por Camilo Cardona

La muerte es el más azul de los caminos.

–René Crevel

 

El acto de suicidarse es sucumbir ante el azar de la vida antes de hacerlo ante el de la muerte. Su ejecución no debe tomarse a la ligera, en ningún aspecto, y se debe tener la férrea seguridad de morir a mano propia y evitar cualquier error, tanto físico, moral, espiritual o incluso estético (no vaya a ser que nos ejecuten por fallar). Mientas resuelvo los detalles más pequeños, y por tanto más importantes, les diré las que considero yo formas vulgares o molestas de realizar este acto de valiente cobardía.

En este escrito dejo como potestad la oposición de morir saltando, no importa si desde un edificio, hacia un cuerpo acuático o a un medio de transporte en movimiento; cada una con justificable razón, dejando fuera un lugar al reproche. La primera es inadmisible dado lo corriente de lanzarse desde el lugar más alto posible de una ciudad, además, el organismo se destruye y la impresión de la gente no tendrá que ver con las causas de tal acto –lo primordial siempre debe ser la interrogante del por qué– sino por lo grotesco y delicado de un cuerpo reducido a una nada rojiza. Por lo mismo, saltar a un lago, estanque, río y demás, es un atropello a la misma idea del suicidio, y lo digo por el hecho de lo sofocante e irritante al concebir el martirio de un epiléptico pero con agua entrando y saliendo de los pulmones y con la incertidumbre de saber el momento, misericordioso, donde la inconsciencia dicta el inicio de la muerte. El único reproche que le encuentra un suicida, siendo un poco más perspicaz que el resto de desdichados, es la posibilidad de un corazón que lata a tal velocidad que provoque un infarto antes de lidiar con el asfalto o cantidades de agua más cercanas a lo que traga una ballena y no un humano. Las complicaciones que acabo de mencionar son de índole personal, y en lo que me concierne solo deberían afectar al susodicho a la hora de un posible intento por estos medios; en cambio, saltar de un medio de transporte perturba a más personas en el proceso de egoísmo, y con la probabilidad de acierto más cercana a cero que a uno, e incluso se arriesga uno a seguir existiendo, enfrascado en recuperaciones tediosas y procesos legales. De modo que no es rentable, y es preferible ser anónimo con nuestros dolores impidiendo mayores complicaciones. Sin embargo, si tu pensamiento es morir por un ideal, eres bienvenido a hacerlo, Tánatos no discrimina razones (excepto estéticas).

Luego están las armas de fuego y las cuerdas. El primer caso lo encuentro irritante por lo destructivo y caótico de los resultados, que si son positivos, no son correctos y su belleza es menor, es decir, no puede, ni debería, ir de la mano con este proceso tan cautivador. Saltar, que aquí sí es admisible, al estrangulamiento, es una aproximación poco hermosa y práctica, ya que la inconsciencia que se produce al perder la respiración, atrasando el proceso hasta límites tediosos, no permite controlar la eventualidad de una cuerda que ceda en su nudo o ante el peso del sujeto, y figúrense la cara de horror ante los espasmos automáticos del cuerpo. Un suicidio tal no merece llevar la palabra “arte” como su sinónimo.

Ahora bien, a veces esperar vale la pena, excepto en el amor que es la tortura más horrenda, y si alguna vez la padece y desea suicidarse, queda liberado de estas reglas talladas en piedra: y tome acción lo más rápido posible, que la muerte es mejor que la vida en pena. Por otra parte, si aspira a algo que pueda ser laureado con epítetos, a la manera clásica, es mejor que siga del modo más preciso las siguientes instrucciones para un suicidio no solamente correcto, sino hermoso. Para comenzar, no dé la más mínima señal de alerta a sus conocidos, evitando frustraciones con auxilios desconsiderados. Piense en su suicidio como el plan y las precauciones que tomaría un psicópata a la hora de acechar a su víctima, imagínese los escenarios más absurdos donde el plan fallaría y tome acción para que no sea el caso. En resumidas cuentas, sea minucioso con la ejecución. Aclaro que esto es para gente perspicaz, y si usted, lector, ha sido un flojo en su existencia, es mejor que también se despache a la mayor brevedad con uno de los métodos prohibidos.

Es necesario dejar fuera de la ecuación a los enamorados de la vida –repulsivos seres–, es hora de tomar la elección del lugar de deceso. No escatime en gastos, consígase una habitación en el lugar que siempre ha deseado visitar: la cuidad más gris, el balneario más alejado o el resort más artificial. Conviértalo en el regalo más grande que se ha dado, y si quiere darle el agridulce toque de la ironía, realice esto en el día de su cumpleaños.

Si no le tiene temor a la sangre, le exijo que se recueste en la cama del espacio que ha reservado para el disfrute de no vivir; en cambio, si le teme al color de la vida, hágalo en la bañera. Paralelamente, debe crear una lista con sus canciones favoritas, el acompañamiento musical es un punto de inflexión, y sin este, la experiencia estará más muerta que usted. De nuevo, quiero pedirle que no se detenga en trivialidades sobre detalles que se le vayan ocurriendo y puedan impedirle tomar el impulso final; libérese, sea un acto estético de principio a fin. ¡Su acto será hermoso, poetas le harán versos, narradores pontificarán sobre su éxito!

(Hasta acá, alguien atento pensará en por qué no he dado importancia a las razones que podrían conducirle al suicidio. Las razones son variopintas, mi juicio no las penetra y tampoco está interesado).

Es menester concluir este escrito lleno de sinrazón, y la única forma de hacerlo es hablar del objeto cortopunzante y las sensaciones que precederán al maravilloso punto final. En primera instancia, deberá ser una navaja de barbero, el instrumento de los cortes más limpios que tengo en mente, y son dos puntos donde la herida silenciosa derramará sangre: uno que comience desde la muñeca hasta el codo; el otro, en la parte posterior de la rodilla subiendo por el isquiotibial. Ambos verticales y sustanciosos, siempre con la firmeza de un dios sin piedad. Aparte de eso, las sensaciones que tomaran su cuerpo no serán nuevas, y déjeme decirle que toda su vida lo ha practicado en el momento que ha ido a su cama; delibere acerca del sueño más profundo y placentero que tomará. Todo será un movimiento propiciado por el viento en la suave arena.

Sin embargo, si no ha sentido seguridad en lo que le he dicho, puede remitirse al último capítulo de Opus Nigrum de Marguerite Yourcenar. Sea inconsciente de su decisión y le pido que disfrute sin oponer resistencia.

 

 

Camilo Cardona es un pésimo retazo de escritor, de esos que han perdido el color en los harapos. Tímido ejecutor de ideas. Tiene afición por tres de los siete pecados capitales; obsesionado con Japón, Buster Keaton y las historias agridulces. Espera disfruten del horrendo ejercicio que hice para una materia de la carrera de Estudios Literarios. Es del país de la estirpe maldita.

Ilustración de Édouard Manet.

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