por Ulises Granados

 

Pese a no contar con una invitación personal ni con información alguna sobre los pormenores del espectáculo, llegué a este mundo el 29 de febrero de 1984, con la esperanza de que en algún momento se me revelara qué debía presenciar o dónde debía hacerlo. Ayer, a causa del eclipse solar que había acaparado los principales medios noticiosos, asistí a mi vida cotidiana con la esperanza de que este cruce de astros revelara detalles sobre el gran evento. Como había anticipado de forma un tanto pesimista, nada ocurrió con relación al apocalipsis; las consecuencias del eclipse en el mundo fueron cuando menos decepcionantes. Por supuesto, no es la primera vez que la promesa de un acto de estas dimensiones nos defrauda, no hay que extrañarnos. En cambio, recordemos que en otros tiempos una buena parte de la población mundial lograba sobreponerse a este tipo de engaños en cuanto se revelaban como tal para buscar la siguiente forma que tomaría la hecatombe. Si un terremoto no cumplía el cometido, ya lo haría la próxima epidemia.

Es probable que exista una Cronología crítica de las mentiras apocalípticas o, si se prefiere, un Compendio universal de las formas equívocas del fin de los tiempos extraviado en la biblioteca personal de algún lector o en la imaginación procrastinante de incontables escritores, en cuyas páginas se encuentren narraciones detalladas sobre diluvios, erupciones, pandemias, guerras, actos divinos, explosiones solares, catástrofes nucleares, etcétera, pero, seguramente, ninguna narración que dé fe de la fecha precisa o del motivo específico por el cual haya terminado el mundo. Sea como sea, a la fecha no he recibido la Cronología, el Compendio ni programa alguno que me informe lo mínimo necesario para saber qué esperar o a cuenta de quién corre la realización de este show. Sin embargo, dados los inconvenientes que he experimentado en relación con dicho evento, no me sorprendería descubrir que entre los organizadores se encuentren burócratas de cualquiera de las dieciocho secretarías de Estado o subordinados de alguna instancia delegacional.

Aun así, he podido hacer algunas conjeturas sobre las posibilidades que una buena puesta en escena podría ofrecernos: ¿Sería un trabajo interno o vendría una forma de vida distinta a poner fin al planeta Tierra? Tal vez sea interno. ¿Un castigo divino? Poco menos que imposible. ¿Y si los animales se vuelven contra nosotros? Todo depende de si se trata de una comedia, de una tragedia, de una película de acción o de un reportaje. Ya grandes producciones como el Y2K del cambio de milenio, el 2012 de las profecías mayas, Chernobyl, Fukushima, la profecía del presidente negro y el papa latinoamericano, además de unos cuantos terrores colectivos ocasionados por la propagación de enfermedades virales han quedado endeudadas con su público, a pesar de generar millones en ganancias para sus principales inversionistas y productores.

Con todo, en años recientes, el calentamiento global se ha destapado como nuevo favorito para protagonizar el próximo fin del mundo, a pesar de que las guerras, el hambre y la escasez y sobreexplotación de los recursos naturales nunca han quitado el dedo del renglón, lo cual augura una lucha sumamente interesante por el mercado del apocalipsis en los años por venir. Si me lo preguntan, aun cuando preferiría un escenario distinto al que nos tienen acostumbrados las grandes productoras, más próxima al terror cósmico que al miedo fácil y práctico de los fantasmas, los asesinos y las corporaciones, lo más seguro es que el gran público obtenga justo lo que espera.

 

 

Ulises Granados (Distrito Federal, 1984) ha publicado poemas, minificciones y cuentos en revistas como Primera Página, La liebre de fuego, Deletéreo y Punto en línea. Fue editor y columnista para Revista Síncope. Desde 2009 mantiene el blog Antología sin poesía. Es guitarrista de la banda de rock swing Cotton’s. En 2013, lanzaron Cotton’s, su primer EP, el cual reeditaron en 2016. Es practicante de judo y jiu jitsu brasileño.

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