por Daniel Ramírez Orozco

 

James Joyce, como muchas de las cosas importantes de la vida, me llegó a través de Los Simpson. En uno de sus episodios esta amarillenta  familia viaja a Irlanda y allí,  en medio de múltiples referencias culturales, encuentran un grupo de personas con vestimentas de principios del siglo XX sumidas en la lectura de un libro. Lisa, que me ha enseñado más que muchos profesores con los que he tenido la desgracia de toparme, señala entonces que se encuentran celebrando el “Bloomsday”, el cual se lleva a cabo cada 16 de junio para conmemorar la obra cumbre de Joyce, el colosal Ulises.

Aquella palabra, Bloomsday, me quedó resonando en la cabeza. Bloom es una palabra que aunque en aquel entonces no sabía que significaba, me parecía hermosa. Al oírla, en mi mente se levantaba un rumor de oleaje de azul en el que naufragaba todo posible sentido del vocablo para ser solo la música de un color. Luego me sorprendería que efectivamente la portada elegida por Joyce para el libro fuera un simple fondo azul, como el mítico mar de los griegos, aquel de la épica travesía del astuto Ulises, o quizás azul como la ropa interior que la coqueta Gerty Mcdowell descubre ante el excitado Leopold Bloom, el “héroe” de la historia y a quien la celebración debe su nombre.

Probablemente el tono azulado del Ulises se deba a una mezcla de ambas cosas: el océano mítico y las prendas íntimas de jovencita indecente, porque esta es una obra que no teme mezclar una cruda descripción de los momentos más bochornosos de la cotidianidad con una elevada dosis de paralelismos homéricos y shakesperianos.  Se trata de una novela en la que fácilmente se pasa de una bella metáfora a un chiste sobre flatulencias. Pero esto, lejos de ser un defecto, es lo que lo hace maravilloso.  Es quizás el libro más parecido a la vida: una alternancia  constante entre la belleza y el asco, entre el aburrimiento y la epifanía.

Flaubert, en 1853, le escribió a Louise Colet que su intención era “infundir a la prosa el ritmo del verso y escribir la vida ordinaria como se escribe la historia o la epopeya” (Flaubert, 2014, p. 44), pero es James Joyce quien logra cumplir este objetivo mejor que nadie. En realidad la trama del libro no tiene mucho de especial, de hecho inicialmente se concibió como un cuento. La idea era narrar el día de Leopold Bloom, un judío de Dublín que sale de su casa por la mañana con la amarga certeza de que su esposa lo engañaría esa tarde y luego regresa en la noche, sin hacer nada al respecto.  Sin embargo, la idea pasó de historia breve a monstruo de mil páginas cuando Joyce se percató de que la vida del ser humano transcurre más en el lenguaje que en el espacio.

Para explicar esto último, supongamos que necesito barrer el primer piso de mi casa pero la escoba está en el tercero. Un narrador normal describiría la manera en que subo las escalas y agarro mi preciado objeto de deseo (o de aseo, más bien). Sin embargo, Joyce entendería que mi trayecto no es solo físico sino también mental: en el segundo piso se me atraviesa una silla de asiento verde, exactamente el mismo color de las estrellas que colgaban del techo de la habitación de mi hermana. Me quedo recorriendo lentamente la palabra estrella, le voy quitando letras hasta dejarla en Estela, una ebria estudiante de filosofía que alguna vez quiso darme lecciones de Aristóteles en un bar del centro. ¿Cómo concluye la historia? Al llegar al tercer piso no busco la escoba, sino que voy directo al computador para consultar en Google si Aristóteles era tan calvo como me lo imaginé en ese momento.

En Ulises, la narración abunda en digresiones y cadenas de asociaciones como la anterior, en las cuales la percepción y el lenguaje se alían para transmutar los objetos del mundo exterior en símbolos que se diseminan por todo el espacio mental. Flaubert consideraba que la labor del escritor era hallar “la palabra  justa”: esa que  traza el camino más corto y eficiente hacia la meta; Joyce hace todo lo contrario: sus palabras trazan inextricables laberintos que terminan perdiendo de vista la meta, de manera que ellas mismas se tornan en su objetivo, desprendiéndose constantemente de la atadura del significado para brillar en su mera musicalidad (como la palabra bloom). Es allí donde reside su genialidad poética.

Para terminar, nunca sobra dar un consejo: no deje que nadie le diga que usted  no puede leer el Ulises o que no lo va a entender. Después de todo ¿Qué es lo que hay que entender? Es cierto que el libro está lleno a estallar de una oscura erudición que roza la pedantería, pero esto es secundario y no hace falta rastrear cada referencia para deleitarse con él. Si usted sabe perderse en el laberinto de sus propios pensamientos (y disfrutarlo), puede leer Ulises, no necesita nada más. 

 

 

Bibliografía

Joyce, J. (2011). Ulises. Barcelona, España: Debolsillo.

Flaubert, G. (2014). Madame Bovary. Barcelona, España: Austral.

 

Daniel Ramírez Orozco (Manizales, Colombia, 1995) es estudiante de Licenciatura en Español y Literatura en la Universidad Tecnológica de Pereira. No hay mucho que decir aparte de que siente una extraña fascinación por la obra de Joyce. 

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