por Roberto Abad

 

En 2015, el escritor español Eloy Tizón escribió en El cultural que “las recetas clásicas del género, [es decir] planteamiento-nudo-desenlace, conflicto fuerte, trazo sólido de personajes atendiendo a su coherencia psicológica, concatenación causa-efecto, finales sorprendentes, etc., han saltado por los aires y nos resultan claramente insatisfactorias, cuando no inoperantes y obsoletas, para narrar y narrarnos desde el momento presente”.

Estoy de acuerdo.

El famoso precepto cortazariano que reza que el cuento debe ganar por knock-out, con el tiempo se ha radicalizado, generando perspectivas rígidas acerca de cómo-debe-ser el género cuentístico.

Pero el propio Cortázar decía que nadie podía pretender que los cuentos sólo debieran escribirse luego de conocer sus leyes, puesto que no había tales. Y sin embargo hubo una generación de lectores y escritores que se ancló a un tipo de cuento e hizo del knock-out una ley divina.

Tuvo que imponerse otra tradición –dice Tizón– que desafiara las normas y buscara nuevos paradigmas, discursos y valores. Y en ésta podría considerar que se inscribe la obra de Efraím Blanco, escritor morelense y fundador del sello editorial Lengua de Diablo, quien recientemente publicó La nave eterna (Acálasletras ediciones).

Sus historias emergen de la parte media de una trama, no inician y no acaban: como los sueños, parten de en un punto central que es, al mismo tiempo, el punto de partida. Tizón dice también que, para que un cuento esté completo, necesita faltarle algo. Efraím lo pone en práctica con pleno dominio de su escritura, que atraviesa fluidamente lo fantástico, lo poético y la ciencia ficción.  

Stanislaw Lem, en Solaris, nos hizo creer que un océano puede ser un alienígena en otro planeta; el propio Bradbury nos mostró el modo en que la especie humana, con el afán de expandir su linaje al planeta rojo, puede potencializar su condición de monstruo, conquistando una cultura extraterrestre y destruyendo sus vestigios. 

¿Cómo estas fantasías, pueden llenarme de terror y soledad, de una manera tan íntima?, se preguntaba Borges en el prólogo de la edición española de Crónicas marcianas, obra que, por cierto, tiene un eco especial en La nave eterna. Pero lo que realmente se pregunta el argentino es cómo eso-que-no-existe puede llevarlo a experimentar sensaciones tan “humanas”.

Al leer los cuentos de Efraím Blanco uno podría preguntarse cuestiones similares; sus cuentos se desarrollan de tal forma que al lector no le queda de otra más que dar cuenta de que existen alienígenas entre nosotros, bestias escondidas en los bosques, ángeles suicidas, cerdos que viajan por el espacio, apocalipsis simultáneos y naves que se preparan para partir hacia lugares inciertos, por motivos aun más dudosos.

En La nave eterna, por ejemplo, una comunidad prepara las maletas para un viaje. ¿Por qué se van? Nadie lo sabe. ¿A dónde van? Ni idea. Pero están partiendo. Acaso ese desconcierto, de no saber si van o vuelven, es el que nos permite reconocer que el cuento está ahí, en el centro de esa incógnita, no en un maldito final sorpresivo. 

Y no por ello deja de ser radical, al contrario, Blanco explora las posibilidades de su narrativa sin miedo a las catástrofes, con una notable obsesión por las grandes migraciones, que valdría la pena analizar en otro texto. 

Además de ser un perseguidor de historias fantásticas, Efraím Blanco, quien en 2012 ganó el XI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola, con la colección de cuentos breves Dios en un Volkswagen amarillo,  es un cazador de epígrafes. Casi todos los cuentos vienen acompañados de referencias tanto musicales como literarias, desde Elton John y Eliana Albala hasta Joe Hill y Jaime Maussan.

Destaco el aporte de Maussan al texto porque se trata de aquel comentario que hizo tras el análisis del video que registró un hombre al salir de su casa, en el que veía a un extraño ser en la punta de un árbol. Maussan, sin miramientos, expresó de manera convincente: ¡es un pingüino!

Los espectadores de Tercer Milenio agradecerán el guiño.

Acálasletras, sello editorial morelense dirigido por el también escritor Ricardo Arce, resurge con un diseño impecable y una colección que pretende dar a conocer a las principales plumas del centro del país. Con la publicación de este título, no sólo se reivindica, sino que además logra situarse como una apuesta independiente a la que no hay que perder de vista.

 

 

 

Roberto Abad (Cuernavaca, 1988) es escritor y músico. Ha publicado en diversos medios nacionales e internacionales; varios de sus cuentos fueron traducidos al francés y al portugués. Orquesta primitiva (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2015) es su primer libro de cuento brevísimo. @ROA07 

Fotografía de Máximo Cerdio.

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