por Caterine Dos Ramos

 

Al revisar Sangre Patricia (1902), de Manuel Díaz Rodríguez, sería imposible negar la importancia que tiene el personaje de Tulio Arcos dentro de la novela, dado que la obra se desarrolla dentro de los difusos y nebulosos pensamientos de este joven venezolano residente en París. Además, la obra detalla las relaciones que este mantiene con ciertos compatriotas que residen en la misma ciudad, también exiliados debido a la Guerra Civil que ocurre durante ese momento en su país.  

Más allá de la preponderancia que Tulio Arcos posee como protagonista de la obra, nos interesa analizar al personaje de Belén Montenegro, la prometida de Tulio, a quien consideramos parte primordial de la novela, incluso casi como el hilo conductor de la narración. Para esto, tengamos en cuenta que la historia inicia con su aparición –casi misteriosa– en el transatlántico que la lleva junto a su prometido. Poco después, por causas desconocidas, Belén fallece a bordo del navío y, en un ataúd decorado con flores medio marchitas y otras pobres hechas de tela, es arrojada al mar antes de que su cuerpo empiece a descomponerse. Todos lamentan su pérdida, a pesar de lo poco que la conocían, ya que casi todos los navegantes y viajeros habían sido hechizados por la belleza de la joven. Pero quien más se lamentará y se verá afectado por su pérdida será Tulio Arcos, quien recibirá la terrible noticia una vez que el transatlántico llegue a las costas de Francia y quien jamás tendrá un cuerpo que velar porque el océano se lo ha arrebatado.

A partir de entonces, la figura de Belén se difuminará en forma de fantasma o espejismo, y aparecerá recurrentemente en los sueños e imaginaciones de Tulio hasta transformarse casi en un ente que lo persigue y acosa, incluso en la vigilia, llevándolo a la locura y posteriormente a la muerte.

Considerando lo dicho, nos interesa reflexionar sobre la figura de Belén partiendo de los arquetipos de Koré y Hécate planteados por Fernando Rísquez en su Aproximación a la feminidad (1992). Analizaremos, entonces, al personaje como una doncella bruja, como la joven hermosa que, por medio de sueños y fantasías, lleva al joven enamorado hacia su desgracia.

Pero, antes de introducirnos en la novela, explicaremos el concepto de arquetipo de Carl Gustav Jung, manejado por Fernando Rísquez. Según Jung, “el arquetipo es una especie de disposición para producir una y otra vez las mismas ideas míticas u otras similares. […] Por tanto podemos suponer que los arquetipos son impresiones recurrentes producidas por reacciones subjetivas” (1917, 69).

En otras palabras, los arquetipos son imágenes primordiales u originarias que pertenecen al inconsciente colectivo, imágenes comunes a todos los seres humanos. Son producto del factor anímico y se representan simbólicamente en sueños o fantasías como figuras primitivas o arcaicas de mitos y leyendas en todas las culturas.  Dicho esto, volvamos a la figura de Belén.

Ella se nos muestra desde el inicio casi como una aparición, como una “presencia milagrosa” que encanta a los viajeros a bordo, quienes además sienten envidia de Tulio, su prometido. Ella es presentada casi como una divinidad, como “una diosa del mar venida de las ondas”. Su presencia surge aparentemente de la nada y su desaparición, antes de su revelada enfermedad y muerte, tienen también aire misterioso y sobrenatural. Algunos navegantes conocen un poco sobre su historia y a qué se debe su viaje pero, más allá de ello, no se pueden crear una idea exacta sobre su persona. 

Ciertamente, esta caracterización de Belén con matices de misteriosa deidad marina está presente en su descripción física. El narrador utiliza continuamente adjetivos y símiles que remiten a lo marino, a lo verde, a las algas, etc., para describírnosla: “tenía los ojos como glaucos remansos limpísimos cuajados de sueño, y el cabello, como un alga rizada y obscura que trenzaron las ondinas con sus diáfanos dedos luminosos” (Díaz Rodríguez: 1982, 186).

Esta relación del personaje con lo oceánico y lo divino nos recuerda una característica esencial del modernismo al que pertenece la novela: la atracción por lo sobrenatural, la magia, lo fantástico y lo exótico. Caracterizar a Belén con atributos de divinidad del océano le da a su figura un elemento mítico que la simple y plana descripción de sus rasgos no hubiera tenido. Pero más allá de este aspecto, nos interesa esta relación con lo marino para referirnos al arquetipo de Hécate, que trabajaremos más adelante. Antes ahondaremos en sus cualidades como Koré o doncella.

Rísquez define como un elemento importante del arquetipo de Koré que no está únicamente relaciona a lo femenino sino, más bien, algo que destaca de este arquetipo –y en parte lo diferencia del de Deméter y Hécate–, es su conexión con lo masculino: “Lo más femenino, esa flor intocada e intocable, está conectado con la virilidad en forma tal, que no hay doncella sin varones. Aquí hay una contraposición o una identidad en la cual aparece la doncella con el marido” (Rísquez: 1992, 71).

Belén como cualquier doncella es aquella que está lista para el matrimonio, es entregada a un hombre para ser su mujer y probablemente convertirse en Deméter, en madre. Pero, por su repentina muerte en el mundo de lo oscuro –el mar–, no alcanza a convertirse en Deméter y es por ello que se transforma en Hécate. Rísquez además nos comenta que el vínculo que se crea entre la doncella y el varón a través del matrimonio “está conectado misteriosamente con la idea de muerte: doncella y marido, igual muerte” (71).

Por lo tanto, Belén es la doncella que atrae y puede ser dadora de vida, de naturaleza –por eso su conexión recurrente con las flores y lo vegetal–, pero es también la terrible anunciación de la muerte. Ella es la que lleva a Tulio a su propia destrucción. La doncella unida al “intruso”, al hombre, a lo viril, lleva irremediablemente a la muerte y es allí donde adquiere sus cualidades de Hécate, de bruja.

Hécate es la divinidad griega de las encrucijadas pero también de las tierras salvajes y los partos. Está asociada a la magia y es considerada la reina de la noche, de los muertos y de los fantasmas. Fue “relegada lentamente en el curso de las civilizaciones, a formar parte del inconsciente colectivo bajo un nombre que en todos los idiomas significa lo mismo: la bruja” (84).

Como ya se dijo, las múltiples asociaciones de Belén con lo marino, lo subterráneo y lo inconsciente la relacionan a lo monstruoso y la acercan aún más a este arquetipo. Rísquez nos dice que “todo lo que viene de la profundidad del mar, del reino de Poseidón, dios de las tinieblas marinas, tiene que ver con Hécate” (84-85). Esto se relaciona principalmente con la fusión de la figura de Belén con la imagen de la sirena. Para ejemplificar esto, tenemos las palabras que Tulio Arcos le dice a un amigo durante su viaje de regreso a Venezuela:

–Pues bien: espero a una sirena. Hay una sirena que me sigue. La conocí en el Mediterráneo. Entonces, quizás para seducirme, tomaba el semblante de Belén, ¿sabe?: el semblante de mi novia. Pero es una sirena, sin duda. En este viaje, sobre todo más acá de los Azores, ya no me sigue: me persigue (Díaz Rodríguez, 232).

La sirena, igual que la mujer fantasma que acosaba a Tulio durante aquellos momentos entre el sueño y la vigilia, se desvanece cuando la luz del día empieza a clarear. La bruja tiene control sobre el hombre casi únicamente durante la noche, cuando se encuentra en su mundo, en el mundo de los sueños, de la oscuridad y de la muerte. Y si no se encuentra en éste, debe operar entonces sobre el sueño del hombre, sueño al que constantemente se entrega Tulio Arcos:

El sueño lo asaltaba en la calle, en el café, en todas partes, como un encantamiento súbito. En apariencia espontáneo, se lo sugerían en realidad muchas cosas, como ciertas esmeraldas entrevistas en el escaparate del joyero, el follaje nuevo de los árboles, la turbia linfa del ajenjo y de otros licores, la onda glauca del río y cuantas cosas le recordaban, por su color, las aguas del océano y los ojos de la amada (213).

La doncella bruja atrae al hombre al ensueño –a la inconsciencia–, a través de la presencia de elementos que evocan el recuerdo de la mujer amada. Rísquez nos menciona que durante el sueño o las alucinaciones “estamos bajo filtros mágicos de envenenamiento o de amor” (84), o dicho en otras palabras, estamos sometidos  a los poderes de Hécate. Tulio, entonces, está constantemente entregándose al mundo de la bruja. Sueño y realidad se funden, impidiéndole un escape.

Considerando esto, se podría pensar incluso al “fantasma de Belén” como un súcubo o vampiro que, utilizando la apariencia de la mujer amada, consume la vida y energía de Tulio y lo atrae hacia su destrucción. Por ello Tulio regresa enflaquecido y pálido de su viaje por el Mediterráneo, porque tuvo un constante contacto con la doncella bruja.

Como nos explica Rísquez: “aquella parte siniestra de las mujeres encantadoras, las venusianas, que consumen al enamorado pretendiente en el fuego talámico. Decimos que esas mujeres tienen ‹‹mala mano›› porque conducen a los hombres a la locura y a la muerte” (88).

El fantasma o espejismo de Belén, sigue siendo tan encantador como la Belén real, al punto que Tulio no puede resistirse y se entrega múltiples veces al ensueño cada vez que su mirada se pierde observando el agua u objetos que evocan este elemento por su color acuoso o verdoso. Belén, como bruja, utilizando sus encantos, lleva con ‹‹mala mano›› a Tulio lentamente hacia la locura y hacia la muerte.

De igual modo, el peligroso encanto de Belén no pone en riesgo únicamente a Tulio, sino aparentemente también a los personajes que la rodean durante la travesía en el transatlántico. Estos, hechizados por su misteriosa hermosura, olvidan “los peligros y asechanzas del océano” atribuyéndole a sus cualidades de deidad marina la incapacidad del mar de irse en su propia contra, ya que este no envía tempestades o ciclones contra el barco donde viaja la supuesta diosa del océano.

Así, los símbolos del mar, el agua y lo marino se vuelven casi obsesivos en la novela especialmente en la consciencia de Tulio. Belén se presenta ante él en sueños que con el paso del tiempo se van difuminando cada vez más, como si el propio océano se fuera llevando su consciencia con las olas. Cuando Belén ya no se presenta “físicamente” como fantasma, se presenta como símbolo a través el agua. Tulio se obsesiona con el mar a tal punto que él mismo se entrega a este, accediendo a hacer el viaje por el Mediterráneo –donde la sirena lo seduce– y a donde finalmente se lanza, hundiéndose como ella en los brazos del océano.

Anexo a todo lo anterior, hay que comprender que la dualidad de Koré como posible Deméter o posible Hécate son cualidades intrínsecas al arquetipo, el cual puede convertirse incluso en una Deméter-Hécate, caso que no ocurre con Belén a falta del elemento de la maternidad, como ya se mencionó.

Tampoco hay que olvidar que Koré es uno de los tantos nombres que recibe Perséfone, diosa griega hija de Deméter y esposa de Hades, dios del Inframundo. La doncella tiene entonces un doble temperamento por sí misma: es la doncella que puede traer vida a la tierra como la hija de la fértil madre; pero también se relaciona con lo oscuro y lo subterráneo, como esposa de Hades, dios de la muerte.

Teniendo en cuenta esto, parece inevitable que la relación de Tulio con Belén llevaría a su muerte. Más importante aún, es el hecho de que Tulio por pertenecer a la gran familia de los Arcos, familia de libertadores y luchadores, estuviera destinado a lo grande, pero todas las oportunidades de triunfar perecen al entregarse a la doncella bruja. Belén como bruja destruye la poca descendencia que queda de la familia de los Arcos, imposibilita la continuación del árbol familiar. Las voces y fantasmas que Tulio ya escuchaba y observaba en su casa podrían pensarse como advertencias que los espíritus de su familia lanzaban contra él, para que se cuidara de la doncella bruja, para que siguiera el gran camino de sus ancestros, lejos del ensueño. Pero Tulio, ya condenado por su propio ensoñamiento, se lanza a los atroces brazos de su doncella bruja, de su fantasma, de su sirena.

También es interesante pensar el elemento del ensueño –o del inconsciente–, como parte importante de la estética modernista, la cual buscaba a través de todos estos elementos fantásticos, exóticos y preciosistas, descubrir lo oculto en la realidad. Así también, con el Modernismo se hizo popular la figura de la femme fatale. Este personaje femenino es aquel que condena la vida, convirtiendo el amor en muerte, utilizando su sexualidad para atrapar al hombre y llevarlo a su perdición.

En conclusión, consideramos que el personaje de Belén se adscribe acertadamente al arquetipo de Hécate por sus características como bruja que en fantasma o espejismo atrae al hombre hacia su propia destrucción. La transformación de su imagen en una sirena encaja perfectamente con ello, porque como esta criatura mitológica, Belén atrae con su hermosa apariencia y bella voz a Tulio, al navegante, que ante la milagrosa presencia de la joven amada, se rinde profundamente. La bella doncella fallece en el mundo oscuro del océano y como “tesoro virgen destinado al frío abrazo de las olas” se convierte en terrible bruja, pero para mayor desgracia del hombre, conserva su hermosa figura aún como un ensueño.

El inconsciente que gobierna la novela parece producto de los artilugios de la bruja, que en forma de Koré, condena la vida y la sangre del esposo. Así también la asociación de Belén al mar pero también a lo vegetal, la alza como símbolo eminente de la naturaleza. Esa naturaleza arrolladora que con la fuerza aplastante de las olas del océano, destruye navíos y ahoga marineros. Esa naturaleza que como origen del hombre, lo acosa y persigue, como las voces y sombras del árbol familiar de los Arcos en la mente y el corazón de Tulio.

Finalmente, Belén cobra importancia en Sangre Patricia más allá de su obvia conexión amorosa con el personaje principal. Ella con su forma de fantasma gobierna la obra y la guía constantemente con su “mala mano” de doncella bruja, llevando al desgraciado esposo a su desenlace tan trágico.

 

Referencias Bibliográficas

Díaz Rodríguez, M. (1982) Sangre Patricia en Narrativa y Ensayo. Caracas: Biblioteca Ayacucho. Selección y Prólogo de Orlando Araujo. (pp. 163-234) [Versión digital].
Jung, C. G. (1970) Arquetipos e inconsciente colectivo. Barcelona: Paidós Ibérica, S. A. Traducción de Miguel Murmis. [Versión digital].
Jung, C. G. (1917) “Sobre la psicología de lo inconsciente” en Dos escritos sobre psicología analítica. Traducción Rafael Fernández de Maruri.
Rísquez, F. (1992) Aproximación a la feminidad. Caracas: Monte Ávila Editores. Prólogo de Juan Liscano. Comentarios de José Luis Vethencourt.

 

Caterine Dos Ramos. 22 años. Caracas, Venezuela. Estudiante de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello e integrante de TeatroUCAB. Dibujante, cosplayer y artista autodidacta. En general le gusta desarrollarse en casi cualquier actividad artística y alguna vez le gustaría unir sus dos pasiones, la ilustración y la escritura, y publicar libros con el montón de ideas e historias que pasan por su cabeza.

Ilustración de Ernst Ludwig Kirchner.

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