por F. Mifune

 

En la actualidad, cuando escuchamos que algo es un mito o una leyenda, inmediatamente pensamos que hablamos de algo que es fantasioso, irracional o muy probablemente falso. Esta actitud que tenemos con relación a los mitos y las leyendas es diametralmente opuesta a la que la humanidad, hace muchos años, tenía con respecto a este tipo de narraciones. La humanidad premoderna escuchaba sus mitos y leyendas con maravilla. Hoy, cuando escuchamos una leyenda o un mito, lo hacemos con cierta indulgencia y, en ciertos casos, con mofa. Aunque no se diga de manera explícita, hoy la mayoría de las personas creen que los humanos premodernos creían en sus mitos porque eran ingenuos, porque eran crédulos y, en última instancia, porque eran ignorantes. Pero, ¿realmente esto era así?

A diferencia de nosotros, que desde el nacimiento tenemos a la mano una serie de herramientas y discursos científicos que nos sirven para entender el mundo, los humanos de la antigüedad no contaban con algo semejante. A los primeros humanos la naturaleza les parecía indescifrable. Difícilmente podemos imaginar hoy la perplejidad que el humano antiguo experimentó ante los relámpagos, los eclipses o el cielo estrellado. En su búsqueda de respuestas, la humanidad prehistórica construyó mitos (del griego μῦθος, mythos) que les sirvieron para explicarse las cosas a su alrededor. Los antiguos griegos, los mexicahs, los egipcios, todas las culturas premodernas hicieron esto.

Para nuestros antepasados, la importancia de los mitos no radicaba en que fueran “verdaderos”, sino en que ofrecieran una explicación que apaciguara su terrible sed de respuestas. En última instancia, la “verdad” de los mitos consistía en que la gente recurría a ellos desde mucho tiempo atrás. Nuestros antepasados confiaban en los mitos porque sus papás, sus abuelos, los papás de sus abuelos, y así sucesivamente, habían confiado en ellos.

No todos en la antigüedad se sintieron satisfechos con las respuestas mitológicas. En Grecia, aproximadamente en el siglo VII antes de nuestra era, surgió un tipo de persona renuente a las explicaciones tradicionales: los filósofos. Dudando de la mitología y examinando las cosas por sus propias luces, los filósofos elaboraron discursos racionales con la finalidad de ofrecer respuestas “verdaderas” del mundo. A esta manera de explicar racionalmente las cosas los griegos le llamaron logos (λóγος).

La filosofía griega conmocionó la tradición mitológica. Gracias a la filosofía y al logos (es decir, a las explicaciones racionales) el humano descubrió una nueva manera de interpretar el mundo a su alrededor, una forma de explicarse la naturaleza por uno mismo sin necesidad de apelar a la tradición. Sin embargo, había una naturaleza que seguía siendo un misterio, una naturaleza impotente a su racionalismo: la propia naturaleza humana.

Algunos filósofos, como Platón y Aristóteles, se dieron cuenta de que el logos podía explicar claramente la naturaleza exterior, pero era incapaz de dar cuenta de las cosas de la naturaleza humana. Se dieron cuenta, por ejemplo, que la explicación racional de la muerte no minimizaba el temor a ella, así como que tampoco había suficientes argumentos racionales para explicar por qué es mejor ser justo, valiente o prudente que no serlo. En cambio, el mito podía tranquilizar el corazón humano y podía convencer, por medio del ejemplo, que es mejor ser una persona virtuosa que no serlo. Esto explica por qué los griegos antiguos no se preocupaban mucho por esclarecer si “verdaderamente” había existido un tal Aquiles, lo importante era que, escuchando el mito de la vida de ese guerrero, las personas aspiraran a ser como él y quisieran imitarlo.

Al paso del tiempo, los filósofos griegos ganaron más y más terreno y su logos venció al tradicional mythos. El logos se estableció como el paradigma educativo, como la forma más alta de educación. Hablar del logos se volvió cosa común, incluso los romanos, que le sucedieron en la historia a los antiguos griegos, incorporaron el concepto de logos a su idioma. Esto explica por qué la palabra latina legere y la voz griega legein (λέγειν, de donde viene la palabra logos) significan ambas lo mismo: escoger, leer, contar o hablar. El logos se volvió la forma correcta de hablar.

Aunque el imperio romano encontró su fin en el siglo V de nuestra era, el latín, la lengua en la que escribían y hablaban los romanos, continuó en uso incluso hasta el medioevo. El latín fue la lengua en la que escribieron los primeros autores católicos. Este es el caso, por ejemplo, de Jacopo Della Vorágine, obispo dominico quien escribió (en latín) en el siglo XVIII, su Legenda Sanctorum. La palabra sanctorum es el plural genitivo de sanctus (santo, piadoso, venerable); legenda es el gerundivo plural de legere (que, como vimos arriba, significa escoger, leer, contar o hablar). Una traducción del título del mencionado libro sería “Las cosas de los santos que deben ser contadas”. El libro es una recopilación de la vida de unos 180 santos y mártires cristianos. Tal vez con una idea más o menos parecida a la que tenían los escritores antiguos cuando componían sus mythos, Jacobo Della Vorágine se concentró más en las enseñanzas morales que podían ofrecerse a través de las vidas de los santos que en la “veracidad” de dichas biografías. Esto se ve en el hecho de que el libro contiene datos que hoy, vistos desde una mirada científica, serían totalmente inverosímiles. Con todo, la Legenda Sanctorum fue un éxito y se volvió un libro esencial para la propagación de la fe cristiana y la evangelización católica.

No todos estuvieron contentos con la expansión de la iglesia católica. En el siglo XVI, con la llegada de la reforma protestante, diversos autores se dedicaron a denunciar las supuestas mentiras que la iglesia católica había empleado para expandirse y obtener poder. Tal es el caso, por ejemplo, del protestante John Foxe, quien escribió una obra llamada Actes and Monuments (que en español es mejor conocida como El libro de los mártires). En dicha obra, Foxe señala la falta de documentación, inverosimilitud y falsedad de las biografías escritas por Della Vorágine en su Legenda Sanctorum, al tiempo que reescribe la vida de los santos, pero con “verosimilitud” y “rigor histórico” (lo cual es, como muchas cosas escritas, discutible). De este modo, Foxe y el protestantismo pusieron en duda la reputación de la Legenda Sanctorum, lo cual inaugura el sentido moderno de la palabra leyenda. Como hoy cada quien puede comprobarlo por sí mismo, la palabra leyenda remite, como mínimo, a una historia inverosímil, absurda y de la cual no tenemos pruebas claras de que sea verdadera, justo lo que pensaba John Foxe de la Legenda católica de Della Vorágine.

Tal vez la mala reputación de que hoy gozan los mitos y las leyendas se deba a la “lectura racional” que hacemos de ellos. Es claro que, desde un análisis lógico y con consistencia histórica, las mitologías prehispánicas, las leyendas de la antigua Grecia y muchos cuentos tradicionales son inverosímiles. Los humanos modernos somos adictos a la racionalidad. Para poder obtener los frutos de los mitos y las leyendas, quizá el primer paso sea dudar de la potencia de la racionalidad, lo cual no significa portarse como niño o cometer toda clase de disparates. Significa, como mínimo, abrirse a la posibilidad de que los mitos y las leyendas pueden enseñarnos algo sobre nuestra naturaleza humana. Tal vez podemos comprender mejor el amor con los mitos de Eros que con la explicación científica de la dopamina y la serotonina, pero esto depende de nosotros.

 

 

Ilustración: “El regreso de Neptuno” de John Singleton.

Mifune

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Licenciado en Filosofía por la UNAM, certificado en gestión de contenido para plataformas e-learning, editor, ensayista y frecuente lector de filosofía antigua.

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