por Eduardo de Gortari

¿Increíble? Cabe notar que el aire viene del aire.

De sufrir y amar uno no se desacostumbra. 

Él quería apenas los arquetipos, platonizaba.

Ella era un aroma

–João Guimarães Rosa

 

Conociste a Nora en una fiesta cuando tenías diecinueve. Quedaste prendado de sus ojos verdes como envases de cerveza y de esas nalgas que súbitamente te hicieron comprender por qué el mundo era redondo. Además le gustaban los Beatles: no podías pedir más. Se besaron en ese punto de la noche anterior a que pongan salsas en el estéreo, mientras sonaba “Zero” de los Smashing Pumpkins. Perdieron juntos la virginidad. O casi: habías cogido con varias chicas pero en todas esas ocasiones a duras penas calificaste como un desastre preliminar. Aún recuerdas lo que ella dijo cuando tu verga sorteó la tibia resistencia de su coño primerizo: “¡Ahora sé por qué todo el mundo habla de sexo!” Ésa fue la primera vez que te viniste en una chica. Desde entonces conociste la espectral dicha de moverse por el mundo como un binomio: Nora y Jaime yendo a la playa, Nora y Jaime en fotografías en las que luce mucho más esbelta que en tu recuerdo (ella duerme en tu regazo mientras tú lees; señala hacia el horizonte mientras la abrazas al pie de un arrecife que ya no existe; finge que es una morsa con dos popotes incrustados en los caninos ante una pizza de peperoni), Nora y Jaime cogiendo en parques, en el coche, en la alberca, en el clóset de un cuarto abandonado en la fiesta de un desconocido. Pasados los gemidos y las peticiones (jalar su cabellera castaña, apretarle los pezones hasta el enrojecimiento, morderle la espalda, dejar moretones en su cuello) siempre te besaba con ternura, como sellando un pacto secreto y, desde entonces, fantasmagórico. Porque aunque no firmaron ningún papel y no hubo hijos ni inmuebles de por medio, transitaron por un matrimonio que dependía de algunos vagos acuerdos, ciertos gestos imprescindibles y una promesa específica: rentar juntos un cuarto de azotea donde apenas cupieran la cama individual, los libros indispensables, el escritorio y una cocina diminuta. Planes y postergaciones. La vida sucedió al margen de sus deseos. Fueron pobrísimos pero felices. Durante tres años no conocieron más cama matrimonial que el incómodo asiento trasero de tu coche en que tantas veces vislumbraron un cuarto de azotea en el que sólo habitaron sus anhelos. ¿Tres años? ¿Sólo eso? También los berrinches y las afrentas. También sus celos patológicos y tus épicos retrasos. También las mismas canciones de los Beatles para narrar lo que por días brillaba con el impoluto vigor de la novedad y por épocas fue pátina, polvo y desgaste. Cuando ella te cortó por teléfono antes de que tú hicieras un viaje de trabajo, de inmediato le marcaste a tu padre: “Hijo, me temo que ahora sabes cómo se siente un divorcio”. Tres años. Sólo eso. ¿Se reencontraron? Ante todo se cruzaron algunas veces. Intercambiaron el proverbial odio al que sólo se accede tras haber cogido mucho y muy bien. Intercambiaron la resignación de no poder fingir que eran simples (nuevos) desconocidos. Una vez, pasados dos o tres años, se reencontraron en una fiesta. ¿Por qué siempre en celebraciones ajenas? Platicaron, se pusieron al corriente, eran pasado mutuo, casi alegre: tú llevabas dos parejas y ella una; ambos eran nuevos solteros reincidentes. Se vieron dos veces más: compartieron café y una nostalgia fingidamente oculta. La llevaste a su casa; o más bien a su nuevo departamento; o más precisamente al cuarto de azotea que ahora rentaba. No sabes por qué te quedaste a sabiendas de que pasaría lo que pasa cuando la gravedad toma las riendas: los trenes se impactan desprevenidos, la luna muestra siempre la misma cara, las rocas giran cuesta abajo, las ex parejas se entregan a esa forma del sexo que se confunde con el regreso: el corazón era una cinta de video en la que estaban todas las reuniones con amigos, los viajes mochileros, las canciones de Lennon y McCartney, los chistes privados y las frases comunes para expresar amor enfrente de todos y a cualquier hora como si hubiera sido un secreto: “¿Recuerdas esa frase del Revolver?” o “John siempre fue mi favorito”. Sólo tuviste que decir las palabras adecuadas, tocarla de una forma específica y en tu pecho se oprimió un botón que decía play. La memoria física no conoce la imperfección: eran los mismos de antes, casi los mismos de antes, casi los mismos, casi lo mismo. Acaso mejor. Mientras ella roncaba desnuda con la cabeza encajada en tu pecho, tú fumabas y veías en aquel cuarto diminuto el mismo cuarto tantas veces soñado, tantas veces planeado, tantas veces postergado, tantas veces añorado, tantas veces, tantas veces. Imaginaste que detrás de esa puerta estaba también la sala de una casa más grande, la cocina, las recámaras de sus hijos, el patio resguardado por un pastor alemán y un coche con menos kilómetros y más asientos. Brevemente desafiaron las barreras de la física para volverse pioneros del viaje en el tiempo: creyeron que cada canción del White Album sonaba como si fuera la primera vez. Pero también volvieron las querellas, los atávicos malentendidos, los rencores añejos. Nora y Jaime 2 jamás sería tan buena como la primera. ¿Lo sopesaron dos actores necesitados? ¿Lo esperaba un director sin escrúpulos? ¿Lo anticipó un guionista empobrecido? Cada cita fue una sesión con los espíritus. Cada foto era una casa embrujada. Cada beso tenía la impronta fantasmagórica de lo perdido. La última noche te quitaste los lentes repitiendo el gesto que John ejecutaba para obtener el perdón de su amigo tras una pelea irresoluble: “Paul, soy yo, soy John”: “Nora, soy yo, soy Jaime”: no había regreso posible. Soltaste un ademán mitad adiós, mitad saludo; un enigma que ni siquiera el cuarteto de Liverpool fue capaz de resolver. Entropía y nada más: si hasta los Beatles rompieron, qué podían ustedes. Pero eras viejo en esos días. Eres mucho más joven que entonces.

 

 

Eduardo de Gortari (Ciudad de México, 1988) es autor de la novela Los suburbios (Cuneta, 2015) y el poemario Código Konami (Literal, 2015). Textos suyos han aparecido en medios como Proceso, Vice y Letras Libres. Fue becario del FONCA y estudió Letras Hispánicas en la UNAM. Este cuento forma parte de su más reciente libro, Himnos, editado por Paraíso Perdido.

Ilustración de Velvet Kaoru.

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