por Moisés Castañeda Cuevas

 

Los relatos autobiográficos suelen colocar en primer plano la expresión más honesta y descarnada, sobre todo si la vida en cuestión transcurrió con intensidad y pasión y si las letras emanadas de esto fueron escritas al borde de la muerte. Éste es el caso del cubano Reinaldo Arenas, poeta extraordinario, narrador prodigioso, homosexual, disidente, contrarrevolucionario. Se trata de un artista auténtico que casi nunca, afortunadamente, optó por atenuar su voz. Y si llegó a hacerlo fue debido a que las cruentas circunstancias así se lo exigieron, pero no por cobardía o falta de voluntad. El recorrido por su vida que nos legó resulta sinuoso y complejo, dulce y doloroso, lleno de zonas luminosas y de tremendos abismos. No hay una sola página de estas memorias en que el lector se encuentre frente a un Arenas desprovisto de grandeza; el amor a la vida y una lucha férrea por disfrutar de lo bello son las notas dominantes en este discurso. Sin lugar a dudas, esta obra trasciende cualquier intención literaria: estamos ante una escritura vital, carente del menor atisbo de afectación, en la cual radica una potente denuncia y una poética de la esperanza. Pese a los infiernos que Reinaldo Arenas se vio obligado a padecer, en ningún momento se sintió por completo derrotado.

Enemigo de la rigidez ideológica y de cualquier dogmatismo, Arenas se movió al margen de una sociedad de por sí marginada; azotada por regímenes totalitarios, pobreza, vejaciones, aislamiento; por la hostilidad de algunos pueblos y la indiferencia de otros tantos. Dentro de tal escenario, no le quedó al poeta otra alternativa que zambullirse hasta lo más profundo de su sensibilidad. Lo anterior tuvo como fin extraer los alimentos esenciales: el valor y la creatividad, recursos indispensables para combatir con lo atroz. Durante su infancia, que transcurrió en el campo, fue hecho a un lado por su madre, sumida en la tristeza provocada por el abandono de su marido. De tal suerte, Arenas tuvo que recurrir al amor exuberante e imponente de la naturaleza. Sus primeras y más valiosas lecciones literarias no vinieron de los libros, sino de los árboles, los ríos, la lluvia, la niebla y la noche. De ese mundo misterioso y alucinante que fue descubriendo a solas o de la mano de su abuela, a quien describe como una mujer de insondable sabiduría. Ella se encargó de poblar su cabeza de imágenes maravillosas: aparecidos, tesoros ocultos, monstruos increíbles y aventuras fascinantes. Pero, sobre todo, le reveló los secretos de las estrellas y de aquello que se escapa a los sentidos, lo inefable, que es, en última instancia, el germen de la poesía.

Armado con tales atributos, Arenas encaró la brutalidad de la dictadura y el desarraigo del exilio. Su estandarte predilecto en dichas contiendas fue una tenacidad deslumbrante. No hubo manera de detenerlo: ni la censura ni la represión impidieron que su obra se concretara. A veces el poeta era sorprendido por los censores y terminaba perdiendo los frutos de su trabajo; no obstante, los manuscritos salieron de la isla poco a poco y triunfaron en Europa y Latinoamérica. Otra vez el mar, por ejemplo, tuvo que ser reescrita un par de veces. En este sentido resultaron decisivas las figuras de Jorge Camacho y su esposa Margarita en lo material, mientras que Lezama Lima y Virgilio Piñera fungieron como guías y fuentes de inspiración en lo espiritual. Por otra parte, la amistad y el erotismo se erigieron como pilares fundamentales en la vida de Arenas. Aunque en la Cuba de aquellos años era casi imposible confiar en alguien, el poeta se mostró abierto a la comunión con sus semejantes, ya fuera en cuestiones intelectuales o corpóreas. Nunca se negó a entablar una nueva amistad ni a entregarse a algún encuentro carnal nacido de lo espontáneo. Los amantes y los amigos se dieron en abundancia a lo largo de su vida. Desde luego, en más de una ocasión sufrió decepciones, incluso se vio traicionado hasta el grado de ir a parar a la cárcel. Con todo, siguió adelante; se adentró sin miedo hasta lo más recóndito de la condición humana.

En esta vasta exploración, el mar y la luna desempeñaron un papel trascendental. Fueron sus faros, sus dioses, su única compañía en los momentos de mayor soledad y abatimiento. Bastaba con alzar la mirada a mitad de la noche o con adentrarse en la frescura de las aguas para que las fuerzas se restablecieran, para que las heridas sanaran. De ahí que los alcances expresivos de Arenas sean de un calibre desmesurado. El cubano trabajó con materia prima sublime, la cual obtuvo gracias a vivir con incuestionable autenticidad; más que un hombre, da la impresión de ser un paisaje. Nos encontramos ante un ejemplo en que vida y obra se fundieron con el propósito de enriquecerse. Otros elementos que no pueden dejarse de lado en esta ecuación de magnificencias son las brujas y los sueños. El subconsciente y la magia son imprescindibles para conseguir un trazo íntegro del espíritu de Arenas. Fue entre esas catacumbas de la imaginación, en el interior de esas cuevas oníricas, junto a esos seres mágicos y ancestrales que el poeta se topó con la raíz de su lírica. De allí tomó la elocuencia torrencial y el dominio de la metáfora inapresable; allí aprendió las máximas del infinito y las nomenclaturas de lo indescifrable; entre aquelarres y pesadillas forjó su temperamento de creador. No en vano admite: “Realmente, el mundo está poblado de brujas; unas más benignas, otras más implacables […] Las brujas, que desde mi infancia me han acompañado, me escoltarán hasta las mismas puertas del Infierno”. Y más adelante: “Los sueños y también las pesadillas han ocupado gran parte de mi vida […] Llegar a la cama y apagar la luz ha sido para mí como entregarme a un mundo absolutamente desconocido y lleno de promesas, lo mismo deliciosas que siniestras”.

Finalmente, el magnífico lienzo ofrecido por Arenas en su autobiografía no se limita a su persona; es un mapa político que ilustra la inconformidad de toda una generación. Entre sus páginas no sólo el poeta se queja, también vociferan los obreros, los campesinos, los homosexuales, los religiosos, los críticos, los diletantes… todos aquellos, en suma, que no creen en un proyecto de nación basado, hasta cierto punto, en anular al otro. Los alcances y las limitaciones de la Revolución cubana siempre serán discutibles; lo que no se presta a discusión, y de ninguna manera puede justificarse, es ejercer violencia contra las minorías. Por eso Reinaldo Arenas, amante de la belleza y la libertad, no se contuvo a la hora de escribir y arremetió con su inmenso talento contra el prosaísmo y la agresividad de sus opresores. No es gratuito que haya concebido su obra como una venganza contra lo peor del género humano. Sería muy difícil afirmar si su anhelo se cumplió. Lo irrebatible es que su literatura persiste y cobra la dimensión que merece entre los lectores más jóvenes.

 

Tusquets Editores, colección Fábula Tusquets, Barcelona, 1992, reedición de 1996, rústica, 360 páginas.

 

Moisés Castañeda Cuevas (Ciudad de México, 1987) es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM y ha colaborado en publicaciones como Revista Literaria Monolito y Playboy México.

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