Fui a Pátzcuaro en este Día de Muertos. A pesar de estar a pocos kilómetros de la ciudad donde vivo, nunca había ido en esa fecha. Fui a la isla de Janitzio e hice el recorrido de rutina: subir hasta el monumento a Morelos por esas escaleras tan empinadas que resultan peligrosas y ahí disfrutar por unos minutos la vista del mirador; después emprender el regreso, sólo que ya no por donde mismo, sino por un camino un poco menos conocido, que rodea la isla. A este trayecto le he dado el valor de un peregrinaje al que siempre debo volver. Esta vez fue distinto, porque lo hice de madrugada y la isla ahora estaba invadida por miles de turistas. Después fui al panteón y me sorprendió que los habitantes de ahí velaban a sus muertos al lado de las tumbas. Algunos optaban por acostarse y dormir, mientras que otros se mantenían despiertos, orando por los difuntos. Conocí a Esperanza, una mujer de unos setenta años. Le dije que mi nombre es Jesús y me dijo  “mi papá también se llama así”, mientras me señalaba la tumba que tenía frente a ella. Vi la foto de su padre y le pregunté cuánto tiempo tenía de muerto, ella me dijo que tres o cuatro años. Regresé en lancha al amanecer y la isla se perdía entre la niebla, así como también se pierden, en ese lugar, la cuenta de los años de los muertos o la difusa línea de la muerte, donde los fallecidos aún tienen el mismo nombre y se presentan a quienes los visitan.

 

Fotografías del autor del texto.

Jesús González Mendoza

Jesús González Mendoza

Michoacán, 1994. Ni picha ni cacha ni deja batear. Escribidor y prostituto, gana poco pero es feliz. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Letras de la UMSNH. A los tres años mató un pollo. Escribe porque no sabe bailar ni tocar guitarra.

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