por Carlos Alberto González López

 

En una playa solitaria, una caracola de color rosado destaca por sobre la arena. Al principio parece un objeto más entre muchos que, de manera azarosa, pudieron haber estado ahí, pero ésta despide un encanto especial a dos muchachos: uno delgado, vivaz y osado; el otro rechoncho, pensante y asmático, cuyas gafas destacan en su cara. De buenas a primeras, la caracola pareciera un juguete, al cual el muchacho físicamente más sano —cuyo nombre es Ralph— intenta hacer sonar, y aunque su intento es fallido, su acompañante —al que se refiere como Piggy— le indica que el aire inhalado debe llegar hasta el vientre para ejercer una mayor fuerza a la hora de soplar. Él atiende a las indicaciones; la caracola sede ante la potencia del muchacho y emite un eco que resuena en toda la isla, en la cual han naufragado. Tan pronto pasa la euforia por haber dominado a la caracola, ambos muchachos se percatan de que no están solos: niños de entre seis a doce años acuden a su llamado, entre ellos un joven pelirrojo de nombre Jack, que destaca no sólo por comandar un coro, sino también por traer colgado un cuchillo alrededor de su cintura. Eventualmente, y ante la evidente falta de una figura adulta, los muchachos deciden organizarse. Jack convoca a una elección y es el primero en ofrecerse, apelando a su superioridad como líder; pero el encanto de la caracola es más fuerte y, de repente, Ralph es electo jefe.

Pronto la caracola se convierte en un símbolo de la autoridad del viejo mundo en esta adversidad, pues es capaz de otorgarle la palabra a quien la porte, con permiso del jefe y la nueva asamblea. De esta manera, no importa el color de piel, la edad o la condición física; la caracola confiere el recuerdo y cordura del mundo adulto frente a la evidente situación de pérdida —que a momentos se sentirá como destierro— de un mundo ordenado y racional que trabaja con precisión milimétrica.

Lo primero en la agenda es decidir cómo serán rescatados. Hacer fuego es lo más adecuado, pues el humo generado indicará a un barco cercano la presencia de los muchachos en ese lugar. Sin embargo, y ante la falta de conocimiento y experiencia que acarrea la juventud, frotar dos varas hasta lograr que milagrosamente la fricción cree una chispa no es suficiente, por lo que las gafas de Piggy se vuelven un instrumento indispensable para encender una llama. Al principio, Ralph y Jack se encuentran casi emparentados, la sensación de dominio de un lugar inhabitado es casi mágica: ambos, con los mismos sentimientos sobre sus espaldas, encienden el fuego con la única meta de ser rescatados y seguir con su vida cotidiana.

Con esta premisa, El señor de las moscas de William Golding ofrece una perspectiva en la cual los hombres, en su estado más primitivo, pueden llevar a cabo su autodestrucción de los modos más horribles. Al margen de los diversas maneras en que puede ser estudiada esta obra —ya sea política, sociológica o filosófica; por mencionar algunas—, nos hemos de enfocar de modo preciso en dos aspectos fundamentales de la misma que nos ayudará a vislumbrar el tema central de este ensayo: el fin del mundo. Dichos aspectos son, a saber, la caracola y el fuego.

A lo largo de la obra, Ralph se nos muestra como un muchacho que está entre la pubertad y la niñez, cuya preocupación más latente está enfocada en mantener la hoguera encendida para así ser rescatados. Siempre trata de mantener la compostura frente a la indiferencia que la isla comienza a ejercer sobre los otros niños ahí varados, así como el sentido común, ya que si bien, la sola idea de una vida libre de responsabilidades y órdenes de gente mayor suena tentadora, de a poco nota el peso que ejerce el título de “jefe” y lo que implica estar al mando, pues de alguna manera, al pasar el tiempo, se hace patente la falta de una cálida cama y un baño. Pero esto no lo nota por sí solo, ya que Piggy, al destacar por sus grandes gafas y la inteligencia propia de un adulto, aconseja a Ralph —e incluso sirve de consuelo en ocasiones— para mantener a raya el evidente desmoronamiento de su sociedad porque, al parecer, es el único consciente de lo que implica estar atrapados en la isla. De ahí que no resulte extraño que Piggy sea el que note la caracola y, así mismo, que sepa cómo funciona. A este grupo súmesele el constante apoyo de Simon, un niño físicamente débil pero bastante activo, así como afable y con bonhomía, cuya personalidad sale a relucir en las acciones que lleva a cabo durante la obra.

A medida que los días se vuelven cada vez más largos, la caracola empieza a tomar fuerza, ya que el aburrimiento es grande y las distracciones radican en explorar la isla, jugar en la arena, nadar en una pequeña poza cercana a la playa y las asambleas. En este último caso, Ralph como líder hace sonar la caracola para llamar a todos a un punto en común designado; la caracola le provee la suficiente autoridad como para hablar de los movimientos venideros, los cuales son fundamentales para preservarse lo mejor posible antes de su rescate. Las actividades consisten en lo siguiente: valerse de cocos como contenedores de agua, establecer un lugar fijo para las labores sanitarias, la construcción de refugios para pasar la noche y, lo más importante, mantener vivo el fuego, ya que en cualquier momento podría pasar un barco en la lejanía.

Ralph, al tratar con niños en su mayoría, pierde el control de las asambleas en más de las ocasiones, por lo que, por la misma autoridad que la caracola le confiere —y con un movimiento de la misma, que consiste en agitarla en el aire—, hace que las palabras desciendan de alguna manera desde el cielo hasta la persona que la sostiene. Y es que la caracola es más que un juguete, es un símbolo de aquella costumbre y recuerdo del viejo mundo, el cual persiste en sus memorias y acciones como un fantasma que los acosa constantemente con su sombra. Apoyados por las viejas experiencias, los muchachos de mayor edad intentan mantener a flote la razón. Su mundo consiste en la fe ciega de las reglas impuestas de modo previo a su naufragio, mientras que el fuego en un primer momento marca la pauta de esa fuerza con la que pretende seguir vivo aquel recuerdo y la esperanza de mantener a flote dicho mundo con sus propias fuerzas.

El portador de la caracola, en la mayoría de las ocasiones, tiene el derecho de opinar lo que quiera, como buen símbolo de democracia latente en el “paraíso”. Sin embargo, y a medida que los muchachos más grandes lo notan, la ausencia de una figura adulta les hace ver que ya no existen restricciones que impliquen un castigo más o menos severo y que la caracola en sí no significa nada en ese mundo donde se puede gobernar a partir del uso de la fuerza bruta, porque Jack, como líder de las tropas de caza (coro), necesita únicamente su cuchillo para ejercer presión sobre los demás.

Este último aspecto se deja ver con mayor claridad cuando en las asambleas tanto Ralph como Piggy son abucheados constantemente por delegar “demasiadas” responsabilidades en lugar de simplemente dejarse llevar por la despreocupada vida que ahora tienen. De a poco, la prudencia de Ralph y el sentido común de Piggy se van apagando en la oleada de gritos, a la par que la hoguera por la falta de vigilancia, pues Jack ha tomado a los guardianes de la misma para dedicarse a la caza de un jabalí, actividad que en última instancia no sólo le dota de un estado de éxtasis superior al de comandar al coro, sino también lo llena de una sensación de poder por saborear la carne de un animal al que le ha arrebatado la vida.

Frente a esta situación, de algún modo, la caracola empieza a perder fuerza y sólo queda en manos de aquellos con cierto sentido común entre las filas de la asamblea, porque aunque todos reconocen su autoridad, es cierto que con gritar lo suficientemente alto pueden invalidar una opinión. Sin embargo —y como punto álgido de esta situación— la cada vez más cercana presencia invisible de una bestia hace flaquear a todos los muchachos. Así mismo, crece la indiferencia por mantener viva la llama de la hoguera, dejando clara la poca importancia que adquiere el rescate, pues pareciera que la nueva vida es más placentera.

En un principio, y como ya les es acostumbrado, convocan a una asamblea para discutir la existencia y su modo de proceder frente la bestia, a lo cual Piggy, apelando a su razón, concluye que simplemente es producto de ilusiones creadas a partir de la paranoia colectiva (la cual ha empezado por los niños de menor edad, y ese pensamiento de a poco se ha inmiscuido en la mente de los mayores): “La vida —dijo Piggy animadamente— es una cosa científica, eso es lo que es. Dentro de un año o dos, cuando acabe la guerra, ya se estará viajando a Marte y volviendo. Sé que no hay una fiera… con garras y todo eso, quiero decir, y también sé que no hay que tener miedo” (Golding 120).

Mientras Simon, aferrado y envalentonado por la caracola, arguye que en realidad los monstruos no son sino ellos mismos, pues la maldad es ínsita a los humanos y todas las disputas que tienen hasta el momento ellos mismos las han provocado:

—Quizá —dijo con vacilación—, quizá haya una fiera […]. Lo que quiero decir es que… a lo mejor somos nosotros.

—¡Narices!

Era Piggy, a quien el asombro le había hecho olvidarse de todo decoro. Simon prosiguió:

—Puede que seamos algo…

A pesar de su esfuerzo por expresar la debilidad fundamental de la humanidad, Simon no encontraba palabras. (127)

Pero ante la incertidumbre, los gritos juguetones y de desaprobación; merman ambos razonamientos y Jack, imponiendo nuevamente su fuerza, decide que la manera más eficiente de acabar con la bestia es cazándola al igual que al jabalí. Y en un baile frenético a mitad de la noche, todos cantan acerca de cómo van a cazar a la bestia al siguiente día, dejando a Ralph, Piggy, y Simon solos con sus pensamientos en medio de la oscuridad y sin el auxilio del cálido fuego. La caracola ahora solamente tiene valor para unas contadas personas y nuevamente retorna a ser un simple objeto de distracción.

El grupo comandado por Jack se vuelve más grande por proveerles tanto carne de jabalí como seguridad mental con respecto del monstruo, pues con los restos de la caza, así como la cabeza empalada del cerdo a mitad de la jungla, construyen una efigie para que el monstruo se entere que no son peligrosos (o cuando menos un objetivo). Por su parte, Simon se adentra en la jungla nuevamente a mitad de la noche y descubre que la bestia es el cadáver de un piloto cuyo paracaídas se ha enganchado en la cima de un monte de la isla y, con el resoplar del viento, pareciera estar acechando desde los aires.

Simon intenta comunicar el hallazgo rápidamente, pero se topa con la efigie de los niños, a los cuales compara con salvajes y, en una alucinación provocada por una convulsión, la cabeza del cerdo le habla y refiere que la bestia no es algo tangible que puedan asesinar, sino que está en ellos mismos y en él. Aterrorizado, Simon sale disparado hacia la playa, donde alrededor de una fogata los niños salvajes imitan en una danza la hazaña de la cacería del jabalí. Sin embargo, y nuevamente por el frenesí, al que se le suman la oscuridad y la lluvia, Jack y compañía lo confunden con la bestia y lo asesinan ante la mirada atónita de Ralph y Piggy, justificándose posteriormente con que la bestia estaba disfrazada.

Este último acto lo podemos caracterizar como un intento por mantener la cordura del viejo mundo prevaleciente por lo menos de manera ínfima, pues aunque se pueda percibir como un acto cruel, lo cierto es que a esas alturas no existe castigo aparente más allá de la tortura mental de haber asesinado a un semejante. Pero el castigo dura poco para los salvajes, pues a medida que establecen una nueva manera de vivir en la isla, el asesinato de aquellos que no casan con sus nuevas normas no representa ningún problema. Caso contrario es el de Ralph y Piggy, ya que mientras el primero, al buscar consuelo del acto presenciado, siente culpabilidad por no haber hecho nada para detenerla; el segundo intenta dar una explicación “racional” de lo ya hecho, diciendo que “estaba oscuro”, “tenían miedo” y que “aunque lo hubiesen visto bien, los demás eran demasiados como para hacer algo en su contra”. Y ahora con mayor ímpetu, es necesario mantener la hoguera encendida para ser rescatados y recobrar el mundo organizado.

La única manera de encender fuego es con la refracción de la luz provocada por los lentes de Piggy, pero como ha sido un paria desde el inicio de la obra, Jack no encuentra otra manera de conseguir fuego si no es robando aquello que lo produce, porque a partir de asesinato de Simon, el poder quedó dividido entre Ralph y él, entre prudencia y fuerza.

Una vez robados los lentes, Piggy literalmente no puede ver, así que en un intento por apelar a la cordura de los salvajes y el recuerdo del mundo que ahora se ve como un lugar muy lejano en su memoria, Ralph viste y calza su antiguo uniforme escolar (aunque estuviese andrajoso) y lleva a Piggy con él para recuperar sus tan necesarios anteojos, este último aferrándose a la caracola que en estos instantes ya carece de valor para los salvajes, pues han probado las mieles de una vida regida por el libertinaje.

Llegados al refugio de los salvajes, el cual estaba ubicado en la punta de una rosada formación natural de rocas, Ralph, en un último esfuerzo, intenta convocar a una asamblea. Pero Jack, junto con los otros, observa desde nuevas alturas y él sólo desciende al nivel de los “desterrados” para atacarlos y, cuando menos, alejarlos de sus dominios. Piggy, aún aferrado a la caracola como si su autoridad y auxilio siguiese latente en un lugar más bien inhóspito, donde su protección es más bien carente, grita e intenta apelar a la razón de los demás, recordándoles que si no son recatados podrían pasar ahí el resto de sus vidas; con lo que un silencio mortal se apodera del lugar. Posteriormente Piggy es aplastado con una roca junto con la caracola, la cual estalla en mil pedazos que han perdido su fulgor, tirando por suelo las enseñanzas que el conocimiento puede heredar:

—¿Qué es mejor, ser una panda de negros pintarrajeados como vosotros o tener sentido común como Ralph? […] ¿Qué es mejor, tener reglas y estar todos de acuerdo o cazar y matar? […] ¿Qué es mejor, la ley y el rescate o cazar y destrozarlo todo? […].

La roca dio de pleno sobre el cuerpo de Piggy, desde el mentón hasta las rodillas; la caracola estallo en un millar de blancos fragmentos y dejó de existir. (256-257)

Mientras tanto, Ralph huye y por la noche se entera que será perseguido y usado para levantar una nueva efigie que mantenga a raya al monstruo, a sus temores, pues de alguna manera él representa una punzada bastante profunda de la antigua vida civilizada que los niños llevaban hasta ese entonces, pues su sola presencia representa los valores con que en un lugar sin dueño, ellos pretendían volverse señores de modo “correcto”. Los salvajes al no poder hallar a Ralph, incendian la isla para sacarlo de su escondite, hasta al punto de quemar cada rincón con tal de capturarlo. A medida que Ralph los evade, nota que el fuego alcanzó los frutales e incineró el lugar de refugio de los jabalíes, y piensa en qué van a hacer para sobrevivir si ellos mismos han desechado todo su alimento. En el punto de inicio, la playa, Ralph es rescatado por un oficial de la marina que ha arribado por coincidencia, pero a pesar de ser rescatado, nota que la isla y todos sus esfuerzos por hacer las cosas de un modo acorde a lo enseñado perecen lentamente en un torrente ígneo causado por sus semejantes (271-286).

A partir de esto podemos deducir que el fin del mundo no se da necesariamente por la aparición de una raza demoníaca salida del inframundo o por la colisión de un asteroide contra nuestro planeta, pues si algo existe de común en estas interpretaciones es la inminente desaparición de la humanidad. Y es que mundo no significa para nosotros este espacio de roca y agua al que llamamos Tierra, sino más bien la comprensión de lo que nos rodea, así como el sentido que esto abre a la hora de considerar las cosas. Por ello suele decirse que expandir el mundo implica conocer más.

Aunado a lo anterior, Ralph podría darnos indicios de aquel sentido común con que es necesario moverse en el mundo en el que estamos inmersos; mientras Piggy, como representante de la razón, funge como aquel modo en que ordenamos los conocimientos adquiridos para otorgarles una dirección coherente, por ello no resulta demasiado extraño que al ser robadas las gafas, pierda la visión del mundo, pues es su trabajo mantener cierto orden. De ahí también que de sus gafas emanen el fuego, pero éste adquiere un sentido distinto dependiendo de quién lo provoque, porque un fuego que emane de la razón y el sentido común será calmado, controlado y hasta cierto punto mantendrá a salvo a quienes se cobijen en él. Pero esto no es suficiente, ya que Simon, como personaje endeble pero de un corazón amable y bondadoso, dota de la bonhomía necesaria a la isla, la cual provoca un desprendimiento del egoísmo, de lo contrario, los meros actos racionales devendrían en el aniquilamiento de lo que nos hace humanos, en favor de una suerte de automatización de los mismos (o con una analogía parecida, en nada nos distinguiríamos de las abejas), dejando a la deriva el mundo racional. Ante esto, los colores amables de la caracola y su disposición física le hacen ser un perfecto receptor de los valores antes mentados, pues al llamar la atención de manera poderosa a los niños, hace recaer la autoridad sobre quien la sostenga, al acudir al sonido de ésta como si de un hechizo se tratase.

En cambio, Jack, al representar la mera fuerza física, en principio está bien emparentado con las indicaciones de Ralph, pues un mundo, por muy racional, objetivo y prudente que sea; sin esa fuerza para sustentarse, o cuando menos defenderse, está destinado a desaparecer. Pero al desviarse hacia sus propios deseos, y viendo el placer que ocasiona tener el dominio de otros, comienza a actuar de modo impulsivo y casi errático, entregándose a su animalidad, y en lugar de hacer que dicha parte poco prudente coexista con las que sí lo son, se deja llevar por sus deseos. Por tal motivo, al robar las gafas (a pesar de que no las necesita para ver) y crear su fuego, éste resulta más bien violento y descontrolado, lo cual lo lleva, no sólo a quemar el viejo mundo que se manifiesta como una carga frente a la dulce “libertad” ilimitada, puesta a disposición por sus propias reglas, sino que eventualmente (y junto con la isla en llamas) aboga por su destrucción y muerte al dejar en cenizas su mundo por la guerra sin tregua en contra del anterior, pues éste no le ofrece más que miedos e incertidumbre y cuya única salida lógica desemboca en desechar todo aquello que provoque tal inseguridad, para llegar al punto donde la muerte y destrucción de todo se vuelven el único dulce descanso. Pero para prevalecer también necesita literalmente destrozar todo aquello que representa al viejo mundo; el fuego arde, pero el símbolo se mantiene; la caracola por sí misma es nada, pero la razón, al sostenerla, adquiere cierto poder e independencia, lo cual es peligroso en su nuevo mundo, por lo que, para efectos prácticos, la destrucción de ambos tendrá que ser inminente, así se llega a un estado donde todo lo humano perece en favor de la animalidad y el caos, donde basta con tener los colmillos suficientemente grandes para tomar lo que se necesite, quebrantando por fin nuestro mundo, el mundo de lo humano.

 

 

Edición usada:

Golding, William, El señor de las moscas, Trad. Carmen Vergara. Editorial Alianza: Madrid, 1972.

 

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