaba por su valentía. Efectivamente, su respuesta no sólo fue negativa, sino que además tuvo la desfachatez de devolverme el desafío. Yo, por mi parte, tuve que acceder: en tales tiempos inocentes, ganar y conservar el respeto de familiares y amigos resultaba decisivo, y perderlo por faltar a un reto propuesto no era, de ningún modo, una opción aceptable.

¿Cómo podría haber estado consciente de lo que se desataría a raíz de aquella acción en apariencia inofensiva? Cuando tal recuerdo irrumpe en mi mente –lo cual casi siempre sobreviene durante mis pocas horas de sueño–, en ocasiones me sorprendo intentando con desesperación remover las barreras del tiempo valiéndome del poder de la mente, para alertar al pequeño inquisitivo que fui entonces y así detener la mano ejecutora que desencadenaría los hechos que hoy, motivado por la urgencia, me veo obligado a relatar.

Nos hallábamos pues, de pie cada uno a un lado del cuerpo mustio del ave que yacía en el suelo, del mismo modo en que la gente se sitúa en relación al ataúd en un entierro. Dedicamos un momento a contemplarlo. El pico, como es común en las aves al perder la vida, permanecía levemente abierto, simulando haberse quedado mudo a mitad del canto matutino. Mi madre, al consolarme sobre la muerte de mascotas en mis primeros años (un gato y dos peces, más tarde me enteré de que estos últimos fueron devorados por dicho gato), siempre representó aquel estado como un sereno sueño permanente, para suavizar el impacto de su irreversibilidad. Pero yo no pensé que el zanate aparentara dormir, al contrario, los pequeños ojos vacíos estaban abiertos de par en par e inclusive daban la impresión de mirarnos desde abajo, como observando a un par de poderosos atlantes a la expectativa. El cuerpo no presentaba lesiones visibles, al menos desde nuestra posición, y me pregunté cuál habría sido el motivo del deceso.

Rodolfo rompió el breve lapso de silencio para recordarme que debía tocar al pájaro, el cual continuaba tendido a nuestros pies, con sus ojillos negrísimos fijos en los nuestros, causándome a la vez repulsión y una especie de miedo creciente que incluso a esa edad me pareció absurdo experimentar; a pesar de ello me fue imposible sacudirme tal sensación. Me puse en cuclillas y lleno de dudas observé de nuevo al zanate durante un segundo antes de cumplir lo acordado y tocarlo con el dedo índice en las plumas más largas del ala izquierda.

“¿Ya ves?”, dije con tono fanfarrón, “no pasa nada”.

Nos retiramos con Rodolfo levemente desilusionado por el desenlace tan poco movido.

La imagen del ave y la sensación de las plumas permanecieron en mi mente, y esa misma tarde volví al lugar yo solo. El zanate, sin embargo, ya contaba con compañía: una tropa de hormigas se encargaba de saquear con premura los restos, que ahora exhalaban los primeros olores putrefactos, aunque esto último ciertamente no podría afirmarlo con seguridad: el hedor bien podría haberse tratado de un simple producto de mi propia predisposición. No tenía muy en claro el motivo de mi regreso. Sin embargo, sentía una inexplicable atracción hacia aquella tumba improvisada. Es más, se me ocurrió de súbito la idea de proporcionarle a la criatura patética un verdadero entierro según las prácticas religiosas que me habían inculcado desde la cuna, pero que en esencia realmente no alcanzaba a comprender.

Poco duró la intención, pues muy pronto fue rebasada, primero, por una curiosidad que no dejaba de crecer y después por la inevitable sensación de poder sobre aquella figura desmadejada, abandonada por completo a mi merced. Una vez más dirigí mi dedo examinador al plumaje tornasol, pero esta vez no satisfizo mis necesidades de exploración: tomé el cadáver laxo entre mis manos, provocando, por cierto, una conmoción de hormigas que me obligó a soltarlo al primer piquete. El zanate cayó con un golpe sordo, prueba de lo grande que era y lo bien alimentado que estaba antes de perecer, y quedó en una posición tan antinatural que me apresuré a acomodarlo con torpeza.

Esa iniciativa, igual que la de darle sepultura, tampoco prevaleció. La manipulación del cuerpo confirmó mi poderío. Al principio me ocupé en conocer a detalle esa anatomía desconocida: abrí las alas, maravillado por el movimiento de las plumas; examiné las patitas escamosas –tan delgadas que me sorprendió que en vida hubieran podido sostenerlo–, rematadas con dedos arácnidos de garras ganchudas que palpé con las yemas para corroborar su cualidad punzante. Apreté con suavidad el abdomen, acaricié el dorso, manoseé las articulaciones… el juego explorador duró un rato antes de cansarme y pasar a la siguiente etapa.

Ahí fue cuando las cosas se torcieron. No sé qué demonio turbulento se apoderó de mí entonces, ni a qué se debió mi ocurrencia, pero la verdad es que tras aquel inocuo ejercicio de descubrimiento sentí la necesidad de ir más allá. Inicié simplemente dejando caer una vez más el cuerpecillo maltrecho. La visión del peso muerto chocando contra el suelo y el polvo fino levantado por el impacto me produjo cierto deleite mezquino. Acto seguido le propiné un fuerte puntapié al animal, haciéndolo volar sin gobierno a pocos metros, dejando atrás algunas plumas que cayeron con lentitud, trazando arcos en el aire. Lo utilicé de diana para afinar mi puntería, usando piedras como munición. Pisoteé las extremidades y la cabeza hasta escuchar los huesos crujir bajo mis suelas. Incontables cosas hice motivado por aquella curiosidad malsana, de las cuales ahora me avergüenzo de admitir por su grado de vileza.

Con aquel ritual violento que realicé en la intimidad de la luz roja de la tarde, le perdí el miedo a la figura de la muerte, y a la vez experimenté sin saberlo una especie de indiferencia por la vida. Y en la ignorancia de la inmadurez que me cobijaba, llegué a creer que aquello representaba un logro.

¡Qué equivocado estaba!

 

 

Pasarían años antes de comenzar a pagar el precio de mi infantil curiosidad, que ahora, contrito, reconozco tan enfermiza. De hecho, no ocurrió ningún atentado contra mi seguridad o salud mental durante el resto de aquel verano, excepto por un detalle que, aunque en la época referida no me pareció tan grave, sino más bien un simple malestar pasajero, hoy me doy cuenta de que en algún nivel más profundo me afectó desde entonces sin que yo lo advirtiera.

Los zanates, aunque abundaban en el destino de nuestras visitas vacacionales de antaño, nunca me parecieron dignos de mucho interés; resultaban llamativos a la vista, sí, pero nada más. No obstante, a partir de ese episodio, su presencia se volvió especialmente notoria. Cada tarde, al caer el sol, cientos o incluso miles de aquellos animales se apresuraban en desbandada a buscar el abrigo de los árboles para protegerse durante las horas nocturnas. La casa de mis tíos estaba flanqueada por dos ejemplares enormes de árbol de mango, constituyendo dormitorios perfectos para el ejército de manchones negros y marrones que como flechas emplumadas se introducían entre las ramas. El escándalo de sus trinos, que con el pasar de los días más bien terminaron pareciéndome alaridos siniestros, era increíble. Así pues, no había manera de escapar de aquel concierto atonal, cuyo estrépito destemplado me acompañaba por la noche y con frecuencia interrumpía mis sueños que, ahora me doy cuenta, solían incluir siluetas negras al vuelo.

 

 

Faltaban pocos días para celebrar mi decimosexto cumpleaños cuando sufrí el primero de una serie de desmayos que duraría solo una breve temporada, pero que sin duda marcarían tanto el comienzo del miedo recurrente que habría de acompañarme hasta la actualidad, como el final de mi tranquilidad juvenil, una vez consciente del alcance de las fuerzas de mi tormento.

Ocurrió una tarde de noviembre. Iba camino a casa y la brisa otoñal me helaba las mejillas, la nariz y las orejas; las manos se mantenían protegidas dentro de los bolsillos del pantalón. Disfrutaba esas caminatas: el frío creciente, potenciado por el viento fuerte que corría por momentos, silbando entre los árboles como si poseyera una voz propia, para después detenerse súbitamente. Recuerdo que llamó mi atención lo silencioso de la calle: no se veía gente, ni coches. Se escuchaba apenas el murmullo ambiental del movimiento urbano alrededor.

El silencio no era normal.

Fue entonces cuando sucedió, de repente, sin oportunidad de prevención; no tuve tiempo de sentir nada, y no recuerdo ni el preámbulo, ni la caída, que debió ser estrepitosa, a juzgar por la cara magullada y la nariz sangrante, detalles que descubrí al llegar a casa más tarde y examinar el reflejo observándome turbado desde el espejo empañado del baño de la planta baja. A lo mucho, podría decir que aquel desvanecimiento fue instantáneo; fue como si me envolviera de imprevisto la sombra de una enorme ave de rapiña descendiendo de los cielos, cubriéndome con su manto emplumado como lo haría con cualquier otra presa. Debo disculparme si mis referencias aluden al tema de los pájaros con frecuencia, hoy en día me es difícil alejar mis pensamientos de ellos. En mi defensa, debo decir que tal hábito está, cuando menos, justificado.

No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, tendido en el suelo. Supuse que un rato considerable, a juzgar por la luz rojiza del atardecer que se filtraba por entre las nubes. Desperté con numerosas heridas que evidentemente no fueron causadas por el impacto seguido de mi colapso. No. Eran pequeñas laceraciones punzantes, círculos sanguinolentos en manos, brazos y pecho. Picotazos.

Estoy convencido de que no los habría reconocido como tales de no ser por lo que vi a continuación. Un graznido cavernoso me hizo voltear, buscando su origen con los ojos aún aturdidos. Posado en una de las ramas de un eucalipto cercano se encontraba un robusto cuervo, mirándome como si hubiese estado ahí contemplándome por largo rato, esperando a que despertara. Al toparse nuestras miradas (la mía vidriosa y confundida, la suya vacía y lúgubre), repitió su reclamo. Desde su posición elevada, parecía burlarse de mí con aquel profundo crascitar.

Dicha vocalización gutural sin duda representó lo más pavoroso de la escena pues, aunque estoy bien consciente del absurdo, lo interpreté en ese momento como una llamada dirigida específicamente a mí, una tardía querella motivada por los actos realizados años antes. Casi pude escucharlo pronunciando mi nombre, coreado por el viento que había reanudado su flujo entre los árboles. La sensación se incrementó al observar aquellos ojos color carbón. Aunque aquel intercambio visual duró apenas unos instantes, me pareció que se prolongaba por siglos. Después, sin previo aviso, el animal extendió las enormes alas y se dejó caer como una nube negra de la rama que lo sostenía, descerrajándome un último golpe con el pico encima de la ceja izquierda antes de alzarse en vuelo y desaparecer en las sombras del crepúsculo inminente.

 

 

Como mencioné antes, esa no sería la única vez que me vería víctima de desvanecimientos repentinos que, por algún motivo, ocurrían siempre estando yo en exteriores. Nunca más fueron tan graves las heridas –salvo por la vez en que me causé un esguince en el hombro al caer sobre el borde de una acera– y al recuperar el conocimiento no volví a ver ningún cuervo o cualquier otro tipo de pájaro acechándome. Pero yo los buscaba: se volvió una reacción automática el rastrear con vistazos ágiles mis alrededores en busca de figuras negras, aladas. Quisiera decir que fue alentador no encontrarlas, pero sospecho que de algún modo ello fomentó mi paranoia, la cual desde entonces no hizo sino aumentar.

 

 

El tiempo reveló el daño paulatino que los acontecimientos referidos me causaron. Aunque en apariencia vivía con normalidad –finalicé mis estudios superiores, conseguí un buen empleo, una pareja y todo lo que en convención debe hacer uno para “ser feliz”–, por dentro nunca dejé de sentirme, en el mejor de los casos, intranquilo (y en el peor, al borde del colapso). Desarrollé una predecible fobia a las aves rapaces, la mera visión imprevista de esos seres era suficiente para provocarme una lividez de espanto e incluso alterarme al punto en que llegó a peligrar mi vida. En una ocasión estuve cerca de perder el control de mi automóvil al divisar a la vera de la carretera el cadáver hinchado de una vaca, rodeado por un pequeño ejército emplumado que custodiaba el banquete próximo. Sentí las cabezas calvas de las auras voltear en mi dirección, casi como en espera de mi llegada. Cerré los ojos y aparté el rostro como quien pretende esquivar una ráfaga de polvo y las llantas aullaron al entrar en contacto con la gravilla al borde del pavimento. El vehículo se tambaleó con violencia, pero logré dominarlo, continuando mi camino con el corazón acelerado. Si a estas alturas todavía fuera creyente, pensaría que me salvé por obra de un milagro.

 En lo sucesivo evité en la medida de mis posibilidades cualquier paseo que implicara el contacto la naturaleza, donde no sabe uno qué puede encontrar. No me sentía seguro como para afrontar tales sorpresas.

Está de más decir que en mi adultez me fue imposible regresar al pueblo de mis familiares descrito al comienzo del relato. Me escudaba tras pretextos de trabajo y otros motivos quizá poco verosímiles, pero que cumplían su cometido de liberarme de la perspectiva de volver allá a enfrentarme al origen de esta pesadilla.

Nunca se me ocurrió comentarle a nadie las experiencias que ahora comparto; ni a mis padres, ni a los amigos más cercanos, ni ante el sacerdote al realizar la confesión periódica que me fue impuesta; ni siquiera se las compartí a la mujer que debió haberse convertido en mi esposa si no se hubiese interpuesto esta misma situación, la cual, tiempo después la obligó, con toda razón, a alejarse de mí.

Los sueños se han convertido en un catálogo visual que me presentan con escalofriante exactitud y detalle los recuerdos de todas esas experiencias que desearía olvidar. No sólo eso, mi propio inconsciente se pone a trabajar y agrega escenas de su autoría: varias veces he despertado de golpe al verme sepultado por una bandada de cornejas furiosas en una avalancha aparentemente vengadora.

 

Hace pocos días los pájaros comenzaron a llegar, de uno en uno, como convocados por alguna señal invisible. Se posan directamente sobre mi casa, en cualquier superficie disponible: el techo, las cornisas, el balcón, el muro que rodea la propiedad. No son tantos como para llamar la atención de nadie aparte de mí y estoy convencido de que, de acudir a alguna autoridad para hacerse cargo del problema, ni siquiera lo calificarían como una auténtica plaga. Al principio me propuse ahuyentarlos yo mismo: no se inmutaron con mis gritos ni con los ademanes exagerados de los que hice uso, y no me quedó más que retraerme al interior de la casa, aceptando el fracaso. Y aunque de tanto en tanto los espiaba por las rendijas entre las cortinas, pronto abandoné esa práctica que, en lugar de calmarme, me llenaba de ansiedad al ver esas figuras sombrías haciendo guardia fuera de lo que se ha convertido para mí en una celda voluntaria.

 Pero los escucho. O creo escucharlos. De tanto en tanto percibo la voz ronca de un cuervo, o el pesado aleteo de un zopilote al pasar frente a la ventana, confirmándome que siguen ahí, sin intenciones de dejarme.

Y los escucho llamándome. Ya no tengo dudas: es mi nombre lo que ocultan en sus graznidos de pesadilla, y no puedo sino sentir pavor al pensar en qué será de mí. He llegado a romper en carcajadas sin control, presa de una comicidad demente; presumo que se trata de algún medio involuntario para expulsar un poco de la desesperación que me carcome.

Las viejas heridas vuelven a abrirse poco a poco. Los picotazos sangran, y los hilillos rojos corren hacia el suelo, formando charcos oscuros a los que acuden las hormigas igual que a un cadáver para obtener comida fácil.

Ahora me he puesto a escribir (sin poder evitar manchar de rojo el papel), tanto para dejar registro de lo que sucedió, como también para matar el tiempo que me resta, que auguro, no es mucho. Sin embargo, he decidido detener muy pronto el sumario de mis anécdotas, pues si bien el rasgar de la pluma contra el papel en un principio me resultó reconfortante, conforme se acumulan los párrafos comienza a parecerse cada vez más al chillido amenazante de las aves de color de azabache que, tras las ventanas cegadas, sé que me esperan con una paciencia que no pertenece a este mundo.

Incluso ahora no he conseguido esclarecer su motivación, aunque creo que me he expresado mal al hablar como si fueran los animales los responsables de todo esto. No, estoy convencido de alguna fuerza maligna los guía y los impulsa, y si el propósito era despojarme de mi cordura, puedo decir que la empresa ha sido exitosa. Si la intención no se detiene ahí, y por el contrario se espera de mí que pague con mi vida (o con mi muerte, según se vea), me temo que no habrá que esperar mucho más.

 

Es suficiente. Es la hora.

Hoy esputé por la boca una pluma negra, casi tan larga como la distancia entre mi codo y la punta de los dedos. Esto es lo último que escribo antes de usar el extremo puntiagudo para sofocarme, clavándolo en mi garganta. He de darles lo que quieren. Por fin lo entendí: un sacrificio. Por eso se me ha dado la herramienta perfecta. Por eso se me ha empujado hasta los límites. Para otorgarme el valor. Para arrinconarme hasta no tener elección. Y ahora incluso deseo ofrecer esta ofrenda definitiva. Lo anhelo. Estas son mis últimas palabras. Ahora he de recibir mis propias alas negras y emprender el vuelo convertido en un ave muerta.

 

 

Jorge Cobos Paz. Baja California Sur. 1989. Diseñador gráfico, promotor cultural y músico aficionado. A veces escribe.

Fotografía de Angela Rosas.

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