por Edgar Anguiano Manrique

 

“Seguiremos informando. Hasta ahora no tenemos ninguna información. Pero seguiremos informando. Les recomendamos que se mantengan seguros en sus casas. Conserven la calma. Volveremos con ustedes tan pronto tengamos más información de los especialistas”.

Apagué el televisor, desconcertado. La mujer del noticiero estaba completamente desesperada, se notaba al escuchar sus palabras. El día y la noche anterior habían sido tan normales como cualquier otro. Ningún evento inusual. Sin embargo, hoy por la mañana despertamos con una mortal incertidumbre. En el cielo se prolongaba una larga y oscura sombra que iba cubriendo todo a su paso.

Yo salí por la mañana, como de costumbre, a respirar el aire fresco en una hora cuando el ajetreo matutino había cesado. Pero el tumulto de gente fuera de mi casa y en todas las calles aledañas, los carros formados en hilera a lo largo de todo el asfalto, con los conductores afuera de su auto, eran algo completamente inesperado. Todos dirigían sus miradas hacia arriba. Había una sombra extraña que se extendía en un gran espacio del cielo. No se veía de dónde provenía, pero al parecer ya había cubierto partes que se encontraban muy lejanas (lo parecían desde el punto donde nos encontrábamos). La sombra se movía lentamente, pero no lo suficiente como para no notar su movimiento. Esta sombra, como una cortina oscura y gruesa, iba cubriendo tras de sí todo lo que se posaba frente a ella. Aunque no era una sombra común y corriente. Era una curiosa mancha negra, informe (como tinta negra derramada sobre hojas blancas), que parecía absorber todo lo que estaba delante o debajo de ella. Todo lo que tocaba comenzaba a confundirse con ella, a mezclarse en un vacío negro e infinito que no mostraba nada más que una nada escalofriante.

No era un cielo nublado, muchos menos un eclipse. Esos eventos suelen ser anunciados con años de anticipación. A nosotros nadie nos informó de este fenómeno y, al parecer, según lo que había escuchado en el televisor, los especialistas estaban en la misma situación que nosotros.

Regresé desconcertado y encendí el televisor nuevamente. Quería estar seguro de que esto estuviera sucediendo en todos lados y no sólo aquí en esta ciudad. Cuando lo encendí, la incertidumbre seguía, aunque los primeros reportes indicaban que el evento estaba sucediendo en distintas partes del mundo. Los meteorólogos aseguraban que no sabían lo que estaba pasando, dicha sombra era invisible para toda tecnología posible. Los ojos humanos y animales eran los únicos que tenían la oportunidad de contemplarla.

La sombra continuaba avanzando y la luz del Sol comenzó a atenuarse mientras el calor también disminuía. El ligero espectro de montañas que apenas podía verse desde la ciudad se desdibujó lentamente. Más tarde, cuando tuve la oportunidad de dirigir otra vez mi mirada hacia esa dirección, habían desaparecido. Las aves volaban aterradas en dirección opuesta. Otras, como confundidas, volaban hacia la sombra y, tan pronto llegaban ahí, desaparecían. Nadie sabía qué hacer. La incertidumbre, el peor de los males, comenzaba a dominarnos. Como era de esperarse, el pánico comenzó a adueñarse de muchos de nosotros y el caos tampoco se hizo esperar. La gente corría. Los saqueos comenzaron. La delincuencia, tontamente, se disparó. Si esa sombra anunciaba el fin del mundo, o el juicio final, no había necesidad de reaccionar de esa manera. Pero la esperanza, seguramente, los alimentaba. Otras personas lloraban, se refugiaban en sus casas, cerraban sus puertas y ventanas para evitar ser víctimas del desorden, o bien sólo para esperar el fin. También en las calles pude ver mucha gente lamentarse y gritar hacia aquella sombra, que ahora era más grande, que “¿por qué hoy?”, “¿por qué a nosotros?” y cosas por el estilo que se aparecen en la mente de quienes pueden vislumbrar de cerca la muerte.

Por un momento quedé absorto. Seguí mirando el televisor para poder tomar una decisión sobre lo que estaba a punto de hacer. Aquella seguridad nunca llegó. Apagué el televisor  (la transmisión estaba muerta) y subí a tomar un cuaderno de notas que había abandonado hace varios años. Puse llave a las cerraduras y aseguré completamente las ventanas. Me senté en la mesa y decidí que escribiría todo lo que viniera a mi mente en ese momento. Sin embargo, no pude pensar en muchas cosas. Únicamente dos recuerdos venían a mi memoria en ese momento y escribí todo tal cual iba apareciendo en mi cabeza. Mientras, veía desde la ventana de la cocina cómo aquel velo de oscuridad ya se había prolongado varios metros.

Escribí por más de cinco minutos sin detenerme, escuchando gritos y plegarias. En muchas ocasiones retumbó mi puerta. Pero la ignoré. No había nada que yo pudiera hacer por nadie, ni siquiera por mí. Nadie sabía lo que estaba sucediendo. Nadie sabía cómo empezó ni cómo terminaría. Estábamos a merced del tiempo, como siempre lo habíamos estado, pero esta vez el tiempo parecía más corto. Se escucharon disparos. Mi puerta siguió retumbando.

Me asomé por la ventana. Había un cuerpo tirado en el asfalto, entre los carros. La sangre corría por entre los pequeños surcos de tierra que había ahí. Alguien se había negado a presenciar el fin, a sentir su muerte, o a sentir eso que estaba a punto de pasarnos, sea lo que fuere. Más disparos se escucharon, pero esta vez más lejanos. La sombra casi había cubierto todo el cielo que podíamos ver y la luz disminuyó considerablemente. Las calles estaban opacas y el viento soplaba ahora con más fuerza. Los perros corrían y ladraban en tono melancólico. Otros animales, bichos y aves, salían desesperados a buscar refugio, pero las aves eran siempre las primeras en desaparecer. Aquella oscuridad misteriosa seguía prolongándose a lo largo del cielo raso hasta que no pudimos ver nada más que oscuridad encima. Quedaba ya muy poca luz y no mucho tiempo después la oscuridad comenzó a prolongarse hacia abajo. Teníamos, al parecer, pocos minutos de vida.

Continué escribiendo tan rápido como pude, sin saber exactamente cuál era el propósito. Estaba aterrado y recordar ciertos pasajes de mi vida me ayudaba a aliviar la tensión y el miedo que estaba sintiendo. Nunca había tenido una experiencia cercana a la muerte, no sabía cómo sentirme en circunstancias similares. A mi lado no había nadie. Todas las personas que estuvieron a mi lado estaban muertas y otras habían decidido alejarse. Quizá por eso había decidido escribir. Al escribir ciertos pasajes que recordaba de mi vida, me recordaba a mí mismo que había estado vivo y había pertenecido a algo y a alguien. Aunque no había completado ni la mitad de la hoja, sí había recordado más de la mitad de mi vida y las personas que había conocido. Me asomé por la ventana nuevamente y aquella oscuridad ya estaba cubriendo los techos de las casas más altas. Las copas de los árboles serían las siguientes en irse de nuestra vista. Sus verdes hojas primaverales se opacarían con la ola de oscuridad y vacío que bajaba como susurrando sus intenciones. Parecía que aquel humo denso y negro se suspendía por un momento para apreciar la belleza del terror de nuestros rostros. Afuera había algunos espectadores que no tenían miedo de encarar ese vacío. Estaban parados ahí afuera, firmes, con la vista levantada hacia su destino. Ya no había luz que iluminara. Era una noche sin luna. Todo estaba gris.

Ya no se escuchaba mucho ruido afuera, los perros estaban recostados en la calle, resignados, parecían haber entendido lo que estaba a punto de suceder. La tranquilidad se adueñó del vecindario y, tal vez, del mundo entero. Estábamos a punto de desaparecer.

Quise escribir el último recuerdo que había aparecido en mi memoria. Cerré los ojos y vi el brillo de tu sonrisa. El último destello de luz que pude ver. Cuando volví a abrirlos, ya estaba hundido en esta oscuridad y ese mundo en el que había estado toda mi vida, y que había recordado en menos de media página, estaba ya muy lejos. No sabía lo que otros estaban sintiendo, no podía escuchar nada. No estaba muerto. O quizá la muerte no era como la describían. Ahora formaba parte de una oscuridad informe; sin estrellas, sin lluvia o nubes que la adornaran. Una nada oscura y vacía.

El silencio perfora mis oídos.  Aunque no es el silencio que uno escucha antes de dormir. Es un silencio distinto: puro y llano. Mis pensamientos siguen aquí. Nadie sabe dónde estamos. Ignoro si este vacío es en realidad la muerte. Ignoro si tendremos la oportunidad de salir en algún momento. Mientras tanto, me niego a dejar de recordar; dejar de pensar y visualizar en mi cabeza todas las imágenes que se van sucediendo ahora; aunque estoy seguro que tan pronto deje de hablar, tan pronto llegue al final de esto último que quiero decir, en un momento súbito de descuido, después de esta última palabra, habré dejado de existir.

 

 

 

Edgar Anguiano Manrique es estudiante de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Anteriormente, ha publicado en la revista electrónica Sinfín, la revista Morbífica de la FES Acatlán y en la revista electrónica Palabrerías.

Ilustración de Markus Spiske.

La Marabunta

La Marabunta

Revista Marabunta es un espacio web para la publicación e intercambio de contenido literario y artístico. Somos una organización sin fines de lucro (por ahora) y autogestionamos nuestro trabajo para acercar al público una experiencia cultural diferente. Las opiniones vertidas en cada artículo y los comentarios que le retroalimentan son responsabilidad del autor o persona que los emite, así como el material visual (expcepto las ilustraciones de uso libre y de arte universal). Para cualquier comentario, duda, queja o donación (de cualquier tipo) contacte a la mano que mese la cuna en contacto@revistamarabunta.com

Otros textos

Comentarios

comments