por Andrés Rubio Krohne

Vox clamantis in deserto…

 

No sé cuándo ocurrió el cambio, y nunca lo sabré. Si tuviera, empero, que apostar por un momento, señalaría un punto de la noche anterior en que me desperté dentro de la infranqueable oscuridad. Sentí un cuerpo junto al mío —supuse, con justificable ingenuidad, que era el de ella—, y oí sus susurros: estaba hablando en sueños. Recuerdo a la perfección esos ruidos sin sentido, que también supuse, con igual ingenuidad, que provenían de ella. Los he repasado en mi memoria mil veces, preguntándome siempre quién de nosotros dos era el que los estaba profiriendo.

Cuando, al día siguiente, desperté, estaba mirando a través de sus ojos.

Recuerdo que pensé que lo que me hacía moverme contra mi voluntad era un espasmo, y tardé varios minutos en percatarme de que habitaba un cuerpo que no era el mío y que era incapaz de gobernar. Tuve que mirarme —es decir, sus ojos tuvieron que ser dirigidos hacia mí y yo, así, estar forzado a mirarme— para poderme convencer de que mi cuerpo, que veía yaciendo dormido sobre la cama, ya no me pertenecía, y que mi alma, mi entendimiento, o lo que fuera, estaba ahora cautiva en el cuerpo de alguien más —presumiblemente, el de ella—, que se movía como por reflejo, ignorando cualquier orden que yo trataba de darle.

Mientras tanto, mi nuevo cuerpo se arreglaba con silencio: se vestía, se peinaba y lavaba sus dientes, bastante rápido, pero siempre con cuidado de no despertar a ese otro ser que yacía en la cama, al que yo percibía, con el transcurrir de los segundos, cada vez más ajeno a mí, como el recuerdo de un sueño que se disuelve en la vigilia.

La confusión en la que estaba no se había disipado cuando me di cuenta, mientras esta nueva entidad de la que yo formaba parte caminaba hacia la puerta, de que ella, el alma que amaba, y cuyo puesto ocupaba inexplicablemente, había decidido abandonarme —¡y convencida de que yo dormía, ignorante! —.

Mientras conducía su carro —hacia la casa de su madre, según deduje, luego de un rato, por el camino que tomaba—, quise hacerla regresar; cuando entendí que era imposible, quise gritar, estrellar el carro; al menos llorar, pero la impasibilidad del ojo que mis lágrimas no podían vadear, no por quererlas reprimir, sino por desconocer su existencia, terminó de sellar mi encierro.

Quería que todo fuera un sueño, pero esa hipótesis se hacía más inverosímil con el pasar de los días. Cuando me acostumbré a mi nuevo estado, mi único deseo era que ella quisiera volver conmigo —aunque al hacerlo no volviera realmente conmigo, sino con una parte de mí de la que ambos nos habíamos alejado, y cuyo paradero ignorábamos—, en parte porque tenía la esperanza de que, si se acercaba a mi antiguo cuerpo, yo podría hacerlo también y así volver a ser quien fui antes; en parte también porque la indescriptible, insoportable cercanía que tenía con ella no ayudó a aminorar el sentimiento de abandono y desprecio. Aquella esperanza se apagó también cuando mi antigua pareja me reemplazó por otro hombre —y después otro, y otro, y otro— y, aparentemente, se olvidó de mí. Fue hasta entonces que me convencí de que mi condena sería vitalicia.

Por las noches soñaba que era yo mismo.

En cierto punto concluí que la única forma de soportar esa existencia era sumergiéndome en ella —entiéndase, en ella—, olvidando que alguna vez hubo otra conciencia y, como hizo mi amada, abandonarme. Al comienzo, esto me resultó imposible: cada gesto y palabra que, por ser imprevistos para mí, me sorprendían, me sacaban de esa mentira. En las noches de vigilia, cuando intentaba convencerme de que mis cavilaciones eran las suyas y yo, por lo tanto, era ella, surgía de la nada una lágrima inesperada, que me separaba por siempre de ella; recordar que mis pensamientos eran independientes, y que yo, por lo tanto, existía, era el peor castigo. Aún la quería y, más que por la lejanía con mi cuerpo, sufría por el voto de silencio que se me había impuesto con la persona a la que era más cercano, pero de la que estaba irrevocablemente alejado.

Sin embargo, por un tiempo corto lo logré. Dejé de atribuirle mis cavilaciones a ella, dejé de cavilar. Qué fácil se volvió olvidarme de mí mismo y pensar que esos gestos, que parecían tan naturales, eran míos. O, más bien, que yo era suyo. Fueron años, en realidad, de dulce engaño. Cierta satisfacción llegué a alcanzar con la vida que había hecho mía.

Empecé a soñar con ella y no conmigo, y creí en el letargo, como lo creía en la vigilia, que era yo quien elegía las palabras que salían de su boca. Al fin salí del limbo en el que estaba: de la duda del ser o no ser pasé a la certeza de la inexistencia o, aún mejor, a no pensar ni en mi existencia ni en nada.

Fue cerca de la muerte que abandoné, a la fuerza, ese estado complaciente. Durante un paseo encontramos por casualidad a mi cuerpo de otrora —había envejecido mucho más de lo que me parecía posible, y una barba, que nunca se me había ocurrido dejar crecer, rodeaba mis labios pálidos—, y la verdad volvió a mí, imperecedera y amarga.

Un encuentro casual, en una esquina desconocida, reunió de nuevo a los amantes, que parecían haber deseado, en silencio, que eso pasara. Y, mientras se amaban —no creo correcto incluirme en una decisión que me fue ajena y que me habría gustado evitar—, traté de imaginar que esos gritos de placer eran el llanto que sentía. Me preguntaba si ella estaba en mi cuerpo, en un estado análogo al mío. Más que nunca quise gritar, así fuera un sólo “¿estás ahí?”, o un “te amo” que, a diferencia de los demás, proviniera de mí, pero la pared que lo evitaba permanecía igual de invencible y fría. Estaba desesperado por saber si esa cercanía corporal correspondía, realmente, a la que yo imaginaba; si tras esos ojos estaba el alma que yo amaba. Pero ese grito de amor era una quimera, y yo permanecí solo.

En toda regla, fue una violación.

Después de esa noche, los amantes se separaron para siempre, y no volví a ver al cuerpo en que nací. Poco tiempo después me sorprendió la muerte, a la que yo recibí, como último intento de rebelión, con indiferencia. Tuve la gran esperanza de extinguirme yo junto a la torre que me tenía cautivo —o, más bien, quemarme con ella—, pero no fue así. El mundo se oscureció y calló, el dolor fue desapareciendo junto a todo lo que me ataba a ese mundo, pero yo permanecí, sin habitar ningún lugar, sin ver nada. Permanecí para poder estar durante una eternidad preguntándome si eran de ella esos susurros, o si salían de mi cuerpo, llevándome a mí con ellos. En realidad esto no es más que una porfía, tan terca e inútil como preguntarse si todos los cuerpos llevan en ellos un alma disímil, si actúan a ciegas, más guiados por un espasmo que por una voluntad, o como preguntarse si esos cuerpos fueron sólo el sueño de esta conciencia inmortal.

Pero, ¿qué más puedo hacer aquí, entre esta oscuridad que ni siquiera puedo llamar “negra” o “fría”? ¿Qué, si no recordar, repasar, porfiar y, así, erguir mi torre sin final?

 

Andrés Rubio Krohne es una de las causas de los tiempos difíciles que la Biblia auguró.

Ilustración de Giovanni Piranesi.

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