por José Luis Antonio Gómez Haro

 

En las colinas de lana amarillenta, al borde de la ciudad de papel, entre gritos y ladridos estruendosos, se encontraba el maizal de agujas tan afiladas que cualquier movimiento en falso podría causar un corte estrepitoso. Do y Re huían de los intrépidos sabuesos de cartón dirigidos por aquellos sargentos de lana azulada. A punto de cruzar el maizal de agujas, Re tropieza y cae rodando por el borde de la colina de lana y queda inconsciente. Do trata de levantarla y la lleva cargando en sus hombros hasta el campo de agujas, tratando de apurarse lo más posible, temiendo que los sabuesos de cartón lo alcancen, y entra con prisa al maizal.

Millones de hilos de recuerdos pasaban por la enredada mente de Re: habría de recordar el día en el que ella y Do se conocieron, Do se encontraba sentado, encogido en hombros y mirando hacia el suelo en las colinas de lana amarilla mientras se camuflaba con ellas. Re, al verlo, desde su casa a las afueras de la ciudad, quiso ir a acompañarlo sintiendo una extraña simpatía por él, pero los sargentos que dirigían las normas y reglas de la ciudad no se lo permitían, un orden restrictivo gobernaba aquel reino de la lana azulada y el único camino hacia aquella colina de lana amarillenta era a través de las colinas azuladas y el maizal de agujas. Re se encogió de hombros y consideró un momento su atracción hacia esa estructura de lana viviente como ella, dejándose llevar. Corrió hacia las colinas azuladas, pero con gran cautela para evitar ser descubierta por los sargentos. Con la suerte de su lado, atravesó el maizal de agujas y llegó hasta aquella colina amarillenta. Do observó que se acercaba lentamente y se sorprendió ante su color azul, no era nada como lo que había visto antes. Do, desconcertado, sólo volvió a  sentarse y encogerse de hombros mirando hacia el suelo, Re se acercó con tranquilidad absoluta y le dio un abrazo tan fuerte y sincero que Do sintió como si sus hilos se juntaran aún más, como si aquel abrazo hiciera sentir parte de algo, y quedaron solos en aquella colina hasta que el botón mayor se ocultó por la ciudad de papel y la oscuridad se hizo presente. Re tuvo que regresar a la civilización si no quería que alguien los viera y se desatara un cataclismo. A obscuras, mientras regresaba, las colinas de lana y el campo de agujas se apreciaban lúgubres; el destello de estas últimas, más brillante e imponente de lo que en verdad era, casi le susurraba algo; las cruzaba con miedo de algún día cortarse.

Re recuerda que Do siempre fue un marginado, pero sabía que nunca fue por su voluntad: la ciudad de papel lo mantenía solo en aquella esfera amarilla, ellos decían que era por su horrible color, así que Re se escapaba siempre que podía, cruzaba aquel maizal de agujas y se acercaba a abrazar a Do, quien sólo la miraba y se limitaba a esperar la caída del botón mayor. Las visitas de Re se habían convertido en un hábito para Do.

Re también recordó cuál fue la tragedia que los llevo hasta su desmayo. Do se encontraba en su colina desolada como de costumbre, cuando decidió mirar hacia la ciudad de papel y se percató de que Re se encontraba ahí. Su enredada cabeza empezó a plantearse la posibilidad de ir a la ciudad de papel, pero quedó como una pequeña posibilidad, hasta que miró a Re con otra lana de su mismo color y furioso cruzó el maizal de agujas sin ningún miedo a ser cortado. Llegó hasta el lugar donde se encontraba Re, al lado del árbol de hielo seco, pero justo cuando sus ganas de golpear al hombre de lana más ardían, cesaron al ver a Re, todos los ciudadanos quedaron impactados al ver al hombre de lana azul, con una mirada penetrante tan obscura como lo permitiera la tachuela que tenían por ojos. Re volteó con asombro y Do solo se limitó a abrir sus brazos, esperando a que Re solo lo abrazara como acostumbraba. Re, al ver que todos los ciudadanos de la ciudad de papel los miraban, solo negó con la cabeza y retrocedió cuando él intento abrazarla. Do huye hacia su colina, de donde nunca debió haber salido. Re se fue a casa mientras el botón mayor caía y, cuando miró a aquella colina donde conoció a Do, lo encontró sentado, encogido y mirando hacia el suelo como la primera vez.

Re no lo pensó dos veces y en medio del ambiente lúgubre fue con Do, atravesó el maizal de agujas, llego de frente hacia donde él estaba y lo miró firmemente, primero se limitó a abrazarlo, pero después lo tomó de la mano y lo llevó hasta la ciudad de papel. Ante las miradas prejuiciosas de los ciudadanos, Do y Re bailaron y caminaron por casi toda la ciudad de papel, sin miedo a nada. Se sentían como uno mismo. Entonces se escucharon los ladridos aturdidores de los sabuesos de cartón, que bañaron de angustia tanto a los ciudadanos como a Do y a Re.

Entonces Re despierta y se percata de que están en la colina amarilla. Do le acaricia la cara como si no hubiera preocupación alguna, pero Re se asusta al notar que Do se estaba deshilando y ve que parte del hilo viene del maizal de agujas. Con prisa y desesperación intenta arreglar a Do, pero no hay nada que pueda sofocar ésta devastación. Re sólo se queda con él y mira cómo se deshila, hasta que otro ataque de desesperación la invade y corre hacia el maizal de agujas, Do voltea y Re intenta unir los hilos al cuerpo de lana de Do nuevamente, pero él solo niega con la cabeza. No hay tiempo. Re nuevamente se inunda de desesperación al no haber luz en la colina amarillenta. Se vuelve a dirigir hacia los maizales de agujas. Do, a punto de agonizar, mira la silueta de Re cojeando por la colina. Al ver lo que queda de Do, Re decide abrazarse a sus restos. Una luz ciega por completo el horizonte de la ciudad.

Un viejo hombre con pelo plateado como la misma luna cuando roza el mar, abre una caja de cosas que pensó que nunca utilizaría en busca de un poco de lana amarilla para coser la mochila de su nieta, mas se da cuenta que en su caja hay algo extraño y exclama:

“Qué raro, no recuerdo haber comprado lana verde”.

 

 

José Luis Antonio Gómez Haro nació un 13 de junio del año 2000 en Hermosillo, Sonora. Con tres nombres peculiares pero al mismo tiempo trillados, empezó a escribir a la edad de 15 años canciones con rimas poco convincentes. Después adquirió un amor a la literatura tras haber quedado fascinado con el libro Fahrenheit 451 del estadounidense Ray Bradbury.

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