por Humberto Ruíz Reynaga

*De corto y -edad.

  • f. Pequeñez y poca extensión de algo.
  • f. Falta o escasez de talento, de valor, de instrucción, etc.
  • f. Encogimiento, poquedad de ánimo.

 

El dolor de cabeza no se alejaba desde que Mariana había llegado a mi casa para soltar la noticia de golpe, —vas a ser papá.— A ella no le gustaba bromear para nada con ese tema, me senté a un lado de Mariana, al tiempo en que suspiré. Había escuchado que los condones eran noventa y nueve por ciento seguros, en nosotros cayó el uno por ciento que resta. Cuánta suerte.

Ese día llegamos a un acuerdo en el que empezaríamos a ahorrar para cuidar a ese bebé aunque cada quien viviría donde mismo, nada precipitado. María, ya noche se retiró a su casa. Dormí poco, fue un sueño ligero, parecía que los objetos de mi casa tenían una competencia sobre quién podía despertarme con menos esfuerzo.

 A las nueve de la mañana, me dirigí al centro médico más cercano y más barato, destellos de pequeñas luces inexistentes acompañaban mi campo de visión. En el trayecto me detuve a esperar que las luces que volaban de un lado a otro desaparecieran. Ese espectáculo digno de mi preocupación tardó alrededor de dos minutos. Inhalé, exhalé y seguí con mi rumbo.

Entré a un recibidor que a la vez hacía de sala de espera, al fondo se encontraba varios cuartos que imagino eran los consultorios. Le comenté mi situación a la enfermera que parecía recepcionista o a la recepcionista que parecía enfermera, mi ojo izquierdo temblaba, recordándome a ese personaje de un profesor de una caricatura que le saltaba la vena del ojo cada que se enojaba, así era mi estado. La recepcionista-enfermera pidió mis datos y ordenó que me relajara  y tranquilizara hasta que el doctor me llamara por mi nombre.

No tuve otra opción más que sentarme en la pequeña sala de espera que tenía tres bancas, una detrás de otra, en cada banca había espacio para cuatro personas. Yo no era el primero en la lista, dentro de aquel lugar se encontraba más gente en espera de ser atendida; en la primera fila  una pareja cuidaba a su hija de aproximadamente dos años, la niña parecía ser la enferma con sus ojos ojerosos, acostada sobre una cobija ocupaba dos lugares. En la segunda fila un niño dormido recargado en su mamá quien lo  abrazaba así como solo las madres modernas abrazan a sus hijos; con el celular en una mano. En la última fila una señora muy vieja en bata, llevaba  un libro abierto que simulaba leer siempre en la misma página. Me senté a un lado de aquella anciana a esperar mi turno, mi muerte o el desprendimiento repentino de mi glóbulo ocular que comenzaba  a lagrimear.

Para tratar de disminuir mi dolor, observé ese recinto de insalubridad, reflexioné  sobre el descomunal número de niños enfermos, Mariana y yo estábamos a punto de darle al mundo otro ente más a quién fastidiar con sus enfermedades y angustias, aunque las angustias primero existirían para nosotros. Hubiera sido una excelente idea demandar a la fábrica de condones, aunque esa no debió ser una idea novedosa, debí de investigar si alguien más lo ha hecho.

La niña que estaba acostada en la primera fila comenzó a llorar, su papá la veía extrañado como si la niña fuese una granada de mano activada, como si nunca la hubiera visto hacer tales gesticulaciones. La niña al hacer contacto visual con él, lloraba aumentando sus decibeles. Mi dolor de cabeza iba en incremento, empezó a palpitarme la sien, sentía que mi cerebro no cabía en mi cabeza, quería salir.

La mamá de la niña preparó rápido un biberón con leche y se lo dio, se hizo el silencio de nuevo en el lugar, más no en mi cabeza. Mi dolor no cesaba, apreté mi cabeza con ambas manos para tratar que dejase de palpitar, escuché con nitidez la respiración  de la anciana que se encontraba a mi lado, la recepcionista-enfermera tecleaba en su computadora, el celular de la mamá del niño dormido no dejaba de vibrar, ni ella de teclear, mi cabeza tenía pulso propio. Pensaba que si pudiera estar acostado en posición fetal me sería más llevadero eso, pero no lo hice porque quería mi dignidad. Respiré hondo y exhalé.

Se abrió una puerta y salió un señor con bastón que no dejaba de dar las gracias al doctor, él lo despidió, y gritó un nombre, las personas de la primera fila se metieron al consultorio y el doctor volvió a cerrar la puerta.

El niño que se encontraba en los asientos delante de mí, despertó, volteó a ver a su mamá para después ver el piso y empezar a vomitar, veloz, quité mis pies antes de que el niño ensuciara mis zapatos, la señora a mi lado no alcanzó a esquivar la cascada de comida y le cayeron encima de sus chanclas pequeños trozos de algo que parecía haber sido arroz hace unas horas. Traté de volver a respirar hondo mientras observaba a la mamá del niño que sacó un papel higiénico de su bolso para limpiar a su hijo, la recepcionista-enfermera no se percataba de nada. Pensaba decirle a Mariana que cuando tuvieramos a nuestro hijo, deberíamos de llevar papel higiénico a todos lados, lo necesitaríamos.

Cien clavos martillados en mi cerebro, seguía el lagrimeo de mi ojo izquierdo, Jesucristo ¿por qué me has abandonado? No pude más, grité, lloré, me quería arrancar la cabeza. No lloraba por la jaqueca, sentía desesperanza en mí, lloré como un niño, pensaba en mi mamá, sentía la necesidad de que ella estuviera conmigo, que me abrazara y dijera que todo iba a estar bien, que mi papá me llevara dulces y me cargara lo más alto posible, empecé a empequeñecer, me sentía  todo un pusilánime, un alma pequeña, pero lo que sentía encoger no era mi alma, sino mi cuerpo, seguí en el sollozo que se convirtió en llanto, me acosté en mi lugar, la señora que se encontraba  a mi lado, me volteó a ver

—Ya no llore mi niño, venga— me cargó para arrullarme.

Salieron la niña y sus papás que se encontraban dentro del consultorio del doctor, la señora que me tenía en brazos se levantó del asiento y me llevó hacia el doctor, él, sin tener tiempo de llamar al siguiente paciente, nos hizo pasar a su consultorio y cerró la puerta tras nosotros.

—¿De dónde sacaste ese niño, mamá?

Dijo el doctor, al que apenas le empezaban a salir ligeras canas en la barba

—Este niño hace dos minutos era un hombre de aproximadamente 30 años. Volvió a pasar hijo, y ahora no se ha convertido en un objeto inanimado, es un humano. No podemos matarlo

Dijo la señora quien me sostenía en brazos

—¿Por qué lo cargaste? Debiste dejarlo ahí, alguien más lo hubiera visto y se lo hubiera llevado.

—Hijo, debes cerrar este lugar para que no vuelva a pasar nada parecido. No podemos dejar que muera. Yo lo cuidaré.

Escuchaba la conversación, mis dolores habían desaparecido, sin embargo ahora mi cabeza la sentía tan pesada que no podía levantarla,  con dificultad volteaba a ver  a la señora y luego a su hijo. Comprendí que mi vida estaba en manos de aquellas personas, pensaba en Mariana, en mi futuro hijo.

Ese día, luego de llevarme a su casa, sacó mis llaves y mi dirección de la ropa que yo traía. Vendió la mayoría de las cosas de mi casa para poder mantener los gastos que generaba. Yo no dejaba de pensar en Mariana, si ella llegara a ir a mi casa vería que mis pertenencias habían desaparecido, pensaría que huí lejos, que la última platica que habíamos tenido había sido una farsa. No dejé de pensar en ellos, ¿Cómo será mi hijo? es probable que se llame Diego, ese nombre le gustaba a su mamá.

Soy apenas un año más grande que mi hijo. Ahora que mi motricidad ha mejorado, puedo caminar, escribir, leer. No tengo el suficiente valor de acercarme a la casa donde vive Mariana, incluso no sé si ha cambiado de residencia, ¿creería lo que le tengo que contar? ¿Querría ella mantener a dos niños? Por eso hago pública mi historia, para que Mariana, si algún día lee esto, sepa que no quise huir.

 

 

Humberto Ruiz Reynaga. Licenciado en Historia, sus escritos han aparecido en diferentes revistas electrónicas y en una antología de relatos cortos de la UASLP. Su edad no es la que aparenta.

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