por Héctor de Alba

 

Como si el tiempo no pasara en aquella tierra montañosa de puntas verduscas, o si no importara la constante traslación solar allá en lo alto, un viejo agita su chancla a la par que sus latidos irrigan sangre por todo su cuerpo. El vejete está echado al pie de un antiguo camino cerril, por donde todo mundo tiene que pasar si es que necesita ir a algún otro lado (por el sur está un despeñadero, y ya muchos murieron transitando por allí), con la cabeza pegada al pecho, rucando un puñado de pasto. Un sombrero de palma le oculta el rostro de los rayos del sol, viste una guayabera azul rey, un pantalón de mezclilla casi del mismo tono. Su respiración es vigorosa. Más que otra cosa parece un ronquido pues tiene la nariz desviada un poco a la derecha. Por sus grandes fosas nasales salen golpes de aire dignos de un toro cebú.

Sin embargo, algo ocurre a lo lejos, el viejo dejó de mover el pie, levanta, con sus grandes manos negras y arrugadas, el sombrero, dejando ver sus profundos y antiquísimos ojos negros… un ruido.

El vejestorio enseña el pecho hundido, no se abotona por completo la guayabera nunca, ahora está atento de aquel sonido que viene de lejos. Alista sus orejas gordas para escuchar con tremenda atención y contiene la respiración. Algo se agita allá, en el pueblo, se dice frunciendo el entrecejo.

Aprieta las manos y se levanta, con la espalda y las sentaderas espolvoreadas, como alistándose a defender, una vez más, lo que es suyo. El viejo se apresta, se santigua y le dice al santito del templo que lo guarde y le dé valor.

El viejo pueblo de San Sebastián, es un recóndito lugar que nadie conoce, excepto sus habitantes. No figura en mapas antiguos y ni siquiera los frailes españoles, en sus constantes idas y venidas, dijeron cómo dar con ese lugar. Para los generales barbones, esculpidos en armaduras de metal, ellos guardaban simples barricas con fermentos de uvas, algunas especies aromáticas, se dedicaban a cobrar impuestos y había pocas mujeres como para que ellos intentaran mezclarse con esa raza de piel abrasada por el sol. Fuera de ello, no había más a qué echarle la mano, ya que los frailes llevaban los sacos llenos de monedas a la capital. Pero de eso ya hace mucho tiempo.

La capilla del pueblo entre montañas está situada en la mitad del poblado. Una pequeña construcción de piedra y madera que tardaron siete años en construir, por las mismas manos de los provincianos amansados. Hay cinco filas de bancas a cada lado. Un bonito atrio, una piedra esculpida a marro y cincel se levanta debajo de una pared cubierta por ídolos, veladoras, cruces de oro y un cristo de tamaño natural, traído de la madre patria. En un costado, al norte de la capillita, justo bajo la tercera escena del vía crucis, está, adusto, el cuerpo tallado de San Sebastián, el santo patrono del pueblo, vestido por una túnica negra de paño, fajado con una soga de cáñamo, unas sandalias de cuero (traído a beneplácito de los indígenas conversos por los barbudos acorazados). Un rosario de cristal descansa eternamente en sus manos entrelazadas. Todos le son fieles, puesto que muchos milagros, dicen, les ha cumplido. Cabe indicar que aquella pequeña gran construcción, cuya belleza sólo es comparable con la majestuosidad de la naturaleza, está iluminada por el fulgor del oro. No hay parte en donde no haya un gramo del metal. Las bancas tienen incrustaciones en los reposabrazos, las imágenes del vía crucis deslumbran enteramente labrados en laminas de oro.

La primera agitación en el pueblito llamado San Sebastián del Oro, se dio cuando un loco quiso adjudicarse ciertos ornamentos de oro de la iglesia. Todos corrieron a atraparlo. Del árbol más grueso que está a pie del camino cerril, lo colgaron. Le ataron de las articulaciones, dejándole suspendido por cinco días, sin probar bocado, ni ofrecerle un sorbo de agua. Ora, por andar de manilargo, te hayas de quemar en vida. A ver si te expía nuestro Señor, le decían los feligreses renegridos al ladrón, pese a las insistentes súplicas del presbítero por que dejaran en libertad al pobre borracho impío de pueblo. Pero era tal el fervor, y amor, que tenían desde la primera ocasión que las rezanderías a los santos del hombre occidental surtieron efecto y los milagritos se hicieron cosa cotidiana en el área que no dejaron de hacer justicia divina por sus propias manos. Dicho sea de paso que ni los sabios consejos del padre pudo con la terquedad de los feligreses conversos y el hombre aquel murió con la barbilla en el pecho, descoyuntado y requemado.

En las cercanías de aquel lugar rebosa oro y no hay quien no tenga en su poder al menos una piedra de un kilo del precioso metal y los españoles prefirieron no volver a meterse allí porque terminaban locos, muertos de cansancio al picar y picar roca, asfixiados en los túneles interminables o por alguna animosa mano de un fervoroso creyente del santo que debieron dejar de inventarse…

Como fuese, el viejo se levantó como si una catapulta lo aventara de su somnolencia y bajó corriendo el milenario camino serpenteante y empinado del cerro, con la firme determinación de recorrer el trayecto en lo que escupía las hierbitas que justo ahora caían a sus espaldas. El polvaderón que levantaba el viejo era tal que parecía una yunta de bueyes sin encargado la que se despeñaba de aquel enorme montículo de tierra, piedras, pasto y arbolado.

Lo primero que se encontró, una vez frente a la entrada del pueblo, un arco de piedra levantado por las propias manos de muchos que se quedaron más jorobados por la hazaña de alzarlas al pelo, fue a una niña que gritaba con los ojos apretados y las manos llenas de tierra, su vestidito de holanes en los tonos del arco iris, volaba con la gracia que le profería la ventisca otoñal y en sus pies, renegridos, un par de sandalias que seguramente era de alguien mucho mayor. ¿Qué pasa, mija? Le pregunta el señor, quien se agachó para tomarla por los hombros, como si con ello la calmara un poco.

La pequeña, cuya nariz era un mar de mucosidad y sus ojos un cuenco roto al que no dejaban de arrojar agua salada, simplemente alzó su manita por sobre el hombro izquierdo del viejo. Le señalaba la vieja iglesia. El señor giró su cuello lleno de pliegues, casi se escuchaban las arrugas crujir en el momento, alzó un poco el sombrero y entornó los ojos. Allá se veía un mar de gente, la más que podía haber en ese pueblo solitario y avejentado.

Cerca de dos docenas de vecinos agitaban los brazos por encima de las cabezas y lanzaban vituperios, groserías que solían escucharse cuando los hombres se emborrachaban a placer, y gritaban cuanta tontería instalada en su corto vocabulario. Entonces, entre el vulgo, el viejo octogenario se abrió paso por ese mar de miembros alterados y gargantas vociferantes, no sin decirles a quienes con quien se codeaba que se tranquilizaran un poco, que dejaran de hacer tanta maldita alharaca. Ni lo ponían atención al señor que ordeña sus vaquillas para vender leche, hacer crema y quesos.

Enfurruñado, hizo a un lado a una vieja gritona, con el cabello hasta la cintura, al boticario que traía una camisa a la que estaba punto de reventársele los botones y un palo en la mano y aventó a un par más de aquellos que nadie sabe cómo diantre es que sobreviven si no hacen otra cosa más que echarse en el suelo y embeberse cuantos licores les alcance con sus bolsillo. También aventó al dueño de una taberna, la única, por gracia de Dios, en ese bendito pueblo de locos. Y entonces el viejo lo supo todo. La razón de toda esa inconcebible retahíla, de la violenta reunión y el disgusto general del pueblo. El sacerdote franciscano, ataviado con la larga sotana café y unas sandalias de cuero, cubría con su espalda y sus brazos, a una indefensa mujer, ésta a su vez se aferraba al atuendo del religioso. En ese mismo instante, el viejo se puso entre la multitud que reclamaba indefectiblemente por algo que aquella pobre criatura, de ojos saltones y pelo ensortijado, había hecho en lo inmediato. En un arrebato de valentía y demostrando la fe por la rezadita a sus santitos, el viejo abrió la boca, esta vez, con total autoridad, para que así lo escucharan todos y se dejaran de necedades.

¡Sosiéguenseme todos, puesn!, ¿qué es esta gritadera? Les aventó el viejo, quitándose el sombrero a la vez y colocándolo a un costado, en la pernera del pantalón polvoriento. Una señora se le quedó mirando como si con la vista quisiera atravesarle el huesudo pecho y arrancarle el mismísimo corazón. El viejo se sacudió. ¡Pos que aquella salga de abajo de las faldas del padrecito y se enfrente a la ley! Le devolvió el boticario, que alzaba aun más el palo grueso en su mano. ¡Sí, que esa jija de la chingada salga pa’justiciarla! Le siguió otro de los de atrás del tumulto de gente. ¡Sí, sí! hacían eco otros.

De repente, una piedra salió como sin dueño del torvo mundo de gente sin conciencia y le rozó el hombro al viejo. Aquello no fue una buena idea, pensó el viejo.

La grita aumentó, el viejo alzó ambas manos y las mecía arriba abajo, apacígüenseme todos, les decía una y otra vez. Entonces, se volvió hacia el religioso y con una susurrante voz le preguntó: ¿Pos qué ha hecho la pobrecita? Estos parecen que nomás no van a retirarse… El padre, que  trataba de hacerse hacia atrás con la aludida, (no tenía adonde hacerse, pues el cancel de la iglesia estaba cerrado a cal y canto)  lo jaló hacia él y le contestó de la misma susurrada forma: Pues fíjese que… dicen que mató a su esposo.

Se le escaldó el espinazo al viejo. Un frío le recorrió todo el cuerpo al escuchar aquella respuesta, pero es que ella dice que no ha sido su culpa, le siguió diciendo el padre. Y aquella lo empeoró todo. La interfecta ni siquiera lo negaba, ahora era perfectamente entendible la molestia de la gente. Pero, ¿qué es lo que habrá ocurrido para que se cometiera un crimen en estas tierras? Hacía tantos años que no se escuchaba de un sanguinario evento, decenas y decenas y más habían pasado y ni una sola alma había muerto de causa diferente a la natural en estos hermosos parajes enclaustrados por los cerros y el despeñadero.

El viejo apretó el sombrero con los dedos hasta arrugarlo casi por completo, se mordía la mejilla, por dentro, y dudaba muchísimo sobre su actual posición. Ya una piedra lo había sobrevolado y si no hacía algo, escapar al menos, lo lincharían a él junto al padre, que ni la debía, y a la mujer que llamaban loca y bruja. Un caballo relinchó a lo lejos, un perro ladró cual si lo estuviesen amenazando y el tumulto de gente seguía gritando. El padre le golpeó en las costillas. Mire, la pobre niña espantó al caballo… ¡hay que ayudarla! Todos se voltearon hacia ella, la mujer aprovechó la ocasión y se enramó a las altas rejas. ¡Que se nos escapa, la bruja esa, jija de la chingada! Gritó el boticario agitando el palo en todo lo alto.

No jué mi culpa, no jué mi culpa, gritaba la mujer desde un metro de altura, con la falda atorada en la reja, se le había salido una chancla.

El viejo, agitado, volteaba hacia la pequeña y a la vez regresaba la mirada rápidamente hacia la mujer, no vaya a ser que le jodieran una u otra situación. ¡Tú vete a con tus pinches vacas de mentiras y déjanos a nosotros ajusticiar a la bruja esa! Le dijo el tendero de la taberna. ¡Hay que oír lo que tiene que decir la mujer antes de apedrearla!  Les aventó el viejo, que apretaba los dientes, el sombrero y sacaba el huesudo pecho. No sin dejar de agitar las manos para tratar de sosegar los ánimos.

La señora gritaba que no era su culpa, que la habían obligado, su esposo la había obligado a hacer tremenda atrocidad. La arrinconó en la casita de adobe, con la niña aferrada a su cintura y le escupía una y otra vez. Puta, me decía, te voy a matar ora sí, me gritaba, decía la mujer, que continuaba colgada del cancel, como una completa lunática. El padre volteaba hacia los feligreses enardecidos y les obligaba a escuchar. ¿Lo ven? Jacinta no es capaz de hacer una cosa así, nomás porque sí… dijo. Pero haiga visto padre, su marido está pior que un marrano desollado… le rebatía la mujer regordeta.

Aquello no parecía tener fin. La cantaleta no parecía acabar. Nadie bajaba una mano ni dejaba de vociferar por lo bajo. Y a todo pulmón. Estaban determinados a matar a la pobre Jacinta. Una pobre mujer atacada por todo tipo de demonios.

La pequeña de allá, que corría despavorida, sin dejar de sollozar y berrear, era la hija de Jacinta, seguramente tenía algo que decir con respecto a tales hechos. Cosa que se le antojó posible al viejo del pecho huesudo y tatemado por el sol. Alguien vaya a preguntarle a la hija de Jacinta qué jué lo que aconteció, gritó. Seguramente ella tenía una buena opinión de lo acontecido, o no.

La vieja gritona, con el cabello hasta la cintura, se acercaba al viejo octogenario, con una mirada extraña, decidida a zanjar la situación de una vez por todas. El boticario también se acercó, con la misma expresión. El padre se echó hacia Jacinta, tembloroso, trastabillando una y dos veces, pues caminaba hacia atrás. En eso, el viejo atisbó una mirada extraña, no porque la buscara, sino porque sentía que le quemaban la frente unos ojos malignos de esa parvada enloquecida de aves sin plumas, y sin fuerza para volar. Otro escalofrío lo recorrió y perdió de vista al par que ya estaba delante del padre, haciéndolo a un lado con violencia, sin respetar la sotana, y agarraban a Jacinta de los brazos. Esta pataleaba. Entonces, el viejo se volteó hacia ellos y sin más, una piedra de similares características a la anterior le atinó en la sien izquierda. Todo fue negro, después de un brillante punto cegador en medio de los ojos.

Los brazos estaban entumidos, picores desde los hombros hasta los nudillos recorrían cada uno de las extremidades y la barba le picaba el pecho, el viejo abrió los ojos, amarrado a un árbol frente a una extraña imagen. ¿Acaso un maldita coincidencia? De su cabeza había brotado un río de sangre. El padre estaba a su lado, igualmente amarrado, pero no le había tocado un pelo, aparte de la aventada al suelo cuando se hicieron con Jacinta los pelmazos aquellos, que aullaban frente al árbol maldito. Aquel donde colgaran al ladrón de las estatuillas sagradas hace tantos y tantos años. Y estaba Jacinta amarrada, de igual forma, con los brazos extendidos hacia arriba y las piernas abiertas en un incómodo ángulo, treinta centímetros sobre el piso.

¡No matarás, no matarás! Se escuchaba que gritaba uno de los tantos de aquella multitud encolerizada. ¿No matarás?, pos si es precisamente lo que están haciendo ustedes, blasfemos,  pensó el viejo, quien volteó a ver al padre. No hay mucho que decir, hijo mío, le empezó a decir, sin tomar en cuenta que el viejo del pecho al desnudo era por lo menos treinta años mayor que el sacerdote, sólo esperaba, tontamente que no llegaran a esto.

La vieja antología, con la que solían espantar a los niños antes de irse a dormir, con la consigna de que estos no hicieran travesuras ni mucho menos, decía que de vez en cuando, por el oro que había en esas tierras, subían un buen número de demonios y se posesionaban de las almas de los habitantes más buenos. Los hacían cometer crímenes y después se largaban, dejando locos a sus víctimas o peor aun, muertos por una multitud delirante. Eso lo sabía el viejo, muy bien, y el padre, y hasta la pequeña cuyos gritos ya no se escuchaban, pues estaba oculta en algún rincón de la casa, con el cadáver de su padre, todavía tibio enfrente, de seguro. Y esta ocasión, no parecía algo de otro talante.

Hoy vino Jacinta, muy temprano, con las manos ensangrentadas, gritando que le ardía la frente y que no sentía que le latiera el corazón, le canturreaba a lo bajito el padre al viejo. Por esta que tenía los ojos más negros que el carbón, hijo mío, y me decía que no había sido culpa suya, que no había querido hacerlo. Entonces sacó de una bolsa, envuelta en trapos viejos, al Santísimo, yo ni me había dado cuenta. Imagínate que en plena misa no estuviera aquello… sería una verdadera calamidad. La cosa es, pues, que Jacinta me dijo que su marido había robado aquello y pues ella, como buena y fiel hija de Dios le dijo que debía regresarlo. No se con qué objeto roba la gente esas cosas sagradas, digo, no es que se las vayan a comprar, ¿o sí? en fin, que agarró el machete y le partió un brazo en dos, el otro en tres trozos y le rebanó la panza… el viejo tenía un semblante funesto, aunque amarillento por el asco de lo que su imaginación se atrevía a configurar tras el tétrico relato del religioso.

¡No matarás, no matarás! ¡No robarás, no robarás! Cantaban, excitados, los fieles alocados aquellos mandamientos que parecían no terminar de entender, bien a bien. Quizá uno sí, sin embargo linchar a una cristiana así porque se les hinchan los pechos y las tripas no era precisamente hacer justicia divina. La ley del Talión era una jugarreta con la que antaño evitaban, o multiplicaban los crímenes. Ojo por ojo, pensó el viejo mientras observaba los palos en el aire y escuchaba cómo se animaban a acertar el golpe final a la pobre Jacinta, la endemoniada que simplemente quería hacer ­entrar en razón a su mutilado esposo y devolver lo robado. Pero se pasó con las medidas que tomara en ese momento, o la posesa era ella. ¿O la multitud enardecida? El viejo, a esas alturas, creía que todos eran parte de un macabro juego sin sentido, sólo por derramar sangre en ese bendito pueblo hermoseado por los pinos, los oyameles, los rosales, los mandarinos, los manzanos; y sus vacas.

¡Dejen en paz a la pobre de Jacinta, déjenla en paz! Les gritó desgarrándose así la octogenaria garganta. Pero nadie le hizo caso. Sólo escucho, como si le escupieran las palabras en el oído: Nomás recuérdate quién fue el que descalabró aquel ladronzuelo y después pides paz y sosiego, maldito vejestorio…

Y se enderezó cuanto pudo. De pronto aquello tenía sentido. Por eso estaba allá arriba, rucando pastura, y meneando el pie en el aire, pues así solía hacer a diario, él, quien ya no podía verse al espejo sin reconocer al que estaba debajo de las arrugas. Al joven que ayudara, más bien, asesinara al ladrón de los ídolos de su preciada iglesia. Él había gritado ¡No robarás, no robarás! Al lado de un buen número de personas que murieron pocos años después, de tuberculosis. Únicamente restaba él, el viejo loco que ni vacas tenía, era el único sobreviviente de una multitud embravecida que había matado a un joven, según contaba la leyenda, porque un demonio se le había metido al pobre que hurtó un buen puñado de figuras de oro puro.

A partir de lo que él, el viejo del pecho huesudo, había empezado aquella mañana de Octubre, los niños recibían una letanía, noche tras noche, para que fueran buenos niños y obedecieran la ley de Abraham.

Y así, como salido de un terrible cuento de terror, todo se tornó en sombras.

La multitud continuaba gritando, la niña estaba con las rodillas en las orejas y la bruja Jacinta relinchaba del dolor que le provocaban las piedras que le lanzaban una tras otra. Si mencionar los palazos que le daba el boticario. Ese se va a volver rete loco como yo, se dijo a sí mismo el viejo.

Se volteó hacia el padre que no dejaba de mover los labios conjurando y pidiéndole a Dios todo tipo de milagros y, con voz firme, clara y lúgubre, le dijo: pus ni hablar, padrecito, hoy sí que se jodió todo. Sonrió. El padre lo vio como quien mira a un loco, y mientras tanto, allá en el árbol le daban a Jacinta un palazo tal que le tronó la nuca; falleció en el momento mismo que la madera le hacía una herida fatal en el cráneo. El sonido retumbó como un temblor y todo se volvió sombras. Capaz que el padre jamás dejaría de rezar después de tremenda atrocidad. Mal haría.

 

 

Héctor de Alba Salcedo. Escritor jalisciense. Ganador del concurso de cuento “Zazamilli 2015”. Ha publicado cuentos en las revistas Luvina, Clarimonda, La Peste. Participó en el workshop de novela corta 2016 impartido por Eugenio Partida en el CECBA.

Ilustración de Andrew Wyeth.

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