por John Jairo Ladino

No consideres muerto a un ser humano hasta que hayas visto su cadáver.

Y aún entonces, piensa que podrías equivocarte.

—Frank Herbert, Dune

 

1

El joven indígena tensó sus brazos cuando la caña de pescar intentó arrojarlo al rio. Su cuerpo bronceado, apenas provisto de un taparrabos, se cargó hacia atrás haciendo contrapeso. Al parecer era un pez más grande de lo normal. La turbidez ocre del agua y el ímpetu de su corriente  le impedían verlo. Liberó las fibras de su caña poco a poco, tratando de utilizar la fuerza de las aguas para sacar al pez en el recodo del río. Cuando jaló con fuerza y lo arrastró sobre la orilla, no comprendió lo que veían sus ojos: un pez negro, grande, cuyas escamas brillaban bajo el ardiente sol, de aletas grandes y oscuras. La cabeza era una gran terminación obtusa desprovista de ojos y boca. Tumbado a la orilla del río sus branquias se abrían y cerraban sin prisa. Con precaución le retiró el anzuelo incrustado en el abdomen. Lo que más asustaba al indio era que aun pasando tanto tiempo fuera del agua, el pez no moría.

Sentado en las rocas, el joven observaba desconcertado cómo el insólito pez tumbado en la tierra continuaba abriendo sus branquias. Tomó su machete y acercándose a lo que parecía ser su cabeza le asestó un machetazo tan fuente que separo su parte frontal del negro tronco, despidiendo un olor nauseabundo. El indígena observó el interior del pez recién cortado y cómo la carne rosada de sus entrañas comenzaba a manifestar poco a poco un rostro humano ensangrentado. Con una expresión de agonía, aquel rostro de carne le suplicaba al muchacho gritando: ¡Ayuda, ayuda!

Presa del horror, el indio se desmayó.

 

2

El teléfono, zumbando contra la mesa de noche, despertó a Silvia en la madrugada. Tanteó con su mano buscando a ciegas el aparato.

—Diga —contestó con voz somnolienta.

—Detective, lamento molestarla tan temprano. —dijo una voz joven con timidez, al otro lado de la línea.— ¿Recuerda el caso de “El Parrillero”, el paraco[1] desaparecido hace 4 años en la vereda caño sucio?

—¿A eso llamó, Sánchez? ¿A preguntar si me acuerdo? ¡Güevon, desembuche más bien!

—Pues jefecita, lo encontraron. —respondió.

—¿Y dónde está el cadáver? Respondió Silvia reteniendo el deseo de dormir en su cabeza.

—No, jefa, el cuerpo aún no lo encuentran… Es el fantasma. Se le está apareciendo a los indios del resguardo, allá en riosucio.

Silvia se sentó en la cama. —No me tome por tonta Sánchez. Este caso es serio —su sueño se disolvió en aquella penumbra de madrugada.

—Es en serio, jefa. A las cinco de la mañana sale un helicóptero de la base militar de Bogotá para el resguardo indígena, tiene el tiempo justo para empacar. Mi mayor la necesita. Le reservo cupo en el vuelo, la demora es suya.

 

3

El frío de la madrugada azotaba la pista mientras Silvia se ajustaba la chaqueta. Miró hacia los cerros orientales de la capital y cómo el manto gris de contaminación que cubría el horizonte de norte a sur arropaba la cuidad. La zona adonde se dirigía estaba protegida por tres cinturones de seguridad; dos a cargo de la policía y uno del ejercito a cargo del comando selva. Las comunicaciones eran habilitadas un día a la semana y a un número previamente registrado. En su último trabajo de campo, los martes era el día de llamar a su madre y alimentarla de esperanza y paciencia, pues a causa de la artritis que la agobiaba al final de sus años sufría terribles dolores.

Esa vez, al llegar a la serranía vio los inmensos cultivos de coca que se extendían como una alfombra verde y uniforme sobre la falda de la montaña. Pensó que unas infusiones de coca le ayudarían a aliviar el dolor, pero el hombre deformó el uso de la planta y ahora la artritis deformaba los huesos de su madre causando un dolor infernal en el proceso. El mundo apesta pensó. Luego reflexionó: es la raza humana la que apesta.

La compuerta del helicóptero se cerró y con ella la posibilidad de hablar con su madre. Se ajustó los auriculares, mientras observaba por la ventanilla cómo un soldado retiraba los conos naranjas, dando paso al despegue. Para su tranquilidad, dentro de la cabina todos eran desconocidos. Silvia evitaba al máximo las interacciones más allá de la cortesía necesaria al abordar, afortunadamente el ruido de las hélices impedía cualquier conversación durante el vuelo. Se limitó a cerrar los ojos en cuanto perdió de vista la ciudad.

—Nos encontramos en vertical con San Lorenzo, cordillera occidental, próximos al aterrizaje. Ajustad cinturones. —La voz del piloto por el auricular despertó a Silvia, quien observó por la ventanilla cómo las nubes se agrupaban al filo de la majestuosa cadena montañosa que surcaba el país de sur a norte. Por el mensaje del piloto advirtió que no aterrizarían en la base militar del corregimiento de San Lorenzo, por el contrario llegarían directamente a las proximidades del resguardo embera[2]. Los indígenas no permitían el ingreso de fuerzas armadas en sus terrenos, ya que los resguardos eran considerados territorios con jurisdicción propia de acuerdo a la constitución política colombiana. La única forma era infiltrándose. Conforme descendían observó una porción de terreno circular desmontado casi invisible entre los árboles, en medio de la espesa selva a la que lentamente se acercaban. La puerta de la aeronave se abrió dando paso a una potente onda de calor mientras el ruido de los motores se apagaba.

—Agente Torres, muy buenos días. Tan bella como siempre. —un hombre alto y robusto de tez morena la ayudó a bajar de la nave.

—¿Cómo le va, Restrepo? El mayor Guzmán me dejó unos documentos con usted —respondió Silvia mientras se alejaban del resto de pasajeros.

—¿Si me ha pensado, negrita? —le replicó el militar mientras se arreglaba su camuflado.

Silvia no entendía el porqué del sobrenombre, lo único negro que ella tenía era el teléfono de su apartamento. Tal vez era el sobrenombre de seguridad para no equivocarse con las demás. Cada vez que tenía el infortunio de encontrárselo cara a cara, tomaba tanto aire como podía y repetía mentalmente, “fue un error acostarme con este imbécil, pero también lo hubiese sido no hacerlo”.

—A ver, sargento, supérelo. Si busca sexo de nuevo conmigo no lo va a tener. —respondió con displicencia. —Los documentos, por favor.

—Recuerde que la esperamos aquí en dos días, detective —dijo el militar, entregándole el sobre sin dejar de verla a los ojos.

El militar la desnudó con la mirada mientras Silvia se alejaba colina arriba, donde se encontraban apostadas algunas motocicletas.

En el parqueadero improvisado, Silvia observo que sus compañeros de vuelo negociaban el trasporte selva adentro. Los vigiló mientras se quitaba el suéter, se abstuvo de hacerlo frente a su ex amante, para evitar enviar un mensaje equivocado. Ahí bajo la sombra de un Caimito mientras organizaba su morral observó gente con chalecos y distintivos de la Unidad de Victimas, de la Agencia de tierras y demás contratistas, tal vez infiltrados como ella, quienes partían a distintas zonas dentro del enorme resguardo. Se sujetó el cabello con una banda, se puso su sombrero azul descolorido por el sol, chaleco con distintivos de prensa, encendió su localizador GPS y sacó un espejo de uno de sus bolsillos, observó su rostro redondo de piel blanca y mejillas rosadas, unas finas líneas de expresión en su amplia sonrisa y labios carnosos, sus ojos color miel aún conservaban su belleza juvenil. “¡Estoy gorda, carajo!”, pensó mientras se cerraba el chaleco tratando de ocultar su busto generoso.

—Amigo, buenos días, ¿cuánto hasta Banco de Arena? —preguntó Silvia a un muchacho que recostado en una moto se espantaba las moscas con una bayetilla.

—Treinta pesitos, doctora, baratico— respondió el joven moreno y delgado quien no superaba los dieciocho años- nos vamos despacio.

 

4

El camino montaña arriba al resguardo indígena era empedrado y angosto, apretado por el rastrojo y la maleza sin señales o guías salvo un punto de referencia conocido como la Piedra del Equilibrio, donde Silvia le ordenó al conductor de la moto que se detuviera. Una roca gigante, que parecía un huevo de dinosaurio, afloraba de la tierra y parecía suspenderse en el despeñadero. Pararse en ella era un desafío a los nervios. La sensación de que ésta se balanceaba era solo un efecto producido por el viento que descendía de la montaña. El joven rodó su motocicleta buscando la sombra de un árbol, mientras Silvia, sentada sobre la roca, abrió el sobre y examinó su contenido.

Observó las montañas vecinas apoderadas de un verde fabuloso y cómo entre ellas se abría paso un río de aguas oscuras hasta descansar a la llanura. Según lo que recordaba ella, este territorio había pertenecido enteramente a los indígenas embera pero a comienzos del siglo XIX los terrenos fueron ocupados por dos sacerdotes que construyeron dos iglesias no muy lejos la una de la otra y erigieron la estatua de un cristo en la mitad del camino como señal de su fe. A los parroquianos de la época no les molestaba asistir un día a una iglesia y el otro fin de semana a la otra, cosa que sí molestó a los dos sacerdotes, por lo que decidieron quitar la estatua del nazareno y en su lugar colocar la de un demonio bañado en sangre, enorme, provisto de cachos, cola y tridente. Esto para que los fieles por temor no cruzaran de un lado al otro, porque Dios ama a todos los hombres  por igual, eso mientras los hombres no pongan un demonio en medio. Desde ese tiempo surgió la leyenda entre los pobladores de que el Diablo caminaba por aquellos territorios recorriendo las montañas bañándose en el río y robándose a los niños que se desviaban del sendero para apedrear pájaros en las quebradas. En estas mismas montañas, en este mismo río y pasados ciento setenta y ocho años, el Diablo retomó su andar cuando por el año de 1999 se presentó un combate entre guerrilleros y paramilitares en las montañas de Quiebralomo. Los paras acribillaron a los subversivos en una sangrienta emboscada, como señal de victoria el líder de la tropa dio una orden “especial”; se rociaron con gasolina los cadáveres  de los guerrilleros y les prendieron fuego. Fue tal la cantidad de muertos incinerados ese día que el cono de humo que descendía por las colinas llegó hasta el pueblo de San Lorenzo, donde la gente sin saber que pasaba al otro lado del cerro simplemente asociaba el aroma del humo con un olor familiar. Fue solo al  enterarse de lo ocurrido selva adentro que en el pueblo la gente se abstuvo de comer carne asada durante mucho tiempo. Silvia continuaba sentada en la piedra con un retrato a lápiz en su regazo el informe decía que el rostro fue descrito por un indio que lo vio brotar de las entrañas de un pez negro como la noche que ya se acercaba, observando como la serranía arañaba el cielo bronce del atardecer, buscando algo que no quería hallar. En esas cumbres según lo revelado por los indígenas el diablo caminaba por tercera vez, monte adentro vivo o muerto se encontraba el Parrillero.

 

5

Un aborigen de piel tostada marcada sobre sus huesos de ojos negros y cabeza redonda observaba en la parte alta del sendero oculto entre la vegetación, como Silvia pagaba al joven motociclista que emprendía su regreso al pueblo camino abajo, Silvia ascendía por el camino empedrado sin verlo aún, sentado en el suelo al lado del camino esperaba paciente que Silvia advirtiera su presencia.

—Policía, Policía, no entrar. Policía. —le dijo el indio al verla pasar por el sendero.

 Silvia se detuvo respirando agitada mientras se reprochaba por su estado físico. Observó con asombro el nivel de desnutrición del joven embera, quien la observaba de pies a cabeza.

—Policía no entrar, policía no entrar.  —repitió el muchacho sin levantarse.

—¡Hola, buenas tardes! —al verlo de cerca era increíble que aun siguiera vivo— ¡Amigo, no soy policía! Soy periodista —sacó la cámara fotográfica de su bolso y se la enseñó al joven.

—Nosotros necesitar ayuda, venir conmigo. —dijo el indígena, ofreciéndole una débil sonrisa a Silvia.

Silvia ayudó a levantar al muchacho sin mucho esfuerzo. Al internarse en la espesura, el bosque poco a poco se cerraba sobre ellos, subieron despacio sujetándose como podía de las raíces de los arboles buscado el sendero que por momentos desaparecía.

Entrada la noche llegaron a uno de los asentamientos indígenas, eran poco más de cinco chozas de paja y rajatabla en un terreno plano, media fanegada de tierra cubierta por una noche oscura y sin estrellas que obligaba a Silvia a andar despacio por temor a tropezar. Bebió agua de su cantimplora.

 —¿Dónde están todos? —preguntó Silvia observando al joven que tomaba sorbos de agua en totuma del tanque comunitario que abastecía al resguardo.

—Todos estar en la limpia. Seguirme.

El resto de la tribu se encontraba a pocos metros de las chozas. Silvia contó algo más de diez personas en estado avanzado de desnutrición sosteniendo unos enormes velones blancos. Con ellos bañaban a un joven de unos quince años quien no cesaba de convulsionar en el suelo con los ojos en blanco, como si fuese atacado por las frases en lengua embera que pregonaba la matrona, como un largo y agónico lamento.

—¿A qué has venido? —dijo aquel muchacho con voz gutural, arañando la tierra negra.

Silvia sabía a quién iba dirigida la pregunta y no dudó en responder.

—Escuché de un demonio cobarde que atormenta niños y quise venir a comprobarlo.

—Necia; Soy mucho más que eso. —aclaró el joven, quien lentamente cesó de contorsionarse.

—Arruinar cosechas, envenenar peces y malograr ríos es poco para quien dices ser. —dijo Silvia desafiante ante la mirada atónita de los indios.

—Setenta y cinco, cuarenta y uno, cuarenta y dos… —la voz profunda hizo una pausa moviendo la quijada, profiriendo una arcada—Cinco; veintiséis; treinta y seis.

Los ojos de Silvia no ocultaron su sorpresa.

—Setenta y cinco; cuarenta y uno; cuarenta y dos.

—Cinco; veintiséis; treinta y seis.

—Escapaste hace cuatro años, ¿piensas seguir huyendo de la muerte?

—Setenta y cinco; cuarenta y uno; cuarenta y dos.

—Cinco; veintiséis; treinta y seis —repetía el joven con voz abismal mientras los cantos de la anciana se hacían más fuertes.

—Setenta y cinco; cuarenta y uno; cuarenta y dos.

—Cinco; veintiséis; treinta y seis —su voz se transformó en una risa depravada.

—Setenta y cinco; cuarenta y uno; cuarenta y dos.

—Cinco; veintiséis; treinta y seis.

Pasados unos segundos la voz se apagó, el joven indio volvió en sí y empezó a llorar.

 

6

La madrugada sorprendió a dos indígenas abriendo la profunda espesura del monte con sus machetes, mientras Silvia los seguía de cerca atravesando el rastrojo y evitando las púas. La maleza se hacía más tupida y el calor al interior de la trocha aún más asfixiante. Silvia sacó su localizador GPS del bolso y confirmó en su libreta los datos que mostraba la pantalla.

75˚ 41’ 42”

5˚ 26’ 36”

Silvia le entregó la pala que llevaba consigo al indio que lucía menos agotado.

—Ayudar, abrir hueco, yo dar comida a tu gente —le dijo mostrándole una lata de sardinas que brillaba ante la infantil sonrisa del indio, quien sin dudarlo se apresuró a cavar golpeando con la pala el suelo seco y encofrado por redes de raíces. El otro ayudaba cercenando las raíces con su machete mientras Silvia continuaba sentada verificando sus notas.

Al cabo de unos minutos, el indio más joven se le acercó sosteniendo con apenas dos dedos, en señal de respeto, un hueso que Silvia identifico como un fémur. Cerca del agujero el otro indígena entre lágrimas rezaba arrodillado frente a numerosos cráneos y osamentas cubiertas de tierra y raíces.

Los indios abrieron cinco fosas más que se distribuían radialmente a partir de la primera, cubriendo una extensión de dos hectáreas según los cálculos de Silvia. Al igual que en la fosa inicial, la tierra empezaba a vomitar restos humanos ante la mirada atónita de los indígenas, mientras Silvia, con gran frialdad, dibujaba en su libreta el diagrama de la distribución de las fosas que asemejaban una diana de tiro con un blanco certero y cuatro tiros dispersos. Silvia extrapoló otras cuatro fosas en posiciones más alejadas del centro.

Esa tarde antes de partir, Silvia entregó su morral con las provisiones al par de indígenas quienes, agradecidos, le besaron las manos y caminaron montaña arriba cargados de comida. Silvia en dirección opuesta inició su descenso con su ropa hecha jirones provista solo de su navegador GPS, su cantimplora y sus notas. Estimó que luego de ingerir los alimentos enlatados la población indígena ya diezmada por la inanición no sobreviviría más de dos horas, en algunos casos la toxina causaba fuertes dolores pero no estaría allí para comprobarlo. Los indios estaban condenados desde que el Parrillero decidió rondar nuevamente aquellas tierras a sabiendas de que su pacto era irrompible.

Años atrás, decidida a establecer la alianza, Silvia le juró que ni la muerte lograría detener su victoria en los combates, pero tendría que ser una victoria de sangre y de fuego con una hoguera tan grande que el olor de la muerte llegase hasta el cielo para sellar el pacto. El Parrillero se equivocó al pensar que los embera le darían paz a su alma atormentada, por el contrario, lo que sabían los indios sobre él y sus fosas atraería más preguntas, incluso investigaciones formales y exhumaciones. Silvia tenía mucha gente a quien proteger, empezando por ella misma. Solo detallaría en su informe que poco se podía hacer por los indígenas tras su llegada, que las versiones de ellos sobre las supuestas apariciones de el Parrillero eran solo uno de tantos mitos creados por los indios para justificar la sequía y la hambruna. Escribiría que a los indios los inmoló el intenso verano y la falta de medicinas, así como el difícil acceso a tan agreste zona. Y con unas páginas más, este caso también quedaría cerrado.

 

Notas

[1] Paramilitar

[2] grupo étnico indígena colombiano, Chamí quiere decir “cordillera” y embera significa “gente”

 

John Jairo Ladino Martínez, Ingeniero de profesión, participante de taller literario Urabá Escribe en el municipio de Apartado, Antioquia Colombia, sin publicar aún.

 

 

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