por Abelardo L. Ríos

 

This is the way the world ends
This is the way the world ends
This is the way the world ends
Not with a bang but a whimper.

–T. S. Eliot, “The Hollow Men”

 

El pensamiento occidental está constituido por una filosofía dualista, blanco y negro, dios y el diablo, es en esta cosmovisión donde surgen las ideas de principio y fin. Todo lo que sube tiene que bajar. Todo lo que empieza termina. ¿Cuándo va a acabar esta clase? Esta fiesta ya se acabó. Nuestro día está lleno de finales y principios, movimiento alimentado por la combustión de las constantes muertes y reencarnaciones que forman el tejido de nuestra existencia. El lento proceso de oxidación por el que pasan nuestros cuerpos siempre está más cerca del final. Tic tic tic. Las manecillas del reloj son hachas, talan las horas, los minutos, los segundos de nuestro tiempo total.

En un acuario es parte de las tareas de mantenimiento pescar con una pequeña red los cadáveres de peces flotando en la superficie de alguna pecera. Cuando el pez número 79 se desliza por el espiral de la taza sucia en la parte trasera del acuario de mi padre, ya no pensaba en su condición mortuoria, sino en la forma en como son tragados por aquel vórtice sanitario, por la calidad de su salto desde mis dedos hacia el agua; daría igual si hubieran sido peces o piedras. El final absoluto de un ser vivo es el final más insignificante de un día cualquiera en mi vida. ¿Es una cuestión de perspectiva el peso de los eventos en la realidad? Una hormiga posada sobre la lente de un telescopio se convierte en una monstruosidad salida del horror cósmico lovecraftiano. Somos la hormiga, y nuestro ego es la lente magnificadora que oculta nuestra enorme insignificancia. Olvidamos por instantes nuestra condición de partículas de polvo, olvidamos que un viento puede venir y borrarnos en un final cómicamente anticlimático.

Vivimos dentro de una explosión en cámara lenta, tan lenta que comienza desde el Big Bang y aún sigue expandiéndose. Los escombros son galaxias, el polvo que construye los escombros son planetas. Somos el polvo que hace polvo, somos peces yéndose por el inodoro, nuestras vidas son una vuelta en un remolino sucio. La explosión del universo aún no comienza a caer, su final es lejano pero seguro. Nuestras muertes son el segundero de su reloj.

Hay una idea perteneciente a la filosofía budista: todo el sufrimiento que experimentamos proviene de nuestra resistencia a los constantes cambios del universo. Para no ser lastimados por la corriente del río, no debemos ser como la roca, debemos ser como el agua. Los finales son difíciles, son un cese de energía, una luz apagándose, la luz de afuera, la luz de enfrente, la luz interior, el anochecer. Los principios son fáciles, un comienzo, una chispa, una chispa salida del pedernal de un hombre primigenio, de la herramienta de un soldador; la chispa por la que poner un pie frente a otro, un amanecer. Rechazo naturalmente los finales, los espero con los ojos cerrados como quien advierte un peligro que se acerca.

De pequeño temía a la oscuridad, el sol que caía en picada desde lo alto del cielo sin paracaídas, era un recordatorio de que las sombras crecerían hasta devorarlo todo y con la luna sólo me quedaba tomar una bocanada de aire que me durara hasta perder la conciencia al sueño. Ahora le tengo miedo al silencio, a las puertas que se cierran, a los pasos que se alejan, al zumbido imperceptible de las maquinas, a su espalda, a los momentos que me toma ponerme los audífonos y darle play como si tomara oxigeno de un tanque bajo el agua.

El terror, ya sea en cine o literatura, habla de nuestras obsesiones más que cualquier otro género. Su material de trabajo son nuestros miedos. Los monstruos de la cultura popular tienen una relación con la muerte, los vampiros nunca terminan, los zombis siempre regresan, con su búsqueda perene por sangre o sesos. Todas las historias que consumimos deben concluir, incluso Una historia interminable. No podemos escapar, el punto final, ruedan créditos. Nos quedamos solos en la sala, sentados en la butaca, rascando palomitas del fondo de la caja, con un vacío pegajoso que sólo se cae al tragar las primeras palabras de una nueva historia.

Hay inicios o descubrimientos que saben a final. El 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México, Robert Oppenheimer realizaba las pruebas Trinity para el Proyecto Manhattan, acompañado de un séquito de científicos y militares resguardados detrás de un muro de protección, todos con lentes protectores mirando el seco horizonte. Silencio, un silencio hecho añicos por el grito de una bomba atómica. Fue en ese momento cuando Oppenheimer repitió las palabras del Bhagavad Gita: «Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos». Hay experiencias que terminan y nadie lo nota, otras que terminan y todos lo sienten, hay experiencias que tardan en acabar y otras que terminan demasiado pronto. Fin.

Final anexado

Lo siguiente es sólo uno de los posibles finales.

Una tarde de ocio me encontré con una entrevista a Elon Musk. Este tipo es el equivalente en la vida real a Tony Stark, un genio multimillonario dedicado a avanzar tecnológicamente a la humanidad. Entre sus proyectos esta fundar Tesla, la compañía de automóviles eléctricos de lujo que se manejan solos, Space x, una compañía que planea establecer la primera colonia humana en marte, y otra compañía cuyo nombre no recuerdo que quiere fabricar paneles solares y baterías para suministrar la energía necesaria para que cualquier hogar sea autosuficiente. El entrevistador le preguntó a Musk sobre su opinión acerca de la inteligencia artificial. Su respuesta fue un tanto apocalíptica, comparó el desarrollo de una IA perfecta con invocar un demonio. Sorprendido (al igual que yo) de aquella respuesta salida de un tecnócrata multimillonario, el entrevistador lo cuestiono sobre sus razones, a lo que Elon Musk se limitó a mencionar un relato corto del escritor norteamericano Harllan Ellison titulado “No tengo boca, pero debo gritar”.

El cuento habla sobre una IA que un día se vuelve consiente de sí misma y de su incapacidad de sentir felicidad, placer, satisfacción, etc. Enojada con sus creadores decide matar a todos los humanos en la Tierra excepto por cinco que mantiene vivos con el único propósito de torturarlos. No pude evitar pensar en nuestra propia maquina inteligente, compuesta por millones de pequeños engranajes desechables y sustituibles, estos engranajes mejor conocidos como humanos al unirse conforman la máquina, pero individualmente carecen de importancia. Algunos de estos engranajes miran al cielo, hacia el futuro e intentan descubrir todo acerca del mundo que los rodea y porque están ahí, cuál es su propósito. Esta máquina no fue inventada ni construida por nadie, pero algunos engranajes temerosos por su destino después de acabar su vida útil se inventan historias sobre un engranaje viejo que vive en el cielo e inventó la maquina; la mayoría simplemente disfrutan de cumplir su función.

Algunos de los engranajes crearán una nueva máquina perfecta, sus piezas no pensarán por sí mismas sino como un todo. Y pasarán una de dos posibilidades, en la primera crearán una tercera máquina, una cuarta, quinta, séptima; poblarán el universo hasta quedarse sin espacio en tanto infinito. En la segunda posibilidad la máquina perfecta reconocerá su propia incapacidad de sentir felicidad, placer, satisfacción, etc. La imposibilidad de llegar a las cavernas de hielo donde espera el eterno descanso, y por pura piedad cesará el estruendo industrial y la galaxia quedará ahogada en el silencio del vacío.

 

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