por Miguel Ángel Afanador Restrepo

El que busca no encuentra

Franz Kafka

 

Comprender con Cervantes el mundo como ambigüedad, tener que afrontar no una única verdad absoluta, sino un montón de verdades relativas que se contradicen […] poseer como única certeza la sabiduría de lo incierto, exige una fuerza igualmente notable.

Milan Kundera

 

El laberinto en la paradoja

Había terminado de leer El castillo de Franz Kafka cuando realizaba las diligencias para obtener la libreta militar. La expedición de dicho documento está en fase de liquidación, pero el último número no corresponde con mi documento de identidad. Supongo que fue un largo día de digitaciones en la oficina. El último número del documento le habrá parecido tan incierto al funcionario, un número tan capaz de ser cualquiera o de ser ninguno, que lanzó su índice hacia lo primero que encontró. Tal vez, por eso, ahora donde debería estar un nueve (9), hay un cero (0). Un error comprensible. También pudo confundir esas formas a razón de un defecto en la visión; o, bien, el defecto estaba en esas fotocopias raídas por el tiempo. Me acerqué a la administración para pedir que corrigieran el error. “Mi número termina en nueve y no en cero”, dije. “No, ese es su número y sí termina en cero”, fue la primera respuesta que recibí. Pero allí estaba yo sosteniendo desde hacía catorce años esa combinación numérica terminada en nueve. En otras palabras, el funcionario me dijo: no hay error, y si lo hay nadie lo cometió. Tuve que salir de ese lugar y hablar sobre otras cosas, porque ya no deseaba sentirme perdido en ese laberinto kafkiano. Llevo dos años intentando reparar ese error que no existe.

Eso mismo sucede con K. en El castillo. En lo personal, defino esta obra como la historia de un sujeto que quiere darle sentido a su vida, mientras otros asignan a su existencia el carácter de un error, pero de un error que no existe. A este tipo de paradojas nos enfrentamos en las obras de Kafka. La naturaleza onírica de sus narraciones —y, en particular, de su narración en El castillo­— permite una amplitud de significados tal que es comprensible darle interpretaciones a partir de premisas muy contrarias. Por ejemplo, hay quienes parten de la existencia del castillo, como hay también quienes parten de su inexistencia[1]. La ambigüedad en los fragmentos que atañen a la descripción de la edificación hace posible las lecturas en límites tan distantes. Basta leer que en un principio K. no veía más que el vacío de las alturas: «K. permaneció largo tiempo en el puente de madera que llevaba de la carretera general al pueblo, con los ojos levantados hacia aquellas alturas que parecían vacías» (Kafka, 1982, p. 29); pero, cuando el hijo del subalcaide ya le ha hablado de la existencia de un castillo, se dice: «Ahora veía el castillo que se destacaba limpiamente allá arriba en aire luminoso» (Ibíd., p. 37); y, luego, cuando está más cerca, le vemos dudar de esta manera:

No era ni un castillo feudal ni un palacio de fecha reciente, sino una basta construcción compuesta de edificios de dos pisos y un gran número de casitas prensadas las unas contra las otras; si no supiera que era un castillo, se habría podido creer que se trataba de una aldea. (Ibíd., p. 38)

Podría ser una aldea apelmazada y no un castillo. Se duda de que exista algo parecido. Es decir, no hay certeza de que exista una pieza arquitectónica de las calidades de un castillo, o de que haya alguna edificación donde resida el llamado Conde, quien se presume —y nada más hay sino presunción— es el regente.

Casi hacia el final de la novela, Olga expone que «Nos preguntamos entonces; cierto, [Barnabás] va a las oficinas, pero ¿son las oficinas el castillo?» (Ibíd., p. 176). La pregunta suma más incertidumbre. Tras lo cual, es comprensible, pues, la lectura del castillo en tanto que «ficción dentro de la ficción» (Viqué Jiménez, 2014, p. 78). El castillo sería «como Dulcinea del Toboso [que] ejerce su influencia en la vida de los personajes sin que su existencia sea más que una quimera» (Ibíd., p. 78-79). Sin embargo, con lo dicho no pretendo aludir sino a las brumas figurativas que rondan la existencia de la construcción central de ese panóptico[2] que visita K; lo cual es consecuente con el carácter indeterminado de los funcionarios del castillo. Aclaro: en este ensayo no me suscribo a ninguna de las antípodas enunciadas. Quiero resaltar, en vez, la posibilidad de interpretación paradójica tanto de la existencia/inexitencia del castillo, como de la existencia/inexistencia de los funcionarios del mismo.

Uno podría perderse horas y horas en una discusión como esa. ¿El castillo existe o no existe? Es el laberinto de la paradoja; eso es Kafka. Por tanto, para mí, lo importante es que la obra hace posible la discusión: dudamos. Como lectores, cuestionamos el castillo. Y eso no se detiene allí. También dudamos sobre la existencia de los funcionarios, los señores del castillo.

 

El hombre que era un espejismo

Sabemos que Klamm, en checo Klam, traduce “ilusión”, espejismo (Kundera, 2006, p. 128). Esto corresponde por completo a los enigmas que rodean a Klamm, como lo es el misterio de su apariencia. En un principio K. parece tener certeza de su imagen; pero tengamos en cuenta que observa a Klamm a través de un orificio en la posada de los señores. Así lo describe:

[…] en un redondo y cómodo sillón, estaba sentado el señor Klamm iluminado intensamente por una bombilla que colgaba ante él. Era un hombre de mediana estatura, gordo y torpe. El rostro aún estaba terso, pero las mejillas caían un poco por efecto de la edad. Lucía un largo bigote. Unos quevedos torcidos que reflejaban la luz ocultaban sus ojos. Si el señor Klamm hubiese estado sentado completamente frente a la mesa, K sólo habría podido ver su perfil, pero como había adoptado una posición oblicua, le podía ver toda la cara. (Kafka, 1981, p. 31)

Luego se nos dice que ven de nuevo a Klamm —esta vez por el cerrojo de una puerta— en el capítulo nueve, titulado “La lucha contra el interrogatorio”. Pepi, la posadera del puente y el secretario llamado Momus[3] se turnan para espiar al funcionario. Lo curioso es que todos dicen cosas distintas sobre él. En específico, los tres no logran tener certeza sobre si Klamm estaba intranquilo o no (Ibíd., p. 85). La incertidumbre aflora de nuevo en una situación posterior:

—Klamm, mi señor, está muy intranquilo desde hace varios días, al menos eso nos parece a los que vivimos en su proximidad e intentamos interpretar y reflexionar todas sus manifestaciones. En realidad, sólo nos parece, esto es, no es él quien está intranquilo. (Ibíd., p. 264)

Y, por si fuera poco, Olga arremete y pone en vilo la figura que tenía K. y el lector de Klamm. Para ella, Klamm es un retazo de testimonios visuales, de rumores, una imagen proyectada sobre alguien equívoco, cambiante, una presencia lejana, un ser que no es, una ausencia a veces presente… una paradoja.

Ahora, como él [Barnabás] dice, ha sido asignado a Klamm y recibe personalmente de él los encargos […]. Pero ¿es así? Bien, así es, pero ¿por qué duda entonces Barnabás de que el funcionario al que se designa con el nombre de Klamm sea realmente Klamm? […] yo no lo he visto […] no obstante su aspecto es bien conocido en el pueblo, algunos le han visto, todos han oído de él y de esos testimonios visuales, de rumores y de algunas opiniones falsas se ha formado una imagen de Klamm que coincide en los rasgos básicos. Pero sólo en los rasgos básicos. En lo demás es mudable y quizá ni siquiera tan mudable como el aspecto real de Klamm. Su aspecto es distinto cuando viene al pueblo y cuando lo abandona; diferente antes de beber una cerveza y diferente después; diferente despierto, diferente dormido, diferente solo, diferente en conversación y, lo que resulta comprensible tras todo esto, casi completamente diferente en el castillo. Y se han constatado varias diferencias en el mismo pueblo, diferencias en la altura, la actitud, la corpulencia, el bigote, sólo respecto a los trajes coinciden los informes, siempre lleva el mismo traje, un traje negro con largos faldones. (Ibíd., p. 133-134)

Los cuestionamientos de Olga suscitan en el lector la siguiente pregunta: ¿existe realmente Klamm? Los testimonios de su existencia en El castillo suelen estar mediados por algún instrumento que permite espiarlo, pero no mirarlo o estar ante su presencia. Hay siempre un velo entre el que mira y Klamm. Su imagen, aunque parecía ser clara en un comienzo, se diluye hasta que obtenemos un perfil genérico de su corporeidad. Se trata, pues, de un sujeto cualquiera con rasgos semejantes a los descritos. No hablamos de un individuo determinado. Lo único cierto sobre la corporeidad de Klamm es su traje oficial. En otras palabras: sólo hay certidumbre sobre su conexión con el castillo.

Luego, en un caso similar, cuando Olga relata el secreto de Amalia, se habla de un funcionario de nombre Sortini, que, nos refieren, a menudo era confundido con otro funcionario de nombre Sordini. A él lo ven sólo una vez, o piensan haberlo visto, porque difícilmente pueden asegurar que aquél es Sordini y no otro. ¿Cómo hacerlo sin noticias previas de su aspecto?

Los funcionarios en El castillo son apenas enunciaciones sin una imagen fija. Son relatos y descripciones demasiado genéricos. Klamm, el funcionario más nombrado en todo el libro, no tiene más voz que las de sus cartas. Además de eso, no atestiguamos sino meras especulaciones sobre sus pareceres, emociones y actos. La ilusión y la especulación tienen en común ser representaciones distorsionadas de la realidad, abstracciones: imágenes dispersas que son posibles de confundir con la realidad a través de algún artificio, sea este un aparato o sea simplemente el relato. Por eso creo que en Kafka la ilusión —espejismo— es una metáfora del funcionario. La conciencia jurídica de Kafka, y su perspectiva laboral, le permitieron pensar, entre otras cosas, la figura del funcionario «como una posibilidad humana, una forma elemental de ser» (Kundera, 2006, p. 136). ¿Y cómo era esa posibilidad humana? Genérica, ilusoria y distante. De allí que se ponga en entredicho la existencia de Klamm; de allí que cuando vamos a un banco, o a una oficina estatal nos parece ver la misma persona detrás de todos los estantes. El ser genérico y abstracto puede ser nadie, nada. Puede no existir.

En este mundo burocrático del funcionario, primo: no hay iniciativa, invención, libertad de acción; solamente hay órdenes y reglas. [Los funcionarios y] las gentes no conocen el sentido de lo que hacen. El funcionario sólo tiene relación con anónimos y con expedientes: es el mundo de lo abstracto. (Cursiva en el original. Kundera, 2006, p. 136)

El funcionario kafkiano no podría ser de otra manera, pues, recordemos, el castillo también es ambiguo, obscuro y lejano. Además, el camino hacia el castillo sería breve si hubiera más certeza sobre los funcionarios. Porque los funcionarios son el camino. K. lo entiende rápidamente y desiste en su afán de llegar al castillo por vía del desplazamiento físico. Luego, se le dice que el camino para llegar a Klamm es Momus: «En este caso le advierto de que el único camino que conduce a Klamm pasa por las actas del señor secretario» (Kafka, 1981, p. 93). Pero, a su vez, el camino a Momus es la posadera del puente, y el de la posadera es Frieda. Esa orden subordinante que acabo de enunciar es la burocracia misma. Sin embargo, Momus expresa también que: «quizá el camino [vía Momus] no conduzca a Klamm, quizá se interrumpa antes de llegar a él, sobre eso decide el secretario [o la posadera, o Frieda] según su arbitrio» (ídem). A propósito, recuerdo un aforismo de Kafka, que dice: «Hay una meta, pero no hay camino; lo que llamamos camino es vacilación» (2012, p. 30).

 

La norma simbólica

Kafka estudió Derecho, y, egresado, escogió su oficio a plena conciencia[4]. Pensaba que «el empleo no debería tener nada que ver con la literatura; le hubiera parecido un envilecimiento de la creación poética» (Brod, 2000, p. 95). Kafka quería un trabajo escindido del arte; incluso declaró “no poder” dedicarse al periodismo (ídem). Y encontró la respuesta en la burocracia. Era un empleo que lo dejaría libre y en paz a las dos de la tarde (). Pero, sin importar la separación que pretendió entre la escritura y su empleo, el ejercicio burocrático influyó en su visión de la realidad y en su ejercicio creativo. Por esta razón propongo rastrear la partícula jurídica de El castillo en la norma, también entendida, a grandes rasgos, como ley[5].

Para empezar esta exploración normativa es necesario volver sobre la imagen ambigua del castillo y su relación con la aldea. Recordemos, también, que los funcionarios del castillo rara vez entran en contacto con los aldeanos. ¿Por qué esa lejanía, tanto del castillo como de los funcionarios? Mis consideraciones apuntan a pensar en la norma, o sea la ley, como la génesis de la distancia.

En palabras del mismo Kafka: «Nuestras leyes, por desgracia, no son conocidas por todos; son un secreto de un grupo pequeño de aristócratas que nos domina» (citado en Londoño Hidalgo, 2002, p. 4). Para el escritor checo, la norma es, pues, de un funcionamiento y un lenguaje enrevesado, que entraña dificultades severas para su comprensión. Es, en últimas, un lenguaje que funda distancias. Por eso, la aldea/el pueblo está lejos, en la periferia, y el pequeño grupo de aristócratas/funcionarios del castillo queda, por fin, aislado en las alturas. Y allí, en medio de los dos, está K.

Es gracias a K. que descubrimos el orden de ese sistema político aldea-castillo y las dinámicas burocráticas. K. es requerido para ser agrimensor. Pero nadie necesita uno. Su existencia es un error: un error que no existe. El castillo no se equivoca (Kafka, 1981, p. 52-54). K. debe irse. Entonces K. «quiere ser aceptado, no por una comunidad, sino por una institución» (Kundera, 2006, p. 134), por un espejismo. Su lucha parece ser jurídica. Sin embargo, en Kafka, la norma no soluciona nada. Está ahí para estorbar, o simplemente está por estar. Conecta las dinámicas sociales, eso sí, pero de una manera subrepticia. La norma es el orden intrínseco de las cosas en El castillo. Entonces, además de fundar distancia, la norma ordena a un nivel simbólico:

El estudio de la función simbólica del Derecho supone un enfoque particular: entender que éste no incide en la sociedad únicamente mediante la ejecución o implementación efectiva del contenido de sus normas -lo que prohíbe, manda, permite-, sino también, a través de la producción de ciertas representaciones en sus destinatarios. Es decir, la fuerza reguladora del derecho no arranca exclusivamente de la implementación efectiva de sus contenidos normativos; los símbolos que éste evoca, desde el momento mismo de su publicación, poseen también una fuerza vinculadora, tanto en los operadores como en los imperados. Así, el Derecho puede incidir en la sociedad aun antes y con independencia de la implementación de sus normas. (Corvalán Rivera, 2014, p. 77)

Y es por la dimensión simbólica de la norma que aparece el “castigo de Amalia”. ¿Qué hizo ella? Desobedeció una petición de alguien que podría bien ser o no un funcionario, y, además —mucho más importante—, agravió a un mensajero, que es, esta última, en realidad la ofensa de la cual se sigue hablando en lo sucesivo. ¿Cómo reparar su ofensa contra el mensajero? No es posible. La pena oficial nunca llegó; ergo: no hubo ofensa. No es posible reparar, ante el castillo, una ofensa que, para el castillo, no existió. Y, si no hubo pena ni ofensa oficialmente, ¿cómo es posible que haya un castigo para Amalia? ¿Quién lo ejecutó? La aldea. El castillo, como institución legítima, actúa a través de los aldeanos gracias a las representaciones que estos tienen del sentido de sus contenidos normativos. Por eso, no hace falta que el castillo actúe per se; es decir, directamente. Hay coerción sin que medie la fuerza. La dimensión simbólica de las normas está tan difundida que, sin necesidad de una acción oficial y sin intervención de los funcionarios, es posible aplicar el contenido de las mismas. Por tanto, contra lo que luchan K. y Olga no es sino símbolo, de allí lo imposible de sus búsquedas, de allí lo infranqueable de El castillo: ¿cómo pedirle al símbolo que interceda por ellos?

Pedirle eso al símbolo sería tratar de cambiar la tradición. La comunidad de interpretación, que es la aldea, ha creído entender la norma de esa forma particular desde quién sabe cuándo, aunque en realidad actúen determinados por su símbolo. Y lo curioso es que sólo hay suposiciones al respecto. K. actúa a base de intuición sobre qué debe hacer y con quién debe hablar, tratando de comprender lo mejor posible la normativa del castillo. Olga especula que podría cambiar la situación de su familia si desagravia al mensajero; pero aún si lo encontrara, ella sabe que nada le garantiza su perdón, o que el perdón, en todo caso, sirva de algo (Kafka, 1981, p. 164-165). El símbolo de la norma opera para legitimar el orden dado. Los aldeanos han pasado sus vidas intentando comprender el secreto —es decir: la norma— de los funcionarios, quienes son la nobleza; y en algún punto han creído entender algo de ello, pero no pueden deshacerse de la duda. Por ese motivo los aldeanos no están seguros sobre si Klamm está intranquilo o no, o cuáles son con certeza sus deseos; asumen ciertas cosas y nada más. La segunda carta de Klamm demuestra que, en realidad, mientras la historia de K. y los aldeanos avanza por un sentido, Klamm avanza por otro, desentendido de las acciones del alcalde, de su secretario, de todos. Incluso debemos cuestionar la validez que tienen las interpretaciones simbólicas de la aldea, porque podrían basarse en normas que, de plano, no existen. Kafka dice en su disertación sobre la ley: «tal vez esas leyes que aquí tratamos de descifrar no existen» (s.f.). Tan infranqueable es la esencia misma del castillo.

Y lo infranqueable en Kafka es un motivo que se repite. Ya vemos las dificultades insalvables que atraviesa el protagonista de El proceso, lo mismo que en Ante la ley. No importa si eres un hombre sentado esperando por siempre, o un hombre de pie luchando hasta el final; el resultado para el autor checo es el mismo: nada. Considero que el autor entiende como imposible de enfrentar lo que está detrás de las ideas, el símbolo. A partir de esa concepción, Kafka nos habla de emperadores y jueces quizá inexistentes (La muralla china y El proceso, en orden respectivo); como cuando menciona a ese tal Conde que, para el final de El castillo, casi hemos olvidado que existe, o quizá nunca existió. Quizá a esa paradoja aluda a otro aforismo de Kafka, el cual reza: «En cierto sentido niegas la existencia de este mundo» (Kafka, 2012, p. 78). Paradojas porque los funcionarios son espejismos, no hay orden normativo sino regulación simbólica y el castillo bien podría no ser tal clase de construcción físicamente. Todo porque lo importante es, en realidad, (i) el símbolo que funciona como orden normativo; (ii) un monumento que le representa, sea imaginario o real; y (iii) los agentes derivados que se identifican sólo por insignias oficiales como el uniforme/traje.

 

Salvedad

Las significados de esta obra, igual que los funcionarios, son espejismos. El sentido de lo que propone Kafka es amplio y paradójico: tan asequible pero, a la vez, tan lejano como el castillo mismo. El sentido de El castillo está ahí, se alza como un monumento esperando por nosotros desde el comienzo, cuando solíamos no verlo; entonces lo bordeamos, lo buscamos, pero al final se nubla ante la vista, cae la noche o alguna persona nos impide llegar a él. Se nos dice “no, no puede ser así”, y nos quedamos de nuevo contemplando las contingencias, lo etéreo, esbozando la posible interpretación de El castillo, sin éxito. El sentido es la meta, pero lo que llamamos interpretar es vacilación.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

Libros:

— Brod, M. (2000). Kafka. Buenos Aires, Argentina: Emecé.

— Eco, U. (1993). Lector in fábula. Barcelona, España: Lumen.

— Eco, U. (2016). Los límites de la interpretación. Madrid, España: Debolsillo.

— Foucault, M. (1986). Vigilar y castigar. Madrid, España: Siglo XXI Editores.

— Kafka, F. (1981). El castillo. Madrid, España: EDAF.

— Kafka, F (2012). Aforismos. Bogotá, Colombia: Debolsillo.

— Kundera, M. (2006). El arte de la novela. Barcelona, España: Anagrama.

— Robert, M. (1980). Acerca de Kafka. Acerca de Freud. Barcelona, España: Anagrama.

Artículos:

— Ariza Puentes, Y. M. (2009). Derecho y Literatura: algo de lo que se puede hablar en voz alta. Revista UIS Humanidades, 37 (2), p. 175-187.

— Atehortúa, M. K. (2017). De la burocracia y el absurdo en El castillo de Franz Kafka. [sin más datos] Disponible en:

https://repository.eafit.edu.co/bitstream/handle/10784/2641/Atehortua_MariaKateryne_2013.pdf?sequence=1

— Bonilla, D. (2005). Justicia y derecho, el engaño y la justicia de Selb. Revista precedente, 5 (1), p. 99-111.

— Botero Bernal, A. (s.f.). Derecho y Literatura, un nuevo modelo para armar. Instrucciones de uso. [sin más datos]

— Corvalán Rivera, C. (2014). La función simbólica, la eficacia simbólica y el uso simbólico del derecho: delimitación conceptual y metodológica.

— Cotarelo Comerón, (2017). K. en Baltimore. Afinidades narrativas entre The Wire y El castillo. Revista de comunicación, 16 (1), p. 55-75.

— Karam, A. y Magalhaes, R. (2009). Acercamientos y perspectivas para pensar el derecho. Revista Gioja, 3 (4), p. 164-213.

— Londoño Hidalgo, J. M. (2002). Introducción al derecho en la obra de Franz Kafka. [sin más datos] Disponible en: http://www.kafka.org/index.php?aid=298

— Marí, E. (1998). Derecho y Literatura, algo de lo que se puede hablar pero en voz baja. Revista Doxa, 21 (2), p. 251-287

— Nieto, J. (2008). Divorcio en Buda, una noción de Justicia en la ficción. Revista de Derecho, 33 (1), p. 26-61.

— Víque Jiménez, A (2014). El castillo no existe. Revista Artes y Letras, XXXVIII (1), p. 77-94.

Artículo en línea:

Kafka (s.f.). La cuestión de las leyes. [Sin más datos] Disponible en: https://estoespurocuento.wordpress.com/2013/09/04/franz-kafka-la-cuestion-de-las-leyes/

 

Notas

[1]   Un interesante ensayo sobre este último aspecto se titula El castillo no existe, de Viqué Jiménez (2014).

[2]   Como lo refiere Foucault (1986), el panóptico no es sólo el eje central —la torre— desde donde es posible observar todo, sino la construcción entera: «El Panóptico de Bentham es la figura arquitectónica de esta composición. Conocido es su principio: en la periferia, una construcción en forma de anillo; en el centro, una torre, ésta, con anchas ventanas que se abren en la cara interior del anillo. La construcción periférica está dividida en celdas, cada una de las cuales atraviesa toda la anchura de la construcción. Tienen dos ventanas, una que da al interior, correspondiente a las ventanas de la torre, y la otra, que da al exterior, permite que la luz atraviese la celda de una parte a otra. Basta entonces situar un vigilante en la torre central y encerrar en cada celda a un loco, un enfermo, un condenado, un obrero o un escolar» (p. 184).

[3]    A propósito, “Momus” alude al crítico del Olimpo, en la mitología griega. Es también conocido como la personificación del sarcasmo y la agudeza irónica. El sarcasmo aflora en otro fragmento, cuando K. asiste a un interrogatorio. Allí Momus le dice: «—¡Ah, el señor agrimensor! […] El que no le gusta que le interroguen, se apresura ahora para llegar al interrogatorio» (Kafka, 1981, p. 179).

[4]   Es cierto que Kafka estudió Derecho por imposición de la terrible influencia de su padre, pero él sí escogió su empleo.

[5]   No es cierto que ley y norma sean lo mismo. Toda ley es norma, pero no toda norma es ley. Es decir que la ley es una especie del género norma; puesto que la norma está compuesta de leyes, decretos, ordenanzas, actos administrativos y sentencias, entre otras. La norma es pues cualquier disposición social con carácter coercitivo y ordenador; mientras que la ley se trata de un texto escrito y específico, con unos requisitos previamente establecidos. En El castillo no aparece la ley formalmente. Inclusive, cualquier texto escrito oficial carece de rigurosidad. En cambio, sí está presente la norma.

La distinción anterior es moderna, y no quiero proyectar una rigurosidad jurídica al respecto. Por eso, permito aquí la indeterminación conceptual norma/ley en las voces de otros autores.

 

Miguel Ángel Afanador Restrepo (Cali, 1994). Abogado egresado de la Universidad Libre – Seccional Cali, y estudiante de Licenciatura en Literatura de la Universidad del Valle. Obtuvo una mención por ser finalista del IV Concurso Nacional de Cuento EPM, en la categoría juvenil (2017) con el cuento La fuente, y además fue uno de los ganadores de la VII Convocatoria Literaria de la Universidad Antonio José Camacho (2014), con el cuento El lugar donde queremos estar, que también fue publicado por la Revista Lexicalia, de la Universidad del Valle, en el año 2017. En el campo de la escritura académica, trabajó con el semillero de investigación de Instituciones Jurídico Penales de la Universidad Libre durante el año 2016; obtuvo el segundo lugar en el marco del 35 Congreso Colombiano de Medicina del Trabajo y Salud Ocupacional, con la ponencia Marginalidad y subsidiaridad de la reglamentación sobre riesgos psicosociales en Colombia; y adicionalmente se desempeña como asesor y corrector de monografías, ensayos y artículos científicos desde hace dos años.

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