por Ulises Granados

 

En toda la extensión de la palabra,

de inicio a fin y de norte a sur,

desde la salida del sol

hasta el anochecer,

soy un hombre gordo:

Mi existencia utiliza más espacio

del que necesitaría

de contar con treinta kilos menos

y mi desplazamiento por el mundo

se vale de rutas amplias y cómodas

como mis camisas.

Un gran esfuerzo es necesario

para salir de la cama

y llevar a cabo las tareas más comunes.

Soy una gran voluntad de vida.

 

Mi dios,

a imagen y semejanza del hombre que soy,

morirá joven,

víctima de su alimentación

y de sus hábitos sedentarios,

confinado dentro de los cuatro muros

de su cielo personal.

Un día,

sentirá el frío recorriendo su cuerpo

y se mirará en el espejo que cuelga sobre el lavabo,

mientras se toma el rostro con ambas manos,

incapacitado para comprender

por qué tiene morados los labios,

y limpiará el sudor de su frente.

Caminará de vuelta a su habitación,

a su oficina,

a su automóvil,

o a su templo

y se desplomará sobre sus carnes,

demasiado débil para levantarse

y explicar lo que ha ocurrido.

Vomitará todo el contenido

de su estómago divino

sobre su creación,

sobre el mundo que ha construido

y dirá múltiples palabras inconexas.

Observará, entonces, a personas

que no están a su lado,

en un ejercicio involuntario de imaginación.

Lanzará amenazas,

insultará

y, al término de algunas contracciones musculares,

después de una agonía demasiado corta

comparada con su vida,

dejará de latir su corazón.

¡Qué joven era!

¡Los mundos que no creo!

¡Los planes que no concluyó!

 

Es una vida breve y robusta

la que llevamos los gordos.

He aquí

que sentado a la mitad del colchón

ambos extremos se levantan

en torno a mí,

en un abrazo obligado

que recibo diariamente.

He aquí

que las escaleras más largas del mundo

no me representan ningún reto,

pues lejos de pensar en recorrerlas

las considero un espacio para el reposo

sobre el cual puedo depositar mis carnes

y mirar al mundo que transcurre

delante de mí

a un ritmo delgado y acelerado.

 

Mis ideas,

similares a mi cuerpo,

se propagan alrededor de mi esqueleto

infladas, estríadas, grandes y deformes como son.

Cuando reposan,

tienden a doblarse sobre sí mismas,

como la barriga que cargo

siempre delante de mí.

Como mi respiración,

mis palabras se agitan rápidamente.

Como mi corazón,

mis palabras se sacuden con fuerza.

Pero soy un hombre como cualquier otro:

como mi postura,

a veces mi voluntad se doblega.

 

Sin embargo, otra vez por la mañana,

me levanto para vivir

contra mi dios obeso,

contra la carga corporal de ser

un hombre gordo como yo,

contra el destino incierto

de la muerte prematura

que se opone

a esta gran voluntad de vida

que soy y que me mueve,

como el gordo que soy.

 

Otra vez, por la mañana,

me levantaré en medio de un abrazo

y, paso tras paso,

me llevaré hasta el excusado

para orinar copiosamente

y, mientras lavo mis manos,

observaré mi rostro  

en el espejo que cuelga sobre el lavabo,

limpiaré el sudor de mi frente

y me diré:

«Todavía no, amigo,

todavía no».

 

 

Ulises Granados (Distrito Federal, 1984) ha publicado minificciones, poemas, ensayos y cuentos en revistas como F.I.L.M.E., Deletéreo, La liebre de fuego, Primera Página, Lee+, Punto en línea y Liberoamérica. Desde 2009 elabora el blog Antología sin poesía (www.antologiasinpoesia.blogspot.com). Es guitarrista de la banda de rock-swing Cotton’s. Es practicante de jiu jitsu brasileño y judo.

Ilustración: “La siesta” de Fernando Botero.

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