por José Manuel Vacah

 

El hocico de la ciudad,

los dientes grises, la lengua negra,

su aliento amarillo precipitándose contra mis pasos,

la tarde entera contra mi cuerpo, la ruidosa multitud aplastándome.

 

Intento seguir el ritmo de mis premoniciones.

El cielo enfermo me ofrece un cigarro,

y después tose,

tose y escupe sangre;

hubiera valido la pena

tomar una fotografía

para recordar el atardecer.

 

Regresaré mañana,

y lo contemplaré todo,

—la ciudad entera, los ojos de las mujeres,

la cerveza derramándose en los vasos—

realmente habrá tiempo para eso,

hoy se trata de caminar y seguir viviendo.

 

Un pájaro ha muerto

en la rota sombra de mis pasos,

crucé sobre sus huesos

mientras la tarde gemía como un animal sagrado.

Aunque he visto a los ángeles,

no conozco su lenguaje,

los escucho ahí tirados sobre el puente

esperando la noche.

 

Atravieso calles vacías,

dejo atrás a los mendigos,

las prostitutas han dejado de cantar para mí.

 

Es cierto, he pasado por miradas ajenas

como un fantasma;

me peino el cabello hacia atrás,

abrocho el abrigo,

y sacudo mis zapatos.

 

Paso de largo por entradas de hoteles baratos…

La memoria de su cuerpo me lame la espalda,

su voz me detiene con una intención insidiosa;

responderé:

odio a los que se entregan a esta hora,

atrozmente los envidio,

inflamados por el deseo,

aullantes,

rabiosos

e idiotas.

 

También poseo una ternura abrumadora;

diré:

soy capaz de conmoverme con la pintura de unos labios,

he pasado largo rato mirando a una mujer,

me gustan sus nalgas,

y la he seguido hasta una tienda cercana.

¿Me atrevo?

El tiempo se posa en mi lengua y me dicta las palabras de otro.

 

La luz frota su espalda sobre las vidrieras,

me estoy quedando calvo;

la luz frota su sexo sobre mi rostro;

el deseo es un fuego ritual que despelleja el aire

y lo humedece.

 

Decido que no,

al ver que adentro las mujeres ya están hablando del atardecer.

Hay tiempo de fumar un cigarro;

si fuera una cafetería,

entonces elegiría su nombre,

una mesa,

una conversación sobre un asesinato

o un artista.

 

Hay tiempo para preparar preguntas

—tiempo para ella y para mí—

mientras el cielo deja caer las últimas gotas de sangre;

la luz se va arrastrando calle abajo

hasta destrozarse contra los automóviles.

 

La multitud enferma se paraliza,

y después tose, de su hocico

se desprende un ritmo estúpido, una música. 

Hay tiempo entonces para recordar esa canción,

realmente hay tiempo de romperme la cabeza contra el vidrio.

 

Decido que no,

adentro las mujeres están hablando de un vestido rojo,

¿cómo podría atreverme?

Me detengo en el umbral,

enemistado con mi cuerpo,

desesperado

como el día en que destrocé el espejo de la habitación.

 

Ellas dirán:

tiene los pantalones sucios,

está gordo,

se le está cayendo el pelo.

 

Hay tiempo aún para cien dudas

y para cien visiones,

antes de huir y ocultarme

detrás de la mesa de una cafetería cercana,

antes de comer pastel,

beber té,

fumar un cigarro,

antes

de inquietar al universo.

 

 

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