por Sofía N. Tamayo Lara

 

De pronto todo se oscureció. Fue tan repentino el cambio que Ruy, desconcertado, soltó el cubo. Éste rodó por el suelo ya helado. Todas estrellas perdieron su brillo; el sol se apagó. La tierra no pudo mantener por mucho tiempo el calor dentro de su deteriorada atmósfera. Contrario a lo que se calculaba, la temperatura descendió al cero absoluto en segundos. Las luces artificiales de la tierra cedieron. Ningún fuego pudo oponer resistencia. La vida se apagó en un instante.

El cubo en el apartamento de Ruy aún mantenía esas diminutas luces. Sin embargo, no duraría mucho encendido.

Ruy no pudo distinguir que esas lucecillas eran justamente estrellas. Mucho menos notó que cerca de ellas había minúsculos planetas, formando sistemas solares. Uno de estos sistemas solares contaba con un planeta terrestre con placas tectónicas cubierto por una atmósfera y, en menor medida, una hidrosfera. En él se habían desarrollado diversos seres vivos. Entre la gama de seres vivos se encontraban unos seres racionales denominados humanos. Entre estos humanos había un joven llamado Ruy.

Ruy acababa de recibir un paquete. Era una caja de 25cm³. La colocó sobre la mesa del comedor y la abrió cuidadosamente.

No decía quién era el remitente. En la tapa de la caja venía únicamente una nota. “En este hipercubo se encuentra el universo” podía leerse al inicio en letras grandes. El resto de la nota parecía hecha por un enloquecido fanático de la física.

De acuerdo con el texto, entre Newton y Einstein hubo un físico, cuyo nombre no revelaba, que logró descifrar al universo. Generó un cubo de cuatro dimensiones, capaz de contenerse a sí mismo. Sin embargo, cuando intentó patentarlo, lo tomaron por un charlatán. No obstante, el científico persistió, lo cual molestó a algunos miembros de la Oficina de patentes.

Este físico anónimo había tenido la precaución de no llevar el cubo original a patentar; sólo llevó el planteamiento teórico y el diseño. Ambos fueron recogidos como evidencia para un juicio en contra suya por parte de los miembros de la Oficina de patentes. En el juicio intentaron replicar el cubo sin obtener resultados. El acusado argumentaba que no se había seguido el procedimiento como él lo planteaba, pero el juez fue testigo de que todo se siguió al pie de la letra. Finalmente, este hombre fue condenado a pasar sus días en un centro psiquiátrico y toda su investigación acerca del hipercubo fue destruida, aunque algunos sospecharon que Einstein, quien trabajó en esa oficina de patentes, hurtó una pequeña parte de la investigación antes del juicio. Su robo explicaría el fracaso de la réplica durante el proceso legal.

Tras esta tragedia, la hija mayor del científico mantuvo en secreto el cubo hasta su muerte, cuando lo heredó a uno de sus descendientes. El último en poseerlo no tuvo hijos, por lo que decidió dejárselo a Ruy, pues también llevaba en sus venas la sangre del creador del hipercubo.

Ninguno de sus guardianes previos supo con certeza de lo que era capaz el cubo. Lo más sensato era mantenerlo a salvo y en secreto.

El chico no tenía idea de quién podría habido mandarle semejante mensaje. No había conocido a su padre ni sabía nada de él más allá de lo que su madre le había querido contar. Tampoco era muy cercano a la familia de su madre. Recapacitó y se dio cuenta de que no podía estar convencido de que  realmente se tratase de un familiar. Un paquete así podía provenir de cualquier demente.

Se asomó a la caja y vio que efectivamente contenía un cubo, cuyas dimensiones no rebasaban los 15cm³. Parecía ser de cristal. Lo sacó de la caja para poder observarlo mejor. Un cubo de cristal relleno de terciopelo negro con unas diminutas luces distribuidas por toda la tela. Nada fuera de lo usual. Sin duda, se trataba de la obra de algún chiflado.

De pronto todo se oscureció. Fue tan repentino el cambio que Ruy, desconcertado, soltó el cubo. Éste rodó por el suelo ya helado…

 

 

Sofía N. Tamayo Lara (México, 1995) es estudiante de la licenciatura en Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara. Ha publicado en la revista Engarce y algunas otras revistas/blogs en línea; es coordinadora de sección en la revista Alofonía.

Ilustración de Giorgio Morandi.

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