por Alejandro Chirino

a Jonatan García

 

El único temor verdadero, el que todo devora y hace suyo, es el miedo a la muerte. Todo aquello que consideramos terrorífico no es sino un sustituto, una premonición de la muerte. La oscuridad es temible no porque en ella habite lo desconocido o lo inimaginable, sino porque la tiniebla oculta, a plena vista, la posibilidad, la casi certeza de la muerte. Del mismo modo, el miedo a lo desconocido jamás podría ser el miedo por antonomasia; carece completamente de esa capacidad, es demasiado grosero. Se suele pensar que la ignorancia de lo que sucede después de la muerte, ese nebuloso incierto, es lo en verdad aterrador, pero eso también termina siendo una suerte de sinécdoque de la muerte, pero del concepto de la Muerte, no del acto mismo de fenecer. Y poco importa si este miedo es racional o irracional. Es uno de los fundamentos de la condición humana, junto a los afectos o la zozobra; es el instinto de instintos. Qué irracional, podrán decir, temerle a un proceso natural preciso; pero ¡qué racional es nuestra respuesta, al considerarla con detenimiento!

En términos generales, todo miedo, y en especial el miedo a la muerte, produce dos reacciones distintas, a veces aisladas, otras veces consecutivas: o empuja al cuerpo al escape atropellado, o lo paraliza como un corto circuito a una máquina. En ambos casos es un mecanismo natural de la mente que altera el cuerpo, y advierte al individuo de algo que lo supera enormemente, ya sea la ferocidad de una bestia o el rugido de una tormenta, la vastedad de una calle deshabitada o la forma de un insecto. Existe, también, una tercera posible reacción: una especie de valentía desesperada, similar al impulso de escape pero en dirección contraria, semejante a la parálisis en tanto que domina por completo los músculos y los nervios, y en que nos hace conscientes de una violencia acechante. El miedo es una insinuación: apunta al instinto de supervivencia y a la capacidad de adaptación que comparten todos los seres vivos. Insisten los viscerales optimistas que “sentir temor es despreciable”, pretendiendo censurar nuestra mayor insignia de vitalidad: el terror a aquello que nos puede arrancar el aire de los pulmones y la vista de los ojos. No obstante, pocos se han atrevido a decir —parece una insensatez aventurarlo siquiera— que el miedo a la muerte puede ser la valentía superlativa: no que el temor produzca coraje, sino que lo sea. Así parecen haberlo creído los pueblos mesopotámicos. Ellos, en su vetusta sabiduría y esplendor, reconocían y apreciaban esta ironía. El ejemplo más lúcido y bello de esta cobardía valerosa se encuentra en La epopeya de Gilgamesh, donde el miedo es el eje y el motor de todas las acciones humanas. Dos grandes lectores de la epopeya babilonia habían atisbado ya su centralidad y su relación con la condición humana.

Jorge Luis Borges, en su prólogo al Poema de Gilgamesh, advierte: “La triste condición de los muertos y la búsqueda de la inmortalidad personal son temas esenciales. Diríase que todo ya está en este libro babilónico. Sus páginas inspiran el horror de lo que es muy antiguo y nos obligan a sentir el incalculable peso del Tiempo”. Borges intuye que el miedo en Gilgamesh es causa y consecuencia tanto de la suprema angustia que engendra lo primigenio como de la incertidumbre que suscitan el futuro lejano y el inmediato. La capacidad de provocar temor le pertenece, eminentemente, al Tiempo, pariente y portero de la Parca. Rainer Maria Rilke, por su parte, pudo discernir la esencia del poema más sucintamente: para el poeta alemán, Gilgamesh es “das Epos der Todesfurcht”, la epopeya del miedo a la muerte, “que surgió en tiempos inmemoriales entre los hombres, para quienes la separación entre la vida y la muerte se había vuelto definitiva y desastrosa”.[1] De nuevo aparece el tiempo como síntoma de lo mortal, pero Rilke apunta, acertadamente, a la dinámica entre la vida y la muerte, pues, en efecto, ambas se necesitan para poder ser inteligibles, siendo la presencia de una la ausencia de la otra. Pero hay algo más: si la “separación” entre éstas es “definitiva y desastrosa”, es porque la presencia de la vida parece ser absoluta e inamovible. El vigor sexual de Gilgamesh y Enkidú son evidencia de esto, y ejercen tensión entre el instinto bestial del ser humano y su capacidad civilizadora. La aparición repentina de la muerte destroza el imperio de lo vivo. La muerte de Enkidú convulsiona la cosmovisión de Gilgamesh de tal manera que jamás volverá a ser el mismo.

Sin embargo, Gilgamesh no teme, al menos no en primera instancia, a la muerte, sino al olvido que ella engendra. El rey de Uruk anticipa y supera a personajes como Hamlet y Othello, hombres que, a punto de morir, se preocupan más por el recuerdo posterior de sus hazañas que por el fin mismo de su vida. Temen que la narración de sus obras se tergiverse, y desean que su imagen, la imagen que tienen de sí mismos, se preserve prístina, para obtener así una especie de inmortalidad inmaculada. Mas es el destino de las palabras y las historias ser alteradas por los que aún poseen aliento, a pesar de la voluntad de los muertos, o quizá por ella misma, pues este necio sueño de idealización que jamás se verá en persona es egoísmo puro. Gilgamesh es distinto. Él no pretende que su historia por sí sola sea recordada íntegramente (acaso un imposible, acaso un baladí), sino que sus acciones edifiquen su nombre como un monumento, para que permanezca como el más grande de los mausoleos: el suyo. Lo enorme de su egoísmo, incluso lo hacedero y lo pragmático de éste, lo hace encomiable.

En efecto, el miedo en el poema representa, fundamentalmente, el ímpetu a la acción, al acto creador. La impotencia y la rabia de los habitantes de Uruk-el-Redil surge de su pánico a los abusos de Gilgamesh, y en su auxilio la diosa Aruru crea a Enkidú, el único igual y el opuesto del tirano. El horror consume a los dioses temerosos que presencian la catástrofe del diluvio universal que ellos mismos causaron; a los únicos dos sobrevivientes, Utanapíshtim y su esposa, la diosa Ea les concede la inmortalidad, casi como una señal de alivio después del pavor que causó la tormenta: como si los dioses temiesen la posibilidad de que todo hubiera desaparecido como lo habían planeado. La mismísima ambición de Gilgamesh por alcanzar la inmortalidad no es otra cosa sino su pavor al olvido de la muerte. El temor es el impulso vital. Es el origen y la motivación detrás de todos los acontecimientos del poema. Y no es sólo el miedo el que moldea los actos de los personajes. Las acciones de Gilgamesh también resignifican el valor del miedo: en lugar de paralizar, mueve; en lugar de conducir a la deriva, impulsa hacia un objetivo. El rey de Uruk de las Encrucijadas jamás permanece impávido, aun en su más profunda tristeza, pues el temor no produce vergüenza ni es emblema de pusilanimidad, sino que es muestra de audacia. ¿Quién de nosotros, cobardes, podrá jactarse de ser valiente que nunca haya sentido temor? Sólo a aquellos que encarnan el coraje en el fragor del combate y dan cara al abismo les es permitido decir: “¡Tengo miedo!”. Luego, cuando los ancianos de Uruk temen por la vida de su monarca e intentan disuadirlo, a petición de Enkidú, de ir al Bosque de los Cedros y trabarse en combate con su imponente guardián, Humbaba, el rey sólo responde con una risa vigorosa. Así lo vierte Jorge Silva Castillo en su magistral traducción:

“Es tormenta el rugido de Huwawa.
Su boca es fuego. Su aliento es muerte.
¿Por qué deseas acometer tamaña empresa?

¡Contra la morada de Huwawa no se ha de entablar batalla!”

 

Al oír Gilgamesh lo que decían sus consejeros,
riendo con su amigo respondió:
“Entonces, diré así, amigo mío:
‘Puesto que tengo miedo,

habré de ir’…” (III, v, 195-204)

¡Qué inmenso! ¡Cuánto brío! El arrojo de Aquiles es diminuto en comparación. Hasta el más poderoso de los hombres, de ser empujado al borde de tal despeñadero, sólo alcanzaría a decir: “aunque muero de miedo, tengo que ir”. Sólo Gilgamesh, el óptimo campeón, el héroe arquetípico, puede declarar que no a pesar de la pavura, sino por ella misma, es que habrá de poner pie sobre el suelo infirme más allá del acantilado. No hay necesidad, no hay obligación: sólo está la acción inevitable. Sólo Gilgamesh puede decir esto, ¡y todo mientras ríe!

Pero, ¿acaso Gilgamesh habría de mantener ese temor que lo llenaba de tanta hambre de vida? No por siempre; no del mismo modo. En la segunda parte del poema acaecerá un evento catastrófico. El concilio de los dioses, poseídos por pánico e indignación ante la fortaleza combinada de Gilgamesh y Enkidú, quienes decapitaron a Humbaba en el Bosque de los Cedros y desmembraron al Toro del Cielo, decide dar muerte a uno de ellos, enviándole una enfermedad fatal. Finalmente, eligen a Enkidú. La ausencia de la tablilla donde se relata el momento exacto de su expiración y el lamento de Gilgamesh es una de las grandes tragedias literarias, pero afortunadamente conservamos la breve y conmovedora relación que Gilgamesh hace a Urshanabí, el Carón mesopotámico, sobre el fallecimiento de su amigo:

Enkidú a quien tanto amé, quien conmigo pasó tantas pruebas,

Llegó a su fin, destino de la humanidad!

Seis días y siete noches lloré por él, y no le di sepultura

hasta que de su nariz cayeron los gusanos.

¡Tengo miedo de la muerte y aterrado vago por la estepa!

¡Lo que le sucedió  a mi amigo me sucederá a mí! (X, iii, 22-27)

Por primera vez Gilgamesh se da cuenta de su propia mortalidad, siente su carne que también alimentará a las alimañas; la muerte deja de ser una abstracción lejana para concretizarse en los minúsculos e impasibles gusanos que se retuercen para salir del cuerpo de Enkidú. Y la pavura que esta visión le provoca es tan monstruosa, que le impele a una última aventura—desesperada, si se quiere—en búsqueda de la vida eterna. No podemos culparlo. Muchos, en efecto, casi todos quienes experimentasen lo que Gilgamesh, hubieran muerto ahogados en el fango de su propia cobardía y debilidad. Aun así, al final él fracasa en su empeño.

El poema concluye con Gilgamesh regresando a su reino, al parecer abatido. Viajó al borde del mundo y a sus más hondas profundidades; conoció a los hombres escorpión, a Urshanabí y a Utanapíshtim; escuchó la historia olvidada del diluvio; obtuvo la planta de la juventud y la perdió para siempre poco después. Empero, nos equivocaríamos en decir que su viaje es una derrota. Ha envejecido, ha ganado sabiduría. Sus desdichas lo hicieron lamentar lo inexorable de su propia muerte física, y la consciencia de como todas sus labores y esfuerzos han sido y serán en vano. Nadie, hombre, bestia o divinidad, podría permanecer impasible ante la constante experiencia cercana a la muerte que ha sido la vida de Gilgamesh. Pero ocurre algo inesperado. Al llegar a Uruk junto con Urshanabí, Gilgamesh olvida sus lamentos, sus pasadas proezas físicas, y ahora fija su mirada y la de su testigo, su único confidente, en su obra ya no como hombre divino y aventurero, sino como gobernante de Uruk-el-Redil:

Gilgamesh se dirigió a Urshanabí:

“Sube y pasea sobre los muros de Uruk-el-Redil.

Mira sus cimientos. Considera su estructura.

¿No son acaso cocidos sus ladrillos?

¿No habrán echado sus fundamentos los Siete Sabios?

Un sar mide la ciudad; un sar, sus huertos; un sar el solar del templo de Ishtar.

¡Tres sar abarca el dominio de Uruk!” (XI, 301-307)

Esto no es resignación, sino sosiego. “He rests. He has travelled”. Gilgamesh abandona la pesquisa por la inmortalidad o la eterna juventud en favor de la vejez y la vida examinada. Es la respuesta de un hombre sabio, que conoce el miedo y no ignora la ambición o el luto. El camino de vuelta ha quedado atrás, y lo único que debe admirarse es la altura y la extensión de Uruk. La vista de Urshanabí, y del lector, se dirige hacia arriba y hacia lo largo de los ladrillos ordenados de la ciudad, como un lugar firme donde descansar el cuerpo. La vida, parece decir, permanece, aun en las piedras.

Gilgamesh es “la epopeya del miedo a la muerte” sólo en un principio, o sólo en sus partes. Vista como un todo, como una obra cabal, se descubre a sí misma como la epopeya de la muerte del miedo. Encontramos en ella el vértigo hacia la muerte y la busca agobiante por la vida, y ambas son tremebundas por su enormidad. Pero Gilgamesh supera la indagación sobre las cosas sobrehumanas que le provocaron tanta angustia en un inicio. Es tal vez evidencia de que la sed de vida es siempre más potente y más tremenda que el temible espectro de la muerte.

 

 

Notas

[1] “…entstanden im Unvordenklichen unter Menschen, bei denen zuerst die Trennung von Tod und Leben definitiv und verhängnisvoll geworden war”.

 

Alejandro Chirino (Ciudad de México, 1994). Estudió Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Su trabajo ha sido publicado en revistas como Marabunta, Página Salmón y Revista Kaleido.

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