por Héctor Ortiz

Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con la herencia.

Colosenses 3:23,24

 

—¡No, no, no! ¡Así no se ponen los clavos! ¡Estás arruinando la madera!

Desesperado, empuja a su aprendiz Abraham, despojándole de las herramientas, extrayendo los clavos de lo que de fabricarse en esta época pudiera considerarse arte abstracto, pero que en aquellos primeros años de la época moderna, no pasaba de ser un mal intento de silla.

Abraham era un pésimo aprendiz. No solo distraído, sino también torpe con las manos, por lo que solía sufrir lesiones autoinflingidas que interrumpían constantemente su aprendizaje del oficio de carpintero. Su incompetencia era tan evidente que su maestro Jesús de Nazaret, hijo de María, perdía la paciencia.

—Presta atención, Abraham, por el amor de Dios —Jesús se turba un segundo, por usar el nombre de su padre en vano —Esto ya te lo he explicado varias veces. Si martillas el clavo en las grietas, vas a quebrar la madera. El martillo se sostiene así, que la cabeza quede lo más alejado de tu mano posible. ¿Ves?

Jesús da unos golpes sobre unos de los herrumbrosos clavos, sonoro choque de cabezas. El hierro se hunde con facilidad en la madera. Abraham no deja de asentir ante la interrogante en el sudoroso rostro del salvador. Ofrece el martillo a Abraham, quien lo toma con mano insegura.

Como si fuera incapaz de retener cualquier idea, no sigue los consejos de su maestro mientras arremete contra otro de los clavos. Éste entra chueco en la tabla, sobre la cual aparece una grieta. Abraham ya no provoca ira en su maestro, sino decepción.  Jesús se pregunta si es esta la humanidad por la que vino a morir al mundo.

—Tómate el resto del día, Abraham— dice.

—Muy bien maestro. Nos veremos mañana— contesta mientras camina hacia el umbral, el rostro anegado en lágrimas. No suelta el primer sollozo sino hasta que llega a la calle.

Sabiendo que se aproximaba su trigésimo onomástico y, por lo tanto, el momento de iniciar su peregrinación, Jesús se sintió obligado a formar a quien le sustituyera como carpintero en Nazaret, comunidad pequeña de la que su padre putativo José fuera el único en practicar dicho arte. Su madre María fue la encargada de correr la voz de que se solicitaba aprendiz. Tan solo el huérfano Abraham, quien no conocía otro oficio, se presentó.

Pasaron los días sin que se presentara ningún otro alumno y sin que el aprendiz lograra ningún progreso significativo. A medida que la fecha de asumir su destino se acercaba, Jesús comenzó a aceptar que no era el responsable del fracaso de Abraham y que al contrario, se había desempeñado como un maestro dedicado y paciente, incluso sobrepasando el concepto de tolerancia. El cordero se encontraba dispuesto a morir por los pecados de los hombres, pero debía permanecer inmaculado de culpas propias. Abraham, tal como la mayor parte del género humano, era un caso perdido.

Llegó el momento en que Jesús tuvo que partir al encuentro de Juan, quien lo bautizó. Tras un exilio breve en el desierto, comenzó a predicar la palabra de Dios, reformándola, lo que generó fricciones con los funcionarios judíos, lo que eventualmente sellaría su destino.

Durante 3 años, Jesús junto a otros doce recorrió la región de Galilea, enseñando un nuevo mandamiento basado en la tolerancia y que sería ignorado a través de los siglos por los dirigentes de la Iglesia fundada en su nombre. Narró parábolas, convirtió el agua en vino, exorcizó demonios, multiplicó los panes y los peces y ordenó a los muertos volver a vivir, según lo narran, con ciertas discrepancias, las cuatro biografías autorizadas.

Entonces sobrevino la traición, presentida durante la cena. Judas, uno de los doce lo vendió por 30 monedas de plata a los judíos, quienes lo acusaron de hereje por afirmar ser Hijo de Dios. Jesús no negó los cargos. Poncio Pilato, funcionario romano, se declaró incompetente para juzgarlo. Su propio pueblo condenó al Mesías a morir en la cruz.

Durante los 3 años de peregrinación, el pueblo de Nazaret sufrió el castigo de muebles frágiles e inservibles. Abraham se esmeraba, pero no lograba buenos resultados en su labor. Los nazarenos optaron entonces por importar sillas, mesas, libreros, camas y escritorios.

Al quedarse sin trabajo, Abraham no pudo más que aceptar con gusto el encargo de las autoridades romanas de fabricar cruces, para martirio de los judíos sediciosos, labor rechazada por sus semejantes a lo largo de toda Galilea. Si bien sus conciudadanos ya lo miraban con recelo por su poca capacidad como carpintero, este se convirtió en odio ante tal traición. Fueron muchas las cruces que sucumbieron ante el peso de los cuerpos moribundos.

Un jueves, Abraham se enteró del arresto y la condena de Jesús, noticia rápidamente propagada por Nazaret. No pasó ni una hora cuando emisarios se presentaron frente a su puerta para pedir una cruz, “digna del rey de los judíos”. Abraham, viendo en ello una oportunidad de revancha, se esmeró como nunca.

Al ver Jesús lo bien fabricado del instrumento de su sufrimiento, no pudo más que sentirse satisfecho. Vio en dicha manufactura un milagro: la posibilidad de redención para el género humano. Decidió asumir su pasión con el mismo profesionalismo que el carpintero, tanto así que cayó bajo el peso de la cruz en tres ocasiones antes de llegar al Gólgota.

 

 

Ilustración: “Matèria rosada” de Antoni Tàpies.

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