por Rodrigo Mora

 

Ácaro

Tardó con su paseo, cuando llegó encontró que habían cambiado las sábanas, todos habían desaparecido. El ácaro triste escribió canciones al filo del buró, esperando una sábana nueva para acurrucarse.

 

Catarina

Veinte gotas de agua vertidas en el asfalto, la catarina se movió y se retorció. No importó cuántas veces había limpiado cultivos; de cuántas formas había sido llamada en México, Argentina, España, Puerto Rico, Ecuador, Venezuela, o Macondo… Dio arcadas y sus patitas se movieron con violencia, mientras todos pasaban de largo. Una hoja cayó para salvarla, demasiado tarde. La catarina y sus nombres se ahogaron en un charco diminuto. Dejó de moverse.

 

Ciempiés

Recordó sus días de juventud: sus mandíbulas habían sido las más fuertes y grandes de su población, el tamaño había impresionado a todas las de su especie, recordó la manera en la que comía carne, fue una bestia, como sus depredadores comiendo un conejo. Se observó como un viejo ciempiés inmovilizado, tantas patas y no funcionó ninguna. Su recuerdo no lo salvó de las diminutas mandíbulas del ratón.

 

Cochinilla

Ingenua y gris-morada, siempre se creyó especial, había confiado en las palabras de todos. Le dijeron que su caparazón era indestructible, y le enseñaron a enroscarse y no sentir miedo; no asistió nunca a la clase que le enseñaría a esconderse. Al llegar el momento crucial, confió plenamente en su caparazón y se enrolló, mientras todas las demás escaparon. Un zapato de no más de diez centímetros, igual de ingenuo que ella, la pisó sin darse cuenta; el zapato del niño exprimió a la cochinilla y su invencibilidad, también, sin darse cuenta.

 

Grillo

Escuchó hablar de grandes gladiadores al otro lado del mundo, grillos que entrenaban y comían para combatir con otros. Los grillos normales estudiaban para ser músicos o ser saltadores. Pero él no quiso ser ninguna de estas cosas porque lo había influenciado la televisión, un tal Pepe Grillo, entonces quiso ser actor. Soñó, constantemente, con esto entre la puerta de una casa. Soñó que sería el más famoso de los grillos y esto lo llevaría recorrer el mundo y verificar las leyendas de los grillos peleadores. Mientras soñó, el grillo frotó con violencia sus alas sin darse cuenta; la inexperiencia de su música lo delató pues los que estudiaban música habían aprendido a esconder el sonido de sus alas y lo ubicaban en varios lugares para nunca ser encontrados. Unas manos sin pelo cazaron al grillo, fue en vano hacerse el muerto.

 

Hormiga

El cansancio no se reflejaba en sus facciones esqueléticas. El trabajo era completamente agotador, había cuidado a su reina, fue encargada del mantenimiento de su hogar, excavadora, defensora, y terminó recolectando alimento, cargando varias veces su peso a diario. No consideró su situación como una tragedia, tampoco fue feliz, era una hormiga trabajadora, que siempre hizo todo por servir al pueblo. Después de tantos años, su recompensa la llevó un niño de diez años: agua hirviendo en todo el hormiguero.

 

Mariposa

Era la única sobreviviente, todas cayeron siendo capullos o nunca salieron. Esperó lo suficiente para extender sus alas pardas, pudo subir hasta las copas de los árboles en un segundo y volar por encima de automóviles en una gran avenida. No fue vista con asco o con miedo, sino como un símbolo: primavera, libertad, sueños, buena suerte. Unas garras la atraparon y de varias mordidas arrancaron sus alas, el depredador la jugó hasta que sólo se movieron sus antenas. Volvió a ser una oruga. El gato no se la comió, sólo jugó con ella, triturándola en su boca.

 

Mosca

Siempre voló cerca de la porquería, no era carroñera sino superviviente; sus alas y sus ojos compuestos hicieron de ella una especialista en escapismo. Supo perfectamente que lo único que la mantenía con vida era su velocidad. El día en que se atrevió a poner sus patas sobre un plátano casi podrido; la dulzura del plátano la hipnotizó,  fue la primera vez que el verdadero deseo la inmovilizaba. Una mano se acercó, sigilosa, intentando aprovecharse de la mosca despistada, ésta salió de su estupor y echó a volar, pero eran cuatro pares de manos aplaudiendo la audacia de la mosca; una la alcanzó. El silencio fue absoluto y sólo se escuchó la agonía de la mosca: un zumbido. El plátano se pudrió con el tiempo y nadie se lo comió.

 

Oruga

Dos semanas y media reptando, había escalado tallos de treinta centímetros que parecían kilómetros. La oruga estuvo lista para convertirse en capullo, tener alas y volar. Se colgó de una rama del olmo, feliz. Una pelota la hizo caer al suelo y nunca logró salir.

 

 

Rodrigo Mora es estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas de la UNAM. Ha publicado algunos cuentos en revistas como Palabrerías, Rojo Siena, Primera Página, La liebre de fuego, La rabia del axolotl. Fan de la música de los 70’s y 80’s. Hoy su canción favorita es “1979” de The Smashing Pumpkins.

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