por Felipo Zaná

 

Quién lo hubiera creído; a pesar de su miopía, Cristina fue la primera en notarlo. Sin embargo, ahora de nada sirve pensar en ello. Ninguno de nosotros hubiera tenido el valor para matarlo, ni siquiera Jorge que gustaba tanto de derribar pajaritos con su cauchera o Dalia que cazaba ratones con su infinidad de trampas.

¿Por qué será que se distingue a la hora de matar, si el resultado es el mismo: hacer que no respire nunca más, algo que respiró alguna vez? ¿Habrá realmente diferencias entre matar una cucaracha y un pájaro? ¿Qué sangre fría se necesita para acabar con un ratón y cuál para hacerlo con un gato?

Ahora reina en la casa un silencio total, sin el bullicio constante de Jorge ni los vallenatos de Dalia. Se podría confundir este estado con la paz o la tranquilidad; pero nada más lejos de la realidad. Lucho acecha tras la puerta. Y esta aparente armonía se romperá cuando me decida a salir de esta habitación, y los ágiles movimientos de Lucho me alcancen.

Maldigo el día en que Lucho llegó a casa. Ester fue quien tuvo la idea, deberíamos traer un gato, ¡oh, hay tantos ratones en la casa! Ahora recuerdo sus palabras y cuán teatrales me parecen.

Varios hechos se conjugaron para dar lugar a esta tragedia: el solar baldío del lado, los ratones que invadían constantemente la casa; y la más nefasta de todas, la gata de una amiga de Ester parió siete crías esa semana.

Una tenebrosa, sofocante, desgarradora tarde de verano —no sé cómo decir todo el horror que me causa—, Ester llegó del trabajo con un gatito entre sus brazos. No avisó, simplemente lo trajo de sorpresa. Cómo culparla ahora, si todos nos deshicimos en ternura cuando lo vimos.

Desde un principio Cristina lo hizo suyo. Fue quien le puso nombre, ¡en el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo, te bautizo con el nombre de Lucho! Incluso el tío Óscar, que era tan apático con los animales, terminó encariñándose. Aunque no dejaba atrás sus excentricidades: le picaba trocitos de repollo, y se los daba de comer. Cristina le protestaba a Dalia, le da de comer como a un conejo, ¿cierto que ellos solo toman leche? Pero Lucho era una bola de ternura, y se comía todo lo que le daban.

Cumplió su tarea a cabalidad, mataba más ratones que las trampas de Dalia. Cada día recogíamos dos, tres o cuatro roedores muertos. Ester estaba dichosa, en pocos días no quedará ni un solo ratón. Pero el instinto del gato no tenía freno. Un poco más grande, Lucho comenzó a incursionar en el solar baldío. Acechaba a los roedores todo el tiempo, hasta que finalmente los atrapaba luego de una espera. No los mataba inmediatamente, sino que los entraba a la casa, jugaba con ellos, lanzándolos por el aire; los dejaba en libertad para capturarlos nuevamente.

La primera vez que Ester vio a Lucho entrar un ratón, le dio dos escobazos. Cristina rompió en llanto. Pero Ester estaba firme en su posición, había traído al animal para que matara y ahuyentara los ratones, no para que trajera esas porquerías que tantas enfermedades transmitían. Los golpes fueron por poco tiempo, Lucho aprendió rápido. Es posible que asociara ratón, casa, golpe, dolor, y probara otras combinaciones hasta que encontró la correcta.

De los ratones, pasó a los pájaros. Una tarde en que llegué del colegio y no había nadie en casa, vi pequeñas plumas dispersas por toda la sala. Revisé y encontré un cadáver de pajarito detrás del mueble. En ese momento, no presagié que el fin de mi familia sería similar. Con los pájaros, Lucho tardó un poco más en aprender; quizás el sabor era mejor. Ester le repetía una y otra vez que se comiera lo que le diera la gana, siempre y cuando no lo hiciera en la casa.

En vano me acuesto y miro por la rendija inferior de la puerta, pensando que  Lucho se habrá ido, pero al ver sus garras pierdo la esperanza. Pensar que esas garritas suyas algún día causaban cosquillas. Desde pequeño fue muy juguetón. Cuando alguien estaba en la mesa o veía televisión en el mueble, y la chancla resbalaba, dejando los dedos al descubierto, siempre estaba Lucho allí, presto para morder tiernamente; entonces era imposible no sacar tiempo para jugar con él. Una vez captada la atención, se echaba bocarriba para que le acariciaran la barriguita. Y ver crecer a esa ternura de pelos era lindo.

Pero un día Cristina lo notó: Es parecer mío o Lucho está cada vez más grande. Lo dijo tiempo después de que Lucho se hubiera desarrollado por completo. Todos miramos al gato y nos pareció normal. Así que Dalia llevó a Cristina donde el optómetra, pensando que necesitaba otra fórmula para sus gafas. En efecto, Cristina llegó esa tarde con lentes nuevos.

Yo dije otro día, Cristina, tienes razón, Lucho está más grande. Para el fin de semana, todos los de la casa lo habíamos notado.

Los roedores invadieron la casa nuevamente. Lucho ya no comía ratones, ni pájaros ni cuido. Entonces le dábamos las sobras como si fuera un perro. Luego, a raíz de la insistencia de Cristina, comenzó a comprársele una libra de carne para él solo.

Ester consultó a su amiga, quiso saber de la ascendencia de Lucho, pues sospechábamos que se tratara de un tigre. Pero la amiga le dijo que nada de eso, que qué eran esas burradas, que la mamá era una gata, y el papá era un gato, por tanto sus crías eran gatitos y no tigritos. Sugirió que Lucho debía de estar en sobrepeso, debido a que comía demasiados ratones. Así que nos regaló otra cría de la misma gata para que le ayudara.

El nuevo gatito se llamó Bigotes. Era tierno como una bolita de algodón y dos veces más lindo que Lucho. Cristina también lo hizo suyo. Lo cargaba a todas partes en el día. En la noche, hasta quería dormir con él; sin embargo, Ester le explicó que era peligroso porque podía estriparlo por accidente. Como ahora todas las miradas de la familia se centraban exclusivamente en Bigotes; Lucho apenas se veía en la casa, pasaba casi todo el tiempo en el solar baldío.

Un día Bigotes desapareció. Lo buscamos primero en toda la casa, y nada. Luego lo buscamos en el solar, pero en lugar del gatito, vimos a Lucho persiguiendo un grillo. Recorrimos tres cuadras a la redonda con la esperanza de encontrarlo, pegamos carteles de gatito perdido en el barrio, pero todo fue en vano. Cristina no tenía consuelo. Bigotes nunca apareció.

Entre tanto Lucho seguía creciendo, y Jorge tomó ventaja de su nuevo tamaño. Con sus amigos, comenzó a organizar peleas clandestinas de gatos en el barrio; y claro, Lucho acababa con todos. Con el dinero que ganaba, Jorge le compraba una libra de carne a Lucho para mantener con fuerzas a su campeón, el resto del dinero se lo gastaba en caramelos o en las maquinitas. Pero en ese entonces, una libra de carne no era suficiente para el estómago de Lucho. Demandaba tres. Óscar le daba una, Jorge otra, y la otra…

Nos fuimos acostumbrando a los cambios de Lucho. Cuando medía cincuenta centímetros de alto era la locura. Jorge se montaba en él y lo galopaba como si fuera un pequeño pony. Recorría la casa de abajo arriba, salía al jardín.

Con ese tamaño, y animado por Jorge, Lucho comenzó a vengarse de los perros que antes le habían hecho la vida imposible. Ahora se enfrentaba en iguales condiciones a los perros más temidos del barrio. El pitbull de Don Alberto, el doberman de Don Jaime, el pastor alemán de Don Fausto. Uno a uno, Lucho los fue dejando fuera de combate, en descuidos de las dueños. Los vecinos amenazaban constantemente que iban a matar a esa chanda hijueputa, que vea cómo me volvió mi perro, que había que pagar por los gastos de la veterinaria. Sin embargo, a partir de cierto momento, casi no se volvió a ver ni a los perros ni a sus dueños en la calle. Cuando por casualidad nos encontrábamos con Don Alberto en el barrio, se cambiaba de acera y hacía como que no nos conocía. Don Jaime aceleraba el paso y se metía a su casa.

Ester y tío Óscar decidieron tomar medidas severas, amarraron a Lucho en el patio, porque se había convertido en un peligro. Acabaron con el negocio de Jorge, luego de haberle dado unos cuantos correazos.

Amarrado en el patio, Lucho seguía su crecimiento, ya era más grande que cualquier perro, y pronto alcanzaría el tamaño de un tigre. Le dábamos mucha comida y no lo soltábamos para nada. Cristina protestaba, se le partía el corazón al ver a Lucho amarrado, sin la libertad natural que debían tener los gatos, sin su alegría. Era tanta la pena que inspiraba Lucho, que yo en parte le daba la razón a Cristina.

Hoy llegué a casa, y encontré todo patas arriba. Lucho no estaba en el patio.

En estos momentos, me pregunto cuánto del tierno Lucho habrá dentro de esa fiera salvaje que devoró a toda mi familia. Recordar cuando le daba una bola de lana para jugar, qué fácil hubiera sido ahorcarlo.

 

 

Andrés Felipe Lopera Feria (Medellín. 1984). Escribo, escribo y escribo, y así se me va la vida. Eterno sorprendido por la magia literaria. He ganado el concurso literario Los sueños de Luciano Pulgar en dos ocasiones. También he publicado un cuento en El Pequeño Periódico; de resto he recibido cientos de rechazos en concursos y revistas.

Ilustración: “Amantes con gato” de Oskar Kokoschka.

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