por Neftalí S. Almanza

La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos,

y gracias a este artificio logramos sobrellevar el pasado.

—Gabriel García Márquez

 

Era la figurilla de un niño cubierto de ropa invernal de los pies a la cabeza. Tenía unos botines para nieve, grandes y cafés, un pantalón que hacía lucir sus piernas más gruesas de lo que eran  y una chamarra inflada, de un lindo color rojo. A su lado un perro blanco. Detrás de ambos una casa grande sin tablas sobrepuestas a las ventanas para que nadie se metiera a robar, ni rastros de propaganda antiguerra pegada en sus muros. Una casa limpia a la que le daban un toque armonioso los falsos copos de nieve caídos desde un cielo transparente. Jimmy se le quedaba viendo con los ojos abiertos como platos. No se le permitía tocar, pero eso no impedía que su naricilla roja de frio acariciara levemente el cristal. La bola de cristal costaba dos pieles de zorro mestizo del Sur. “Una pequeña fortuna” pensó Marlene.

—¿Piensan comprarla? —preguntó el vendedor, impaciente.

—¿Podemos, mamá? — preguntó a su vez Jimmy, con una vocecilla suplicante.

—Luego —. Marlene lo tomó del brazo y siguieron caminando entre el mercadillo de curiosidades. Jimmy miró la bola de cristal hasta que se perdió de vista, luego le dijo a  Marlene:

—¿Cómo hicieron para encoger a ese niño y encerrarlo ahí?

—Magia — contestó Marlene, buscando algo o a alguien con la mirada.

—¿Radiación? – volvió a preguntar Jimmy.

—No, la verdad es que no es magia ni radiación. Son sólo muñequitos pintados que alguien metió en una esfera.

—¿Por qué?

—No lo sé, Jimmy — contestó Marlene.

Parecía que Jimmy no había quedado satisfecho con esa respuesta, pues hizo un puchero de descontento.

Varios puestos más adelante, una vieja con grandes anillos de cobre enredados en los brazos pregonaba: “Frutos y verduras sin radiación. Productos completamente limpios, traídos desde el gran reino Chino de Oregón”

—¿Es cierto eso, mamá? — preguntó Jimmy, alimentado por una nueva curiosidad.

—Por supuesto que no, no queda ya nada en el mundo que no contenga un poco de radioactividad. El agua, la comida, el aire, nosotros… todo se ha echado a perder.

—¿Y por qué la vieja dice que está libre de radiación si es todo mentira? – preguntó Jimmy, viendo cómo las calabazas tenían tumores como todas la calabazas; las manzanas llenas de semillas infectas, como todas las manzanas, y los plátanos jugosos nadando en su caldo fosforescente, como todos los plátanos.

—Porque piensa que la gente se ha olvidado hasta de cómo lucían las cosas más simples antes de la guerra, como la comida.

—Ah — esta vez Jimmy quedó satisfecho con la respuesta.

Marlene se paraba de vez en cuando a preguntar en algún puesto sobre un tal Don Lupe. Le preguntó a un hombre de 2.30 m. de largo que vendía unos pequeños instrumentos musicales de la preguerra. El gigante movió la cabeza negativamente, dedicando una mirada tosca y malhumorada a Marlene, y una de tristeza infinita para Jimmy. Un cocinero de bigotes largos que preparaba ardillas crujientes se negó a dirigirle la palabra a Marlene después de haber escuchado su pregunta, interpretando su silencio como una respuesta desaprobatoria. Buscó a Don Lupe en una vieja carpa donde una pareja contaba cuentos a un grupo de niños, la mujer, ofendida por la búsqueda de Marlene, profirió a gritos que se largaran de su carpa antes que la degollaran. Mientras tanto, Jimmy observaba los puestos del mercadillo con profunda admiración, como si éste fuera un zoológico de chatarreros, tan extravagantes y diferentes entre sí, como los animales de los verdaderos zoológicos de la pre—guerra que aparecían en las viejas enciclopedias de su madre.

Sólo un viejecillo chino, vendedor de muebles corroídos, pudo darle a Marlene las indicaciones que necesitaba:

—Vaya y siéntese en la vieja banca junto al Monumento a los Caídos, Don Lupe siempre va ahí cuando se trata de mercancía— luego se estiró hacia adelante lo suficiente para que sus ojillos rasgados, casi ciegos, vieran el rostro asustado de Jimmy. Le dedicó una sonrisa burlona y dijo:

—Imagino que este pequeño niño es parte del true…

—¡Gracias! – dijo Marlene alzando la voz y acto seguido tomó del brazo a Jimmy, quien no podía apartar la mirada del viejo chino.

El Monumento a los Caídos era una vieja estatua de la postguerra: un bebé recién nacido acunado por un montón de hongos nucleares. Cuando Marlene la vio le dieron ganas de vomitar. Se sentaron en una banca cercana, muertos de frio, Marlene sacó un Toromoscato caliente. Ambos se pusieron a beber ese brebaje hecho de leche de cabra, nuez moscada, y unas gotas de sangre de toro.

—¿Para qué servía esa bola de cristal con el niño adentro? — preguntó Jimmy.

—Para nada, en realidad — contestó Marlene.

—¿Entonces por qué la gente lo compraba?

—Era un adorno, Jimmy. La gente los solía ponerla en la sala de su casa para recordar el invierno. La agitaban entre sus manos y por un segundo podías tener una bonita escena navideña entre tus dedos.

—¿Tenías tú una cuando eras niña?

—Sí — contestó Marlene, evocando sus memorias, como si éstas hubieran ocurrido en un mundo muy lejano y diferente a este —en aquel entonces no costaban tanto, podías conseguirla en cualquier tienda de regalos. Recuerdo que mis padres me regalaron una como la de aquella carpa en el último año que estuvimos juntos, antes de que el primer hongo nuclear se alzara al cielo

—Pero si por aquel entonces no servían para nada, eso significa que siguen siendo inútil ahora, ¿verdad?

—Sí – suspiró tristemente Marlene

—Entonces, ¿por qué cuesta tanto?

Marlene alzó los hombros antes de contestar

—Las personas son nostálgicas. Les gusta recordar los viejos tiempos. Aman cómo vivían antes, sus costumbres, desde las más extravagantes como viajar en avión o comprar en los supermercados, hasta las más simples, como salir a pasear, el agua limpia, o agitar entre sus manos ese pequeño paraíso helado. Anda, acábate tu Toromoscato antes de que te congeles —. Jimmy, obediente, se lo bebió de un trago.

Un rato más tarde se presentó ante ellos un hombre muy viejo, de barba canosa, tuerto, y sin dientes. Vestía unas botas relucientes, un gorro ruso, y una chaqueta de cuero negro como los esclavistas del Sur. Se presentó como Don Lupe.

—¿Éste es tu hijo? – dijo, dedicándole a Marlene una amplia sonrisa desdentada.

—Sí – dijo Marlene, tragando saliva.

—Es muy bonito y sonrosado, se ve que se alimenta bien. ¿Cómo te llamas, hijo?

—Jimmy.

—Jimmy, bonito nombre tienes, pero muy viejo, de antes de la guerra. Cuando te vengas conmigo te daremos un nombre nuevo, ¿qué te parece, eh?

—Mamá, ¿de qué habla este señor? – Jimmy se había puesto pálido.

—Tranquilo — dijo Marlene —este señor es… tu tío, que ha venido desde muy lejos para llevarte a un lugar del frío…

—No, no quiero – chilló Jimmy, abrazando a Marlene por la cintura y hundiendo su cara entre los pliegues de su ropa.

—Jimmy, sabes que el invierno está siendo más crudo este año. No nos basta con que la nieve gris se nos eche encima todo el año, sino que ahora hasta debemos lidiar con estos vientos que no traen nada más que radiación y malos augurios. No estarás seguro aquí, lo mejor será que nos separemos por un tiempo. Sólo será una temporada, Jimmy, luego iré por ti y veremos Las Sirenas del Michigan, ¿qué te parece?— Marlene forzó su sonrisa más convincente y, apartando poco a poco a Jimmy, se levantó.

Jimmy miraba alternativamente a Don Lupe y a su madre. El viejo seguía con su sonrisa de oreja a oreja sin apartar los ojos de la escena.

—¿Me prometes que iremos luego a ver Las Sirenas?

—Sí— contesto automáticamente Marlene

—¿Y compraremos quesos de Leck?

—Sí.

—¿Y caramelos de la vieja Simmons?

—Todos los que quieras.

Aun con todas esas promesas seguía habiendo duda en el rostro de Jimmy. Soltó despacio a su madre… y le tendió la mano a Don Lupe. Éste tomó su mano con firmeza y pasándole una vieja bolsa de cuero a Marlene, dijo:

—Bueno, linda, Jimmy y yo nos vamos, tenemos mucho trabajo que hacer.

Tomados de la mano, Don Lupe y Jimmy  dieron media vuelta y se alejaron, éste último volteó a ver a Marlene con los ojos llenos de lágrimas, la más silenciosa de las suplicas.

Pero ella no vio todo esto. Estaba apreciando las 2 pieles de zorro mestizo del Sur que había dentro de la bolsa dada por Don Lupe. Más tarde Marlene haría otro trueque. Por ahora, solo se imaginaba a sí misma agitando con una infantil y casi olvidada emoción esa bola de cristal tan nevada de nostalgia.

 

 

Neftalí S. Almanza (Chicago, Illinois. Noviembre de 1998) se interesó desde niño por la literatura, el cine, los comics y los videojuegos. Sus escritores favoritos son Julio Cortázar, Neil Gaiman y Joe Hill. Esta es la primera vez que escribe un cuento relacionado con el fin del mundo y también es la primera vez que trata de colaborar en Marabunta.

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