por Elías Abdeel

 

I.

Era temporada de fiestas patrias. Habían pasado apenas tres años desde la última vez que me disfracé de charro para asistir a la noche mexicana que organizaba la iglesia. En ese lugar conocí a Jesús. Jesús era un pequeño mustio hijo de la chingada que se esforzaba por aparentar una inocencia que no tenía. No es que él quisiera ser un hipócrita (ahora lo entiendo) pero su condición de hijo de pastor lo obligaba a serlo. Conocí también a Pedro, el mayor de nosotros tres. El tercero, por supuesto, era yo: Juan; y también el más chico.

Catorce de septiembre. Mis amigos se burlaban de las veces que me vieron con bigotes falsos, un revólver de juguete y un sombrero charro ridículamente grande. Jesús portaba bigotes falsos esta vez. Era nuestro hábito coleccionar charlas afuera de los retretes. Discurrimos sobre lo mucho que le habían crecido las nalgas a Julieta ese año. Repentinamente, Jesús se sacó el pene moreno y arrugado, diciendo: ¡Se la voy a dejar ir toda…! Se oyó entonces cómo alguien jalaba la cadena de uno de los excusados. Nunca nos dimos cuenta que había alguien ahí, cagando despreocupadamente durante toda la charla que tuvimos sobre las nalgas de Julieta. El hombre salió del baño fajándose la camisa dentro del pantalón. Era gordo y chaparro el hermano Sebastián (don Sobastián le decíamos nosotros al principio, pero terminamos por llamarlo únicamente don Sobas) y usaba aquellos lentes bifocales cuyas micas tenían algo de verde mezclado con ámbar. Ni siquiera nos miró. El hermano Sebastián era como una sombra andante en todos lados. No se metía en los asuntos de nadie. Todos sabían que existía y todos sabían que había perdido a su mujer y a dos de sus hijos en un accidente en carretera; el tercero de sus hijos vivía en el reclusorio Oriente desde hacía tres años. Todos sabían ese pedazo de su vida y nada más, pero igual a nadie le importaba una mierda. Salió del baño. Al fin que es el pinche don Sobastián, dijo Pedro, ése güey no dice nada; y tú, ya guárdate esa chingadera que me voy a vomitar, parece un pedazo de caca. Jesús rio mientras estimulaba su pene, diciendo: Ahorita vas a ver qué pedazote. Cámara, putos, dijo Pedro, vamos a ver quién la tiene más gorda, y se sacó el pene a la manera de Jesús. Ándele, maricón, me dijeron ambos, intentando levantar los penes flácidos con jaloneos poco tiernos, Sáquese también la suya. Yo no la tengo grande, les dije, pero sí la tengo bien apestosa. Los dos se echaron a reír mientras me sacaba mi propio miembro. Jesús dijo: ¡Ay, cabrón! Mira nomás. Llegaste tarde a la repartición, ¿verdad? Le pregunté por qué. Porque te tocó pura verga, mhijo. No supe qué sentir en ese momento. Lo primero que pensé fue: Este culero es un marica de primera. Luego pensé que sólo se burlaba de mí. Unas carreras a ver quién se viene primero. ¡Va! No digan pendejadas, mejor ya vamos por los tabacos. No seas nena, me dijo Pedro. Déjalo, es que todavía no le salen mecos; se hace pipí en lugar de venirse. Ja, ja, ja, ja. Pero era cierto: hasta entonces no había tenido una auténtica eyaculación. Oímos pasos. Nos guardamos los miembros. Salimos del baño.

Llegamos a la tienda para comprar cigarros sueltos. Entraba en rigor la ley de no vender cigarros a menores. Eran los noventas, pero los noventas llegaban a su fin. Quedaban dos años antes de que se acabara el mundo (se acabaría en el dos mil, supuestamente). Gobernaba Zedillo  pero aún se hablaba de la muerte de Colosio. Nosotros escuchábamos Nirvana. Fumábamos para no desentonar con nuestra actitud de dueños del mundo. Nos sentábamos en las banquetas, viendo desfilar todos esos culos quinceañeros que nunca serían nuestros, y soñábamos con la idea de perder la virginidad antes de que llegara el último día del planeta Tierra. Yo no lograba convencer a mis padres sobre las voces que, según yo, susurraban mi nombre por las noches.

No. No hubo cigarros esa noche. Le hubieras robado unos a tu papá, pendejo. Pedro se defendió diciendo que su papá ya no fumaba. ¿Qué chingados hacemos ahora? Pues vamos de regreso a la iglesia. No mames. Yo ya tengo un chingo de hambre. ¡Ya sé!, interrumpió Jesús. Vamos a la iglesia, pero no entramos a la fiesta: Pedro y yo nos metemos al carro de tu papá, tú vas y le hablas a la Julieta, le dices que quieres enseñarle algo en el carro, y cuando la traigas, nos la cogemos. ¡No digas mamadas! Sí, Jesús, no chingues; además, yo no tengo las llaves del carro, ni sé manejar. Se las pides a tu papá. Y, ¿qué quieres hacer? ¿Violarla? No, no tanto así. Se ve que es caliente la vieja; la metemos al carro, empezamos a platicar de cualquier pendejada, luego empezamos con temas cachondos, la cachondeamos a ella, y cuando ya esté lista… Lo dices muy fácil; ves mucho porno, valedor. Hay que intentarlo, no perdemos nada. Pero nos ganamos una madriza de sus papás, de nuestros papás y de su pinche novio. A ese güey le vale verga, y a ella también. ¡No sean putos!

Que nos acusara de putos fue la razón por la que, al final, decidimos hacerlo.

 

II.

Ya era noche. Y la noche era muy negra y plagada de cohetones y de vivaméxicos! emborrachados. Los escándalos destellos explotaban desde lejos y su grito nos llegaba a los oídos. Entramos por el ancho y abierto portón que nos guiaba al empolvado estacionamiento de la iglesia. La mayoría de la gente estaba adentro, comprando pambazos, quesadillas o platos de pozole servidos pobremente. Afuera sólo había unos cuantos, esperando a que todo terminara para poder largarse. ¡Ahí está!, dijo Jesús en voz alta. Si quieres grítalo, pendejo, replicó Pedro. Pero era cierto: ahí, al fondo, junto a la entrada principal (pero no a la vista de todos) recargada sobre el grueso tronco de un árbol cuyos ramajes le inventaban un escondite ideal, estaba Julieta, con su culo perfectamente redondeado, sus tetas altas e inflamadas de orgullo adolescente, los hombros descubiertos  que deseábamos morder, y un cuello arrogante y blanco donde todos nosotros queríamos posar la lengua. Platicaba con un tipo que tenía poco tiempo de haber llegado a la iglesia.

Mírala, ya anda de puta con el nuevo. Ya la conoces, contestó Pedro. En seguida me enviaron adentro a pedirle las llaves del carro a mi papá. ¿Para qué las quieres?, me preguntó, como lo había imaginado. Lo que no había imaginado era la excusa que le daría. Es que… se me olvidó un caset adentro; quiero ir por él, improvisé. Nos encontramos, de pronto, en el carro. Todos callados; Pedro, bostezando; Jesús, sacándose los mocos y yo, rascándome la ingle. Sonaba Rape Me en el estéreo del auto. Después de todo, mi excusa había resultado cierta: había olvidado mi caset (In Utero, Nirvana, 1993) dentro del carro. Bueno, ¿y ahora qué chingados hacemos? Háblale, Juan. No mames, yo no le voy a hablar. Háblale tú, Pedro; tú te llevas chido con ella. ¿Por qué no le hablas tú, maricón? Sí, güey, fue tu pinche idea. No valen verga los dos, pinches jotos, dijo Jesús, saliendo del auto.

Al poco rato ya estaba Julieta sentada entre Pedro y yo en el asiento trasero. Jesús, inconforme con su lugar (asiento del copiloto) adelantaba o rebobinaba la cinta, intercalando las canciones a su gusto. Pedro, como siempre, se estaba haciendo el gracioso, y Julieta se reía de todas sus payasadas. A mí se me paraba el pito sólo de ver saltar sus tetas en cada carcajada. Ella, dándose cuenta, sólo me sonreía con ternura, e insistía: Ándale, Juanito, préstame las llaves. Sí sé manejar, ya te dije. Sólo quiero ir a recoger a mi prima a su casa, pero está lejos y si no voy en carro me voy a tardar mil horas. Es que mi papá… ¡Ay, no seas así! Te doy lo que quieras.

¡Bang! Todos sentimos el disparo de esas palabras, porque los tres sabíamos lo poderosas que eran viniendo de una chica como Julieta. Jesús se volvió de inmediato con unos ojos bien abiertos en los que todos podíamos leer: “Pídele una mamada. ¡Pídele una mamada!” Aunque mi cálida erección permanecía, se me helaron las manos de pensar en todas las posibilidades que tendría con sólo nombrarlas.

Un silencio que no duró ni diez segundos nos pareció a los tres una eternidad. No sé besar, nunca he besado a nadie, dije finalmente. A Jesús se le derritió la cara de decepción, mientras que Pedro azotó la palma de la mano contra su frente, sintiendo en su rostro fruncido una inconmensurable y ajena vergüenza. Julieta rio, al tiempo que acercaba sus abrillantados labios a mi cobarde boca. Mis labios entre los suyos fueron como una marioneta que se deja controlar, era mi boca una mujer inepta entre los brazos del bailarín experto, era un perdedor teniendo, al fin, un poco de maldita suerte. Mi pene creciente, duro y gordo, explotó en su primerísima primera eyaculación en el momento que la mano de Julieta tocó mi muslo.

 

III.

Un alto y oxidado cíclope de hierro parpadeaba su luz amarilla sobre nuestras nucas, proyectando alargadas sombras en la banqueta. Las burlas habían terminado (yo aún no sabía que, para entonces, ya habría pasado a la historia como “el que se viene con un beso”) y ahora el silencio era todo lo que nos rodeaba. Yo no quitaba la vista de la otra esquina de la calle. Esperaba ver, en cualquier momento, el carro de mi padre dando vuelta en esa esquina, y a Julieta conduciéndolo con una sonrisa triunfante, esa sonrisa que presumía por todas partes cuando conseguía lo que quería. Sé exactamente lo que cruzaba por las mentes de Pedro y Jesús: ellos pensarían que yo estaba absorto en la preocupación de que me devolvieran el carro de mi padre, de lo que mi padre me haría si algo le pasaba al auto; o atormentado por la vergüenza de haber hecho un ridículo de ese calibre frente a Julieta. No. No pensaba en nada de eso. Pensaba en Julieta, sí, pero no sentía la vergüenza que debía estar sintiendo. Estaba preocupado, es verdad, pero no por mi padre o su auto, sino por saber si Julieta estaría bien, si volvería pronto, si pensaría en el beso que nos dimos de la misma forma en que yo pensaba en ello.

Ahorita vengo. ¿A dónde vas? Voy a buscarla, ahorita vengo. Agarré mi mochila (que sólo contenía un walkman y un montón de casets). Digas mierdas, Juan; estás pendejo. A huevo que está todo imbécil, míralo: pinche cara de retrasado que trae. Me vale madres. Empecé a caminar. Me seguían. Nadie les pidió que me acompañen. Y, ¿qué chingados le vamos a decir a tus papás si nos preguntan por ti? Ni madres, mejor vamos contigo. Entonces no estén chingando.

Entretenidos con hipótesis sobre cómo acabaría el mundo (si por causa de una tercera guerra mundial, o en el ardor de cientos de explosiones nucleares, o en manos de una maligna inteligencia artificial) nos encontramos —sin saber cómo habíamos llegado ahí— en medio de una calle que no reconocíamos. Aunque intervine un par de veces en la charla apocalíptica, no estaba del todo concentrado en ella. Yo aún pensaba en Julieta y me preguntaba dónde podría estar. Güey, ¿dónde estamos?, me preguntó Jesús. No sé. ¿No vivías tú por aquí antes?, le pregunté a Pedro. No mames, yo nunca he vivido por estos rumbos. Pinche Juan, te echaste a caminar a lo pendejo y no sabes ni a dónde vas; y nosotros, más pendejos, venimos siguiéndote. Perdón, estoy distraído. ¡Estás tragando longaniza, como siempre! El motor de una vieja Pickup rugió detrás de nosotros. Nos hicimos a un lado, dejándola pasar. Avanzaba a una velocidad moderada. A Jesús le pareció, arbitrariamente, que sería buena idea arrojarle a la camioneta las bolitas de mierda seca que había junto a la banqueta. No chingues, ¡qué puto asco! ¿Por qué asco? Ya están secas. Pues aviéntaselas tú entonces, pinche marrano. Dando lentos pasos hacia atrás, buscando alguna piedra o algo que arrojarle al vehículo, choqué ligeramente contra una pequeña higuera. ¡Miren! ¡Mejor un higo! Todavía están verdes, están duros. Corté uno y dos más cayeron al suelo. Lo arrojé con demasiada fuerza: pasó muy por arriba de la Pickup. Jesús recogió los que habían caído. Los lanzó. Dos tiros completamente desperdiciados: ni siquiera alcanzaron la camioneta. Pedro, finalmente, cortó otro higo, se colocó en una inmejorable posición de lanzador profesional de baseball, y disparó el higo con fuerza y velocidad precisas. El higo se estrelló contra el cristal trasero del carro. La Pickup se detuvo en medio de la oscuridad y sopló un fatigado estertor. Salió del auto una forma robusta. Pedro y Jesús corrieron de inmediato. Yo intenté hacer lo mismo, pero tropecé en seguida. Mis lentes resbalaron sobre mi nariz sudada y cayeron al suelo. No iría a ningún lado sin mis lentes. Nunca iba a ningún lado sin mis lentes. Los encontré. Me los puse otra vez. Tenía la rodilla lastimada. Cuando al fin estuve de pie, la sombra me había alcanzado. Esa sombra tenía una cara, y una cara tenía un nombre: era don Sobas. A través de esas micas amarillentas, los ojos del hermano Sebastián eran dos gotas tremolantes. Quizá siempre habían sido así, pero nunca lo miré tan de cerca para percatarme. Perdóneme, discúlpenos: no sabíamos que era usted. Por favor, no le diga nada a mi papá, prometo pagarle su cristal, por favor, no diga nada… Continué hablando desesperado y torpe, sin darme cuenta que, mientras hablaba, don Sebastián sollozaba. ¿Qué le pasa, don Sobas…? (lo dije rápido, sin pensar, no fue a propósito) Perdón: don Sebastián. ¿Por qué llora? No llore, no se ponga así. Pero mientras más hablaba yo, más fuerte lloraba él. Era un llanto amargo y pesado. Tan pesado que, poco a poco, sus piernas perdían fuerza, y él se aferraba a mi camisa como implorando. Ya, tranquilo, ya no llore. Lo abracé con la intención de ayudarlo a mantenerse en pie, pero su peso era más fuerte, y de pronto nos encontramos de rodillas los dos. Me di cuenta que de verdad quería contener su llanto, pero no le quedaba suficiente fuerza. Era un llanto demonio que lo había poseído, y le llegaba en espasmos violentos y berreos de recién nacido. ¿Qué lo hacía llorar así? Imaginé tantas posibilidades: imaginé que el hombre había hecho cosas terribles, y se arrepentía en ese instante de todas ellas; imaginé, por otra parte, que él mismo había sido víctima de brutales adversidades en algún infierno del pasado que solamente él conocía; imaginé…

 

IV.

Los cohetones seguían festejando su noche de independencia. Uno tronó más alto y más fuerte. Iluminó el cielo y la calle donde don Sebastián y yo, hincados, nos aferrábamos el uno al otro como si no tuviéramos a nadie más en el mundo. Volvió a estallar un cohete, ahora con mayor vehemencia. Imaginé que el mundo (algún mundo) allá arriba, en cualquier galaxia, llegaba, sin advertencia, al fin de sus tiempos en una violenta explosión cósmica.

 

 

Elías Adbeel nació en la Ciudad de México el 11 de septiembre de 1986. Publicó los libros de poesía De las cosas bellas (2007), Horas viejas (2012) y cinco poemas en el poemario colectivo Rumor de todas partes (2008) con la editorial independiente La orquídea errante, de la cual es cofundador. Publicó su primer libro (de cuentos) Conciencia amordazada en 2005, del cual todavía se avergüenza. Impartió el taller de creación literaria “Voz de la palabra” en la Ciudad de México. Actualmente imparte el taller de apreciación cinematográfica Club Bandaparte en la hermana república de Cuautitlán Izcalli, donde vive con su esposa e hija y trabaja como QA Analyst en Wipro Technologies.

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