por José Ursagasti

 

Colmillo (Giorgos Lanthimos, 2009)

Un matrimonio con tres hijos vive en una mansión en las afueras de una ciudad. Los chicos, que nunca han salido de casa, son educados según los métodos que sus padres juzgan más apropiados y sin recibir ninguna influencia del exterior. Creen que los aviones son juguetes o que el mar es un tipo de silla forrada de cuero. La única persona que puede entrar en la casa es Christine, guardia de seguridad en la fábrica del padre, quien actúa como único contacto del exterior.

Al ver este filme, dos influencias quedan patentes. En primer lugar, la alegoría de la caverna de Platón. En la misma, un grupo de personas es retenida durante toda su existencia en una cueva. Lo único que pueden ver son las sombras de los objetos que están en el exterior, pero para ellos las sombras representan la realidad que habita en el exterior desconocido. Tal vez, con base en este aspecto la película comienza con palabras cuyo significado es cambiado. El control de la realidad en la que vive la familia es manejada como una caverna que, bajo el disfraz de la seguridad y el amor paternal, oculta sus barrotes de dominio. Los hijos trabajan el encierro física y mentalmente de manera diferente. La hija mayor destaca por sus intentos profundos de ser libre y tiene escenas que realmente hacen sentir al espectador el sufrimiento que se vive en el hogar y la tensión que acongoja al ser humano al sentir que es necesario el escape ante una mentira que cada vez aprieta más y más, cegando toda luz posible.

Por otra parte, se aprecia una obvia metáfora de los estados fascistas. La casa es un lugar de muros tanto visibles como invisibles y el encargado de dominarlos es un padre que toma todas las decisiones y es el único que cuenta con el privilegio de salir de ella. No por nada la regla impuesta a sus hijos para salir de la casa es que deben perder sus dientes caninos. Una regla imposible que resume los motivos oscuros y el amor retorcido de las figuras adultas. Una frase de Dostoievski en los hermanos Karamazov ilustra bien el pensamiento de los líderes fascistas: “El que se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega a no saber lo que hay de verdad en él ni en torno de él, o sea que pierde el respeto a sí mismo y a los demás. Al no respetar a nadie, deja de querer, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos.” 

Algo que se puede criticar es el bajo nivel de producción que se siente por momentos (fue filmado con un único lente) y el silencio incómodo que habita todo el tiempo en las escenas, haciendo sentir una claustrofobia que es acorde a la temática pero que hace desalentador el prospecto de revisitar la obra. A pesar de esto, Colmillo hace un buen trabajo al representar el concepto de que una utopía construida con base en una mentira destinada a fallar. La película incluye escenas que marcan de forma impactante visual y psicológicamente al espectador, llevándolo a ser él mismo quien decide cuál es el final que debe acontecer a la búsqueda de la hija mayor por aquella verdad que, sabe en su interior, no puede ser negada ni siquiera por aquellos que nos engendraron.

 

Voraz (Julia Ducournau, 2016)

Voraz es una película franco-belga escrita y dirigida por Julia Ducournau que se ha convertido en motivo de sensación debido a su visión particular sobre un tema tabú: el canibalismo. A lo largo del film, seguimos a Justine, una jovencita que acaba de ingresar a la universidad a estudiar veterinaria siguiendo los pasos de sus padres y de su hermana mayor Alexia, quien se encuentra estudiando allí desde hace unos años.

La protagonista posee dos rasgos que determinan su carácter inicial. Por un lado, su inocencia e ingreso primerizo a la adultez desde un punto de vista tanto intelectual como sexual. Por otro lado, la presencia controladora de sus padres políticamente correctos que proyectan sobre Justine valores que van desde el control de la ropa hasta un vegetarianismo que en ningún momento se siente como una convicción verdadera por parte de ella. Su ingreso a la universidad implica la desaparición de las figuras autoritarias y revela el submundo de los estudiantes. Un lugar de fiestas, descontrol y voracidad.

Justine sufre al adaptarse a los comandos y órdenes de sus nuevos compañeros estudiantes “mayores”, sobre todo cuando le exigen comer “un riñón de conejo” en una prueba. Al principio ella duda, argumentando el vegetarianismo de su familia, pero es su propia hermana quien rompe el frágil cristal de los valores, mostrando que ella consume carne sin dilema alguno e incluso incita a Justine, ya que si no cumple la prueba queda a riesgo de ser considerada una paria. Ella no logra superar la presión y cede. El cambio se aprecia rápidamente en Justine, quien pronto se ve acuciada por picazones y brotes insoportables que se ven calmados sólo por medio del consumo de carne cruda. Apetitos que avanzan hasta al punto en que animales, su compañero de cuarto, su hermana Alexia o incluso los demás estudiantes de la universidad se vean y sientan como posibles víctimas de los impulsos incontrolables de la protagonista.

Voraz presenta en la figura inocente de Justine a un ser que enmascara un monstruo que representa el lugar de la juventud europea actual. Apacibles en el exterior, vegetarianos, corteses e incluso políticamente correctos. Ocultan un lado oscuro que sigue sin tener reconocimiento y que se busca ocultar a toda costa. El canibalismo europeo procede de esas figuras que enmascaran bajo una fachada noble, altruista y sensata una realidad en donde los valores caen inmediatamente. Justine, al principio de la trama, es dócil y fácilmente maleable, pero basta con un pequeño bocado de carne para que sus apetitos despierten y amenacen con consumir todo a su alrededor, mientras que el mundo la observa sin hacer nada al respecto. Su transformación es prácticamente animal y no pocas veces los demás personajes adoptan posturas que los acercan a ser nada más que perros rabiosos que no pueden ser dejados sin control.

A pesar de su riqueza temática y visual, la cinta sufre de diálogos pobres y poco desarrollados y de dar poca tregua al espectador, bombardeándolo con escenas cruentas que ponen a prueba la sensibilidad y las posibilidades de reflexionar a medida que se observa. Es por esto que la película probablemente se vuelva de culto y nada más, consumida por los mismos apetitos voraces de los que, según denuncia, debemos tener cuidado.

 

 

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