Internet es hoy una herramienta esencial para la comunicación y utilísima para la educación. Nunca antes la humanidad había tenido la facilidad para comunicarse o para conseguir libros como hoy se tiene gracias al internet. Sin embargo, internet es a la vez un don y una maldición. Así como puede ser muy útil para informarse y educarse, puede servir exactamente para lo contrario, prueba de ello es que hoy rondan en internet un montón de noticias falsas (algunas de ellas voluntarias) que la gente se cree. Lo mismo pasa con la educación, hoy es común creer que lo que dice una infografía es suficiente para obtener conocimientos de los temas más relevantes para la humanidad. Hoy se cree que la gente puede aprender de física cuántica y de historia universal en una imagen con unas pocas palabras y unos cuantos monitos. Uno de estos temas en los que la sociedad contemporánea cree poder obtener suficientes luces con la información que circula en internet es el tema teológico de la existencia de Dios. Lo que Tomás de Aquino discutió en un librote llamado Suma contra los gentiles hoy se discute en comentarios a un meme en Facebook. Una de esas publicaciones muy populares con relación a los temas teológicos versa sobre la paradoja de Epicuro, donde supuestamente se prueba la inexistencia de Dios. El problema es que Epicuro nunca formuló esa paradoja. Pero para salvarnos de la moda de creerse todo sólo porque alguien lo dijo en internet, veamos las cosas con conocimiento de causa, como suele decirse.

Según nos informa una de las fuentes más cercana y, por ello, más confiables, (Diógenes Laercio, III d.C – ¿? d.C: Vida de los filósofos más ilustres) Epicuro (Samos, 341 a.C. – 270 a.C. aprox.) fue un filósofo ateniense (Samos era una colonia de Atenas) que fundó la escuela filosófica que lleva su nombre: el epicureísmo. Dejando para otra ocasión una exploración detallada sobre el significado del epicureísmo, lo que en este momento me interesa poner enfrente es el hecho de que Epicuro vivió antes de la era cristiana. Su actividad filosófica, que comienza “formalmente” en Atenas aproximadamente a los 18 años, se distancia 323 años al nacimiento de Cristo. Este hecho debería ser suficiente para hacer patente que Epicuro no pudo haber hablado de Dios tal como nosotros lo entendemos (es decir, esencialmente como el Dios cristiano) porque tal Dios, es decir, tal idea de Dios, todavía no existía. Creer que Epicuro pudo “demostrar” la inexistencia del Dios cristiano es un anacronismo.

Podría decirse que, no obstante, aunque Epicuro no hablaba del Dios cristiano (es decir, el Dios del que habla Jesús, el Dios después de Cristo que nos ha llegado a nosotros), sí hablaba del Dios hebreo que precedió a la llegada de Jesús de Nazaret, el de la tradición mosaica (el mismo Dios con el que tiene trato Moisés en el monte Sinaí, es decir, el Dios antes de Cristo). A dicha objeción se le contestaría, como mínimo, de dos modos: 1) es muy improbable que Epicuro hablara de UN Dios por la sencilla razón de que la religión con la que él convivía era panteísta. Si bien los griegos antiguos le tenían un respeto destacable a Zeus, eso no significa que los otros dioses no les importaran, consideraban que todos los dioses eran relevantes en la vida del diario, tanto en las cosechas como en la pesca como en el destino de los enfermos y de la vida en general (cfr. Coulanges Fustel, La ciudad antigua, Libro III, Capítulo II, 1° Los dioses de la naturaleza física); 2) Como atestiguan los textos, el epicureísmo era más bien una filosofía “práctica”, es decir, que trataba de cómo conducirse en el día a día. Para comprender mejor el epicureísmo, es importante observarlo en su contexto, conviviendo junto a discusiones filosóficas como las de los cínicos (Diógenes “el perro”) y las de los estoicos (Zenón de Citio) quienes también hablaban de filosofías “prácticas”, sobre el mejor modo de vida posible y el alcance de la felicidad con base en dicha manera de vivir. El verdadero momento de las discusiones griegas teológicas se sitúa en la época de los apologistas, aquellos filósofos griegos (Justino, Orígenes, Tertuliano, etc.) que intentaron defender a los cristianos de la persecución romana de la que eran presa. En estos filósofos apologetas sí podemos observar discusiones realmente teístas, antes no, o no al menos con una radicalidad tal como para llegar a “probar la inexistencia de Dios”.

Otro aspecto importante del contexto de Epicuro es el espacio de libertad con el que este filósofo contaba para poder entablar discusiones teológicas. En este sentido, vale la pena ver su contexto de la mano del caso de Sócrates.

Según Diógenes Laercio, Epicuro llegó a Atenas desde la isla de Samos a los 18 años (es decir, más o menos por el año 323 a.C.). Por su parte, Sócrates nació y murió en los años 470 a.C. y 399 a.C. respectivamente y también fue un ciudadano de Atenas. Uno de los “discípulos” más sobresalientes de Sócrates fue Platón, que también fue originario de Atenas y vivó entre los años 427 a.C. y 347 a.C. Según Diógenes Laercio, Platón tenía 20 años cuando conoció a Sócrates (es decir, aproximadamente en el año 407 a.C.), y como cualquier persona puede constatarlo, Platón se dedicó a escribir diálogos donde la mayoría de las veces uno de los personajes principales era Sócrates. Platón escribió sus diálogos hasta la vejez, época a la que se atribuyen diálogos como el Teeteto, el Parménides y el Sofista, donde, efectivamente, Sócrates es un personaje principal. Esto quiere decir que la vida de Sócrates y las enseñanzas de éste transmitidas a través de su discípulo Platón ya eran algo bastante conocido para la época en que Epicuro se introdujo a la filosofía. Cuando Epicuro llegó a Atenas, Platón ya tenía 24 años de haber muerto, por lo que es muy probable que haya conocido con detalle la vida y doctrina socrática para cuando él llegó a la nación.

Por lo apenas mencionado, hay muchas probabilidades de que Epicuro haya conocido específicamente el final de Sócrates, ya a través del diálogo platónico Apología de Sócrates, ya a través de otras fuentes, como la Memorabilia de Jenofonte, donde se habla largo y tendido de la vida de Sócrates, o tal vez a través de las narraciones orales, pues, como se dijo arriba, habían pasado realmente pocos años de la muerte de Sócrates cuando Epicuro llegó a filosofar a Atenas (una generación aproximadamente). Es un dato conocido que Sócrates murió por sentencia del tribunal ateniense. Su castigo fue beber cicuta. Como puede atestiguarse (tanto en Platón como en Jenofonte y en Diógenes Laercio), uno de los cargos por los que se le acusó a Sócrates era el de asebeia, negación de los dioses del Estado (impiedad). Su acusador Meleto decía que Sócrates afirmaba que el sol era una piedra, no un dios (Platón, Apología de Sócrates. 26d). Si bien las narraciones (por lo menos las de Platón, Jenofonte y Diógenes Laercio) sugieren que Sócrates se defendió muy bien de sus acusaciones y argumentó claramente que nunca negó a los dioses ni en público ni en privado, parece que eso no le quedó muy claro al tribunal ateniense, prueba de ello es que, después de todo, sí lo condenaron a muerte. Así como le pasó a Sócrates, otros pensadores fueron acusados de impiedad (Anaxágoras, Protágoras, Diágoras, por mencionar ejemplos), lo cual sugiere que la filosofía, o por lo menos la vida dedicada a la reflexión, era comúnmente confundida con impiedad. Pues bien, es muy probable que todos estos datos que acabo de mencionar fueran sabidos por Epicuro, por lo que es muy improbable que este filósofo se haya dedicado a filosofar en plena plaza pública acerca de los dioses, y peor aún, que se atreviera a “negar la existencia” de Dios (o los dioses, en este caso es indiferente) en público. No creo que Epicuro haya sido un imprudente, por tanto, no creo que, sabiendo que a la ciudad a la que acababa de llegar a estudiar filosofía (Atenas) había sentenciado a muerte hace apenas una generación atrás a uno de los filósofos más eminentes de la historia, no creo, pues, que sabiendo esto, él decidiera repetir el destino socrático.

Podría objetarse que tal vez Epicuro no discurría sobre los dioses en público, pues no era un imprudente que quería repetir el destino socrático, pero que en privado sí hablaba de la divinidad, y más aún, que demostraba la inexistencia de la divinidad. Esto queda desmentido con el testimonio de Diógenes Laercio, quien transcribe tres de las cartas más importantes que escribió Epicuro a sus amigos, cartas en las que, según Laercio, se condensa el pensamiento epicúreo. En una de sus cartas (Carta a Pítocles), Epicuro señala que para los sabios hay dos tipos de felicidad: la más alta, que es la que rodea a la divinidad y que no conoce alternancias (es decir, que los dioses no pueden estar de otro modo que en un perpetuo estado de dicha) y la otra, que varía con la adquisición y pérdida de los placeres —es decir, la felicidad humana, porque los humanos, a diferencia de los dioses, pueden tener carencias, por lo que su felicidad aumenta o disminuye en la medida en que se obtienen o se ausentan placeres (cfr. Diógenes Laercio, X.121). En otra de sus cartas (Carta a Meneceo), Epicuro insta a su amigo a que en todo momento considere a la divinidad como algo vivo, incorruptible y feliz, y que no le atribuya nada que no sea la inmortalidad y la felicidad, justo como hacía el vulgo, quien opinaba que los dioses podían padecer penas y necesidades (cfr. Diógenes Laercio, X.123). Si bien en esta carta a su amigo Meneceo, Epicuro toma distancia de la comprensión vulgar de lo divino, esto no significa que negaba a lo divino. Sólo significa que Epicuro no estaba de acuerdo en la manera en que el vulgo comprendía a lo divino, y nada más.

Una prueba más clara de que Epicuro no negaba a los dioses es que le dedicó dos obras al tema de la divinidad: Acerca de los Dioses y Sobre la piedad (Diógenes Laercio. X.27). Las obras se extraviaron en el curso de la historia, pero es muy probable que en su contenido llamara a los sentimientos y actos piadosos, aunque tal vez no en un modo como la mayoría de la gente, el vulgo, entendía la piedad. Una prueba de que Epicuro muy probablemente invitara, tanto en privado como en público, a los demás a practicar la piedad, es que de hecho él tenía un comportamiento y opiniones muy piadosos. En palabras de Diógenes Laercio: “Porque, desde luego, su piedad [de Epicuro] hacia los dioses y su amor a la patria son algo indecible. En efecto, por exceso de honestidad, se abstuvo de la política.” (Diógenes Laercio, X.10).

De modo, pues, que ni en privado ni en público Epicuro “demostraba” la inexistencia de Dios. Por el contrario, para sorpresa de la gente que comparte en redes la supuesta paradoja de Epicuro, el filósofo en cuestión era conocido por ser muy piadoso.

¿De dónde viene, pues, la dichosa paradoja de Epicuro? Las imágenes que rondan en las redes sociales y en los blogs de ateos aficionados no proporcionan ninguna fuente para saber dónde formuló Epicuro su hoy famosa paradoja. Buscando en Google “Paradoja de Epicuro” o “Epicurean paradox” uno llega a las entradas de Wikipedia “Problema del mal” y “Problem of evil” como las fuentes más confiables (o la menos desconfiables por lo menos). En ambas entradas de Wikipedia se cita, palabras más, palabras menos, la famosa paradoja, y ambas referencian al libro de John Hospers An Introduction to Philosophical Analysis. 3d edition. Un problema al verificar esta referencia es que hoy es muy difícil adquirir el libro en esa edición, porque ya salió una nueva, la cuarta, y consultando esa nueva edición no existe por ninguna parte la dichosa paradoja de Epicuro. Alguien podría afirmar que esto se debe a que dicha paradoja fue retirada de la cuarta edición, lo cual es bastante improbable, pues generalmente las casas editoriales, en sus nuevos lanzamientos, agregan nueva información, no quitan la información relevante. De hecho, la misma entrada de Wikipedia de “Problem of evil” señala que realmente no hay evidencia de que Epicuro haya formulado alguna vez dicha paradoja, sino que todo se debe a una discusión del teólogo cristiano Lactancio, quien “refuta” dicha paradoja de Epicuro. Es el caso, pues, de que Lactancio y los ateos de Facebook se encuentran en una situación parecida, pero por distintos modos; aquél creyendo que refutó a Epicuro y éstos subiéndose en la autoridad de un griego antiguo para sustentar su ateísmo exprés.  La diferencia está en que Lactancio se esforzó en argumentar con razonamientos largos y tendidos la existencia de Dios, los ateos de ocasión creen que un texto con la imagen de un griego al lado puede probar la inexistencia de Dios; le tienen fe, pues, al contenido en internet.

 

Mifune

Mifune

Licenciado en Filosofía por la UNAM, certificado en gestión de contenido para plataformas e-learning, editor, ensayista y frecuente lector de filosofía antigua.

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