por Javier Villaseñor V.

 

[…] todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

—Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad

 

A quien encontrase esto:

Desperté hoy y decidí que te buscaría, que te escribiría, fueres quien fueres. Tengo la certeza que no estaré aquí mañana.

            Te escribo al borde del abismo…

 

Carlos C. bajó del auto y caminó por la extensión del estacionamiento de la Universidad de Arizona, esquivando espejismos y otra clase de formaciones visuales acuíferas producto del calor. La Biblioteca de la U.A. era reconocida por la cantidad de papeles que resguardaba, desde colecciones inéditas de autores en su propia letra, hasta cartas y escritos que, en general, carecen de relevancia o de interés específico pero que son históricamente relevantes (si te interesa la microhistoria) para documentar el modo de vida de algún momento pasado. Carlos C. pretendía consultar el acervo documental de todo lo escrito por la doctora Raluca Predescu: sus diarios, fotografías, escritos diversos, notas, etc… Sobre la identidad de Predescu poco se sabía. Era fotógrafa y poeta. En un punto de su vida viajó a lo largo del sur de México en una misión más antropológica y etnográfica que artística, documentando y registrado las diversas celebraciones y tradiciones religiosas de las gentes de la región. De alguna forma su archivo, de haber estado en la Ciudad de México, pasó a ser custodiado por la B.U.A.

C.C., escritor, trabajaba en un libro sobre el fin del mundo, y su interés en Predescu venía desde hace mucho, desde pequeño, gracias a una serie de fotografías titulada “Las arenas del fin del mundo: registros paisajistas de la región de Tierra Caliente”. Pero lo que lo llevaba a indagar en sus papeles era un libro: El día que Dios se dio la vuelta y caminó hasta dejarnos… una serie de ensayos y apuntes compilados y editados de manera póstuma. Dejaba entrever en sus líneas que el Apocalipsis, el fin de los tiempos, era un estado de la mente. Una forma de ser en el mundo.

 

            …es un modismo, una forma de decir que realmente estoy en lo que queda del comedor de mi casa, que es para mí el borde de la realidad, el último bastión donde se sostiene lo que sea que queda del mundo. Escribo desde el fondo del ruido blanco de mil pantallas que no encuentran señal que transmitir, o de mil señales que llegan a la par y que no pueden ser interpretadas y el viento, golpeando las cosas, martilleando, aporreando y llevándose, grano a grano, la gran costa del mundo. Es una acción mecánica. Es un desmantelamiento progresivo, sucesivo y geométrico. La memoria del mundo está ligada intrínsecamente a las cosas que componen la memoria del mundo. Si las cosas dejan de existir, el recuerdo de ellas se desvanece. Fue hace mucho tiempo, mucho tiempo atrás, que se creía en la existencia de la simpatía, una relación invisible e inminente entre las cosas: como la tierra nos atrae a su centro porque estamos hechos de barro, como un imán atrae al metal porque los dos están hechos de la misma cosa, el sol a los planetas, etc… Se creía que las cosas estaban hechas así, que la realidad funcionaba a partir de pequeños hilos invisibles que hilvanaban todo en un mismo tejido cósmico. Una enorme e infinita superficie bordada con la historia del mundo, con las cosas que fueron, las que son y las que serían y, ya llegando a sus bordes, a los límites del hilo, las cosas comenzaban a difuminarse, a ser menos precisas, a deshilacharse hasta no existir ya más. Si se jalaba un hilo, todas las cosas unidas a ese hilo se moverían; una mano invisible, un titiritero divino se encargaba del movimiento armónico de las cosas, de sus delicadas uniones, de templar la madeja del universo en una misma armonía para, así, en cada instante, tocar la sinfonía en la que resuena el orden cósmico, el ocurrir de esa música deviene en el tiempo, el tiempo deviene en los hechos que ocurren en cada una de sus fracciones, y en cada una de sus fracciones se dan nuevas relaciones, nuevos entrelazamientos, entre las cosas. La memoria del mundo está ligada intrínsecamente a las cosas que componen la memoria del mundo. Y así, en esta gran música del universo, si una de aquellas cosas —variables, digamos— falta, todo comenzaría a descomponerse, desafinarse, a resonar en un eco variable y sin temperar, caótico. Ese es mi abismo, nuestro abismo: las cosas están desapareciendo y con ellas la memoria de que alguna vez aquellas cosas existieron, dejando en su lugar un vacío, una mancha de nada; y creando mares en la memoria donde alguna vez había islas y continentes, lagunas—síncopes, infartos, pedazos de memoria alguna vez viva, muerta.

Escribo porque sé que no estaré aquí mañana. Porque yo, como todo lo demás, también voy a ser llevada por el viento. Cuando muera, el resto del mundo se irá conmigo. Cada que alguien se va, cada que alguien es llevado por el viento, una gran porción del mundo deja de ser: somos cada quien un universo, un centro —nodo— de relaciones, conexiones, historias, pasados, emociones, ideas… Todo eso desaparece cuando alguien se va. Es como si al universo le diera un paro cardiaco y uno de sus órganos quedase completamente atrofiado. Así, muerte a muerte —no sé si pueda llamarse muerte realmente— todo se queda un poco más callado. Entonces llegará el viento para hundirnos a todos en su abismo de silencio.

Pero escribo porque quiero contar la historia de lo que pasó, de lo que resume la historia del hombre hasta este momento. Este punto donde el viento nos está llevando, dejando tras de sí el insondable grito de su silencio.

Un poco de contexto: a mediados de la década de 1970, el complejo de viviendas Pruitt-Igoe fue demolido, el primer edificio con cargas de dinamita el día 16 de marzo de 1972 a las 3:00 p. m. en punto. Algunos marcan ese momento como el inicio de la posmodernidad. El complejo residencial, diseñado para ocupantes jóvenes, blancos y negros, de clase media, fue diseñado por Minoru Yamasaki, quien también diseñó las torres del World Trade Center en Nueva York, coincidencia interesante de acuerdo a lo que viene… El punto es que la posmodernidad inicia con un acto de destrucción, en este caso, de un proyecto de vivienda social que falló[1] por falta de interés y seguimiento por ambas partes (habitantes y gobierno). A la par, comenzaban a desmantelarse los ideales de la Unión Soviética y la clara división del mundo entre oriente y occidente; el clímax de este cambio ocurre en noviembre de 1989, la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 para ser precisos, el día de la caída del Muro de Berlín y luego, en junio de 1990, con la caída del Telón de Hierro y el fin de la Guerra Fría.

La posmodernidad se caracterizó, entre otras cosas, por la aparente sensación de libertad, por la globalidad, por el desarrollo, masificación y preponderancia de los medios digitales, el desarrollo de movimientos antiguerra que pretendían callar los ecos del círculo vicioso de la violencia creciente en medio oriente, la sensación de desidia general hacia la vida, el constante cambio, el constante devenir de las cosas, la inminente sensación, inconsciente muchas veces, de que el fin del mundo llegaría a la vuelta del milenio y así, las generaciones crecieron con el desenfreno propio de vivir para esperar el Fin y jamás, en ningún momento, arrepentirse… El cambio de una economía de producción a una economía de servicios y a un mercado de experiencias, un desapego religioso a la religión, una represión camuflada, un control deseado, un ser-vigilados voluntario… un ideal del libre albedrío como verdaderamente libre y categóricamente libre al grado del absurdo, la disneyficación de la vida y las experiencias diarias. El auge del consumo. Hasta que el 11 de septiembre del 2001 dos aviones, dos Boeing 767 de los vuelos 11 de American Airlines y 175 de United Airlines, son secuestrados y embisten las dos torres del World Trade Center (también diseñadas por Minoru Yamasaki) a las 8:46 y a las 9:03 de la mañana, respectivamente. Un tercer avión, un Boeing 757 del vuelo 77 de United Airlines se estrella en el Pentágono a las 9:39 de la mañana, y una cuarta aeronave, el vuelo 93 también de U.A., cae en un campo de Shanksville, Pensilvania con pretensiones de incrustarse en la Casa Blanca. Los ataques del 11 de septiembre marcan el fin de la Posmodernidad: la sociedad global se corrompe, se cae la máscara de paz aparente para evidenciar que el armisticio firmado en 1945, al final de la Segunda Guerra Mundial, y la posterior paz armada de la Guerra Fría nunca fue real, la guerra nunca terminó, sólo cambió de nombre, de estrategia, de enemigo. En 2001 le ponen un nombre a este enemigo: el miedo es el enemigo a vencer. La ilusión cambia a terror, los ataques en las décadas subsiguientes comienzan a crecer, se vuelven exponenciales; el enemigo está en todas partes; la guerra es sigilosa, es mecánica, simétrica; el enemigo no siempre es visible, los otros tienen muchos nombres; Muerte en nombre del Hombre, de su Historia y de su Dios.

La guerra nunca acabó. Paz es la palabra que nombra lo que en la naturaleza del hombre carece. La guerra, palabra cada vez más abstracta, acción cada vez menos comprensible, realizada por aquellos otros que guerrean, invisibles, en los confines de la tierra y en los límites del cielo.

 

Lo condujeron a la parte posterior de la Biblioteca y luego hacia un sótano, donde tenían los archivos físicos almacenados de forma controlada, en una gran nave subterránea, en bóvedas de acervo. Caminaron hasta la letra P y la encargada, una tal Monica S., giró la palanca, que hizo recorrer todos los estantes para abrir el pasillo de la letra P y allí, en alfabético, hasta PREDESCU, Raluca. Eres el primero que viene a consultarla en muchos años, le dijo, toma el material que necesites y revísalo en alguna de las mesas al final del pasillo, por favor, utiliza este par de guantes y esta mascarilla. Si necesitas algo más, presiona el botón verde en la mesa y bajaremos.

Había toda clase de cosas en su archivo, no sólo fotografías y escritos. Había bolsitas selladas con diferentes objetos personales, desde joyas, adornos y figurillas arqueológicas, hasta —aparentemente— montones de polvo sin un color particular, cada una clasificada y organizada de acuerdo a un complejo sistema de nomenclaturas. Buscó las partículas de nombre para textos, y encontró seis grandes carpetas negras, las tomó todas y las llevó a la mesa. Abrió una, indistintamente, era una hoja amarillenta ya por el tiempo con restos de manchas de café. Tenía sólo una cosa legible: Qué es Dios. Parece que se disponía a escribir al respecto, pero los dos párrafos escritos a mano estaban completa y furiosamente tachonados. Papeles que pretendían ser ensayos, bocetos para libros, descripciones y planes fotográficos. La que supuso que era la última carpeta, de las últimas que escribió, por la cantidad de papeles, se leía temblorosa, dudosa, con miedo.

 

Una estación oscila en torno a un planeta, si es que puede llamarse planeta a eso que queda de aquel mundo alguna vez llamado Tierra. Un planeta que es más el ojo de un huracán: un punto perfectamente estático, vacío, en torno al cual se arremolina la tormenta que amenaza con borrar cualquier indicio pasado. Al interior de la estación un sistema almacena, analiza, replica, recrea, proyecta, perpetua hilos de código en una simulación que durará tanto como la caída en espiral de los objetos celestes en torno a su centro de gravedad se mantenga, en tanto exista el sol que la alimente. Una réplica, una simulación de la vida. La autonomía no es parte de su programación: es una elegante línea de código que hace creer a cada cual que tiene, en efecto, completa libertad.

Fue la guerra lo que trajo el viento. La tarde del 21 de agosto, el día del eclipse, en plena totalidad, hundidos en la sombra plena, ocurrió un brote neurótico que llevó a un 10% de la población a nivel mundial a gritar: NO EXISTO, o cosas similares; muchos comenzaron a escoriarse la piel obsesivamente durante el evento, como un presagio sentido en la carne: algo no estaba bien, más allá del arquetípico terror de los eclipses, de la sensación de es-mediodía-el-sol-no-debería-de-estar-ocultándose, mismo desfasamiento que, por ejemplo, sienten las aves que dejan de piar, y que lleva a los perros a ladrar compulsivamente en la luz carmesí del sol ocultado; algo intrínsecamente humano se había desvanecido, el aire se había vuelto en nuestra contra y ahora sólo quedaba mirarnos las caras caídas a cada quien e intentar controlar el pánico que crecía como un grito que se atoraba en las gargantas y salía por los ojos como lágrimas. Aquella noche y desde entonces, todos tendrían pesadillas. Incluso aquellos que no vieron el eclipse, en la antípoda de las antípodas. Aquella noche inició la guerra, la guerra al norte. Una vez pasada la totalidad, una línea, perfectamente recta, recorría el cielo desde el sur. El enemigo había lanzado amenazas, había hecho estallar autos en la ciudad, había arremetido contra peatones, había intentado hacer colapsar edificios, sitiar la ciudad, etc. Pero nunca era evidente, siempre era algo como un rumor, como una voz al fondo de las cabezas, una historia que lees en el periódico como en un libro de cuentos.

Entonces sucedió. Se decía que tenían una guarida en cuevas en el desierto de Sonora, en la línea fronteriza. El misil teledirigido se lanzó desde el centro del país, estalló en pleno páramo vacío, si alguien murió o no, jamás se supo, porque las amenazas siguieron, los atentados, los ataques. Se seguía mandando a gente a pelar en el norte, en el sur, en el oeste.

El brote psicótico del lunes 21 aumentaba entre la gente, que ya no dormía, que vivía temiendo un enemigo prometido, desconocido y eterno. Se luchaba contra algo, contra uno mismo, hasta volverse una guerra contra la locura y, así, una guerra de olvido. Sólo sigue el miedo. Comenzó a soplar el viento. Y poco a poco comenzó a llevarse las cosas. Y en un principio era eso, viento, sólo viento, primero leve, no fue gran cosa, como cualquier otro viento que sopla cualquier otro día en cualquier otro momento, comenzó a soplar el viento y nadie dijo nada porque aún no había cosa que decir y cuando la hubo, nadie recordaba qué era. Y así soplaba el viento y así seguía la guerra. El ímpetu destructivo del hombre, reflejado en el ímpetu de destrucción de la naturaleza, como un eco, una venganza.

 

Leyó una frase en otra hoja sumamente tachonada: Antes que dios se fuera, volteó a ver a la tierra y a los hombres y mujeres huecos y confundidos sobre ella, entonces lanzó un escupitajo y se dio cuenta de su error. Y, para nosotros, la vida se volvió aguantar la nausea de estar vivo. En un punto de su carrera, hacia su final, R.P. se obsesionó con la idea de Dios y, en específico, con la idea de un Dios que se fue, más allá de su posible muerte. Una deidad que se rindió ante la idea de la humanidad, de su creación. El libro de Carlos C., al menos como título de trabajo, se llamaba El espíritu del fin. Buscaba hablar sobre la obsesión que el hombre ha tenido a lo largo de la historia con el fin del mundo. La preocupación existencial que acaece, como cierta responsabilidad de ser, y la incapacidad implícita que tenemos de pensar más allá de ciertos límites. Cosas, ideas, que no pueden ser pensadas. La incertidumbre del final, como un miedo similar al temor por la muerte. Parte de la premisa que el universo es una lectura que el hombre hace de éste y que la muerte del hombre implica, así, la muerte inexorable del universo, pues éste sólo existe como un ordenamiento determinado de las cosas.[2] Y la religión, en específico la figura de Dios, es preponderante porque ofrece un refugio al pensamiento, para referirse al Fin. Es una seguridad espiritual. Es una promesa de trascendencia, de pervivir. Si Dios se fue, el hombre queda completamente libre y, por lo tanto, completamente responsable de sus acciones: su transcendencia es la Historia misma de una especie, los microactos que aúnan a una narrativa universal…

En la última guarda plástica de la última carpeta, doblada y mal guardada, había una carta. No fue en sí la carta lo que llamó la atención de C.C., sino el identificador escrito con plumón sobre una estampa autoadherible, donde aparecía una fecha: 6 de octubre, 2018. Fecha del todo imposible: Raluca Predescu murió en 1998 y en ese momento era agosto del 2017.

En efecto, la carta, al abrirla, leía:

Ciudad de México, a 6 de octubre, 2018.

A quien encontrase esto…

 

 

Ese viento no dejó de soplar, ya nunca más, incluso afuera, ahora, sigue soplando; es ese mismo viento, pero la diferencia es que aquel viento que podía llamarse viento porque soplaba como viento normal, ahora parece más un huracán, un estallido, algo que al salir, de la fuerza, te desmenuzaría la piel como si el aire estuviese hecho de hilo de metal y pequeñas navajas; creció como avalancha, como una bola de tierra que va rodando y que comienza pequeñita pero va agarrando cuerpo mientras rueda y con cada giro aumenta y su masa y el aumento de masa aumenta la aceleración potencial y el aumento de la aceleración potencial aumenta la cantidad de energía necesaria para poder detener la bola que se viene girando del tamaño de un edificio de 164 pisos de alto y cuyo golpe es inminente, hasta que acabe del tamaño de la Tierra misma… entre más se llevaba, más sopla, y entre más sopla más se lleva; hasta llegar al punto donde existir aquí es simplemente imposible y sólo algunas cosas o materiales resisten su golpe que insiste con borrar cada una de las cosas que son.

Ante la potencial destrucción, la inminencia del final (claro está, meses antes del viento…), un grupo de científicos se dedicó a desarrollar algo que asegurara, a futuro, la permanencia humana, si no como especie, sí como creatura ordenadora, generadora de conocimiento. Cuando comenzó a soplar el viento, tenían ya una propuesta, experimental, pero era la única opción. Primero probaron con algunos individuos, un puñado de reos y penitentes: fueron conectados a un servidor y su consciencia fue extraída de sus cuerpos: su mente, sus procesos sinápticos, recuerdos, emociones, imagen personal, secuencia de ADN y ARN, etc… y el sistema replicó a la persona, tal cual, dentro de una simulación que era, de acuerdo a ellos, 98.9% al mundo real. Físicamente era sólo un código, una secuencia lógica que actuaba de acuerdo a las leyes predeterminadas de aquel mundo, que imitaban las leyes de este mundo. El cuerpo, físico, quedaba inutilizable, frito —podríamos decir—, como en un estado de coma insalvable. No moría del todo, orgánicamente aún funcionaban, pero no tenían nada: sólo carcasas de carne.

Después de algunos errores, actitudes enloquecidas o erráticas dentro de la proyección, o errores de transferencia, finalmente decidieron sacarlo a la luz, cuando el viento ya era una amenaza, cuando ya había borrado mucha memoria del mundo… Se hicieron campañas masivas, decían que el viento era sólo un error, una alucinación (por así decirlo) compartida. Así, se comenzó a observar el decaimiento patológico ocasionado por él (i.e. el viento): la memoria de muchos se encontraba dañada, muchos no recordaban cosas que habían sido, porque el viento se las había llevado, las había arrastrado al borde de la nada. Así, se volvió preponderante salvar a la mayor cantidad de gente lo antes posible. Al final, no sé cuántos se salvaron. No a mí. Yo decidí morir aquí, ahora. Encontré una forma de acceder a su sistema. Mi nombre es Diana Alva, soy la archivista del Archivo Raluca Predescu. Me encargué de que cada objeto de Predescu se digitalizara para poder encontrarse en esa otra tierra que no conozco y les agrego esta carta, como una explicación de, supongo, las pocas o nulas que existen.

A cada persona digitalizada se le haría olvidar la memoria en la tierra, la memoria del viento, de la guerra, los últimos años, como un calendario alterno. Se replicarían nuevas personas, ex-nihilo, a partir de puntos en común de las consciencias transferidas… o eso creímos todos.

Las consciencias fueron almacenadas en un banco, una bóveda de datos, de los cuales el sistema podía elegir, para construir narrativas, estructuras personales, psicologías coherentes. Su promesa de pervivir fue falsa. Nadie del mundo real existe en ese otro mundo, son sólo constructos, pastiches de gente que en algún momento existió.

Cada momento es más difícil escribir. Llevo tres días tras esta carta, tres días completos. Comienza con las letras… imagina que estás soplando un diente de león. Comienza con la A, sigue la B, o quizá sigue la E, porque las primeras en irse son las vocales, porque son más ligeras. Hay un libro donde está escrito todo. Poco a poco, así, como el diente de león se va quedando calvo, el abecedario se desvanece, consonantes y vocales ahora sólo ecos en la parte posterior de la garganta de alguien que ha olvidado cómo hablar. Hay un libro donde está escrito todo esto, todas estas cosas que estoy diciendo, las cosas que seguirán a estas que estoy diciendo, como esto; por ejemplo, está todo allí marcado; estaba escrito, entonces, que las letras se olvidarían. Ni siquiera hablar en lenguas, nada, adiós al lenguaje porque no hay nada ya que lenguajear. Luego los recuerdos: las nubes, el cielo azul, las nubes —uno se olvida de las cosas— el cielo azul, el viento que no deja de soplar, el viento que es la única cosa que siempre sigue. El cielo azul —quiero a recordar, recordar todas las cosas que fueron— las nubes. Se abrió un hoyo en el cielo. No sé de qué color es el hoyo en el cielo, lo puedo ver, allí está. Y sé que allí está porque lo miro, pero al mirarlo, al verlo directamente, no veo nada. Entonces olvido el hoyo en el cielo y tan profundo y elevando como es me sumergiré en él o quizá más bien me trague y así como olvidaré el hoyo por no verlo aunque está olvidaré el cielo azul las nubes mi nombre esta carta y las cosas que he dicho en ella Ya nada existirá

Estimado lector seas quien seas yo ya estoy muerta la tierra acabó en octubre del 2018 Y si estás leyendo esto tú jamás has existido ellos han ganado…

 

C.C. estaba sentado en el sótano de la Biblioteca de la Universidad de Arizona. Tenía aún la carta en sus manos cuando subió las escaleras. Estaba todo vacío. Se acercó a una ventana, buscaba la luz del sol, buscaba sentir su piel, algo que le dijera que era real, que era humano, que lo que leyó fue una ficción. Afuera, en la ventana, se extendía un páramo sin color, una extensión de tierra vacía. Salió, porque algo le decía que saliera. Cruzó el umbral, olvidó su nombre, su vida; se hizo uno con el páramo como si su piel se fundiese en pequeños granos de arena sin color ni cuerpo verdadero. Era como tocar el Sol, lo más cercano que jamás estuvo a sentirse vivo, pero eso nunca lo supo.

El sistema estaba a salvo.

 

Notas

[1] Pruitt-Igoe, desde mediados de los 60, fue considerado un ícono de proyecto social fallido dada su alta incidencia de crimen, habitación informal en espacios públicos (i.e. escaleras y pasillos) y falta de mantenimiento general. Yamasaki, viendo la desidia en la que calló su proyecto, comentó: Nunca pensé que la gente fuese tan destructiva.

[2] De la misma naturaleza que, digamos, la música es el ordenamiento racional del ruido, etc…

 

 

Javier Villaseñor Villarreal estudió Arte en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Actualmente se desempeña como curador y escritor en el Estudio del escultor Jorge Marín. Hace arte digital, el cual ha sido expuesto en Canadá, Zagreb, la Ciudad de México y en  la aplicación Museum of Virtual Art. Tiene, actualmente, el proyecto de ilustrar cada una de las páginas de la novela Infinite Jest, de David Foster Wallace. Publicó un texto crítico en el libro de arte Bronce en Plenitud, editado por la Secretaría de Cultura y el Estudio Jorge Marín; así como en el libro Arte y Cultura, un espacio para todos, del Gobierno del Estado de México. También publicó un poema en el taller uruguayo de edición independiente Perronautas.  Vive en la Ciudad de México, tiene 26 años y un perro.

Ilustración: “Patinadores” de Gilberto Aceves Navarro.

 

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