por Héctor Ortiz

 

Sólo nos faltaba el pretexto, algún agravio superior a los ya recibidos para que alguno de nosotros se decidiera a actuar. Max, el gran danés gris, no nos incumplió en ese aspecto. Las corretizas a lo largo de la colonia, balones ponchados y cagadas liquidas y pestilentes frente a nuestros patios ya eran suficiente motivo, pero que atacara y matara a Manchas, el poodle de Joaquín, fue lo decisivo.

Antes de continuar, debo aclarar que no me pretendo inocente sobre lo ocurrido. Digo, por algo existe ese refrán sobre el reparto de la culpa cuando se sacrifica una res. El caso es que toda la clica estuvo ahí y ninguno de nosotros hizo nada por detener a Joaquín. Peor aún: nunca hablamos del tema fuera de nuestro circulo, mucho menos delatamos a nuestro amigo.

Manchas llegó a casa de Joaquín siendo un cachorro de dos meses. A pesar de que fue un regalo para su hermana, Jack se lo apropió, encargándose de sacarlo a pasear, primero dentro de una bolsa de su chamarra, la diminuta cabeza del perro asomándose con curiosidad y observándonos con detenimiento. Con el paso del tiempo, comenzó a llevarlo con una correa, la que Manchas, revelando su temperamento agresivo, mordía y sacudía a la vista de otros perros que le ladraban a su paso, no importándole ser superado en tamaño.

Ese día pase por casa de Joaquín, aburrido de leer en casa y de la pésima programación en la televisión. Platicamos un rato, de pendejadas, como era lo usual. Estábamos en vacaciones de verano, por lo que nos veíamos casi todos los días. El tema de conversación se agotó con rapidez. Dio la ultima calada a su cigarro y arrojó la colilla lejos de su patio, para después con su zapato formar un montoncito con las cenizas. Una vez que recogió estas propuso que fuéramos a la tienda por unas mentas. Decidió aprovechar la vuelta para pasear a su perro.

Como en todo grupo de amigos, existían subgrupos en que la relación era más estrecha, debido a la afinidad de personalidades. Bueno, Joaquín y yo formábamos uno de ellos, uniéndonos nuestro gusto por platicar de temas un poco más serios, como política, economía, filosofía, religión o literatura, si bien debo admitir que entonces no sabíamos ni un carajo de lo que hablábamos, pero era suficiente para buscar la compañía del otro con mayor frecuencia que la del resto de la clica.

Esta afinidad nos había llevado también a la confianza. En aquella época fui depositario de las inquietudes y secretos de Joaquín, como él los fue de los míos. Siendo el mayor de nosotros (solo nos llevaba un año), siempre buscaba dar la mejor imagen de sí mismo: era el más entrón y fuerte, al que todo le valía verga, el mejor para los deportes, el que más fumaba y mejor aguantaba el alcohol consumido clandestinamente. Yo era el único al que le había permitido ver debajo de su exoesqueleto.

Fue así que fui el primero en enterarme de la realidad de su entorno familiar y de que las contusiones exhibidas con orgullo no correspondían a peleas en la escuela. ¿Denunciar? La verdad es que Jack no creía que la intervención policial fuera a resolver los problemas, sino que las empeoraría. Su mayor reproche era no tener aun la fuerza suficiente para proteger a su madre, culminando entonces toda tentativa en este sentido en que el también fuera víctima de su padrastro.

Le enfurecía también que no era alguna idea retorcida del amor la que retenía a su madre bajo el control de su padrastro, sino su necesidad de la dosis diaria de heroína que este le garantizaba al ser la conecta de la colonia. El resto de nuestros amigos no eran pendejos. Se daban cuenta que algo no era correcto en la dinámica familiar de Jack. Incluso nuestros padres notaban algo anómalo, no viendo con buenos ojos nuestra relación con ese “vecinito” en particular. Los demás suponían que dicho prejuicio se debía a que Joaquín no era un buen estudiante y porque a su parecer sus vivencias no eran conforme a su edad.

Max, el gran danés gris, no tenía siquiera un año y ya era del tamaño de un poni. Un perro demasiado grande para tenerlo encerrado en el patio frontal de la casa de sus dueños, siendo nuestro fraccionamiento uno de interés social. Demasiado grande era también para el hijo de la joven pareja que habitaba en dicha casa, encargado de pasearlo. Era poco el control que éste podía ejercer sobre el perro, por lo que frecuentemente este escapaba de sus manos, haciendo su desmadre en la colonia y provocando sustos a las señoras que paseaban por la colonia o cargaban con el mandado.

A las pocas cuadras de andar, dando la vuelta en la esquina donde se encontraban las canchas, nos topamos al dúo de frente.

El morro, de apenas 10 años era arrastrado por el ímpetu del gran danés. Tan pronto lo vio, Manchas comenzó a ladrarle.

-Mejor vamos a la otra tienda- le dije a Jack, quien hizo caso omiso, continuando su paso en la misma dirección. Fue entonces que Max, quien olisqueaba la llanta de una camioneta, se percató de los ladridos del poodle. En un par de segundos ya había logrado liberarse de los brazos de su dueño.

Recuerdo el chillido de Manchas cuando vio su cabeza entre las fauces de Max. Recuerdo incluso haber escuchado como algo crujía, como ramas partidas. Lo que no registré fueron los gritos de Joaquín, que atrajeron a los vecinos, quienes observaron desde sus ventanas o incluso abrieron las puertas de sus casas para ser testigos desde el umbral, sin que ninguno se acercara a ayudar.

Manchas fue levantado del suelo y sacudido de un lado a otro por el gran danés, incapaz de hacer algo por defenderse. “¡Max, no!” gritaba su dueño, mientras con sus fuerzas escasas jalaba inútilmente de la correa. Joaquín comenzó a patear en las costillas el enorme cuerpo del animal, acción a la que me sume, pareciendo que el perro no sentía los impactos. No fue hasta que se me ocurrió patearlo en los testículos que pude provocarle un aullido de dolor y que momentáneamente desistiera de someter a Manchas, cuyo cuerpo cayó sobre el pavimento.

La cabeza del poodle era un manadero de sangre. Entre el rojo me pareció ver también grumos blanquecinos, que después supe se trataba de materia gris. Manchas aun respiraba y chillaba débilmente. Tomé la correa de Max y me planté firmemente, mientras Joaquín recogía a su perro y lo bañaba en lágrimas. Permaneció estático por unos segundos, hasta que le grité:

– ¡Córrele, córrele a tu casa! ¡Lleva a Manchas al veterinario, pero ya!

Dio media vuelta y corrió, dejando tras de si un rastro de sangre. Teniendo bien sujeto al gran danés, lo arrastre hasta su casa, el morro siguiéndome el paso con cara de susto. Di otra patada al perro antes de encerrarlo e insulté a gritos mi acompañante. No había adultos en su casa a los cuales recriminarles.

Cuando llegué a casa de Joaquín, ni este ni su familia se encontraban en ella. Decidí esperar sentado en la banqueta. De uno por uno fueron llegando Joe, el Chino, Richi, Pedro y Esteban, ya parcialmente enterados de lo ocurrido. Tuve que contar la historia varias veces y responder a las preguntas lo mejor que pude.

Al poco rato escuchamos los chillidos de la camioneta de la mamá de Joaquín, que recordaban a la maquinaria de una tortillería. Nuestro amigo bajó del asiento de copiloto, los dientes apretados, el rostro ruborizado y el mentón temblándole, concentrándose en no llorar frente a nosotros, si bien era evidente que ya lo había hecho en los minutos recientes. Entre sus brazos cargaba un bulto envuelto en raídas toallas de baño.

-Héctor, ¿podrías prestarme una pala?- dijo en un susurro, tan pronto lo rodeamos, sin saber que decirle.

Di media vuelta sin decir palabra y corrí a mi casa. Afortunadamente no había nadie y con ello quiero decir que la presencia que realmente me preocupaba era la de mi padre. Demasiado reciente era aun en mi memoria la putiza que me puso la ultima vez que tomé la pala y un pico sin su permiso. A pesar de que otros de los miembros de la clica contaban también con palas, no me atreví a negarme.

Tratábamos de acondicionar un terreno baldío cercano, limpiándolo de piedras para poder jugar futbol. Pasadas un par de horas, nos dimos cuenta de la imposibilidad para realizar la tarea sin el uso de maquinaria. Tan pronto lográbamos desenterrar alguna piedra de gran tamaño, otras aparecían debajo. Pero lo que nos detuvo fue Joe, que casi pierde un ojo. La lógica no es su fuerte y debí pensar en ello antes de prestarle el pico.

 Estábamos por rendirnos cuando comenzó a gritar, tirándose al piso y cubriendo su cara. La sangre comenzó a manar entre sus dedos. Había asestado el golpe directamente en la piedra y no en su contorno. Una astilla de metal salió disparada hacia su cara, incrustándose encima de su ceja izquierda y alojándose en el hueso. No resultó en nada grave, al final de cuentas, pero hube de aguantar los golpes y las recriminaciones por tomar lo que no es mío y por allanamiento, aunque estoy seguro que la molestia de mi padre en realidad fue por el daño provocado a la herramienta y por la posibilidad de que los padres de Joe me responsabilizaran por el accidente. Tomé la pala y me aseguré asumiría las consecuencias.

Regresamos al mismo baldío, en silencio. Joaquín colocó con cuidado el bulto en el piso y comenzó a cavar. No aceptó ayuda de nadie. Hizo un hoyo pequeño, de al menos medio metro de altura. No pudo aguantar unas lágrimas, que nadie juzgó, cuando comenzó a cubrir con la tierra el cadáver de su perro. Para cargar piedras y cubrir la sepultura si nos pidió ayuda. No quería que algún gato u otro perro fuera a desenterrar a Manchas.

-Se fue la única alegría de mi casa- dijo al terminar.

No dijo ninguna otra palabra –al menos en nuestra presencia- durante ese día, ni siquiera para agradecer las muestras de empatía. Se limitó a asentir o hacer ademanes con las manos para indicar que dejáramos de insistir sobre el tema. Al pasar frente a su casa se limitó a atravesar el patio y entrar, sin mirar atrás.

Lo vimos tan mal que decidimos que no lo buscaríamos al día siguiente, sino que le daríamos su espacio. Como lo supusimos, no se apareció ni al día siguiente, ni en los posteriores. No se reintegró al grupo sino hasta pasada la semana del ataque. Llegó animoso, propositivo en cuanto a las actividades por emprender. Vuelta a la normalidad, pensamos. Ni siquiera tuvimos que ponernos de acuerdo en no mencionar al fallecido Manchas.

Al paso de los días fuimos notando como cuando se escuchaba el ladrido de cualquier perro, sus cejas se inclinaban y juntaban un poco, endureciendo su expresión. El cambio de humor era tan repentino como efímero, al regresar enseguida la atención de Joaquín a cualquier cosa que estuviésemos haciendo o platicando.

La segunda señal fue cuando Pedro mencionó a Manchas, señalando el parecido que tenía con el un perro callejero que nos comenzó a seguir un día que volvíamos de las canchas cercanas, sucios, sudorosos y golpeados tras la goliza que nos metieron los cholos de la colonia. No mentía. Ya comenzábamos a silbarle y atraerlo un poco mas hacia nosotros cuando una piedra le impactó en el hocico. Dio un chillido y salió corriendo en la dirección contraria de la calle.

– ¡No mames, Joaquín! ¿Para qué haces eso? – lo increpó el Chino.

-Que te valga verga. Pinche perro mugroso.

-No te hizo nada, pinche culero.

– ¿Lo ibas a adoptar o qué? Si no para que cagas el palo.

-Lo adoptara o no, no te da ningún derecho…

– ¡Ya cállate pues!

– ¡Tu no me mandas, pinche pendejo!

Tuvimos que intervenir para que no se surtieran ahí en medio de la calle. Yo detuve al Chino, mientras los demás arrastraban a Joaquín. A pesar de ser solo un año mayor, su estatura y masa muscular era considerablemente superior a la de cualquiera de nosotros. Jack se liberó a los pocos metros, insultándonos y amenazando con putearnos a todos, dando la vuelta y regresando a su casa por su propio pie. Los involucrados en la riña tardaron un par de días en volver a dirigirse la palabra, sin que el ofrecimiento de disculpas haya sido necesario.

El ultimo indicio fue toparnos a Max de nueva cuenta. Llevábamos semanas dando rodeos en la colonia de manera que adonde fuéramos no pasáramos por la casa donde vivía el gran danés. Ese día lo olvidamos, inmersos en la plática. Recuerdo que reíamos por un lapsus (los llamábamos lapsus pendejus) de Richi, quien no caía en cuenta de su error, tan solo procurándose mayor burla. De repente Joaquín dejó de reír y fue contagiándonos uno por uno del sepulcral silencio. Ahí estaba el animal, viéndonos estúpidamente a través de la reja.

-Ese perro va a desaparecer- sentenció y no dijo más sobre el asunto. Eso no quiere decir que una idea, probablemente nacida en ese momento, comenzó a consumir todo su pensamiento.

Al día siguiente, ya algo borrachos en la sala de Esteban, quien como de costumbre contaba con casa sola, nos hizo la propuesta.

-Oigan, hay algo que quiero hacer para lo que necesito que me ayuden. Somos compas y se que no se rajan.

-¿Qué ocupas, Jack?- preguntó el anfitrión, mientras abría otra cerveza.

-Quiero cobrarme lo de Manchas.

Pudimos escuchar el trino de un pájaro cercano. El rostro de Joaquín no dejaba duda alguna a que hablaba en serio y que realmente esperaba contar con nosotros para cualquier cosa que tuviera planeada.

-Okey, estoy seguro que no te refieres…

-No, para nada. Únicamente quiero secuestrarlo y desaparecerlo- dijo con tranquilidad, como si fuera algo muy sensato.

– ¿Desaparecerlo? ¿Matarlo?

– N’hombre, que no me refiero a eso. Solo a llevarlo lejos de la colonia y soltarlo donde no sepa regresarse. He pensado en ello y la verdad es que el perro no tiene la culpa de lo que le pasó al Manchas, sino el morro pendejo que lo pasea. Ese perro estaría mejor cuidado en cualquier otro lado y no va a faltar quien se lo quiera llevar a su casa.

-No te creo ni vergas.

De nueva cuenta quedamos sin habla. La relación entre el Chino y Joaquín siempre fue la más tensa dentro del grupo. Eso se debía a que aquel no le rendía pleitesía a este último. No se dejaba impresionar, pues, por lo que era común que lo contradijera o lo cuestionara respecto a cualquier cosa que Jack dijera/opinara/contara, siempre con un dejo desafiante.

-Si no me crees, no me ayudes. Con cinco ya somos bastantes. De todos modos, tu siempre estás de más.

El Chino se guardó su respuesta, lo que resultó bastante inusual. Terminó lo que restaba de su cerveza y se levantó del sillón, alisándose la ropa con un aire de dignidad.

-Gracias Esteban, pero yo ya me voy a retachar. Al rato y piénsenla bien antes de ser cómplice de este imbécil.

– ¡Oigan, oigan, ya cálmense los dos! – trató de conciliar Pedro, pero el Chino ya se encaminaba a la puerta, sin que nadie se le interpusiera, ni siquiera Joaquín para cobrarse el insulto. El eco del portazo fue lo único que se escuchó en la casa por varios segundos.

-Siempre ha sido un maricón- casi susurró Joaquín. Tras una pausa breve retomó la palabra- No tienen que ayudarme a huevo, pero para mí sería una buena muestra de amistad. ¿Quién le entra?

Nadie se comprometió en el momento, la advertencia del Chino aun muy fresca en nuestra mente. Los próximos días la clica dividió su tiempo o a sus miembros, ya que ni Joaquín ni Isaac (que era el verdadero nombre del Chino) dejaban de ser nuestros amigos, aunque por el momento no pudieran verse.

Primero convenció a Joe, que era quien más le seguía la cura y quien acataba toda decisión de Joaquín con disciplina marcial. A Richi, sobre quien también ejercía cierta influencia, lo convenció jurándole y perjurándole que no pretendía hacerle ningún daño físico al perro. Pedro y Esteban cayeron tan pronto Jack les dijo que ya contaba con el apoyo de otros 2 miembros del grupo. Sabiendo que con ellos bastaba para que hiciera lo que fuera que tuviera en mente, yo también accedí, pensando que mi presencia garantizaba que no incumpliera con lo dicho al resto de la clica. Nadie lo comentó con el Chino, intuyendo que este destruiría con facilidad los débiles argumentos con que estábamos aceptando ayudar a Joaquín.

Recuerdo que fue el mediodía de un martes cuando pasó a buscarnos a la casa de cada uno, portando unas pinzas para cortar candados y una correa. Solo se limitó a decir que en la casa del perro no había nadie. Una vez completado el quinteto, lo seguimos hasta el patio en que Max dormía pegado a la pared, intentando acomodar su enorme cuerpo ante la poca sombra proporcionada en dicho momento del día. Tan pronto escuchó nuestros pasos, alzó la cabeza y comenzó a ladrar alegremente, agitando la cola.

Richi metió la mano entre los barrotes y tronando los dedos llamó la atención del perro, para que este dejara de ladrar. Joe y yo servimos de barrera para que desde las ventanas cercanas no tuvieran una imagen clara de Joaquín, que trabajaba en el candado. Pedro y Esteban vigilaban la calle. En menos de un minuto se escuchó como se rompía el metal, seguido del chirrido de una reja carente de lubricación al ser empujada.

Esteban y Richi, los mas veloces, se separaron del grupo y se alejaron en direcciones opuestas, para que sirvieran de satélite y nos avisaran con antelación de la probable llegada de los dueños de Max. Pedro, Joe y yo llevábamos al gran danés, tan solo rodeándole y encaminándolo, tratando de aparentar que no lo llevábamos a la fuerza. Al frente, Joaquín guiaba.

Pasábamos justo por fuera del terreno baldío donde estaba enterrado el Manchas cuando Joaquín propuso que descansáramos un momento. Agachándose, pasó por entre el agujero en el muro que cercaba el predio y jaló al gran danés al interior. Intercambiamos miradas. Lo seguimos al interior, viendo como ataba la correa a una varilla que sobresalía del único trozo de cemento del inmueble. Mandó a Joe a buscar a Richi y Esteban.

-¿Hasta donde vamos a llevar al perro?- preguntó Pedro, presintiendo lo que iba a pasar.

-Ya no muy lejos.

-¿Y para que paramos?

-Para descansar, ¿Qué no oíste? Bien que les hace falta, ya andan tirando el bofe.

-No te pedimos el descanso- intervine- desata al perro. Hay que esperarlos mejor en la calle. Terminemos primero y luego descansamos por ahí.

-Da lo mismo. Aquí los vamos a esperar. Es igual.

Esperamos. Cuando los 3 faltantes se asomaron por el hueco, Jack los llamó, instándolos a entrar al baldío. En su vacilación era evidente la misma sospecha. Max comenzó a ladrarles e intentar correr a su encuentro, luchando contra la correa tensándose en su cuello. Joaquín lo hizo callar de una patada. No nos opusimos a ello, ya que los ladridos podrían llamar la atención de los transeúntes.

-Joe, sostén fuerte la correa. Que el perro no se mueva- dijo y este obedeció.

Por un momento todavía tuve la esperanza de que la indicación fuera con el propósito de que el perro no regresara la agresión mientras Joaquín lo desataba. Quedamos paralizados cuando vimos como del interior de su chamarra nuestro vecino extraía un martillo.

– ¡No mames! ¡En esto no quedamos! – le gritó Richi adelantándose un paso, con el propósito de despojar a Joaquin de su arma. Este amagó con la herramienta a Richi, quien no pudo mas que retroceder con temor.

-Al próximo que intenté algo le toca un vergazo- dijo, con calma, girando el martillo en su puño- y cuidadito con que se te ocurra soltarlo Joe. Nomás lo sueltas y también a ti te voy a surtir.

Se paró frente al perro, cuidando de no ponerse a su alcance. Max gruñía y temblaba, tironeando a izquierda y derecha, lastimando las manos de Joe. Un brazo y un martillo se alzaron hacia el cielo despejado del verano.

-No te atrevas…

No terminaba de decirlo cuando se produjo el primer impacto. La sangre salió disparada, manchando el rostro y la ropa de Joe. Un alarido de dolor llenó el baldío. Estos continuaron en los golpes subsiguientes, junto con el jadeo entrecortado de Joaquín, quien justificaba cada martillazo: Por cagarte frente a mi casa, por intentar morderme, por matar a mi perro, etcétera. Hizo caso omiso de nuestros gritos. No entiendo como es que nadie los escuchó y se asomó al predio.

Pasarían aun un par de años para que perdiera mi virginidad, con una compañera de clase, un coito feroz, incómodo y fugaz en un salón vacío. No fue hasta entonces que relacioné los jadeos de Jack con aquellos que produje al experimentar por primera vez el placer sexual.

El bello rostro del gran danés fue deformándose a cada golpe, huesos, cartílagos y dientes quebrándose, la sangre brincando en todas direcciones y formando un cuadro expresionista en el pavimento y las ropas, el cerebro hundiéndose con los martillazos y los quejidos del perro apagándose. Siguió golpeando hasta que la cabeza del perro quedó plana, como un balón reventado.  Entendí entonces la expresión “lo mataron como a un perro”.

Exhausto, arrojó el martillo lejos de si y contempló su obra con satisfacción en el rostro.

-Héctor, préstame de nuevo tu pala. Aquí te esperamos… todos.

Comprendí la amenaza y aguantando la rabia y las lágrimas corrí a casa. Por segunda ocasión, pude retirar la herramienta sin ser visto. Una vez de regreso, nos indicó que comenzáramos a cavar, tarea que acometimos por turnos. Cuando consideró que la profundidad era suficiente, el se encargó de empujar al gran danés al hoyo y de cubrir con la tierra removida.

-Ni una palabra de esto-dijo y salió del baldío.

Ni me acordé de la pala. Mi padre culpó a mi hermano de haberla vendido, en cuyo físico ya comenzaban a notarse los estragos del uso frecuente del cristal. Lo que me detuvo de admitir la culpa fue la putiza que le dio a mi hermano y que derivó en que este abandonara la casa. Supe que si confesaba me tocaría algo peor, merecidamente, por cobarde, por dejar que acusara y castigara injustamente para salvaguardarme. Por no haber hecho nada por detener a Joaquín.

El Chino notó enseguida que algo había ocurrido. El acontecimiento nos había afectado profundamente. Encabronado, nos reclamaba nuestra inacción y juraba que llegaría el día en que se lo haría pagar a Joaquín. Ni lo buscamos ni este nos buscó a nosotros.

Desde la ventana de mi cuarto pude ver como los dueños del perro salían a llamarlo por su nombre y a colocar letreros en los postes. En la colonia comenzó a correr el rumor -acertado- de que Joaquín era el responsable de la desaparición del gran danés. Era cuestión de tiempo para que dichas acusaciones llegaran a los dueños y sabrá Dios de que forma procederían.

El que entre nosotros hubo quien puso dedo jamás lo platicamos en grupo, sino que fue parte de la especulación cuando 2 o 3 de nosotros nos encontrábamos sin la presencia de los demás. Yo siempre sospeché de Esteban, quien fue quien en el momento con más ahínco suplicó a Joaquín que se detuviera. Lo recuerdo también derramando lágrimas silenciosas cuando le tocó hacer uso de la pala. El caso es que ni Esteban ni ningún otro ha confesado su responsabilidad.

Ni el Chino ni los dueños de Max tuvieron oportunidad de actuar. Al padrastro de Joaquín lo mataron frente a su casa, 3 balas alojándose en su cuerpo en lo que se conoce como un ajuste de cuentas. Tanto Joaquín como su madre desaparecieron de la colonia y le perdimos la pista.

Con el paso de los años también nosotros fuimos dispersándonos. Richi y Esteban, aprovechando su doble nacionalidad, se fueron a estudiar el college al gabacho, mientras que Joe regresó a su pueblo natal tan pronto alcanzó la mayoría legal para hacer valer derechos ejidales heredados por su abuelo. Pedro se mudó junto a su madre al otro extremo de la ciudad, mientras que el Chino embarazó a su novia y tuvo que independizarse. Yo soy el único que permanece en la misma colonia.

A pesar del distanciamiento y exceptuando a Joe, continuamos reuniéndonos con cierta regularidad. Fue en estas ocasiones que Pedro, Richi y Esteban, entre anécdotas de los tiempos pasados, contaban haberse topado a Jack. Los encuentros eran incomodos, pero este siempre accedía a asistir a la próxima reunión y pasar un buen rato, rememorando. Los números de teléfono que daba siempre resultaban falsos. De alguna manera lograba evadirnos al Chino y a mí. El incidente con el perro resurgía cada vez, inevitablemente.

Eso hasta hace un par de semanas. Llevé a Leticia a comer a su restaurante favorito, a manera de celebración por el ascenso que le habían otorgado en la empresa en que trabajaba. Recién acabábamos de ordenar cuando sentí como una mano se posaba sobre mi hombro. Lo reconocí de inmediato: poco estrago le habían reportado los años.

Nos abrazamos con efusividad. Me sorprendió que en realidad me daba gusto verlo. Se lo presenté a Leticia como uno de mis mejores amigos, con toda sinceridad. El me presentó a su esposa, Claudia. La platica fue breve, pero alcance a enterarme que tras la muerte de su padrastro hubo de encargarse de la manutención de su madre, quien había fallecido hacía varios años, que había logrado retomar los estudios y estaba por titularse de informático. Ofrecí una breve reseña sobre lo que había sido mi vida desde los lejanos años de la adolescencia. Le reclamé el que nunca acudiera a las reuniones. Prometió no faltar a la próxima e intercambiamos teléfonos. Marque el suyo enseguida y este comenzó a sonar en su mano. Nos despedimos con otro abrazo.

Esta mañana me topé con su nombre en primera plana de uno de los periódicos locales. Había sido detenido por el feminicidio de su esposa, a quien ultimó con 37 cuchilladas. No trató de ocultar el crimen: fue él quien lo reportó a la policía. No se negó a declarar ante la fiscalía, por lo que en la rueda de prensa el Fiscal General pudo informar que el móvil del delito era la venganza. Joaquín había descubierto a su esposa en adulterio. Recordé el cuerpo inerte del gran danés. Terminé de leer la noticia. Con pesar, acepté que no me causaba ninguna sorpresa.

 

 

Héctor Ortiz nació en Tijuana en 1993. Es egresado de la Licenciatura en Derecho por la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) y desde 2014 reportero de Semanario ZETA, donde anteriormente colaboró con una columna semanal. Es autor de cuentos inéditos.

Ilustración de Otto Dix.

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