por Jean Francisco Cervant

 

Signos del fin

 

No es que quiera espolear la herida.

Ando asimilando, desde esta caverna,

día a día, el sol que cae enfermizo,

la tierra que respira exhausta,

el mar que se agita envenenado.

No lamento el tiempo,

el mundo que me ha tocado.

Hago el esfuerzo, salvaje pero humano,

sufro sonrisas, degusto lágrimas.

Hacha de piedra en mano, sobrevivo.

 

El palmípedo que de hambriento ya no vuela,

el peciolo que antes de la hora cae,

los témpanos que viajan a la tragedia,

la mina de peces que se empobrece,

y todos los ánimos juntos que no pueden,

¿a dónde llevarán esta fiesta fúnebre?

 

Ese niño mendigo que me estira la mano,

aquel joven que ha perdido el norte y la tierra posible,

tu padre que yace confinado por sus ideas,

mi abuelo que sufre las goteras del olvido,

todas esas sombras propiciadas con los años,

¿a qué mundo tenebroso nos guía?

 

Empero, un día tras otro,

continuamos como marionetas en el teatro del mal.

 

 

 

Juegos fatuos

 

 

Hay un hombre, juega con fuego.

Quema en diciembre y enero, en marzo, octubre y

el año entero. Siempre hay ocasión para quemar algo.

Hoy, por ejemplo, está en la calle: hace fuego, en plena vía pública. Ya ni sé dónde ni en qué momento extravió su conciencia.

He buscado prestarle la mía a través de mis palabras.

Más todo intento se estrella en el paredón de su carácter. Entra en casa y vuelve con los brazos llenos de gajos. Una y otra vez. Es como si allí dentro hubiera todo un bosque. Es un día a medio sol. Verdes y secas ramas, fatalmente apiladas, crepitan en lentas lenguas naranjazules, tentáculos de fuego y humo que crecen. Y pienso y pienso, y no concibo.

Entretanto, la suave luz, la brisa del mediodía, remecen una idea lejana:

—Esta pequeña hoguera del infierno, ¿no se asemeja a un montículo de retamas ardiendo?

Sí, una fiesta. Un jubileo. Planta y fuego en mano. Sacrificio y ofrenda a la atmósfera humana.

Y la humareda se aparea con el aire, entra en casa, se abre paso hacia los pulmones, sube al cielo, copula con las nubes y crea otro mundo, más frío, doblemente opuesto, más cátacle.

Si algo huele mal en esta hora es a quemado: a pan, a plástico, a fábrica, a bosque, a cabello humano. Todo lo que uno se encuentra a cada paso son úlceras, manchas visibles e interiores.

 

Miro al hombre, veo sus manos, contemplo la caja del cerillo que ha encendido el festín. Siento pulsaciones. ¿Cómo entender cualquier forma de satisfacción o despreocupación?  Sé que cuando el fuego expire, reanimadas por el viento, arderán las brasas. Y cuando mueran las ascuas, no todo habrá terminado.

Vendrán los niños, y porque el hombre ha olvidado quitar los residuos de su obra y porque los niños son niños, jugarán sobre las cenizas, pintarán sus rostros de negrogris.

El cielo también luce manchas. Y caen gotas de lluvia acre. Esto y más es de lo que soy capaz. Soy parte de todo y de nada. No puedo escapar. Y transcurre el tiempo en desmesura. Si vuelvo, me detengo y pienso, resulta fútil, desmañado.

Quisiera vivir el momento en que todos los miedos se reúnan.

Aún tengo mucho por hacer, antes de transformarme en

carbón, cenizas y nada.

 

 

Jean Francisco Cervant (Lima, Perú – 1984) ha publicado textos en diversas revistas virtuales, Visor, Falsaria, Signos del sur, el poemario digital Formas de una visión (2010) y colaboró en el libro recopilatorio de relatos Amor, horror y otros placeres narrativos (Poetas y Violetas, 2016). Actualmente afina un libro de cuentos y una novela.

Ilustración: “Paths: March Sand” de Anselm Kiefer

 

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