por Joselo G. Ramos

 

Pásame un vaso. Yo le dije que no se le hiciera fácil, que no se fuera a largar para allá, pero estaba terco con eso de ganar dólares, en conseguirse una güerita para que le arreglara los papeles; tenía muchos problemas con los narquillos de aquí porque les debía mucho. Además, tú ya estabas por nacer y a él no le gustaban los niños, ni cuando era un mocoso le simpatizaban los de su edad. Uno siempre lo veía en el taller de tu abuelo, inflando llantas, fumando a escondidas o tragándose las cervezas que a veces le daban los mecánicos de la esquina, pero ellos eran bien mañosos y le dejaban pura saliva. Sí, tu papá era bien canijo, se iba a donde había carros estacionados para poncharles las llantas o mínimo vaciarlas. Rápido la refaccionaria de tu abuelo agarró buena fama. Pero siempre se le hacía raro que cuando su mocoso estaba en la escuela, la clientela bajaba, hasta que un día yo andaba de vago por ahí; tu abuelo me habló a gritos, me agarró de la oreja y me mandó que fuera a seguir al Marcelillo, pero con cuidado, sin que se diera cuenta. Y ahí voy de pendejo atrás de él; al principio no veía que hiciera maldades, nada más caminaba. Lo seguí a escondidas por un buen tramo, hasta que se detiene al lado de un vocho, veo que se agacha despacito y le entierra un clavo a la llanta, luego, el muy cabrón, saca de sus bolsas un puñado de clavos para regarlos por ahí, como plantando la evidencia del accidente. En chinga me fui corriendo para llevarle la noticia a don Cruz, se puso todo rojo del coraje, me dio tres pesos y me pidió que me fuera. Pero yo de morboso me quedé en la esquina de su casa para esperar a Marcelo, eso sí, no vi nada, sólo escuché la madriza que le puso. Como te digo, tu jefe siempre fue un cabrón.

¿Dónde compraste esta madre? Está bien fuerte. Don Cruz tampoco quería que se largara, sobre todo porque él odiaba toda la cultura gringa, en serio, tu abuelo se cagaba encima de todo lo que pareciera venir de allá, eso ya lo debes saber. Lolita, una mujer que no conociste porque murió muy joven, siempre estuvo bien enamorada de tu papá; ella me contó de otra chinga que le puso don Cruz a tu jefe, todo porque fue a presumirle la radio portátil que le había traído su hermano. Marcelillo, bien emocionado, encendió la radio y agarró una estación en la que estaban pasando una canción en inglés, en eso que va entrando tu abuelo y, de escuchar esas cosas en su propia casa, se puso bien alterado, quiso sacar a Lolita jalándola de las greñas, pero ella se aguantó porque quería su radio de vuelta. En eso, don Cruz la deja chillando en el suelo y se va directito a dar de pisotones al aparato y luego agarró al Marcelo para darle con un tablón en las meras nalgas. El papá de Lola fue a reclamarle, pero tu abuelo nunca se metió con él, ya ves cómo trata a los adultos, siempre muy amable. Algo tiene ese hombre que se libra de los problemas con pura palabrería y modales, nada más es agresivo con los que puede. Entiéndelo, pobre de él, le tocó que su mujer lo abandonara, se escapó con un delincuente que la engatusó prometiéndole una vida de ricos. Un día, cuando don Cruz regresó de la maquila donde trabajaba, ya no encontró a su esposa, nada más le dejaron al Marcelillo todavía en pañales, luego puso la refaccionaria porque no tenía quién se lo cuidara. Después, no sé cómo le llegó la noticia de que ella había muerto cuando quiso cruzar la frontera. Seguro de ahí viene el odio de tu abuelo a todo lo que sea gringo, a todas las cosas que esos bastardos prometen o, la verdad, no sé, tal vez nosotros nos hacemos ilusiones.

Deja ese vicio, estás muy jovencito para fumar, ¿acabas de cumplir 18? Marcelo se hizo de esa maña por ver a tu abuelo, pero empezó bien joven, te digo, desde los 11 años ya parecía un tren. Don Cruz sabía que su hijo le había copiado la fumadera, se hizo de la vista gorda por un tiempo, hasta que no le pareció y pues tuvo que darle su tunda. Yo mismito vi varias madrizas que le puso, pero te juro que todas eran por algo, tenían su justificación. Marcelillo se fue por un buen camino gracias a la mano dura de su padre, si no fuera por eso andaría como yo, como los panzones de tus tíos, con todo respeto, mijo, pero también como la floja de tu madre, que se le hizo fácil estar ahí de mantenida con tu abuelo. Ya sé que él los quiere mucho, tú eres el hijo que siempre necesitó, uno responsable, respetuoso, que le gustara estudiar, pero tu jefita sí se pasa, tanto año de mantenida no está bien. Disculpa si me meto en esos asuntos. Bueno, te decía, Marcelillo también salió bueno para el estudio, pero era bien flojo. De todos los que estuvimos desde la primaria hasta secundaria, sólo él y un par de niñas riquillas terminaron yendo a la preparatoria y universidad. Ellas por el varo, Marcelo porque don Cruz lo tenía muy checadito, sabía que su hijo tiraba más para andar de pandillero que de abogado. Estaba ahí a las fuerzas, casi casi lo cargaba hasta la escuela. El pobre no podía ni asomarse a la ventana, se la tenía que pasar estudiando. Una vez se escapó conmigo y tus tíos a una cantina que ahora es la funeraria Gómez, nos pusimos una pedota de aquellas, justo cuando íbamos saliendo, que vamos viendo a don Cruz, y hasta se nos bajó del susto, estábamos seguros de que nos iba a partir el hocico a cada uno de nosotros, al final pudimos escondernos en un parqueadero de taxis y de ahí nos pelamos hasta la casa de tus tíos. ¡Ah! pues ahí fue cuando Marcelillo conoció a Silvia.

Échame uno, de estar viéndote ya se me antojó. Marcelo se quedó embobado con tu madre, desde que la conoció no le quitó el ojo de encima, pero Silvia estaba bien clavada con un amigo de sus hermanos, un pocho que era la sensación del barrio porque hablaba inglés. Me acuerdo que ese güey nos bajó las morras a todos; es que, ya te lo imaginarás, blanquillo, medio alto, hasta usaba aretes, pero lo que le gustaba a las muchachas era que les hablara en inglés y, como acababa de llegar del norte, pues traía puro dólar. No podíamos competir con él, pero un día, tu jefe se puso las pilas y se empeñó en estudiar inglés, claro, a escondidas de don Cruz. Le inventó que se había metido a un curso de no sé qué mamada, pero en cuanto salía de sus clases, llegaba a mi casa, sacaba diccionarios, otros libros, y mientras estudiaba nos tomábamos unas cervezas. Quién lo viera aprendiendo idiomas sólo para endulzarle el oído a una vieja. Le hizo la lucha por un buen rato, hasta tus tíos le ayudaron, creo que ellos no querían ver a su hermana con un bueno para nada como ese pocho; preferían tanto al Marcelillo que hasta lo invitaban a comer, lo defendían de todo aquel que le quisiera partir la cara, porque eso sí, tu jefe estaba todo flaco, pero era muy buscón. A veces iba con los narquillos para pedirles prestado y comprarle regalos a Silvia, les dejaba la promesa de que les pagaría cuando fuera un abogado bien chingón y los sacaría del tambo si terminaban ahí. Total, ella no le hacía caso al Marcelo, por más que le hablara en inglés, por más que le regalara flores o que se la pasara metido en su casa, según esto, para platicar con sus hermanos. Hasta que un día se hartó, no fue a clases, se la pasó chillando en mi casa, ya en la tarde fuimos a la cantina por unos mezcales.

¿A qué horas llega tu abuelo? Estaría mejor que él te contara esto, ¿nunca te lo había dicho? Esa misma noche lo llevé a su casa, no andaba tan borracho, pero no paraba de llorar, era capaz de tirarse de un puente, por eso preferí acompañarlo sin importar que nos viera don Cruz, si nos iba a partir la madre pues que lo hiciera de una vez. Cuando nos vio entrar, se fue directo a Marcelo, apenas había levantado el brazo para darle un bofetón, pero se detuvo porque le vio las lágrimas. Hasta le dijo: “¿Y ahora tú por qué lloras? Si ni cuando te doy con la tabla te pones a chillar”. Le tuvo que platicar todo, lo de Silvia, lo del pocho, de cuando se iba a mi casa para estudiar inglés o cuando iba con los narquillos a pedirles dinero. Creo que fue la primera vez que don Cruz escuchó a su hijo, se le hizo culero que un gringo lo hiciera infeliz. Por ese día se le quitó lo enojón, hasta nos invitó unas cervezas, pasamos la noche platicando, preguntándonos quién era el tal pocho y que por dónde vivía. Luego de unas semanas, don Cruz ya no hablaba de eso, si le sacábamos el tema se encabronaba y nos decía que no le importaban nuestros asuntos de maricas. Un día nos enteramos que encontraron al pocho tirado en un arroyo, sí, allá por donde ahorita es el basurero municipal. Fuimos al velorio, nos asomamos a su caja, tenía bien madreada la jeta y la frente toda llena de bolas. La Silvia y otras viejas que ese güey se cogía estaban desconsoladas, tu jefe no encontró mejor oportunidad para llegarle. Como a los tres meses ya eran novios, no pasó mucho para que se la robara, eso no le molestó a don Cruz, pues le hacía falta una mujer que le hiciera el quehacer y le cocinara sus frijoles.

Asómate a ver si no viene tu mamá, no quiero que me escuche hablándote de esto. Por un tiempo todo estuvo bien, nunca había visto a Marcelillo tan contento, ya no faltaba a clases y casi no venía conmigo; en cuanto salía de la escuela se regresaba a su casa, pues ahí tenía a Silvia. En sus ratos libres se ponía a chambear en la refaccionaria. Se convirtió en un hombre ejemplar: bien estudioso y trabajador, ya andaba bien metido en lo de su carrera, hasta hablaba diferente, muy propio, por eso se me figuraba que estaba volviéndose medio pirruris, de todos modos, nunca le dejé de hablar. El más feliz de todos era tu abuelo, le gustaba ver que su hijo anduviera por buenos pasos. Sacaba buenas calificaciones, ya había dejado las borracheras, se juntaba con puro popis, se olvidó de mí y de tus tíos. Claro, de vez en cuando nos saludábamos, pero ya no nos veía como iguales, yo sí trataba de frecuentarlo, no quería que se perdiera la amistad, pero te digo, él ya se sentía bien acá con su vieja, sus nuevos amiguitos y su pinche universidad. A don Cruz no le importaba partirse la espalda de sol a sol para mantener a Silvia y a Marcelo, estaba muy orgulloso de su familia. Tu abuelo también andaba muy alzado, pues cuando me veía a mí o a cualquier otro vaguillo del barrio, nos echaba en cara que éramos unos buenos para nada, que su hijo iba a poner a México donde se merecía. Pero ve, resultó todo lo contrario.

Ese rumor está en boca de todo el barrio pero que te valga la carrilla, yo te voy a decir la verdad para que nadie te ande cuenteando, es que sí estuvo muy cabrón. Nada más júrame que no le vas a agarrar ningún coraje a tu abuelo ni a tu madre. Bueno, pues fue hace un chingo, tu papá se empezó a juntar con unos ricachones, por eso le pedía más y más a los narcos, pero ya no lo iban a esperar hasta que se hiciera abogado, así que Marcelo les dio chance de esconder su mercancía en la refaccionaria o en su cuarto, con eso les pagaba algo, de todos modos, seguía debiéndoles un chingo de dinero. Me daba coraje que, siendo un morro muy inteligente y teniéndolo prácticamente todo, prefería hacerse de dinero mal habido, en lugar de ponerse a trabajar como la gente decente. Él quería hacerse pasar por rico y seguir juntándose con esos putitos. De hecho, ellos le llenaron la cabeza de puras ideas bien pendejas, que de un día para otro se volvió a juntar conmigo y con tus tíos, pero nada más para humillarnos, para decirnos que México estaba bien jodido y no sé qué tanta jalada decía. El punto es que empezó a odiar a su país. Después de mucho tiempo se agarró otra borrachera con nosotros, aquí afuera de la casa; cuando andaba hasta las manitas se soltó llorando a cántaros y decía casi gritando que le cagaba estar prieto, que nuestro pinche idioma estaba bien naco, luego balbuceó algo de los dólares y los pesos, ya no se le entendía nada. Don Cruz escuchó todo su alegato, pero esa vez no le partió su madre, lo ignoró, fue todo. Poco después le pegó fuerte la idea de irse al norte, era de lo único que hablaba, que los gringos esto y lo otro. Aunque le faltaba menos de un año para terminar su carrera, ya le andaba por irse, decía que en cuanto ahorrara un dinerillo se cruzaba. Lo raro era que tu abuelo nunca le dijo nada, ni le puso la mano encima, llegamos a pensar que estaba decepcionado o que ya no tenía las fuerzas como antes para darle su putiza y acomodarle las ideas. Pero el silencio de don Cruz fue algo bien raro, hasta Marcelo se quedó medio extrañado con su comportamiento.

Me acuerdo muy bien de ese día. Era temprano, Marcelillo llegó dando puñetazos a mi puerta, de volada abrí todo asustado. Tenía la cara pálida y andaba todo agitado, pensé que eran los narquillos queriendo matarlo o que había caído la policía a la refaccionaria de don Cruz y se lo habían cargado. Le pregunté un chingo de veces qué era lo que pasaba, por qué estaba así, pero ni podía hablar, por poco se desmayaba. Cuando pudo calmarse me contó que había encontrado a su jefe con Silvita. Que salió temprano de clases porque se sentía enfermo, por lo mismo no se fue con sus amigos los ricachones, prefirió llegar directito a la refaccionaria, se le hizo raro que estuviera la cortina cerrada, pero sin los candados, y cuando la abrió se encontró con algo que ni se imaginaba, luego corrió hasta mi casa. Estuvo viviendo conmigo por unos meses, lo buscaban su papá, Silvia y tus tíos, pero él no quería ni verlos. Cuando ya estaba más calmado aceptó hablar con Silvia, nada más le dijo que estaba embarazada y juraba que era hijo de él, pues con don Cruz sólo se había metido cuatro veces, que no lo dejaba terminar adentro y que además ya estaba muy ruco como para ser fértil. A Marcelillo le valió madres que estuvieras por nacer, agarró sus chivas, no se despidió de nadie y se fue al gabacho. No supimos nada de él hasta que un pinche gringo zafado se metió a la política y empezó a hacer campañas amenazando con darle en toda la madre a nuestro país.

No han de tardar tu abuelo y Silvia, mejor quita esa cara. Prende la televisión que ya va a salir lo de tu jefe. Es una lástima que el primer presidente latino de la nación más poderosa del mundo haya ganado las elecciones haciendo fuertes amenazas de invasión al país vecino durante su campaña. Los mexicanos se encuentran estupefactos ante tal… Pues, ése es, mijo, el güey que nos va a dar en toda la madre, el güey que nos va a dejar más jodidos de lo que ya estamos. Ahí está tu papá, el mismísimo presidente de los Estados Unidos.

 

 

Joselo G. Ramos (Zacatecas, México, 1990), estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Zacatecas, ha publicado narrativa en diferentes blogs y artículos nacionales. Ha participado en distintos congresos de literatura. Es miembro del Taller Literario Alicia en la ciudad de Zacatecas y autor del libro de cuentos Más Inquietante (2017).

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