por Jorge Teves

 

La cita era un bar llamado Invisible, en el centro de la ciudad. No lo puedo negar, estaba algo nervioso. Era la primera vez que me iba a reunir con el Hombre. No lo conocía, no sabía absolutamente nada de él más que su apodo y que podía encontrarlo ahí. Es más, no tenía ni idea de por qué era llamado de esa manera. Supuse que era una especie de comparación divina. “Amados, nunca os venguéis vosotros mismos, sino dad lugar a la ira de Dios, porque escrito está: mía es la venganza, yo pagare, dice el Señor”, Romanos 12:19. Lo recuerdo porque mi abuela lo decía todo el tiempo. El señor, el Todopoderoso, el que te da la vida y el que te la quita, decía siempre. Entonces, ¿sería el Hombre también capaz de dárnosla? Puedo asegurar que al menos sí de quitarla. Al menos, en la tierra, él es el que manda desde hace millones de años.  

La puerta que daba a la calle estaba abierta. Me esperaba la penumbra. Tenía que subir unas largas escaleras. Mis pasos, lentos e inseguros, me llevaron hasta una luz roja que iluminaba mi lugar. Supuse que era la mitad del camino. Dudé por un minuto. Era extraño, esperaba escuchar algún ruido, tal vez una mezcla de voces y música, pero nada. Por ahora dominaba el silencio. Cuando por fin llegué al final de la escalera, un largo y angosto pasadizo, esta vez sí iluminado por unos viejos y suicidas fluorescentes, me invitaba a superarlo. El piso tenía rayas negras y rojas en zigzag y el aspecto era terrible. Había muchas colillas de cigarro, agua (u orines) por algunos rincones, botellas rotas. Las paredes estaban muy sucias y descascaradas, con huellas de zapatos y frases denigrantes. Esta vez el ruido se hizo presente y aunque era uno muy lejano igual sirvió para darme un poco más de tranquilidad.

Respiré profundo. Mi nariz sufrió la humedad del lugar. En medio del pasadizo había dos puertas viejas de madera. Me detuve frente a una de ellas. Sabía que ahí no era el lugar ya que la música aún seguía muy lejos. Pegué el oído y traté de escuchar algo. Nada. Me acerqué a la otra puerta que estaba al frente. Ciertamente la música provenía de ahí, pero era una música diferente, inusual para una fiesta. Pero había algo más extraño: la presencia de un llanto. ¿Sería ese el lugar? Toqué dos veces y de inmediato algo en mí me dijo que no debí hacerlo. Empecé a alejarme lentamente de la puerta. No sabía lo que había, ni quién vivía ahí dentro, tampoco qué era lo que sucedía detrás de esa puerta. Me quedé congelado por unos segundos. Al rato escuché unos ruidos y luego unos pasos que se acercaban. Empecé a sudar.

—¿Sí? —dijeron al otro lado de la puerta. Era una voz muy aguda y trémula. Deduje que era una mujer.

—Disculpe… busco el bar Invisible.

Pasaron varios segundos y no obtuve respuesta. Observé la puerta. Pensé por un momento que me estaban observando. Observé el techo. No había cámaras.

—Discul…

—Sigue avanzando. Ya vas a llegar…

Solo atiné a darle las gracias.

Los pasos se alejaron. Con cuidado intenté pegarme a la puerta nuevamente. Luego oí el rechinar de una cama o un sillón. Distinguí unos murmullos. No supe bien si era una conversación o un monólogo. Lo que sí sabía era que tenía que alejarme de ahí.

Seguí caminando. Ahora tenía que subir una nueva escalera mucho más pequeña que la anterior y un nuevo pasadizo me esperaba. Este también era más corto, pero igual de sucio que el ya superado anteriormente. Al final una puerta de color rojo me informaba que ya casi había llegado. En medio y en la parte de arriba una placa decía: INVISIBLE BAR. El ruido ya era más envolvente, rebotaba con furia en las paredes, rasgándolas, haciéndolas vibrar. La canción tenía el tiempo bastante lento, marcado por una batería digital, el bajo tenía una presencia devastadora, casi sepulcral y las guitarras aparecían tímidas, sin intenciones de explotar. This night… when we dream… together…

Llegué a la puerta roja y dudé unos segundos: ¿Tocar o regresar? ¿En realidad quería conversar con el Hombre? ¿Era necesaria su ayuda? Tenía todo, el dinero, la coartada, pero con cada paso dudaba si tenía realmente los huevos para hacerlo. It’s the big dream… The big dream… Había un problema… no sabía si en realidad tenía un motivo. Es decir, sí lo había, pero no lo recordaba.

Toqué la puerta tres veces y esperé. La canción terminó y comenzó otra que si había escuchado hace mucho tiempo. Apenas abrió la puerta un hombre viejo, el bajo de “New Dawn Fades” me recibió con brusquedad. El viejo se sentó con sus demás compañeros en una mesa. El lugar estaba muy oscuro, a penas iluminado por luces suaves de diferentes colores: verdes, azules, amarillas, rojas. La gente tomaba y conversaba en las mesas, algunos parados, otros incluso en el piso. El bar era una pequeña caseta con muchas cervezas, una barra y varios asientos personales. El mismo tipo que me abrió la puerta, y que no había parado de mirarme, se me acercó. Tenía los ojos virolos, el pelo muy blanco y la frente muy arrugada. Fumaba un cigarro con desesperación. Su boca temblaba demasiado.

—¿Buscas a alguien?

—No… bueno sí.

—¿Y cómo se llama?

Callé por unos segundos. Lo miré un poco avergonzado y le dije que no lo sabía. Se quedó en silencio. No supe que parte de mi rostro miraba. Finalmente habló.

—Marcos tal vez podía ayudarte.

Estuve a punto de preguntarle quién era Marcos cuando su mano arrugada me señaló al barman. Tomó asiento y nuevamente me balanceé en la duda. Ni bien llegué le pedí una cerveza. No fue déspota de ninguna manera, más bien lo dijo con amistad, como si me conociera de mucho tiempo, casi implorando.

—Tendrás que esperar un momento.

—Pero no hay nadie en la barra.

—Tendrás que esperar un momento.

—¿Esperar qué?

—A la persona que estás buscando.

Mi mirada cambió y él debió notarlo.

—¿Y a quién estoy esperando?

Quedó en silencio. Tomó una cerveza y la abrió. Sacó un vaso limpio y lo colocó frente a mí.

—Tendrás que esperar… un momento.

Y se puso a ordenar unas cajas y atender a unos chicos que se acercaron a pedir más cerveza. Muchas preguntas acuchillaban mi cabeza pero sabía que tenía que hacer una sola cosa. Esperar.

Empecé a tomar la cerveza. A pensar por qué estaba ahí. ¿Cuán perverso puede ser el ser humano para generar este tipo de sentimientos? Estaba furioso, sí, pero cuando tomé la decisión de buscar a El Hombre. En el camino iba desistiendo con cada paso. Ahora, sentado frente a esta cerveza, asfixiado por el humo, la música, la oscuridad, mi corazón se apretaba y mis ojos se inyectaban de sangre. Mi mente se retorcía, triturando toda posibilidad de retroceder. Terminé lo que quedaba de la cerveza. Entonces el viejo barman se me acercó.

—Listo. Acompáñame.

Esta vez no dudé. Solo lo miré a los ojos y comprendí. Pasamos unas cortinas y entramos a un nuevo pasillo. Me sacudió el olor a marihuana y el sonido de las narices sacudiéndose frenéticas. El viejo barman empezaba a tararear una canción. No reconocí cual era. Lo hacía muy bajito. La música había desaparecido gradualmente. Las paredes crujían y el viento soplaba infinito.

Nos detuvimos frente a una puerta vieja de madera. El barman me miró. Me colocó una mano en el hombro.

—No le mires las manos. 

Dio la vuelta y empezó a ser devorado por el humo y la penumbra. Entré.

Ahí estaba el Hombre. Sentado en un sillón plomo por el tiempo y el descuido y lleno de manchas. Ahí dentro la música era doo-wop. Una mujer descansaba en el piso, respiraba profundo. Tenía los brazos y piernas estiradas.

—No te preocupes. She’s dreaming —dijo y luego otorgó una larga sonrisa.

Tenía los ojos brillosos y casi no parpadeaba. Su nariz no dejaba de sonar y se sacaba conejos del cuello y los dedos constantemente. Casi olvidé el consejo del barman. Fingí mirar al piso. Nuevamente miré a la chica. Empezó a sonreír mientras se movía muy despacio de lado a lado. Realmente estaba soñando.

Me senté frente a él. Prendió un cigarro. Sus manos se cruzaron con mi mirada. Las evadí lo más rápido que pude mirando hacia una mesita que estaba al costado. Acercó sus manos para ofrecerme un cigarro.

Negué con la cabeza evitando a toda costa caer en su provocación. Había algo extraño en sus manos, no pude ver claramente qué era pero había algo extraño. Alejó la caja de mi rostro.

—Bien. Ahora dime… ¿Quién es? ¿Y por qué?

El miedo regresó esta vez con más fuerza. Amarró mi lengua y mojaba mi frente.  Estaba paralizado. El Hombre no paraba de mirarme, lanzando el humo hacia el cielo. Observé a la chica. Esta empezó a temblar y a llorar. En eso escuché unos golpes en la puerta que estaba del otro lado. Todo quedó en silencio. La música y la mujer, la nariz de El Hombre. Ella se levantó del suelo y empezó a caminar lentamente hacia la puerta. Pegó su cabeza y preguntó.

—¿Sí?

Todos nos quedamos en silencio. No logré escuchar lo que dijeron del otro lado. Luego la mujer volvió a hablar con una voz muy dulce.

—Sigue avanzando… Ya vas a llegar.

Y nuevamente regresó a su lugar. Esta vez se sentó al costado de El Hombre y empezó a susurrarle cosas al oído, solo pude escuchar que le pedía perdón. Él le acariciaba la cabeza, jugando con su cabello, calentando sus muslos.

Volvió a dirigir su mirada hacia la mía. Fría, vacía, punzante.

—¿Quién es? ¿Y por qué?

Algo… no sé qué exactamente, me hizo pensar diferente. La música regresó. Algunos recuerdos también. Nunca me di cuenta cuándo se habían ido.

Observé por última vez a aquel sujeto. Los ojos clavados en el cráneo, los dientes amarillos, el cabello grasoso peinado hacia atrás. No le mires las manos.

Abrí la puerta, observé el zigzag del suelo, respiré el olor a tabaco. Volví a encontrarme con el centro de la ciudad, el murmullo callejero de los que nunca buscan y nunca encuentran. De los que se quejan y de los que aceptan. De los que sueñan y de los que roban. De los que matan y de los que abandonan. Si hay algo en esta ciudad que se debe detener, debe detenerse con nuestras propias manos.

 

 

Jorge Teves, peruano y limeño. 22 años. Comunicador audiovisual de profesión. Descargo mis miedos en una banda de rock. Castigo a mis ojos viendo cine. Escribo para no desaparecer.

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