por Alejandro Chirino

…y teniendo yo más alma…

–La vida es sueño, I.ii

 

La serpiente vio del árbol caer dos frutos que el viento arrancó.

Y después de comer la carne de ambos, tuvo una visión: al atardecer, más allá de los ríos y montañas que rodeaban su residencia, se alzaban dos torres; a contraluz sus siluetas se revelaban dispares, y sus sombras se prolongaban hasta fundirse en una sola, uniforme e inmensa.

¡Y pensar que semejante lugar existía! Sin embargo, cuando se dispuso a llevar la buena nueva a los demás habitantes del gran jardín con la esperanza de organizar una procesión para visitar ese sitio, ninguno atendió su profecía; la serpiente, sabían, era fecunda en recursos.

Sin nadie que la escuchara, caminó cabizbaja un largo rato hasta que percibió frente a ella un par de seres extraños, sin escamas, plumas o pelaje que los vistiesen (excepto en ciertas partes que no hubiese podido nombrar); advirtió que se erguían en dos patas y movían sus bocas con rapidez, retorciéndolas en muecas obscenas.

Se vio entonces a sí misma desde lo alto, como si fuera un cormorán volando, fuera de su cuerpo. Su cuerpo en la tierra conducía a esas curiosas criaturas por un desierto, y ellas la seguían. Al amanecer las criaturas producían una sombra extensa que cubría sus huellas en la arena, y cuando el sol se ocultaba su sombra se superponía al cuerpo de su guía, y ella no se daba cuenta. Así continuaron por un espacio de cuarenta soles y cuarenta lunas, pero jamás encontraron el lugar de las torres.

La serpiente volvió en sí y se encontró en el jardín sin que el tiempo hubiese transcurrido. Atisbó de nuevo a los extranjeros, y escuchó de pronto retumbar una voz de vendaval. La ventisca urgía a los novicios a no consumir los frutos del árbol en el centro del huerto, so pena de sufrir un castigo imposible de consecuencias inimaginables.

¡Insensatos! ¡Bajo esa amenaza de humo ya nunca habrían de seguirla allá donde se encontraren las torres! Tenían que abrir sus ojos a la farsa del ventarrón.

Pero ahora la serpiente observó su cuerpo en la tierra que miraba cómo la tormenta maldecía a los dos extraños y los expulsaba de sus dominios sin razón aparente. La serpiente los siguió; intuyó que, en su indigencia, tarde o temprano llegarían al lugar de las torres. Oculta, se mantuvo siempre detrás de ellos, y cuando el cierzo o sus pasos levantaban el polvo, ella lo tragaba por completo. Cruzaron ríos y montañas hasta llegar a un llano baldío; caminaron por el yermo durante todo ese día hasta el anochecer, y al ponerse el sol una única sombra cubrió la cabeza de la serpiente en su totalidad. Ella se percató entonces de la fuente de esa sombra, larga y espesa; y como tratase de adelantarse o alejarse de ella, la oscuridad única proyectada por sus formas desiguales terminaba, siempre, por encubrirla.

Así se descubrió rodeada otra vez de vasta vegetación. Esperó a que la borrasca callara; uno de los animales, el más fornido, siguió el rastro del aire. La serpiente se acercó con sigilo a la bestia inocente que aún permanecía allí; a cada paso dejaba atrás, abandonada, la forma de un fantasma viejo. Trepó el árbol de los frutos, la penetró con su mirada y le hizo una pregunta a la mujer.

 

 

Alejandro Chirino nació en la Ciudad de México en 1994. Estudió Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su trabajo ha sido publicado en revistas como Marabunta, Página Salmón y Revista Kaleido.

Ilustración de Alberto Durero.

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