por Antonio Rubio Reyes

 

Se ha escrito una decente cantidad de bibliografía sobre Elena Garro y su peculiar concepción del tiempo en un sentido no solo estrictamente narrativo: el tiempo real (o sea, la vida de Garro y su influencia dentro de sus textos), el tiempo de sus personajes, el histórico… No es para menos en una narradora que plasma la mencionada percepción desde los títulos. El ejemplo clásico siempre será Los recuerdos del porvenir (1963), donde se plantea una paradoja temporal a través de la memoria: el recuerdo —que se ejerce sobre el pasado— de algo que se encuentra en el futuro. Otra muestra, más apropiada para el propósito de mi ensayo, está en La semana de colores (1964), texto en el cual, por medio de una bella sinestesia, se dota de propiedades visuales a un elemento más bien cronológico, estableciendo entonces una ruptura con la concepción inasible del tiempo, haciéndolo más táctil, palpable, y así personificándolo. Y de forma reciente y en menor medida, la reunión de su poesía inédita, Cristales de tiempo (2016), también hace del tiempo una entidad manoseable. En este sentido, la narradora utiliza las rupturas del tiempo para exponer, sutilmente, las paradojas del género humano.

Expuesto con brevedad lo último, aquí pretendo estudiar otra faceta de lo temporal en la narrativa de Elena Garro. Con más precisión: la personificación del tiempo en su cuento “La semana de colores”, del libro homónimo publicado en 1964. No obstante, buscaré exponer a la brevedad algunas manifestaciones temporales, ejemplificando sobre todo con Los recuerdos del porvenir.

 

La temporalidad en la obra de Elena Garro pareciera seguir distintas manifestaciones. En un primer acercamiento, afirmaría que el tiempo, para muchos personajes, es concebido como una prisión. Dicha cárcel, en una estancia más poderosa, se petrifica: los protagonistas no son capaces de escapar de su dominio. No obstante, encuentro una tercera forma temporal que está relacionada, en contraste, con la personificación: el estar fuera del tiempo. Aquí tenemos al personaje de la Nana en “La culpa es de los tlaxcaltecas”, quien lo comprende pero no lo transgrede. Algo parecido ocurre con Martín Moncada en Los recuerdos del porvenir y, como veremos, con Leli y Eva en “La semana de colores”.

Según Leonardo Compañ Jasso en su breve apunte “Elena Garro y el tiempo suspendido”, la novela más famosa de nuestra escritora representa ejemplarmente (como retrato y anulación del mismo) el concepto de “intempesto” —explorado por Isidoro de Sevilla—. El intempesto, según Compañ Jasso, refleja al tiempo que no es concebido por sí mismo, sino a través de los actos humanos. “El tiempo todavía no llega”, explica Jasso sobre Los recuerdos del porvenir, y esto se debe a que los hechos que marcarán para siempre a Ixtepec, narrador, estarán dentro de su geografía espacial: la piedra en la que está postrado y reinventando de nuevo el tiempo de los personajes. Antes de estos momentos, todo carece de tiempo y actividad: 1) el sentimiento de desilusión post revolucionario; 2) la llegada del general Rojas y sus soldados y mujeres; 3) el arribo del extranjero; 4) la rebelión de los cristeros; 5) el sacrificio de los Moncada y la traición de Isabel.

En un ensayo más abarcador y serio, Rita Dromundo analiza las diversas facetas del tiempo que detecta en la obra de Elena Garro. Aunque no menciona la “personificación” de lo temporal, Dromundo detecta varias manifestaciones dignas de ser exploradas y que demuestran la compleja percepción de Garro ante un tema tan recurrente en su escritura. “La autora logra”, —escribe Dromundo— “a través de sus obras, introducirnos en la atemporalidad, condición probable en la imaginación, en los sueños y en los libres movimientos de la conciencia” (37). La atemporalidad surge “desde dentro de algunos personajes y se entrela[za] con los otros tiempos interiores, para convertirse en un elemento transformador de la realidad que logra imponerse con el tiempo fijo de un grupo de todo un pueblo”. A través de la interiorización del tiempo, los protagonistas en la literatura de Garro logran establecer un lazo con su memoria: esto los fija en el tiempo. Sin embargo, ante un acontecimiento terrible y doloroso, “que va más allá de sus límites de tolerancia”, los mismos borran su memoria. Y no tener memoria es estar ya no fuera del tiempo, sino petrificado y consumido en él y por él. O vivir ahora dentro de un nuevo orden, cosa que sucede con Eva y Leli en “La semana de colores”.

El tiempo también se cosifica. Generalmente, se convierte en piedra: es decir, lo estático, lo inamovible y por lo tanto lo que está quizá fuera del tiempo o demasiado metido en su influencia. Lo último guarda relación con lo escrito por Dromundo Amores sobre la interiorización y representación del trauma a través de la postura frente al tiempo: “Las causas que determinan la suspensión de la marcha del tiempo surgen del mundo interior de los personajes y tienen su origen en factores que afectan de manera significativa su estado emocional” (38). Sin embargo, no deja de ser interesante que el tiempo petrificado guarde relación con la espacialidad, que contiene siempre a los personajes. El pueblo de Ixtepec está “sentado” sobre una piedra “aparente” que bien indica que los tiempos están detenidos, así como un indicio del destino de Isabel, quien se transformará, a la manera de Lot, en (tal vez) esa roca que establece el final de la escritura. Curiosamente, una fecha precisa, durante un momento clave de desdoblamiento narrativo. Quiero decir que el narrador (Ixtepec) cede las últimas palabras a otra voz para señalar la fecha en la que todo termina: el 5 de octubre.

Esta versatilidad en las facetas —paradojas y rupturas— con la temporalidad es lo que ha provocado que, no sin cierta razón, se incluya a Garro en géneros tan representativos del Siglo XXI como la literatura fantástica y el realismo mágico.

 

Creo que de todos los relatos reunidos en La semana de colores, aquel que titula esta colección es el más intenso y terrible. Por medio de la personificación del tiempo, se nos narra el día en que dos niñas, Eva y Leli, pierden la inocencia y asimismo el “desorden de los días”. Aquí la sucesión “natural” del tiempo resulta un “juego” que finalmente culminará en la visita de un espacio infernal, obviamente dantesco, donde las niñas tendrán el primer contacto con el “orden” de los adultos: sus pecados, sus vicios, sus colores y por supuesto su tiempo.

“La semana de colores” abre de inmediato con la personificación de las entidades temporales: “—Don Flor le pegó al Domingo hasta sacarle sangre y el Viernes también salió morado en la golpiza” (Garro 77). Eva, curiosa, intenta saber más sobre el chisme de los días. Su primer cuestionamiento, de hecho, será una interrogante temporal, una búsqueda por saber en qué tiempo habita: “—¿Qué día es hoy? —preguntó Eva a la hora de la comida”. La respuesta de su padre es “Viernes”, y Eva suelta un suspiro de indignación. Aquí hay una clara referencia bíblica, dado que Eva no solo será la primera en preguntar y renegar del tiempo, sino de estar fuera de él o tener un caos distinto al de su padre (al del mundo adulto):

Las semanas no se sucedían en el orden que creía su padre. Podían suceder tres domingos juntos o cuatro lunes seguidos. Podía suceder también lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo, pero era una casualidad. ¡Una verdadera casualidad! (78)

El orden en el que convive la mayoría de los personajes es atribuido por las niñas a una casualidad. La casualidad la dirá en seguida el padre: “Eso dice el calendario, porque eso debe decir. Hay un orden, y los días son una parte de ese orden” (79). Así, la sucesión casual-normal de los días está en una secuencia lógica y por lo tanto inalterable. El padre percibe los días de una forma indiferente, porque así debe ser, en contraste con la sensación más corporal-emocional que tienen Eva y Leli: las niñas sienten que el día es un martes. Se trata de algo indescriptible y por lo tanto natural. De ahí que la narradora añada que los mejores días eran el jueves y el martes que, como expondré en seguida, tienen una determinada virtud, un pecado y un color: cólera, modestia y naranja para el primero; avaricia, abstinencia y amarillo para el segundo.

(Valdría la pena hacer un paréntesis y regresar al concepto de “intempesto”. El tiempo está fijo, como expuse con anterioridad, en los calendarios. Después se personificará de cierta forma en la visita a don Flor. En esta visita, los sucesos temporales se petrifican, entran en un no-estar puesto que tanto los días de la semana como don Flor están “ausentes”. Finalmente, progresará en la noticia final, cuando se revela que el último estaba muerto —durante la visita de las niñas. Y es sin duda bastante esclarecedor que la última palabra del cuento sea “días”, en referencia a un hecho pasado que no se percibió como algo pasado.)

La primera parte de “La semana de colores” está caracterizada por un tono amable e incluso hilarante. El lector, si quiere, puede ser cómplice del juego y sonreír ante la percepción (seria) temporal de las niñas. Lo terrible se introduce, con ejemplar maestría, en la visita a casa de don Flor, donde habitan los días de la semana: aquí el espacio contiene no solo al espíritu del alcohólico, sino a todos los tiempos. Así pues, al contener al tiempo, se sale de él. No puede ser del todo ubicado en la realidad porque ya no existe (don Flor está muerto y los días no están). No obstante, todo se complejiza aún más ya que también representa una especie de prostíbulo[1] donde “las gentes de la ciudad de México, vienen hasta acá a buscar consuelo para sus penas. Me llegan acobardados y yo les enseño el desorden de los días y el desorden del hombre” (94). Leli y Eva encarnan la inscripción de un presente que su credulidad infantil cree estar manejado por el anciano que, lo indica Laura López Morales en su texto “Las rupturas del tiempo”, “es el dueño de los días, el tejedor de canastas y el amo de los colores; sus poderes le permiten entretejer los siete días con los siete colores del arcoíris, a los que además asocia los siete pecados capitales y sus respectivas virtudes” (80).

Entonces los días de la semana se personifican (especialmente en mujeres violentadas) cuando se les atribuye un pecado respectivo y una virtud contrarrestante, además de un color representativo. Domingo: lujuria-largueza (color negro); Sábado: pereza-castidad (rosa); Viernes: orgullo-diligencia (morado); Jueves: cólera-modestia (naranja); Miércoles: envidia-paciencia (verde); Martes: avaricia-abstinencia (amarillo); Lunes: gula-humildad (azul). Este es, en suma, el desorden en el que don Flor incluye a las niñas en ese cruel “estamos” (93).

Es notable que la presencia de los días se establezca en la memoria por medio de la distancia y durante la visita a don Flor se encuentran por completo ausentes. Su ausencia solo denota la transición de las niñas hacia el tiempo de los calendarios, al orden santo en la segunda intervención del padre y después de la experiencia traumática que, como mencionaba en un principio, borra la memoria, en este caso del “desorden” anterior:

Su padre les explicó que los días eran blancos y que la única semana era la Semana Santa. Domingo de Ramos, Lunes Santo, Martes Santo, Miércoles Santo, Jueves Santo, Viernes de dolores, Sábado de Gloria y Domingo de Resurrección. Pero era difícil olvidar a la semana de colores encerrada en la casa de don Flor. (95)

El final del cuento confirma la desaparición de la Semana, a quienes culpan de asesinar a don Flor, quien se creía dueño de los Días (el Siglo). El tiempo se ordena y adquiere ahora un carácter religioso que las niñas intentan asumir; pero siempre recuerdan el día en la casa de don Flor, donde empezó el nuevo tiempo y el tiempo personificado escapa.

 

 

Bibliografía

Compañ Jasso, Leonardo, “Elena Garro y el tiempo suspendido”. La Jornada Semanal (8 de enero, 2006), núm. 566. [En línea] http://www.jornada.unam.mx/2006/01/08/sem-leo.html. [Consulta: 8 de octubre de 2017].

Dromundo Amores, Rita, “Los otros tiempos en las obras de Elena Garro”, en La Experiencia Literaria. UNAM, Ciudad de México, 1997, pp. 37-52.

Garro, Elena, “La semana de colores”, en La semana de colores. Universidad Veracruzana, Xalapa, Veracruz, 1964, pp. 75-96.

——-, Los recuerdos del porvenir. Joaquín Mortiz, 1969, Ciudad de México.

López Morales, Laura, “Las rupturas del tiempo”, en Elena Garro. Recuerdo y porvenir de una escritura (Luz Elena Gutiérrez de Velasco y Gloria Prado eds.). Tec. de Monterrey/UI/CONACULTA, Ciudad de México, 2006.

 

Notas

[1] Me parece que es mucho más complejo el carácter de este lugar, debido a que, como explica Don Flor, los habitantes de la urbe iban a contemplar cómo éste golpeaba a los días. Cuando veían la sangre, sacaban el dinero, dice el personaje.

 

Antonio Rubio Reyes (Ciudad Juárez, 1994) es licenciado en Literatura Hispanomexicana por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Actualmente estudia la Maestría en Estudios Literarios. Forma parte del proyecto Cartografía literaria de Ciudad Juárez (Juaritos Literario). Publica con relativa frecuencia en revistas literarias y académicas como Paso del río grande del norte, Juárez dialoga, Al límite, Heraldos negros y Marabunta.

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