Advertencia:
Éste es un texto tardío, pero que necesitaba escribir. Es, también, un fragmento de mi soundtrack personal.

 

“Something to say,
Something to do,
Nothing to say,
There’s nothing to do”

“Trust will get you down”

“Got to be some more change in my life”

 

TRACK 1

Hace diez años estuve a punto de perder una bufanda que hoy ya no tengo; la primera de una colección que iría juntando y guardando sobre un perchero desde mediados de la ahora tan lejana preparatoria hasta la fecha, y que también fue un guiño inconforme ante el uniforme monótono que debíamos portar todos los días, una bufanda que hace mucho le regalé a G, mi pareja. Aquella pérdida casi ocurre a la par que los primeros acordes de una canción de Interpol que ya no recuerdo, en un concierto de hace una década que se transformó en una experiencia vital, un acontecimiento que marcó a un joven del que hoy quedan algunos vestigios, y del que a veces me pregunto acerca de lo perdido —o transformado— a lo largo de esos diez años que, a diferencia de aquella bufanda, se han extraviado en el tiempo. La noche del pasado dieciocho de octubre tomé otra bufanda —ahora habitual en mi vestimenta— que llevaba puesta y la guardé en un morralito de tela desgastada que decidí llevar a la presentación en el Pepsi Center: uno aprende de sus errores, o al menos eso intenta.

En el dos mil siete, el Manifest fue uno de los eventos que encabezaría una lista de asistencias a conciertos que hoy no termina, pero que significó una suerte de rito iniciático. E, R, S y yo tocábamos en un grupo (casi) tributo a aquella banda neoyorquina que durante la noche de ese veintisiete de octubre coreó: “You’re hair is so pretty and red / Baby, baby you’re really the best”. Esa clausura fue, al menos para mí, el momento más significativo del día después de presenciar otras bandas que covereábamos o que tan sólo escuchábamos en aquella época: The Whitest Boy Alive, Teddybears por un lado, y Chikita Violenta y Titán por el otro. Sin embargo, Interpol dotó de sentido nuestra asistencia. Éramos cuatro jóvenes y el mundo comenzaba apenas a emitir sus primeros acordes, a diferencia de la melodía, casi silencio, que ahora es lo único que queda.

Hubo una pausa seguida casi de inmediato por gritos y ovaciones, y todo el escenario se iluminó de rojo; ese dieciocho de octubre la agrupación neoyorquina se presentó con motivo de los quince años de su primer disco: Turn on the Bright Lights. Pareciera que todo se repite y completa una vuelta más de una espiral, aunque distinta a la que la mercadotecnia de la industria musical necesita mantener viva. ¿Será una especie de regreso a la semilla?

TRACK 2

Del repertorio de la banda en la que yo tocaba la batería, cerca de la mitad eran canciones de Interpol; el equilibrio que existía entre cada una de las partes, los instrumentos y la ejecución equitativa de cada pista fue lo que quizá más me llamó la atención de ellos. Remota era la idea de poder igualar a Sam Fogarino, pero muchas tardes en el CCH Vallejo, mi colegio adoptivo, o en una banquita de espera dentro de la estación Autobuses del Norte, las ocupé llenando esos cuadernos rectangulares pautados que venden en las papelerías; algunas otras, con audífonos y los viejos discman que guardaba desde la secundaria, practicaba con dos plumas que simulaban ser baquetas mientras viajaba en el metro. Creo, ahora no estoy tan seguro, que no me importaba ser tan bueno como el baterista de Interpol, bastaba con tocar tan bien como lo hacía el trío de amigos que me invitaron a formar parte de su grupo cuando yo era solo un desconocido que llegó una tarde lluviosa a la casa de las gemelas S y E, guiado por R, que era su vecino.  De Los Fullton —otrora Los Fullton Machín— sólo queda el recuerdo, los instrumentos en nuestras casas y algunas canciones perdidas en LastFM o MySpace que grabamos cuando los celulares no figuraban como herramientas de producción para un puñado de jóvenes que estaban por entrar a la universidad.

S era nuestra bajista y la que siempre nos mantuvo actualizados con las bandas que emergían y a las que nadie prestaba atención en un inicio, algunas casi nada conocidas y que con los años encabezarían algunos line-up del Vive Latino y Corona Capital; junto con su gemela hacía los coros en algunas de las canciones. E era nuestra tecladista, la guitarra de acompañamiento y compositora; las canciones propias que tuvimos fueron en buena medida gracias a ella, composiciones que armábamos a partir de un rudimentario Guitar Pro en obsoletas computadoras. R, por no tener más opción, ocupó la guitarra principal y la voz del grupo, era el Banks del equipo y el que mantenía el ánimo de los cuatro. A esa combinación yo me uní durante los primeros días de agosto del dos mil seis, con una batería que apenas había usado al salir de la secundaria y en los primeros semestres de preparatoria.

Hoy me miro en el espejo y veo una persona que podría costar trabajo reconocer. Hace diez años comencé a dejarme largo el cabello, empezaba a acercarme a los primeros libros que me impresionarían, las canciones, las películas, todos esos discursos que construyeron la educación sentimental de una parte de mi generación, pero creo que pocas motivaciones fueron tan significativas como algunas personas, gente que, para bien o para mal, me marcó. De ellas, sin embargo, pocas han permanecido; pues como suele suceder siempre con los conocidos, las cosas y los momentos, son contados los que continúan o se quedan de una manera particular: a veces como un buen recuerdo, una foto que sólo existe en la memoria; en otras ocasiones como un objeto, un lugar, el sonido de los platillos en corcheas de una batería empolvada por años que ya no volverán, una que me arroja el reflejo en sus parches Remo de un yo que ya no existe, o del que queda poco en el mejor de los casos, y que de la misma forma que el tiempo, ya no es posible regresar.

En el dos mil siete, entre cada una de las presentaciones que conformaron el Manifest, por la ingenuidad que me caracterizaba creí que la música determinaría un camino por el que podría continuar sin demasiados atolladeros, antes que con la literatura: hoy no creo ni la una ni la otra. La confianza siempre nos decepciona. La que depositamos en nosotros mismos es la más difícil de afrontar, la que más nos aturde cuando caemos la mitad de las veces. Aquel año, Paul Banks tenía casi la misma edad que hoy tengo yo.

TRACK 3

El concierto del dieciocho de octubre, en el escenario ubicado detrás del Polyforum Siqueiros, siempre tuvo altas expectativas. La noche anterior había sido el primero de los dos eventos que tendrían en la Ciudad de México, el setlist ya circulaba por las redes sociales, y no se esperaba algo muy distinto, pero, en todo caso, también sería imponente.

Han transcurrido diez años desde la primera vez que escuchamos en vivo a Interpol; de eso, y otras cosas, platico con E en una cafetería muy cerca del metro División del Norte, sobre la calle Matías Romero recién restaurada de fachadas descarapeladas por el sismo del pasado septiembre y de algunos locales rehabilitados, tras ser apuntaladas para evitar un posible colapso —“The building fronts are just fronts / To hide the people watching…”—. La gente sigue yendo como si el peligro fuera parte de un simulacro que no siempre se atiende cuando es necesario. ¿De cuántos simulacros necesitamos para tomar las cosas en serio? Esto me trae a la mente unas palabras que leí en algún momento. La vida no es un teatro en el que se puede repetir y equivocarse, ensayo y error. Los errores de la vida se comenten una vez y no hay forma de volver atrás —“If you can fix me up, we’ll go a long way”—.

TRACK 4

 Del Turn on the Bright Lights, su primer disco, a El Pintor, el último, se puede percibir cierta evolución en el estilo, cambios que se vuelven tangibles incluso entre los miembros, a partir de la salida de Carlos Dengler —el bajista— de la agrupación justo antes de comenzar con la gira de su cuarto álbum: Interpol. Me parece curioso: su separación fue repentina y no carente de murmullos que se preguntaban las razones de su partida amistosa, como diría el comunicado que hizo público la banda. Poco después, Dengler confesaría que la separación de sus compañeros de carrera musical se debió en gran medida al cansancio, al hartazgo que le generaba la figura de rockstar, y la falta de concentración para desarrollar otros proyectos personales como su carrera de actuación. Él evolucionó como lo hizo Interpol a lo largo de doce años con el bajista que había formado parte de la alineación fundadora. A todos nos falta tiempo, pero nosotros le sobramos a él.

BONUS TRACK

El tiempo nos sorprende, nos agarra en curva y nos sacude cuando miramos el camino andado, y caemos en la cuenta de lo que jamás cambiamos, de las viejas cajas de discos y las bufandas descocidas por el uso, las baquetas rotas que no arreglé o que ya no me decidí a sustituir el entorchado oxidado de la tarola o el pedal del bombo. “Surprise, sometimes, will come around”. El Pepsi Center pasó de la iluminación roja a un melancólico violeta y luego a verde, se encendieron las luces brillantes y sonaron las canciones que me trasladaron al dos mil siete. “Because friends don’t waste wine when there’s words to sell”. Ése sería el año que más canciones tocaría, que más baquetas y cuerdas saltarían por el aire durante los ensayos, que caminaríamos cada fin de semana por la calle Bolívar o hacia la paletería de don Rana, el año que decidiría estudiar literatura. “And now there is this distance, so…”. En ese último concierto del pasado dieciocho no se encontraban los cuatro integrantes originales del Interpol que conocí, ni entre la multitud estaba mi antigua banda. E y S habían asistido el día anterior, mientras que R tenía poco de haberse mudado a Francia. Al lado mío, sólo permanecía G. “Oh, what happened?” Paradoja: mi mente volvió a aquel año, pero él ya no regresaría de ninguna forma, o quizá sí, una sola: un recuerdo, un destello sonoro que estimularía la memoria —“And we can top the old times” [or maybe not], agrego—.

Come wait, come wait, it’s over”. Un estira y afloja hasta el punto final.

I keep falling, maybe half the time, maybe half the time”. O tal vez en todo momento.

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Rolando Ramiro Vázquez Mendoza

Rolando Ramiro Vázquez Mendoza

Personaje de ficción. Marabuntesco telecapitoso. Usa bufandas.

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